The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2
de 3), by Alain-Ren Lesage

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Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2 de 3)
       Novela

Author: Alain-Ren Lesage

Translator: P. Isla

Release Date: July 30, 2016 [EBook #52682]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS DE SANTILLANA, VOL 2 ***




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  Notas del Transcriptor:

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                                Le Sage

                  HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA

                                TOMO II


                                MCMXXII




        Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAOLA.




                                LE SAGE


                               Historia

                                  de

                        Gil Blas de Santillana


                                NOVELA


                                TOMO II


                        Traduccin del P. Isla


                            [Ilustracin]


                             MADRID, 1922




                Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID




                        GIL BLAS DE SANTILLANA




                             LIBRO CUARTO




                           CAPITULO PRIMERO

No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se
sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia.


Un tantico de honor y de religin que conservaba todava en medio de
tan estragadas costumbres me oblig, no slo a dejar a Arsenia, sino
a romper toda comunicacin con Laura, a quien, sin embargo, no poda
menos de amar, aun conociendo que me haca mil infidelidades. Dichoso
aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razn viene a
turbar los ilcitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneci, pues,
una maana, muy dichosa para m, en la cual hice mi hatillo, y sin
contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me deba de
mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, sal de aquella casa
en que slo se respiraba libertinaje. Premime inmediatamente el
Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo
don Matas, le salud, y l, conocindome al instante, me pregunt a
quin serva. Respondle que haba estado un mes en casa de Arsenia,
cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo
punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia.
El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprob mi
delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quera l
mismo buscarme una buena conveniencia. Cumpli puntualmente su palabra,
y en aquel mismo da me acomod con don Vicente de Guzmn, de cuyo
mayordomo l era grande amigo.

No poda entrar en mejor casa, y as, nunca me arrepent de haber
estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico,
que haba muchos aos viva feliz, sin pleitos y sin mujer, porque
los mdicos le haban privado de la suya querindola curar de una tos
que verosmilmente la dejara vivir ms largo tiempo si no hubiera
tomado sus remedios. No pens jams en volverse a casar, dedicndose
enteramente a la educacin de Aurora, su hija nica, que entraba
entonces en los veintisis y era una seorita completa. Juntaba a su
hermosura poco comn un entendimiento despejado y grande instruccin.
Su padre era hombre de poco talento, pero tena el de saber gobernar
su casa. Slo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe
perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas.
Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba
en su boca la trompeta heroica, y se tenan por muy afortunados los
oyentes si se contentaba con embocarles la relacin de tres batallas y
dos sitios. Como haba militado las dos terceras partes de su vida, era
su memoria un manantial inagotable de funciones y hazaas militares,
que no siempre se oan con el gusto con que l las relataba. A esto se
aada que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual
sus relaciones se hacan en extremo desagradables. En lo dems, no era
fcil encontrar un seor de mejor carcter. Siempre de igual humor,
nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre
de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economa, se
trataba muy decentemente. Componase su familia de varios criados y de
tres criadas, que servan a Aurora. Conoc desde luego que el mayordomo
de don Matas me haba colocado en una buena casa, y solamente pens en
el modo de conservarme en ella. Apliqume a conocer bien el terreno y a
estudiar el genio e inclinacin de todos, arregl despus mi conducta
por este conocimiento, y en poco tiempo logr tener en mi favor al amo
y a todos mis compaeros.

Habase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente
cuando se me figur que su hija me distingua entre los dems criados.
Siempre que me miraba me pareca observar en sus ojos cierto agrado
que no adverta en ella cuando miraba a los otros. A no haber
tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por
la imaginacin que Aurora pensase en m; pero me haban abierto los
ojos aquellos seores mos, en cuya escuela no siempre estaban en el
mejor predicamento aun las damas de la ms alta esfera. Si hemos de
dar crdito a algunos histriones--me deca yo a m mismo--, tal vez
suelen venir a las seoras ms distinguidas ciertas fantasas de las
cuales saben ellos aprovecharse. Qu s yo si mi ama tendr de estos
caprichos? Pero no--aada inmediatamente--, no puedo persuadirme de
tal cosa; no es esta seorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas
de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la
indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a s mismas sin
rubor. Ser quiz una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas
doncellas, que, sin traspasar los lmites que la virtud prescribe a su
ternura, no hacen escrpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una
pasin delicada que las entretiene sin peligro.

Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente
a qu atenerme. Mientras tanto, siempre que me vea no dejaba de
sonrerse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, poda
cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hall medio
de impedir que me sedujesen. Consent, pues, en que Aurora estaba muy
prendada de mi mrito, y comenc a considerarme como uno de aquellos
criados afortunados a quienes el amor hace dulcsima la servidumbre.
Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que pareca querer
proporcionarme la fortuna, empec a cuidar del aseo de mi persona ms
de lo que haba cuidado hasta all. Gastaba todo mi dinero en comprar
ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que haca por la
maana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien
y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desalio
a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y
con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no
tardara mucho en declararse mi ventura.

Entre las criadas de Aurora haba una que se llamaba la Ortiz. Era una
vieja que haca ms de veinte aos que serva en casa de don Vicente.
Haba criado a su hija y conservaba todava el ttulo de duea, aunque
ya no ejerca aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de
vigilar las acciones de Aurora, como lo haca en otro tiempo, entonces
slo atenda a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su
ama. Una noche, habiendo buscado la duea ocasin de hablarme sin que
nadie pudiese ornos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y
callado bajase al jardn a media noche, donde sabra cosas que no me
disgustaran. Respondle, apretndole la mano, que sin falta alguna
bajara, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no
dud entonces de ser yo el objeto del cario de Aurora. Oh, y qu
largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se
cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogi! Parecame
que aquella noche todo se haca en casa con extraordinaria lentitud. Y
para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retir a su cuarto,
en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campaas de
Portugal, con que tanto me haba machacado. Pero lo que jams haba
hecho, y lo que precisamente guard para regalarme aquella noche, fu
irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se haban hallado
en ellas, refirindome al mismo tiempo las hazaas de cada cual. No
puedo ponderar cunto padec en estarle oyendo hasta que concluy. Al
fin acab de hablar y se meti en la cama. Retirme inmediatamente al
cuarto donde estaba la ma y del que se bajaba por una escalera secreta
al jardn. Untme de pomada todo el cuerpo, pseme una camisola limpia
bien perfumada y nada omit de cuanto me pareci que poda contribuir a
fomentar el capricho que me haba figurado en mi ama, con lo que fu al
sitio de la cita.

No encontr en l a la Ortiz y juzgu que, cansada de esperarme, se
haba vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas.
Ech la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus
campaas, di el reloj, cont las horas y vi que no eran mas que las
diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible
que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan
engaado, que un cuarto de hora despus volv a contar las diez de
otro reloj. Bravo!--dije entonces entre m--. Todava faltan dos
horas enteras de poste o de centinela. No culparn mi tardanza! Pero
qu har hasta las doce? Pasemonos en este jardn y pensemos en el
papel que debo hacer, que es para m harto nuevo. No estoy acostumbrado
a las bizarras de las damas de distincin; solamente s lo que se
practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con
familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo;
pero con las seoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que
me parece, que el galn sea corts, complaciente, tierno y moderado,
pero sin ser tmido. No ha de querer precipitar atropelladamente su
fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.

As discurra yo y as me propona proceder con Aurora. Figurbame que
dentro de poco tendra la dicha de verme a los pies de aquella amable
persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traa a la memoria
los pasajes de las comedias que me pareci podan servirme y darme
gran lucimiento en nuestra conversacin a solas. Lisonjebame de que
los aplicara con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos
comediantes que yo conoca, pasara por hombre de entendimiento, aunque
no tuviese ms que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos,
los cuales divertan mi impaciencia con ms gusto que las relaciones
militares de mi amo, o dar las once. Bueno!--dije entonces--.
Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! Armmonos de
paciencia! Cobr nimo y volvme a recrear con las alegres fantasas
de mi imaginacin, parte pasendome y parte sentndome en un delicioso
cenador formado en el extremo del jardn. Lleg en fin la hora de
m tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes despus se dej
ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. Seor Gil
Blas--me dijo al acercarse--, cunto ha que est usted aqu? Dos
horas, le respond. En verdad--aadi ella rindose--que es usted muy
cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto--prosigui
ya en tono serio--que eso y mucho ms merece la dicha que le voy a
anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que
le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que
decirle; lo dems es un secreto que usted no debe saber sino de su
propia boca. Sgame a donde le conduzca. Y dicho esto, me cogi de la
mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama
por una puerta falsa de que tena la llave.




                              CAPITULO II

Cmo recibi Aurora a Gil Blas, y la conversacin que con l tuvo.


Hall a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgust. Saludla con
el mayor respeto y con la mejor gracia que me fu posible. Recibime
con semblante risueo; hzome sentar junto a s, repugnndolo yo, y lo
que ms me agrad fu que mand a su embajadora se retirase a su cuarto
y nos dejase solos. Despus de este preludio, volvindose hacia m,
me dijo: Gil Blas, ya habrs advertido que te miro con buenos ojos y
te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese
bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo,
juzgo que no te dejar dudarlo este paso que ahora doy.

No le di tiempo para que dijese ms. Parecime que, como hombre
discreto, deba respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicacin.
Levantme enajenado, y arrojndome a sus pies como un hroe de teatro
que se arrodilla ante su princesa, exclam en tono declamatorio: Ah,
seora! Me habr engaado? Se dirigen a m vuestras palabras? Ser
posible que Gil Blas, juguete hasta aqu de la fortuna y el desecho
de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros
afectos?... Baja un poco la voz--me dijo sonrindose mi ama--, por
no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levntate,
vuelve a sentarte y escchame hasta que acabe, sin interrumpirme. S,
Gil Blas--prosigui, volviendo a su afable serenidad--, es cierto que
te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende
el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galn,
airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo
algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado.
Ignoro su carcter y tambin cules son sus prendas, si buenas o
malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de
un hombre sagaz y sincero que, informndose bien de sus costumbres,
sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con
preferencia a los dems criados, persuadida de que nada arriesgo en
darte este encargo. Espero que le desempears con tanto sigilo y
cautela que nunca tendr motivo para arrepentirme de haberte escogido
por depositario de mi ms ntima confianza.

Call mi seorita para or mi respuesta. Al principio me turb algn
tanto, conociendo mi necio engao; pero volviendo prontamente en m
y venciendo la vergenza que causa siempre la temeridad cuando sale
con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande
en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanz para
desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi
atrevida presuncin, bastara por lo menos para que conociese que yo
saba enmendar muy bien una necedad. Pedle no ms que dos das de
tiempo para poderle dar razn puntual de don Luis, los que me concedi;
y llamando ella misma a la Ortiz, sta me volvi a conducir al jardn,
dicindome con cierto aire burln al despedirse: Buenas noches! No te
volver a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de
la cita, porque ya est vista tu puntualidad.

Volvme a mi cuarto, no sin algn pesar de ver frustrado mi
pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y
conocer que me tena ms cuenta ser el confidente que el amante de
mi ama. Ofreciseme tambin que esto poda hacerme hombre, pues los
medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo,
reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fume a acostar con
firme resolucin de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de
m. Levantme al da siguiente y sal de casa a desempear mi encargo.
No era difcil saber dnde viva un caballero tan conocido como don
Luis. Tom al instante informes de l en la vecindad; pero los sujetos
a quienes me dirig no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad.
Esto me oblig a hacer nuevas averiguaciones el da siguiente, y fu
ms afortunado que el anterior. Encontr casualmente en la calle a un
mozo a quien yo conoca, detuvmonos a hablar, y en aquel punto se
lleg a l uno de sus amigos y le dijo que le haban despedido de casa
de don Jos Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que
se haba bebido un barril de vino. No perd una ocasin tan oportuna
para saber cuanto deseaba, lo que consegu a fuerza de preguntas; de
manera que volv a casa muy contento porque ya poda cumplir la palabra
que haba dado a mi seorita, con quien haba quedado de acuerdo que
volvera a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche
antecedente. No estuve en sta tan inquieto como la primera; lejos de
impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqu
la conversacin de sus combates. Esper a que fuese media noche con la
mayor tranquilidad del mundo, y no me mov hasta que cont bien las
doce de todos los relojes que se podan or desde casa. Entonces baj
con mucho sosiego al jardn, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues
hasta en esto me correg.

Encontr ya a la fiel duea en el sitio mismo, y la taimada me dijo
con algo de socarronera: En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado
mucho tu puntualidad. No le respond palabra, fingiendo que no la
oa, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando.
Preguntme luego que me vi si me haba informado bien acerca de don
Luis y si haba averiguado muchas cosas. S, seora--le respond--,
tengo con qu satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os dir
que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Segn lo
que me han dicho, es un seorito lleno de honor y probidad; y en cuanto
al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera
de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quiz
os dar poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es
que vive algo demasiado a la moda de los seoritos modernos: quiero
decir que es un grandsimo libertino. Creer usted que, siendo tan
joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas? Qu es
lo que me dices?--exclam Aurora--. Dios mo y qu costumbres! Pero
dme, Gil Blas, ests cierto de que tiene una vida tan licenciosa?
Cmo si estoy cierto?--le respond--. No hay cosa ms segura. Todo
me lo ha contado un criado de su casa que fu despedido de ella esta
maana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se
trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don
Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de
don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolucin. Basta,
Gil Blas!--dijo suspirando mi pobre seorita--. En fuerza de tu informe
comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque haba echado
ya profundas races en mi corazn, no desconfo de arrancarle de
l. Vete--prosigui---, y admite en premio de tu trabajo esta corta
demostracin de mi agradecimiento. Al decir esto, me puso en la mano
un bolsillo, que ciertamente no estaba vaco, aadiendo: Slo te
encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.

Asegurle que en este particular poda vivir sin el menor recelo,
porque yo era el Harpcrates de los criados confidentes. Dicho esto, me
retir, impacientsimo por saber lo que contena el bolsillo. Abrle y
hall en l veinte doblones. Luego se me ofreci que sin duda habra
sido Aurora ms liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia
ms agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le haba
causado tanto disgusto. Me pes de no haber imitado a los escribanos y
alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfad mucho contra
mi tontera por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el
tiempo poda producirme grandsimas utilidades, si yo no hubiera hecho
un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consol con los veinte
doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que haba gastado
tan sin venir al caso en pomadas y perfumes.




                             CAPITULO III

De la gran mutacin que sobrevino en casa de don Vicente y de la
extraa determinacin que el amor hizo tomar a la bella Aurora.


Poco despus de esta aventura se sinti malo don Vicente. Sobre ser
de una edad bastante avanzada, los sntomas de la enfermedad eran tan
violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamse a
los dos ms famosos mdicos de Madrid; uno era el doctor Andrs y el
otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y despus
de una exacta observacin, convinieron entrambos en que los humores
estaban en una preternatural fermentacin y movimiento. En solo esto
fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo dems. El uno
quera que se purgara al enfermo aquel mismo da y el otro opinaba
que la purga se dilatase. El doctor Andrs deca que, por lo mismo
que los humores estaban en una violenta agitacin de flujo y reflujo,
se los haba de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se
fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el
contrario, que, estando todava incoctos y crudos los humores, se
deba esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes.
Pero ese mtodo--replicaba el otro--es directamente opuesto a lo
que nos ensea el prncipe de la Medicina. Hipcrates advierte que
se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros
das de la ms ardiente calentura, diciendo en trminos expresos que
se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores estn
en _orgasmo_, es decir, en su mayor agitacin. Oh! En eso est
vuestra equivocacin!--repuso Oquendo--. Hipcrates no entiende por la
voz _orgasmo_ la agitacin violenta, sino ms bien la madurez de los
humores.

Acalorronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recit el texto
griego y cit todos los autores que le explicaban como l. El otro se
fiaba en la traduccin latina, empendose con mayor calor y tomando
el asunto en tono ms alto. A cul de los dos se haba de creer? Don
Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestin; pero
hallndose precisado a elegir una de las dos opiniones, adopt la del
que haba echado al otro mundo ms enfermos; quiero decir la del ms
viejo.

Viendo esto el doctor Andrs, que era el ms mozo, se retir, pero no
sin decir primero cuatro pullas bien picantes al ms anciano sobre su
_orgasmo_. Y he aqu que qued triunfante Oquendo. Y como segua los
mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al
enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos;
pero la muerte, que temi quiz que una purga tan sabiamente diferida
no le quitase la presa que ya tena agarrada, impidi la coccin y se
llev a mi pobre amo. Tal fu el fin del seor don Vicente, que perdi
la vida porque su mdico no saba el griego.

Despus de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre
de su distinguido nacimiento, entr en la administracin de todo lo que
tocaba a la casa. Duea ya de su voluntad, despidi algunos criados,
remunerndolos en proporcin de su lealtad y mritos. Hecho esto, se
retir a una quinta que tena a las mrgenes del Tajo, entre Sacedn y
Buenda. Yo fu uno de los que permanecieron con ella y la siguieron
a la aldea. No slo eso, sino que tambin tuve la fortuna de que
necesitase de m. No obstante el fiel informe que yo le haba dado de
don Luis, todava le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos
sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se haba dejado llevar de
su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme
a solas, me dijo un da suspirando: Gil Blas, yo no puedo olvidar
a don Luis; por ms que hago para desecharle del pensamiento, se me
representa siempre, no ya como t me le pintaste, encenagado en los
vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.
Enternecise al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas
lgrimas. Tambin a m me falt poco para llorar; tanto fu lo que me
conmovi su llanto. Ni poda hacerle mejor la corte que mostrndome
afligido de su pena. Veo, amigo Gil Blas--continu, enjugndose sus
hermosos ojos--, veo tu buen corazn y estoy muy satisfecha de tu
celo, que prometo recompensar bien. Nunca ms que ahora me ha sido
necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa
en este instante mi atencin; sin duda te parecer extravagante y
caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde
he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Flix, y
hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad
y confianza. Hablarle frecuentemente de doa Aurora de Guzmn,
suponindome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aqu
es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas;
en una har el papel de don Flix y en la otra el de doa Aurora; y
dejndome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de
mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso--aadi ella
misma--que es muy extrao mi proyecto, pero la pasin que me arrastra y
la inocente intencin con que camino acaban de cegarme sobre el paso a
que me quiero arriesgar.

Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del
designio, que crea muy insensato. Sin embargo, aunque le tena por
tan contrario a la razn, me guard muy bien de hacer el pedagogo;
antes s, comenc a dorar la pldora, y me esforc a querer persuadirla
que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invencin de
ingenio que no poda traer consecuencia. No me acuerdo yo cunto dije
para convencerla de esto, pero cedi a mis persuasiones, porque a los
amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus ms locos
desvaros. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa
la debamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para
divertirnos, en la cual slo haba de pensar cada uno en representar
bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y
repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni
hacer esguinces, porque no ramos comediantes de profesin. A la seora
Ortiz se lo encomend el de ta de doa Aurora, sealndosele un criado
y una doncella, y haba de llamarse doa Jimena de Guzmn. A m me
tocaba el de ayuda de cmara de doa Aurora, que haba de disfrazarse
de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le haba de
servir separadamente. Arreglados as los papeles, nos restitumos a
Madrid, donde supimos se hallaba todava don Luis, pero disponiendo
su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes
los vestidos que habamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo
y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes
bales, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, march doa
Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de Len,
acompaada de todos los que entrbamos en la comedia.

Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompi el eje del
coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos
de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaa. Veamonos muy
apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acert a
pasar por all nos sac de aquel conflicto. Informnos de que aquella
quinta era de una tal doa Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fu
tanto el bien que dijo de aquella seora, que mi ama se determin a
enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa
por aquella noche. No desminti doa Elvira el informe del aldeano;
bien es verdad que yo desempe mi comisin de tal modo, que la hubiera
inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la
seora ms agasajadora del mundo. Me recibi con mucha afabilidad y
respondi a mi splica en los trminos que yo deseaba. Pasamos todos
a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se
pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que sali
cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recprocos
cumplimientos que ambas se hicieron; slo dir que doa Elvira era
una seora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo
exceda en desempear noblemente las obligaciones de la hospitalidad.
Condujo a doa Aurora a un magnfico cuarto, donde, dejndola en
libertad para que descansase, fu a dar disposiciones hasta sobre las
cosas ms menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo
dispuesta la cena mand se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las
dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas
personas que no saben obsequiar en un convite, mantenindose en l
con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien,
era de genio jovial y saba mantener siempre grata la conversacin.
Explicbase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su
talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos,
lo que me tena embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora.
Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en
mantenerla correspondindose por cartas. Nuestro coche no poda estar
compuesto hasta el da siguiente y era muy natural que no pudisemos
salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel da en la
misma quinta. A nosotros se nos sirvi tambin una cena muy abundante,
y as dormimos todos tan bien como habamos cenado.

Al da siguiente descubri mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la
conversacin de doa Elvira. Comieron las dos en una sala en que haba
muchas pinturas, entre las cuales sobresala una cuyas figuras estaban
pintadas con la mayor propiedad y que ofreca a la vista un asunto
verdaderamente trgico. Era un caballero muerto, tendido en tierra,
baado en su misma sangre, cuyo semblante pareca que, aun despus de
muerto, estaba amenazando. Cerca de l se dejaba ver, tendido tambin,
el cadver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado
el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el
ltimo aliento, tena clavados los ojos en un joven que expresaba tener
un mortal dolor de perderla. El pincel haba representado en aquel
lienzo otra figura que no llamaba menos la atencin. Era un anciano de
grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los
funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba
menos afligido que el joven. Podrase decir que aquellas imgenes
sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos,
pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, posedo
de una profunda tristeza, pareca estar abatido enteramente de ella;
mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la afliccin.
Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos
cansbamos de ver y admirar aquel cuadro. Pregunt mi ama qu suceso
o qu historia representaba aquella pintura. Seora--le respondi
doa Elvira--, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.
Esta respuesta pic tanto la curiosidad de Aurora, y manifest un
deseo tan vehemente de saber ms, que la viuda de don Pedro no pudo
dispensarse de prometerle la satisfaccin que deseaba. Esta promesa
fu hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compaeras y ma; todos
cuatro nos detuvimos en la sala despus de la comida. Mi ama quiso que
nos retirsemos; pero doa Elvira, que conoci nuestra gana de or
la explicacin de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que
nos quedsemos, aadiendo que la historia que iba a referir no era de
aquellas que pedan secreto. Un poco despus principi su relacin en
los trminos siguientes:




                              CAPITULO IV


                      El casamiento por venganza.

                                NOVELA


Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano,
que se llamaba Manfredo, se rebel contra l y encendi en el reino una
guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de
perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se content con
privarle de la libertad en castigo de su rebelin, clemencia que slo
produjo el efecto de ser tenido por brbaro en el concepto de algunos
vasallos suyos, persuadidos de que no haba perdonado la vida a su
hermano sino para ejercer en l una venganza lenta e inhumana. Todos
los dems, con mayor fundamento, atribuan a sola su hermana Matilde
el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisin. Con efecto,
esta princesa siempre haba aborrecido a aquel desgraciado prncipe y
no ces de perseguirle mientras l vivi. Muri Matilde poco despus
de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su
desapiadado corazn.

Dej dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vacil por algn tiempo
Rogerio sobre si les hara quitar la vida, temiendo que en edad ms
avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se haba
dado a su padre, resucitando un partido que todava se senta con
fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunic su
pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para
disuadirle de aquel intento, se encarg de la educacin del prncipe
Enrique, que era el primognito, y aconsej al rey que confiase la del
ms joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido
Rogerio de que estos dos fieles ministros educaran a sus sobrinos
con toda la sumisin que a l se le deba, los entreg a su lealtad y
cuidado, tomando para s el de su sobrina Constanza. Era sta de la
edad de Enrique e hija nica de la princesa Matilde. Psole maestros
que la enseasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su
educacin.

Tena Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en
un sitio llamado Belmonte. En ella se dedic este ministro a dar a
Enrique una enseanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real
trono de Sicilia. Descubri desde luego en aquel prncipe prendas tan
amables, que se aficion a l como si no tuviera otros hijos, aunque
era padre de dos nias. La mayor, que se llamaba doa Blanca, contaba
un ao menos que el prncipe y estaba dotada de singular hermosura; la
menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento haba costado la vida a su
madre, se hallaba an en la cuna. Enamorronse uno de otro, Blanca y
Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenan libertad de
hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el prncipe de lograr tal cual
vez alguna ocasin para ello. Aprovech tan bien aquellos preciosos
momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese
poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedi oportunamente
en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vi precisado a hacer
un viaje a una de las provincias ms remotas de la isla, y durante su
ausencia mand Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto,
que estaba pared por medio del de doa Blanca. Cerrla con un bastidor
y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo
color del tabique, que no se distingua de l ni era fcil se conociese
el artificio. Un hbil arquitecto, a quien el prncipe haba confiado
su proyecto, ejecut esta obra, con tanta diligencia como secreto.

Por esta puerta se introduca algunas veces el enamorado Enrique en
el cuarto de doa Blanca, pero sin abusar jams de aquella licencia.
Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su
estancia, fu, no obstante, confiada en las palabras que l le haba
dado de que nunca pretendera de ella sino los favores ms inocentes.
Hallla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era
el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que
haba despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte
prontamente para otorgar ante l su testamento, como gran canciller del
reino. Figurbase ver a Enrique ya en el trono y tema perderle cuando
se viese en aquella elevacin; este temor le causaba mucha inquietud.
Tena baados de lgrimas los ojos cuando entr en su cuarto Enrique.
Seora--le dijo--, qu novedad es sta? Cul es el motivo de esa
profunda tristeza? Seor--respondi ella--, no puedo ocultaros mi
sobresalto. El rey vuestro to dejar presto de vivir y vos ocuparis
su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de m vuestra nueva
grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos
muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso
cuando reconoca un poder superior al suyo, apenas le hace ms que
una ligera impresin en la elevacin del trono. Sea presentimiento,
sea razn, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no
alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad.
No desconfo de vuestro amor; desconfo solamente de mi ventura.
Adorable Blanca--replic el prncipe--, oblganme tus temores y ellos
justifican mi pasin a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus
desconfianzas ofende mi amor y--si me atrevo a decirlo--la estimacin
que me debes. No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de
la tuya; cree ms bien que t sola sers siempre mi alegra y mi
felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. Es posible que
quieras turbar con l estos felicsimos momentos? Ah, seor--replic
la hija de Leoncio--, luego que vuestros vasallos os vean coronado,
os pedirn por reina una princesa que descienda de una larga serie de
reyes, cuyo brillante himeneo aada nuevos Estados a los vuestros, y
tal vez, ay!, vos corresponderis a sus esperanzas aun a pesar de
vuestras ms firmes promesas! Y por qu--repuso Enrique, no sin
alguna alteracin--, por qu te anticipas a figurarte una idea triste
de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi to, juro que te
dar la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. As lo prometo,
poniendo por testigo todo lo ms sagrado que se conoce entre nosotros.

Aquietse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo
restante de la conversacin se redujo a hablar de la enfermedad del
rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su
corazn. Mostrse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca
su to, pudiendo ms en l la fuerza de la sangre que el atractivo
de la corona. Pero aun no saba Blanca todas las desdichas que la
amenazaban. Habindola visto el condestable de Sicilia a tiempo que
ella sala del cuarto de su padre, un da que l haba venido a la
quinta de Belmonte a negocios importantes, qued ciegamente prendado de
ella. Pidisela a Sifredo al da siguiente y ste se la concedi; mas,
sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendi el
casamiento, del que doa Blanca no haba sido sabedora.

Una maana, al acabar Enrique de vestirse, qued singularmente
sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doa
Blanca. Seor--le dijo aquel ministro---, vengo a daros una noticia
que sin duda os afligir, pero acompaada de un consuelo que podr
mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro to, y
por su muerte quedis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra.
Los grandes del reino estn aguardando en Palermo vuestras rdenes.
Yo, seor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y
en compaa de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y ms
sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos. Al prncipe
no le cogi de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses
antes de la grave enfermedad que padeca el rey, que poco a poco iba
acabando con l. Sin embargo, qued suspenso algn tiempo; pero
rompiendo despus el silencio y volvindose a Leoncio, le dijo estas
palabras: Prudente Sifredo, te miro y te mirar siempre como a padre y
me alegrar de gobernarme por tus consejos; t sers rey de Sicilia ms
que yo. Dicho esto, se lleg a una mesa, donde haba una escribana,
tom un pliego de papel y ech en l su firma en blanco. Qu hacis,
seor?, le interrumpi Sifredo. Mostraros mi amor y mi gratitud,
respondi Enrique; y en seguida present a Blanca aquel papel y firma,
dicindole: Recibid, seora, esta prenda de mi fe y del dominio que
os doy sobre mi voluntad. Tomla Blanca, cubrindose su hermosa cara
de un honestsimo rubor, y respondi al prncipe: Recibo con respeto
la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no
llevaris a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de l
como le aconsejare su prudencia.

Entreg efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de
Enrique. Conoci entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no haba
descubierto su penetracin. Comprendi toda la intencin del prncipe
y le contest diciendo: Espero que vuestra majestad no tendr motivo
para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de m, y est
bien seguro de que jams abusar de ella. Amado Leoncio--interrumpi
Enrique--, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere
el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobar.
Ahora vuelve a Palermo, dispn todo lo necesario para mi coronacin y
di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su
fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor. Obedeci
el ministro las rdenes de su nuevo amo y march a Palermo, llevando
consigo a doa Blanca.

Pocas horas despus parti tambin de Belmonte el mismo Enrique,
pensando ms en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.

Luego que se dej ver en la ciudad, resonaron en el aire mil
aclamaciones de alegra, y entre ellas entr Enrique en palacio, donde
hall ya hechos todos los preparativos para su coronacin. Encontr
en l a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrndose
traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hicironse los dos
sobre este asunto recprocos cumplidos, y ambos los desempearon con
discrecin, aunque con algo ms de frialdad por parte de Enrique que
por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia,
nunca haba querido mal a este prncipe. Ocup el rey el trono y la
princesa se sent a su lado, en una silla puesta un poco ms abajo.
Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, segn su clase o
empleo, le corresponda. Empez la ceremonia, y Leoncio, que como gran
canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey,
di principio a ella, leyndolo en alta voz. Contena en substancia
que, hallndose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al
hijo primognito de Manfredo, con la precisa condicin de casarse con
la princesa Constanza, y que si no quera darle la mano de esposo,
quedase excludo de la corona de Sicilia y pasase sta al infante don
Pedro, su hermano menor, bajo la misma condicin.

Qued Enrique altamente sorprendido al or esta clusula. No se puede
expresar la pena que le caus, pero creci hasta lo sumo cuando,
acabada la lectura del testamento, vi que Leoncio, hablando con todo
el Consejo, dijo as: Seores, habiendo puesto en noticia de nuestro
nuevo monarca la ltima disposicin del difunto rey, este generoso
prncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa
Constanza. Interrumpi el rey al canciller, dicindole conturbado:
Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!... Seor--respondi
Sifredo, interrumpindole con precipitacin, sin darle tiempo a que
se explicase ms--, ese papel es ste que presento al Consejo. En l
reconocern los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad,
la estimacin que hace de la princesa y su ciega deferencia a las
ltimas disposiciones del difunto rey su to. Acabadas de decir estas
palabras, comenz a leer el papel en los trminos en que l mismo le
haba llenado. En l prometa el nuevo monarca a sus pueblos, en la
forma ms autntica, casarse con la princesa Constanza, conformndose
con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de
todos los circunstantes, diciendo: Viva el magnnimo rey Enrique!
Como era notoria a todos la aversin que este prncipe haba tenido
siempre a la princesa, teman, no sin razn, que, indignado de la
condicin del testamento, excitase movimientos en el reino y se
encendiese en l una guerra civil que le desolase; pero asegurados los
grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de or, esta
seguridad di motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban
secretamente el corazn del nuevo rey.

Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cario,
tena en todo esto ms inters que otro alguno, se aprovech de
aquella ocasin para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por ms
que el prncipe quiso disimular su turbacin, era tanta la que le
agitaba cuando recibi el cumplido de la princesa, que ni aun acert a
responderle con la cortesana atencin que exiga de l. Rindise al fin
a la violencia que l se haca, y llegndose al odo a Sifredo, que por
razn de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz
baja: Qu es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no
fu para que usases de l de esa manera. Vos faltis... Acordaos,
seor, de vuestra gloria!--le respondi Sifredo con entereza--. Si no
dais la mano a Constanza y no cumpls la voluntad del rey vuestro to,
perdise para vos el reino de Sicilia. Apenas dijo esto, se separ
del rey, para no darle lugar a que replicase. Qued Enrique sumamente
confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de
partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo
rato sobre el partido que haba de tomar, se determin al cabo,
parecindole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de
Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparent quererse
sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjendose de que, mientras
solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjeara
a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzara su poder
de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condicin del
testamento.

Abrazado este designio, se soseg un poco, y volvindose a Constanza
le confirm lo que el gran canciller le haba dicho en pblico; pero en
el mismo punto en que haca traicin a su propio corazn, ofreciendo su
fe a la princesa, entr Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de
orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus odos
las palabras que Enrique le deca. Fuera de eso, no creyendo Leoncio
que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentndola
a Constanza: Rinde, hija ma, tu fidelidad y respeto a la reina tu
seora, desendole todas las prosperidades de un floreciente reinado
y de un feliz himeneo. Golpe terrible que atraves el corazn de la
desgraciada Blanca. En vano se esforz a disimular su pesar. Demudsele
el semblante, encendindosele de repente y pasando en un momento de
incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo
su cuerpo. Sin embargo, no entr en sospecha alguna la princesa, pues
atribuy el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una
doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella.
No sucedi lo mismo con el rey, quien perdi toda su compostura y
majestad a vista de Blanca, y sali fuera de s mismo, leyendo en sus
ojos la pena que le atormentaba. No dud que, creyendo las apariencias,
ya en su corazn le tuviese por un traidor. No habra sido tan grande
su inquietud si hubiera podido hablarle; pero cmo era esto posible a
vista de toda la Sicilia, que tena puestos los ojos en l? Por otra
parte, el cruel Sifredo cerr la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo
este ministro todo lo que pasaba en el corazn de los dos amantes,
y queriendo precaver las calamidades que poda causar al Estado la
violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su
hija y tom con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas
razones, a casarla cuanto antes.

Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de
su suerte. Declarle que la haba prometido al condestable. Santo
Cielo--exclam transportada de un dolor que no bast a contener la
presencia de su padre--, y qu crueles suplicios tenas guardados
para la desgraciada Blanca! Fu tan violento su arrebato, que todas
las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, fro y
plido, cay desmayada en los brazos de su padre. Conmovironse las
entraas de ste vindola en aquel estado. Sin embargo, aunque sinti
vivamente lo que padeca su hija, se mantuvo firme en su primera
determinacin. Volvi Blanca en s, ms por la fuerza de su mismo
dolor que por el agua con que la roci su padre. Abri sus desmayados
ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, Seor--le dijo con
voz casi apagada--, me avergenzo de que hayis visto mi flaqueza; pero
la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os
librar presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento
se atrevi a disponer de su corazn. No, amada Blanca--respondi
Leoncio--, no morirs; antes bien, espero que tu virtud volver presto
a ejercer sobre ti su poder. La pretensin del condestable te da honor,
pues bien sabes que es el primer hombre del Estado... Estimo su
persona y su gran mrito--interrumpi Blanca--; pero, seor, el rey
me haba hecho esperar... Hija--dijo Sifredo interrumpindola--, s
todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que
miras a ese prncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos
de desaprobarlo, yo mismo procurara con todo empeo asegurarte la mano
de Enrique, si el inters de su gloria y el del Estado no le pusieran
en precisin de drsela a Constanza. Con esta nica e indispensable
condicin le declar por sucesor suyo el difunto rey. Quieres t que
prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Creme, hija, te acompao
vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no
podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma
gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste
capaz de consentir en una esperanza area; fuera de que tu pasin al
rey poda dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para
evitarlos, el nico medio es que te cases con el condestable. En fin,
Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono
y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra;
desempala t, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me
valga de mi autoridad, te lo mando.

Dichas estas palabras, la dej, dndole lugar para que reflexionase
sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, despus de haber pesado
bien las razones de que se haba valido para sostener su virtud
contra la inclinacin de su corazn, se determinara por s misma a
dar la mano al condestable. No se enga en esto; pero cunto cost
a la infeliz Blanca tan dolorosa resolucin! Hallbase en el estado
ms digno de lstima: el sentimiento de ver que haban pasado a ser
evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la
precisin, no casndose con l, de entregarse a un hombre a quien no
le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de afliccin
tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. Si
es cierta mi desgracia--exclamaba--, cmo es posible que yo resista
a ella sin costarme la vida? Despiadada suerte! A qu fin me
lisonjeabas con las ms dulces esperanzas si habas de arrojarme en un
abismo de males? Y t, prfido amante, t te entregas a otra cuando
me prometes una fidelidad eterna! Has podido tan pronto olvidarte
de la fe que me juraste? Permita el Cielo, en castigo de tu cruel
engao, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se
convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lcitos
placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno
en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mo!
S, traidor! S, falso! Ser esposa del condestable, a quien no amo,
para vengarme de m misma y para castigarme de haber elegido tan mal el
objeto de mi loca pasin! Ya que la religin no me permite darme la
muerte, quiero que los das que me quedan de vida sean una cadena de
pesares y molestias! Si conservas todava algn amor hacia m, ser
vengarme tambin de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro;
pero si me has olvidado enteramente, podr a lo menos gloriarse la
Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en s misma la
demasiada ligereza con que dispuso de su corazn!

En esta dolorosa situacin pas la noche que precedi a su matrimonio
con el condestable aquella infeliz vctima del amor y del deber. El da
siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle
en lo que deseaba, se di prisa a no malograr tan favorable coyuntura.
Hizo ir aquel mismo da al condestable a Belmonte y se celebr de
secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. Oh y qu
da aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder
un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era
menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante
de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementsimo
cario. Lleno de jbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba
un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar
a solas sus desgracias. Lleg la noche, y con ella la hora en que a la
hija de Leoncio se le aument la pena. Pero qu fu de ella cuando,
habindola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable!
Preguntle ste respetuosamente cul era el motivo de aquel decaimiento
en que pareca que estaba. Turb esta pregunta a Blanca, quien fingi
que se senta indispuesta. Al pronto qued el esposo engaado, pero
permaneci poco en su error. Como verdaderamente le tena inquieto
el estado en que la vea, y la instaba a que se acostase, estas
instancias, que ella interpret mal, ofrecieron a su imaginacin la
idea ms amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya duea de poderse
reprimir, di libre curso a sus suspiros y a sus lgrimas. Oh, qu
espectculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus
deseos! Entonces ya no puso duda en que en la afliccin de su esposa
se ocultaba alguna cosa de mal agero para su amor. Con todo eso,
aunque este conocimiento le puso en trminos casi tan deplorables como
los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos.
Repiti las instancias para que se acostase, dndole palabra de que la
dejara reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se
ofreci a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le poda
servir de algn alivio. Respondi Blanca, serenada con esta promesa,
que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que
senta. Fingi creerla el condestable. Acostronse los dos y pasaron
una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos
amantes apasionados.

Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el
condestable considerando dentro de s qu cosa poda ser la que llenaba
de amargura su matrimonio. Persuadase que tena algn competidor;
pero cuando le quera descubrir, se enredaban y confundan sus ideas,
y saba solamente que l era el hombre ms infeliz del mundo. Haba
pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando
lleg a sus odos un ruido confuso. Qued sumamente sorprendido,
sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Tvolo por ilusin,
acordndose de que l por s haba cerrado la puerta luego que se
retiraron las criadas de Blanca. Descorri, no obstante, la cortina de
la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que poda
haber ocasionado aquel ruido; pero habindose apagado la luz que haba
quedado encendida en la chimenea, slo pudo or una voz dbil y tenue
que llamaba repetidamente a Blanca. Encendironse entonces sus celosas
sospechas, convirtindose en furor. Sobresaltado su honor, le oblig a
levantarse, y considerndose obligado a precaver una afrenta o a tomar
venganza de ella, ech mano a la espada, y con ella desnuda acudi
furioso hacia donde crea or la voz. Siente otra espada desnuda que
hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira.
Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al
ruido el ms profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones
del cuarto al que pareca huir, y no le encuentra. Prase, escucha,
y ya nada oye. Qu encanto es ste? Acrcase a la puerta que a su
parecer haba favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra,
tienta el cerrojo y hllala cerrada como la haba dejado. No pudiendo
comprender cosa alguna de tan extrao suceso, llama a los criados que
estaban ms cercanos, y como para eso abri la puerta, cerrando el paso
de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.

A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma l
mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre
con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor
indicio de que nadie haya entrado en l, no encontrndose puerta
secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no
le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le
persuadan de su desgracia. Esto despert en su fantasa gran confusin
de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengao pareca recurso
intil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar
la verdad que no se poda esperar de ella la ms leve explicacin.
Adopt, pues, el partido de ir a desahogar su corazn con Leoncio,
despus de haber mandado a los criados se fuesen, dicindoles que crea
haber odo algn ruido en el cuarto, pero que se haba equivocado.
Encontr a su suegro, que sala de su cuarto, habindole despertado
el rumor que haba odo, y le cont menudamente todo lo que le haba
pasado, con muestras de extraa agitacin y de un profundo dolor.

Sorprendise Sifredo al or el suceso y no dud ni un solo momento de
su verdad, por ms que las apariencias la representasen poco natural,
parecindole desde luego que todo era posible en la ciega pasin del
rey, pensamiento que le afligi vivamente. Pero lejos de fomentar las
celosas sospechas de su yerno, le represent en tono de seguridad
que aquella voz que se imaginaba haber odo y aquella espada que
se figuraba haberse opuesto a la suya no podan ser sino fantasas
de una imaginacin engaada por los celos; que no era posible que
ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la
tristeza que haba advertido en ella poda ser efecto natural de alguna
indisposicin; que el honor nada tena que ver con las alteraciones
de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a
vivir en la soledad y que se vea repentinamente entregada a un hombre,
sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, poda muy bien ser
la causa de aquellos suspiros, de aquella afliccin y de aquel amargo
llanto; que el amor en el corazn de las doncellas de sangre noble
slo se encenda con el tiempo y con los obsequios, y que as, le
aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para
ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse ms cariosa, y que le
rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza
y turbacin ofendan su virtud.

Nada respondi el condestable a las razones de su suegro, o porque
en efecto comenz a creer que pudo haberle engaado la confusin en
que estaba su espritu, o porque le pareci ms conveniente disimular
que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan
desnudo de verosimilitud. Restituyse al cuarto de su mujer, se volvi
a la cama y procur lograr algn descanso de sus penosas inquietudes a
beneficio del sueo. Por lo que toca a Blanca, no estaba ms tranquila
que l, porque haba odo claramente todo lo que oy su esposo y no
poda atribuir a ilusin un lance de cuyo secreto y motivos estaba
tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en
introducirse en su cuarto despus de haber dado tan solemnemente su
palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabin de este
paso y de que le causase alguna alegra, lo conceptu como un nuevo
ultraje, que encendi en clera su pecho.

Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le
juzgaba por el ms prfido de los hombres, el desgraciado monarca,
ms prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para
desengaarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido
mucho ms presto a Belmonte para este efecto a habrselo permitido
los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche
hubiera podido evadirse de la corte. Conoca bien todas las entradas
de un sitio donde se haba criado y ningn obstculo tena para hallar
modo de introducirse en la quinta, habindose quedado con la llave de
una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por stos lleg a
su antiguo cuarto y desde l se introdujo en el de Blanca. Fcil es de
imaginar cunta sera la admiracin de este prncipe cuando tropez
all con un hombre y con una espada que sala al encuentro de la suya.
Falt poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel
mismo instante al temerario que tena atrevimiento de levantar su mano
sacrlega contra su propio rey; pero la consideracin que deba a la
hija de Leoncio suspendi su resentimiento; se retir por donde haba
entrado y, ms turbado que antes, volvi a tomar el camino de Palermo.
Lleg a la ciudad poco antes que despuntase el da y se encerr en su
cuarto, tan agitado que no le fu posible lograr ningn descanso, y no
pens mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo
honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin
dilacin todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.

Apenas se levant, di orden de que se previniese el tren de caza,
y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fu al bosque de
Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Caz por disimulo
algn tiempo, y cuando vi que toda su comitiva corra tras de los
perros, l se separ y march solo a la quinta de Leoncio. Estaba
seguro de no perderse, porque tena muy conocidas todas las sendas
del bosque; y no permitindole su impaciencia atender a la fatiga de
su caballo, en breve tiempo corri todo el espacio que le separaba
del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algn pretexto plausible
que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al
atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vi
no lejos de s a dos mujeres que estaban sentadas en conversacin a la
sombra de un rbol. No dud que eran algunas personas de la quinta,
y esta vista le caus algn sobresalto; pero su agitacin lleg a lo
sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que haca el
caballo, reconoci que su adorada Blanca era una de ellas. Haba salido
de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza,
para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.

Luego que Enrique la conoci, fu volando hacia ella, precipitse, por
decirlo as, del caballo, arrojse a sus pies, y descubriendo en sus
ojos todas las seales de la ms viva afliccin, le dijo enternecido:
Suspende, bella Blanca, los mpetus de tu dolor. Las apariencias
confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando ests
enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser
que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y
del exceso de mi amor. Estas palabras, que en el concepto de Enrique
le parecan capaces de mitigar la pena de Blanca, slo sirvieron para
exacerbarla ms. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz.
Asombrado el prncipe de verla tan turbada, prosigui dicindole: Pues
qu, seora, es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os
agita? Por qu desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo
mi corona y hasta mi vida por conservarme slo para vos? Entonces
la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre s misma para
explicarse, le respondi: Seor, ya llegan tarde vuestras promesas; no
hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte
de los dos. Ay, Blanca!--interrumpi el rey precipitadamente--.
Qu palabras tan crueles han proferido tus labios! Quin ser
capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? Quin ser tan osado
que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reducira a
cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus
esperanzas? Intil ser, seor, todo vuestro poder--respondi con
desmayada voz la hija de Sifredo--para allanar el invencible obstculo
que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable. Mujer del
condestable!, exclam el rey dando algunos pasos atrs, y no pudo
decir ms: tan sorprendido qued de aquel impensado golpe. Faltronle
las fuerzas y cay desmayado al pie de un rbol que estaba all
cerca. Qued plido, trmulo y tan enajenado que slo tena libres
los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde
luego la dejaba comprender cunto le haba afligido el infortunio que
le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba tambin, con semblante
tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazn a los
que tanto agitaban el de Enrique. Mirbanse los dos desventurados
amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de
horror. Por ltimo, el prncipe, volviendo algn tanto de su trastorno
por un esfuerzo de valor, tom de nuevo la palabra y dijo a Blanca,
suspirando: Qu habis hecho, seora? Vuestra credulidad me ha
perdido a m y os ha perdido a vos!

Resintise Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella
viva persuadida de que tena de su parte las ms poderosas razones
para estar quejosa de l, y le dijo: Qu, seor, pretendis por
ventura aadir el disimulo a la infidelidad? Querais que desmintiese
a mis ojos y a mis odos y que a pesar de su testimonio os tuviese por
inocente? No, seor; confieso que no me siento con valor para hacer
esta violencia a mi razn. Sin embargo--dijo el rey--, esos testigos
de que tanto os fiis os han engaado ciertamente. Han conspirado
contra vos y os han hecho traicin. Tan verdad es que yo estoy
inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa
del condestable! Pues qu, seor--repuso Blanca--, negaris que yo
misma os o confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro
corazn? No asegurasteis a los grandes del reino que os conformarais
con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibira de
vuestros nuevos vasallos los homenajes que se deban a una reina y
esposa del prncipe Enrique? Mis ojos estaban fascinados? Confesad,
confesad ms bien, infiel, que no cresteis deba contrapesar el
corazn de Blanca el inters de una corona, y sin abatiros a fingir
lo que no sents, ni quiz habis sentido jams, decid que os pareci
asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija
de Leoncio! Al cabo, seor, tenis razn: igualmente desmereca yo
ocupar un trono tan soberano como poseer el corazn de un prncipe
como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesin de uno y
otro; pero vos tampoco debais mantenerme en este error. No ignoris
los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por
infalible para m. A qu fin asegurarme lo contrario? A qu fin tanto
empeo en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi
suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazn, ya que
no poda serlo una mano que ningn otro pudiera jams haber logrado de
m. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por
no exponerme a las consecuencias de una conversacin que mi gloria no
me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, seor,
para cortarla y para que deje a un prncipe a quien ya no me es lcito
escuchar.

Dicho esto, se alej de Enrique con toda la celeridad que le permita
el estado en que se encontraba. Aguardaos, seora!--clamaba
Enrique--. No desesperis a un prncipe resuelto a dar en tierra
con el trono que le echis en cara haber preferido a vos, antes que
corresponder a lo que esperan de l sus nuevos vasallos! Ya es
intil ese sacrificio--respondi Blanca--. Debierais haber impedido
que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos
impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia
quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis.
Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazn, tendr a lo menos
valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que
la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del prncipe
Enrique. Al decir estas palabras, se hall a la puerta del parque,
entrse en l con precipitacin, acompaada de Nise, cerr la puerta
con mpetu y dej al rey traspasado de dolor. No poda menos de sentir
l la profunda herida que haba abierto en su corazn la noticia del
matrimonio de Blanca. Injusta Blanca! Blanca cruel!--exclamaba--.
Es posible que as hubieses perdido la memoria de nuestras recprocas
promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados.
Conque no fu mas que una ilusin la idea que yo me haba formado de
ser algn da el nico dueo tuyo? Ah, cruel y qu caro me cuesta el
haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!

Representsele entonces a la imaginacin con la mayor viveza la
fortuna de su rival, acompaada de todos los horrores de los celos;
y esta pasin se apoder tan fuertemente de l por algunos momentos,
que le falt poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y
aun al mismo Sifredo. Pero poco despus entr la razn a calmar los
mpetus de su clera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el
desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad,
se desesperaba. Lisonjebase de que cambiara aquel concepto si hallaba
arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se
persuadi de que era menester alejar de su compaa al condestable, y
resolvi hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias
en que se hallaba el Estado. En este supuesto, di la orden competente
al capitn de sus guardias, el cual parti a Belmonte, se apoder de
su persona a la entrada de la noche y llevle consigo al castillo de
Palermo.

Consternse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo
parti al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y
a representarle las funestas consecuencias de semejante prisin.
Previendo bien el rey este paso que su ministro dara, y deseando
lograr un rato de libre conversacin con Blanca antes de dar libertad
al condestable, haba mandado expresamente que no se dejase entrar
a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta
prohibicin, logr introducirse en la estancia del rey. Seor--le
dijo luego que se vi en su presencia--, si es permitido a un
respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme
de vos a vos mismo. Qu delito ha cometido mi yerno? Ha considerado
vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y
las resultas de una prisin que puede alejar de su servicio a las
personas que ocupan los primeros puestos del Estado? Tengo avisos
ciertos--respondi el rey--de que el condestable mantiene inteligencias
criminales con el infante don Pedro. El condestable inteligencias
criminales!--interrumpi sorprendido Leoncio--. Ah, seor! No lo
crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnnimo
corazn. La traicin nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo;
bstale al condestable ser yerno mo para hallarse en este punto al
abrigo de toda sospecha. El est inocente; otros motivos secretos
son los que os han inducido a prenderle. Puesto que me hablas con
tanta claridad--repuso el rey--, quiero corresponderte con la misma.
T te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. Ah! Y
no podr yo tambin quejarme de tu crueldad? T, brbaro Sifredo,
t eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, ponindome
en situacin, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte
de los hombres ms infelices! No, no te lisonjees de que yo adopte
tus ideas! Vanamente est resuelto mi matrimonio con Constanza!...
Qu, seor!--interrumpi estremecindose Leoncio--. Cmo ser
posible que no os casis con la princesa, despus de haberla lisonjeado
con esta esperanza a vista de todo el reino? Si es que engao su
esperanza--repuso el monarca--, chate a ti solo la culpa. Por qu
me pusiste t mismo en precisin de ofrecer lo que no poda cumplir?
Quin te oblig a escribir el nombre de Constanza en un papel que se
haba hecho para tu hija? Sabas muy bien mi intencin. Quin te di
autoridad para tiranizar el corazn de Blanca, obligndola a casarse
con un hombre a quien no amaba? Y quin te la di sobre el mo para
disponer de l en favor de una princesa a quien miro con horror?
Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que,
atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo
expirar a mi padre entre los hierros del ms duro cautiverio? Y a
sta queras t que yo diese mi mano? No, Sifredo, no aguardes de m
este paso! Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo,
vers arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos! Qu
es lo que escucho!--exclam Leoncio--. Qu terribles amenazas, qu
funestos anuncios me hacis! Pero en vano me sobresalto!--continu,
mudando de tono--. No, seor, nada de esto temo! Es demasiado el amor
que profesis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte.
No ser capaz un ciego amor de avasallar vuestra razn. Echarais
un eterno borrn a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las
flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable
fu, seor, nicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre
valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejrcito que tiene a su
disposicin, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del
prncipe don Pedro. Parecime que unindole a mi familia con lazos
tan estrechos... Ah, que esos lazos--interrumpi Enrique--, esos
funestos lazos son los que a m me han perdido! Cruel amigo! Qu te
haba hecho yo para que descargases sobre m tan duro e intolerable
golpe? Habate encargado que manejases mis intereses; pero cundo te
di facultad para que esto fuese a costa de mi corazn? Por qu no
dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? Parcete que no tendra
valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen
oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabra yo
muy bien castigarle. Ya s que los reyes no han de ser tiranos y que
su primera obligacin es la de mirar por la felicidad de sus pueblos;
pero han de ser esclavos de stos los mismos soberanos, y esto desde
el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? Pierden por
ventura el derecho que la misma naturaleza concedi a todos los hombres
de ser dueos de sus afectos? Ah, Leoncio, si los reyes han de perder
aquella preciosa libertad que gozan los dems hombres, ah te abandono
una corona que t me aseguraste a costa de mi sosiego! Seor--replic
el ministro--, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su to
sujet la sucesin al trono a la preciosa condicin del matrimonio con
la princesa Constanza. Y quin di autoridad al rey mi to--repuso
acalorado Enrique--para establecer tan violenta como injusta
disposicin? Haba recibido acaso l tan indigna ley de su hermano el
rey don Carlos cuando entr a sucederle? Y por ventura debas t tener
la flaqueza de someterte a una condicin tan inicua? Cierto que para un
gran canciller ests poco enterado de nuestros usos. En una palabra,
cuando promet mi mano a Constanza fu involuntaria mi promesa, que
nunca tuve intencin de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de
ascender al trono en mi constante resolucin de no efectuar aquella
palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que hara derramar
mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la
disputa y decidir cul de los dos ser el ms digno de reinar.

No se atrevi Leoncio a apurarle ms, y se content con pedir de
rodillas la libertad de su yerno, la que consigui, dicindole el rey:
Anda y restityete a Belmonte, que presto ir all el condestable.
Retirse el ministro, y march a su quinta, persuadido de que su yerno
vendra luego a ella; pero engase, porque Enrique quera ver a Blanca
aquella noche, y con este fin dilat hasta el da siguiente la libertad
de su esposo.

Mientras tanto, entregado ste a sus tristes pensamientos, haca
dentro de s crueles reflexiones. La prisin le haba abierto los
ojos y hchole conocer cul era la verdadera causa de su desgracia.
Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la
lealtad que hasta all le haba hecho tan recomendable, slo respiraba
venganza. Persuadido de que el rey no malograra la ocasin y no
dejara de ir aquella noche a visitar a doa Blanca, para sorprenderlos
a entrambos, suplic al gobernador del castillo de Palermo le dejase
salir de la prisin por algunas horas, dndole palabra de honor de que
antes de amanecer se restituira a ella. El gobernador, que era todo
suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y ms habiendo sabido
ya que Sifredo haba alcanzado del rey su libertad; y adems de eso le
di un caballo para ir a Belmonte. Parti prontamente, lleg al sitio,
at l caballo a un rbol, entr en el parque por una puerta pequea
cuya llave tena, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin
ser sentido de nadie. Lleg hasta el cuarto de su mujer y se escondi
tras un biombo que haba en la antesala. Pensaba observar desde all
todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su
esposa al menor ruido que oyese. Vi salir a Nise, que acababa de dejar
a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dorma.

La hija de Sifredo, que fcilmente haba penetrado el verdadero
motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no
volvera ste a Belmonte, aunque su padre le haba dicho haberle el
rey asegurado que le seguira presto. Igualmente se presumi que el
rey aprovechara aquella ocasin para verla y hablarla con libertad.
Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una accin
que para ella poda tener terribles consecuencias. Con efecto, poco
tiempo despus que Nise se haba retirado se abri la falsa puerta y
apareci el rey, quien, arrojndose a los pies de Blanca, le dijo: No
me condenis hasta haberme odo! Si mand arrestar al condestable,
considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es
delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. Por qu os
negasteis a orme esta maana? Tardar poco en verse libre vuestro
esposo, y entonces, ay de m!, ya no tendr recurso para hablaros.
Odme, pues, por ltima vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada
suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo
no me he atrado este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqu a
Constanza la promesa de mi mano fu porque en las circunstancias en
que me puso Sifredo no poda hacer otra cosa. Erame preciso engaar
a la princesa por vuestro inters y por el mo, para aseguraros la
corona y la mano de vuestro amante. Tena esperanza de conseguirlo
y haba tomado mis medidas para romper aquella obligacin; pero vos
destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra
persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entraable
amor hubiera hecho perpetuamente felices.

Di fin a este breve razonamiento con seales tan visibles de una
verdadera desesperacin, que Blanca se enterneci, y ya no le qued la
menor duda de la inocencia de Enrique. Alegrse un poco al principio,
pero un momento despus fu en ella ms vivo el dolor de su desgracia.
Ah, seor!--dijo--. Despus de lo que ha dispuesto de nosotros la
suerte, me causa nueva pena el saber que estis inocente. Qu es lo
que he hecho, desdichada de m? Engame mi resentimiento! Juzgu
que me habais abandonado y, arrebatada de despecho, recib la mano
del condestable, que mi padre me present. Ah, infeliz! Yo fu la
delincuente y yo misma fabriqu nuestra desgracia! Conque cuando
estaba tan quejosa de vos, acusndoos en mi corazn de que me habais
engaado, era yo, imprudente y ligersima amante, la que rompa los
lazos que haba jurado hacer indisolubles! Vengaos ahora, seor, pues
os toca hacerlo! Aborreced a la ingrata Blanca! Olvidad!... Y os
parece que lo podr hacer, seora?--interrumpi Enrique tristemente--.
Qu! Ser posible arrancar de mi corazn una pasin que ni aun
vuestra injusticia podr sofocar? Con todo eso, seor--dijo
suspirando la hija de Sifredo--, es menester que os esforcis para
conseguirlo. Y vos, seora--replic el rey--, seris capaz de hacer
ese esfuerzo? No me prometo lograrlo--respondi Blanca--, pero nada
omitir para ello; lo intentar cuanto pueda. Ah, cruel!--exclam
el rey--. Fcilmente olvidaris a Enrique, puesto que tenis tal
pensamiento! Y vos, seor, qu es lo que pensis?--repuso Blanca con
entereza--. Os lisonjeis de que os tolere continuar en obsequiarme?
No tengis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para
reina, tampoco me form para que diese odos a ningn amor que no sea
legtimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilsima Casa
de Anjou, y aun cuando lo que debo slo a l no fuera un obstculo
invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jams podra
permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga
nimo de no volverme a ver. Oh qu tirana!--exclam el rey--. Es
posible, Blanca, que me tratis con tanto rigor? Conque no basta para
atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queris
adems privarme de vuestra vista, nico consuelo que me queda! Huid
cuanto antes, seor!--respondi la hija de Sifredo derramando algunas
lgrimas--. La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser
un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! Adis, seor;
retiraos de mi presencia! Debis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi
reputacin. Tambin os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque
mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazn, la memoria
de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta
extraordinarios esfuerzos resistirlos.

Pronunci estas ltimas palabras con tanta energa, que, sin
advertirlo, dej caer al suelo un candelero que estaba en una mesa
detrs de ella. Apagse la buja, cgela Blanca a tientas, abre la
puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que
aun no se haba acostado. Vuelve con luz, y apenas la vi el rey la
inst de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la
voz del monarca entr repentinamente el condestable, con la espada en
la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se
llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba,
y le dice; Ya es demasiado, tirano! No me tengas por tan vil ni
tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor! Ah,
traidor!--respondi el rey desenvainando la espada para defenderse--.
Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente? Dicho esto,
principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho.
Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado
pronto a los gritos que daba doa Blanca y le estorbasen su venganza,
peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de s de
furor, l mismo se meti por la espada de su enemigo, atravesndose de
parte a parte hasta la guarnicin. Cay en tierra, y vindole el rey
derribado, se detuvo.

Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se
arroj al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le
miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se
enterneci ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor
y de su compasin. La muerte, que tena tan cercana, no bast para
apagar en l el incendio de los celos. En aquellos ltimos momentos
slo se acord de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y
espantosa que, alentando su espritu y dando un momentneo vigor a las
pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tena
en la mano, y la sepult toda ella en el seno de su mujer, dicindole:
Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vnculos del matrimonio
no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al
pie de los altares! Y t, Enrique--prosigui con voz desmayada--,
no te glores ya de tu destino, puesto que no te aprovechars de mi
desgracia! Con esto muero contento! Dijo estas palabras y expir,
pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba
ver un no s qu de altivo y de terrible. El de Blanca ofreca a la
vista un espectculo bien diverso. Haba cado mortalmente herida sobre
el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente vctima
se confunda con la de su homicida, cuya ejecucin fu tan pronta e
impensada que no di lugar al rey para precaver su efecto.

Prorrumpi este prncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando
vi caer a Blanca; y ms herido que ella del golpe que le quitaba la
vida, acudi a prestarle el mismo auxilio que ella misma haba querido
prestar a su marido y del cual haba sido tan mal recompensada; pero
Blanca le dijo con voz desfallecida: Seor, vuestra diligencia es
intil! Soy la vctima que estaba pidiendo la suerte inexorable!
Quiera el Cielo que ella aplaque su clera y asegure la felicidad de
vuestro reino! Al acabar estas palabras, Leoncio, que haba acudido
al eco de sus lamentosos ayes, entr en el cuarto, y atnito de ver los
objetos que se presentaban a sus ojos, qued inmvil. Blanca, que no le
haba visto, prosiguiendo su discurso con el rey, Adis, seor!--le
dijo--. Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis
desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de
resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos
de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo
el mundo mi inocencia; esto es lo que ms principalmente os encargo.
Adis, amado Enrique!... Yo me muero!... Recibid mi postrer aliento!

A estas palabras, expir. Quedse suspenso el rey, guardando por algn
tiempo un profundo silencio. Rompile en fin, diciendo a Sifredo:
Mira, Leoncio, la obra de tus manos! Contmplala bien y considera
en este trgico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!
Nada respondi el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero a qu
fin empearme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicacin?
Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las ms tiernas quejas
luego que la vehemencia del dolor abri camino al desahogo de los
afectos interiores.

El rey conserv toda su vida la ms dulce memoria de su amante,
sin poderse jams resolver a dar la mano a Constanza. El infante se
colig con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio
en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al prncipe
Enrique, quien triunf al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le
desprendi del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio
que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandon la Sicilia,
y pasndose a Espaa con Porcia, la nica hija que le haba quedado,
compr esta quinta. En ella sobrevivi quince aos a la muerte de
Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con
don Jernimo de Silva, y yo soy el nico fruto de este matrimonio.
Esta es--prosigui la viuda de don Pedro de Pinares--la historia
de mi familia y una fiel relacin de las desgracias que representa
ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la
posteridad un monumento de este funesto suceso.




                              CAPITULO V

De lo que hizo doa Aurora de Guzmn luego que lleg a Salamanca.


Despus de haber la Ortiz, sus compaeras y yo odo esta historia,
nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doa Aurora y doa
Elvira. Pasaron las dos lo restante del da en varias diversiones, sin
fastidiarse una de otra, y cuando partimos al da siguiente, fu tan
dolorosa su separacin como pudiera serlo la de dos ntimas amigas
acostumbradas toda la vida a la ms dulce y tierna compaa.

Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor
contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la
duea Ortiz, segn lo que habamos tratado, se comenz a llamar doa
Jimena de Guzmn. Como haba sido duea tanto tiempo, no poda menos
de hacer bien su papel. Sali una maana con Aurora, una doncella y un
paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que
ordinariamente se alojaba Pacheco. Pregunt la Ortiz si haba algn
cuarto desocupado, y habindole respondido que s, le ensearon uno
decentemente puesto. Tomlo de su cuenta, y aun adelant un mes de
alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a
estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel da.

Despus que la duea y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se
trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se visti de
caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y
tindose del mismo color las cejas, se disfraz de suerte que pareca
un seorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la
cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa haca
sospechoso su disfraz. Imitle en el mismo la criada que le haba de
servir de paje, y todos nos persuadimos que tambin sta representara
bien su papel, as porque no era de las ms hermosas como por tener
cierto airecillo descarado muy a propsito para el personaje que le
tocaba hacer. Despus de comer, hallndose las dos actrices en estado
de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas
y yo marchamos all. Metmonos en un coche y llevamos los bales y la
ropa que era menester.

La posadera, llamada Bernarda Ramrez, nos recibi con el mayor agasajo
y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversacin
con ella. Convinimos en la comida que nos haba de dar y en lo que
habamos de pagarle cada mes. Preguntmosle despus si tena muchos
huspedes. Por ahora--respondi--no tengo ninguno. Nunca me faltaran
si quisiera recibir a todo gnero de gentes, pero mi genio no lo lleva
y en mi casa slo admito personas de distincin. Esta misma noche
espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llmase don
Luis Pacheco, caballero de veinte aos lo ms, que acaso conocern
ustedes o habrn odo hablar de l. No--respondi Aurora--. No ignoro
que es de una familia ilustre, pero no s sus cualidades, y habiendo
de vivir en su compaa en una misma casa tendra particular gusto de
saber qu hombre es. Seor--repuso la huspeda mirando al fingido
caballero--, es un caballerito de linda cara, ni ms ni menos que la
vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendris bien. Vive
diez, que podr jactarme de tener en mi casa los dos seoritos ms
galanes y airosos de toda Espaa! Segn eso--replic mi ama--, ese
tal caballerito habr tenido en Salamanca mil galanteos. Oh! En
cuanto a eso--respondi la vieja--, debo confesar que es un enamorado
de profesin. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier
mujer. Entre otras rob el corazn de una joven y bella como ella sola,
hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cario hacia don
Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doa Isabel. Pero
dgame--le replic Aurora con prontitud--, y don Luis la corresponde
igualmente? Que la amaba antes que volviese a Madrid--respondi la
Ramrez--, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso
es lo que yo no s, porque el tal caballerito en este punto es poco de
fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comnmente todos los de su
edad y de su clase.

Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oy en el
patio ruido de caballos. Asommonos a la ventana y vimos dos hombres
que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de
Madrid con su criado. Dejnos la vieja para ir a recibirlos y preparse
mi ama, no sin alguna conmocin, a representar su personaje de don
Flix. Poco despus vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con
botas y espuelas, en traje de camino. Acabo de saber--dijo saludando
a doa Aurora--que un caballero toledano est alojado en esta posada,
y espero me permitir le manifieste el gusto que tengo de lograr
bajo un mismo techo tan buena compaa. Mientras responda mi ama a
este cumplimiento, me pareci que Pacheco estaba suspenso de ver a
un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle
que jams haba visto hombre tan galn ni tan bien plantado. Despus
de varios discursos, acompaados de mil recprocos y cortesanos
cumplimientos, se retir don Luis al cuarto que se le haba destinado.

Mientras se haca quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que
le buscaba para entregarle una carta encontr por casualidad a doa
Aurora en la escalera, y tenindola por don Luis, a quien no conoca,
Caballero--le dijo--, aunque no conozco al seor don Luis Pacheco, me
parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no
me engao, segn las seas que me han dado. No, amigo--respondi mi
ama con gran serenidad--, ciertamente que no te engaas y sabes cumplir
con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que
soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidar de enviar
la respuesta. Marchse el paje, y cerrndose Aurora en su cuarto con
su criada y conmigo abri la carta y nos ley lo que sigue: Acabo de
saber vuestra llegada a Salamanca. Alegrme tanto esta noticia, que
tem perder el juicio. Amis todava a vuestra Isabel? Aseguradle
cuanto antes de que no os habis mudado. Morir de contento si le dais
el consuelo de haberle sido fiel.

En verdad que el papel es apasionado--dijo Aurora--y muestra un
alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe
despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para
desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que l
no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no
desconfo de salir con ella. Parse a pensar sobre este punto, y un
momento despus aadi: Yo me obligo a ver enemistados a los dos en
menos de veinticuatro horas. Con efecto, habiendo Pacheco descansado
un poco en su cuarto, volvi a buscarnos al nuestro y renov la
conversacin con Aurora antes de cenar. Caballero--le dijo en tono de
zumba--, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho
vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud;
yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas. Oiga
usted--le respondi mi ama en el mismo tono--, su temor no est mal
fundado. Don Flix de Mendoza es un poco temible; as os lo prevengo.
Ya he estado otra vez en esta ciudad y s por experiencia que en ella
no son insensibles las mujeres. Qu prueba tiene usted de ello?,
interrumpi don Luis con presteza. Una demostrativa--replic la
hija de don Vicente--. Habr un mes que transit por esta ciudad,
y, habindome detenido en ella no ms que ocho das, en este breve
tiempo--os lo digo en toda confianza--se apasion ciegamente de m la
hija de un anciano doctor en leyes.

Conoc que se haba turbado don Luis al or estas palabras. Y
se podr saber, sin pasar por indiscreto--replic--, el nombre de
esa seora? Qu llama usted sin pasar por indiscreto?--repuso
el fingido D. Flix--. Pues qu motivo puede haber para hacer de
esto un misterio? Por ventura me tenis por ms callado que lo son
en este punto los de mi edad? No me hagis esa injusticia! Adems
de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan
escrupuloso miramiento, porque al fin slo es una pobre particular, y
los hombres de distincin no se emplean seriamente en estas gentes de
poca posicin, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el
crdito. Diros, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama
Isabel. Y el tal doctor--interrumpi, impaciente ya, Pacheco--, se
llama acaso el seor Marcos de la Llana? Justamente!--respondi mi
ama--. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por l ver si me
quiere bien la tal nia. Pas los ojos don Luis por el billete, y
conociendo la letra se qued confuso. Qu veo!--prosigui entonces
Aurora con admiracin--. Parece que se os muda el color! Creo,
Dios me lo perdone!, que tomis inters por esa dama. Oh y cunto
me pesa de haber hablado con tanta franqueza! Antes bien, os doy
gracias por ello--replic don Luis en un tono mezclado de clera y
despecho--. Ah, prfida! Ah, inconstante! Oh, don Flix, y qu
favor os merezco! Me habis sacado de un error en que quiz hubiera
estado largo tiempo! Crea que me amaba. Qu digo amaba? Me pareca
que me adoraba Isabel! Yo miraba con algn aprecio a esta muchacha,
pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio. Apruebo
vuestro noble modo de pensar--dijo Aurora, manifestando tambin por
su parte mucha indignacin--. La hija de un doctor en leyes debiera
tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto
mrito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar
el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus
favores. Por lo que a m toca--dijo Pacheco--, juro no volverla a
ver en toda mi vida, y sta ser mi nica venganza. Tenis sobrada
razn--respondi el fingido Mendoza--. Pero, con todo, para que conozca
mejor el menosprecio con que la tratamos, sera yo de parecer que los
dos le escribiramos separadamente un papel en que la insultsemos a
nuestra satisfaccin. Yo los cerrar y se los enviar en respuesta a su
carta; mas antes de llegar a este extremo ser bien que lo consultis
con vuestro corazn, no sea que algn da os arrepintis de haber roto
la amistad con Isabel. No, no!--interrumpi don Luis--. No pienso
tener jams semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por
mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos
discurrido.

Sin perder tiempo fu yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro
se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del
doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces
bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y
as, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones
poco enrgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo,
y a la verdad tena razn para quedar satisfecho, porque estaba
concebido en estos trminos: Aprende ya a conocerte, reina ma, y no
tengas la presuncin de creer que yo te amo. Para esto era menester
otro mrito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que
merezca mi atencin mas que por un momento. Solamente puedes aspirar
a los inciensos que te tributarn las hopalandas ms miserables de la
Universidad. Escribi, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora
acab la suya, que no era menos ofensiva, las cerr entrambas bajo una
cubierta, y entregndome el pliego, Toma, Gil Blas--me dijo--, y haz
que Isabel reciba este pliego esta noche. Ya me entiendes!, aadi
guindome un ojo, seal cuyo significado entend perfectamente. S,
seor--le respond--, ser usted servido como desea.

Responderle esto, hacerle una cortesa y salir de casa todo fu uno.
Luego que me vi en la calle, me dije a m mismo: Conque, seor Gil
Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representis
en esta comedia el importante papel de criado confidente? S, seor!
Pues, amigo mo, es menester mostrar que tienes habilidad para
desempear un papel que pide tanta! El seor don Flix se content con
hacerte una sea; fise de tu penetracin. Comprendiste bien lo que
aquella guiada quiso decir? S, por cierto: qusome dar a entender que
entregase solamente el billete de don Luis. No significaba otra cosa
aquella guiadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y
haciendo, romp el sobrescrito, saqu de l la carta de Pacheco y la
llev a casa del doctor Marcos, habindome antes informado de dnde
viva. Encontr a la puerta al mismo pajecito a quien haba visto en
la posada de los caballeros. Hermano--le dije--, seris vos, por
fortuna, el criado de la hija del seor doctor Marcos de la Llana?
Respondime que s en tono de mozo experto en estos lances, y yo le
aad: Tenis una fisonoma tan honrada y una cara tan de amigo de
servir al prjimo, que me atrevo a suplicaros entreguis a vuestra
ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo. Y quin es ese
caballero?, me pregunt el pajecillo; y apenas le respond que era don
Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondi: Ah! Si el papel
es de ese seorito, sgueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte
en su cuarto, que quiere hablarte. Segule, en efecto, y llegu a
una sala, donde muy presto se dej ver la seora. Qued admirado de
su hermosura; tanto, que me pareci no haber visto facciones ms
lindas en mi vida. Tena un aire tan delicado y aniado, que pareca
ser de edad de quince aos, sin embargo de que haba ms de treinta
que caminaba por s misma sin necesidad de andadores. Amigo--me
pregunt con cara risuea--, eres criado de don Luis Pacheco? S,
seora--le respond--; tres semanas ha que entr a servir a su merced.
Y diciendo esto le entregu respetuosamente el fatal papel que se me
haba encargado. Leyle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que
sus mismos ojos vean. Con efecto, nada esperaba menos que semejante
respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordase los labios y todos sus
indeliberados movimientos hacan patente lo que pasaba dentro de su
corazn. Volvise despus hacia m y me dijo: Amigo mo, don Luis
se ha vuelto loco desde que se ausent de m? No comprendo su modo
de proceder. Dme, amigo, si lo sabes: qu motivo ha tenido para
escribirme un papel tan cortesano, tan atento? Qu demonio le tiene
posedo? Si quiere romper conmigo, no sabra hacerlo sin ultrajarme
con una carta tan grosera? Seora--le respond afectando un aire
lleno de sinceridad--, es cierto que mi amo no ha tenido razn para
eso; pero en cierta manera se vi en trminos de no poder hacer otra
cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubrir todo
el misterio. Te ofrezco guardarlo--me respondi ella prontamente--;
no temas que te perjudique; y as, explcate con toda libertad. Pues,
seora--continu yo--, he aqu el caso en dos palabras. Un momento
despus que mi amo recibi vuestro papel, entr en la posada una dama
tapada con un manto de los ms dobles; pregunt por el seor Pacheco;
hablle a solas, y de all a algn tiempo, al fin de la conversacin,
le o decir estas precisas palabras: Me juris que nunca la volveris
a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo
le escribis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero
absolutamente de vos. Sujetse don Luis a todo lo que deseaba aquella
mujer, y entregndome despus el billete, me dijo: Toma este papel,
averigua dnde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maa
que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel. De aqu
inferiris, seora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga
vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido
en esta maniobra. Oh Cielos!--exclam ella--. Pues esto es todava
ms de lo que yo pensaba! Ms me ofende su infidelidad que las
indignas e injuriosas expresiones que se atrevi a escribir su mano!
Ah, infiel! Ha podido contraer otra amistad! Pero, revistindose
de repente de altivez, aadi despechada: Abandnese en buen hora
libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de
mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre
el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan
voltario para tener el menor deseo de atrarmelo de nuevo. Diciendo
esto me despidi y se retir muy enojada contra don Luis.

Yo sal de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de m
mismo, conociendo bien que si quera aprender el oficio de tercero me
hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo.
Volvme a nuestra posada, donde encontr cenando juntos a los seores
Mendoza y Pacheco y en conversacin, con tanta confianza como si se
hubieran conocido y tratado muchos aos. Conoci Aurora en mi alegre y
risueo semblante que no haba desempeado mal mi comisin. Conque
ya ests de vuelta, Gil Blas?--me dijo en tono festivo--. Ea, danos
cuenta de tu embajada! Tuve, para responder, que recurrir a mi
talento. Dije que haba entregado el pliego en mano propia a Isabel, la
que, despus de haber ledo los dos dulcsimos y tiernsimos papeles,
prorrumpi en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: Por vida
ma que los dos seoritos escriben con bellsimo estilo! No se puede
negar que nadie es capaz de imitarlo! Eso--dijo mi ama--se llama
sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. En verdad que
la tal seora ma es una chula de prueba y muy diestra! Desconozco
enteramente en esta ocasin a doa Isabel--interrumpi don Luis--; la
tena en muy distinto concepto. Yo tambin--replic Aurora--haba
formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que
saben hacer toda clase de papeles. A una de stas am yo, y en verdad
que se burl de m largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; pareca la
mujer ms juiciosa y ms honesta que haba en todo el mundo. As
es--respond yo introducindome en la conversacin--; era capaz de
engaar al ms astuto, y aun a m mismo me hubiera engaado.

Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco
cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que
yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversacin, me dirigan
a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos
nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo
grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fu
que Isabel qued legal y judicialmente declarada por una chula de
profesin. Don Luis protest de nuevo que jams la volvera a ver
y, a ejemplo suyo, don Flix jur que siempre la mirara con el
ms alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon ms su
amistad, prometiendo que ninguna cosa tendran reservada uno para
otro; antes bien, que todas se las comunicaran recprocamente.
Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciossimas, y
despus se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo
acompa a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de
la conversacin que haba tenido con la hija del doctor, sin omitir
la circunstancia ms menuda. Falt poco para que me abrazase de pura
alegra. Querido Gil Blas--me dijo--, tu ingenio y habilidad me
tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasin en que es preciso
recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado
tan advertido y tan ingenioso como t, que tomas verdadero inters en
nuestros asuntos. Animo, pues, amigo mo! Nos hemos sacudido de una
mujer que poda hacernos mal tercio! No me descontenta el principio,
pero como los lances de amor estn sujetos a varias revoluciones, soy
de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que
desde maana empiece a representar su papel Aurora de Guzmn. Aprob
el pensamiento y, dejando al seor don Flix con su paje, me retir al
cuarto donde tena mi cama.




                              CAPITULO VI

De qu ardides se vali Aurora para que la amase don Luis Pacheco.


El primer cuidado de los dos buenos amigos fu reunirse al da
siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vi precisada a dar
y recibir para hacer bien el personaje de don Flix. Fueron juntos
a pasearse por la ciudad, acompandolos yo con Chilindrn, criado
de don Luis. Parmonos a la puerta de la Universidad a leer varios
carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Haba tambin
leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un
hombrecillo que haca crtica de las obras que se anunciaban. Observ
que le estaban oyendo otros con singular atencin y me persuad tambin
de que l crea merecer que le escuchasen. Pareca vano y hombre de
tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas
chiquitas. Esa nueva traduccin de Horacio que anuncia ese cartel
con letras gordas--deca a los circunstantes--es una obra en prosa
compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los
escolares, que han agotado de l ya cuatro ediciones, sin que ningn
inteligente haya comprado siquiera un ejemplar. No era ms favorable
la crtica que haca de los dems libros. Todos los motejaba sin
caridad; probablemente sera algn autor. Yo de buena gana le hubiera
estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fu preciso seguir
a don Luis y a don Flix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no
importndoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su
camino, alejndose de l y de la Universidad.

Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentse mi ama a la mesa
con Pacheco, y diestramente hizo que la conversacin recayese sobre
su familia. Mi padre--dijo--es un segundo de la casa de Mendoza,
establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doa Jimena de
Guzmn, que hace pocos das vino a Salamanca en seguimiento de cierto
negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doa Aurora, hija
nica de don Vicente de Guzmn, a quien quiz habr usted conocido.
No--respondi don Luis--, pero he odo hablar mucho de l, igualmente
que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen
de esta seorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y
entendimiento. En cuanto a entendimiento--respondi don Flix--, es
cierto que no le falta, y tambin lo es que ha procurado cultivarlo;
pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan,
cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho. Siendo eso
as--replic prontamente don Luis--, queda muy acreditada su fama.
Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y as,
no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendra mucho gusto en
verla y hablar con ella. Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra
curiosidad--repuso el fingido Mendoza--; hoy mismo, despus de comer,
iremos los dos a casa de mi ta.

Mud entonces de conversacin mi ama y empezaron los dos a hablar
de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponan para ir
a casa de doa Jimena, me anticip yo a prevenir a la duea que
se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me
restitu prontamente a la posada para acompaar a don Flix, quien,
finalmente, condujo al seor don Luis a casa de su ta. Apenas entraron
en ella cuando se encontraron con doa Jimena, que les hizo sea de
que metiesen poco ruido, dicindoles en voz baja: Paso, pasito!
No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer ac ha estado
padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dej,
y habr un cuarto de hora que la pobre nia se retir a descansar
un poco. Siento mucho esa indisposicin--dijo Mendoza aparentando
sentimiento--, porque esperaba tener el gusto de que visemos a mi
prima, pues quera hacer este obsequio a mi amigo Pacheco. No es eso
tan urgente--respondi la Ortiz sonrindose--; pueden ustedes dejarlo
para maana. Detuvironse un rato los dos caballeritos con la vieja, y
despus de una breve conversacin se retiraron.

Condjonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de
Pedrosa, donde pasamos lo restante del da; cenamos con l, y dos
horas despus de media noche volvimos a la posada. Habramos andado
como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban
tendidos en medio de la calle. Creamos que seran algunos infelices
recin asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a
tiempo nuestro socorro. Mientras nos estbamos informando del estado
en que se hallaban, cuanto lo poda permitir la obscuridad de la
noche, he aqu que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y
di orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mud de opinin,
haciendo mejor juicio, luego que nos oy hablar, y mucho ms cuando,
a la luz de una linterna sorda, descubri las nobles facciones de
Mendoza y de Pacheco.. Mand a los alguaciles que examinasen y
reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creamos asesinados, y
hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente
de vino y perfectamente borrachos. Seores--exclam un ministril--,
conozco muy bien a este gran bebedor; es el seor licenciado Guiomar,
rector de nuestra Universidad. Aqu donde ustedes le ven es un grande
hombre, un talento extraordinario. No hay filsofo a quien no confunda
en un argumento; tiene una facundia sin igual. Lstima es que sea
tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendr de cenar
con su Isabelilla, en donde, por desgracia, l y el que le gua se
habrn emborrachado, y ambos han cado en el arroyo. Antes que el
buen licenciado fuese rector le suceda esto con bastante frecuencia.
Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.
Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuid de
llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trat de
irse a dormir.

Don Flix y don Luis se levantaron al da siguiente a eso del medioda,
y vueltos a reunir, su primera conversacin fu de doa Aurora de
Guzmn. Gil Blas--me dijo mi ama--, v a casa de mi ta doa Jimena y
pregntale de mi parte si el seor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a
mi prima. Part al punto a desempear mi comisin, o, por mejor decir,
a quedar de acuerdo con la duea sobre el modo con que nos habamos de
gobernar, y despus que tomamos nuestras medidas puntuales volv con
la respuesta al fingido Mendoza y le dije: Vuestra prima Aurora est
muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le
ser del mayor agrado, y doa Jimena me encomend afirmase al seor
Pacheco que siempre ser muy bien recibido en su casa por vuestra
recomendacin.

Conoc que estas ltimas palabras haban gustado mucho a don Luis.
Tambin lo conoci mi ama, y desde luego arguy de ello un dichoso
presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doa
Jimena y dijo a don Flix: Seor, un hombre de Toledo fu a preguntar
por su merced en casa de su seora ta y dej en ella este billete.
Abrile el fingido Mendoza y ley en l estas clusulas, en voz que
las pudiesen or todos: Si queris saber de vuestro padre, con otras
noticias de consecuencia que os importan mucho, ledo ste venid
prontamente al mesn del _Caballo Negro_, cerca de la Universidad.
Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me
interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. Hasta luego,
Pacheco!--continu--. Si no volviere dentro de dos horas, podis ir vos
solo a casa de mi ta, adonde concurrir yo tambin despus de comer.
Ya sabis el recado que os di Gil Blas de parte de doa Jimena; en
virtud de l podis con franqueza hacer esta visita. Diciendo esto,
sali de casa, mandndome le siguiese.

Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesn del
_Caballo Negro_ nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos
dispusimos al enredo. Quitse Aurora sus postizos cabellos rubios,
lavse y restregse muy bien las cejas, vistise de mujer y qued como
naturalmente era: una triguea hermosa. Puede decirse que el disfraz
la transformaba de manera que doa Aurora y don Flix parecan dos
personas diferentes; y aun en traje de mujer pareca ms alta que
vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban
la estatura. Luego que a su hermosura aadi los dems auxilios que el
arte poda prestarle, esper a don Luis, con una agitacin mezclada
de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su
hermosura y otras tema que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz
se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo
que hace a m, como no convena que Pacheco me viese en aquella casa,
y como--a semejanza de aquellos actores que slo aparecen en el teatro
cuando est para concluirse la comedia--no deba parecer en ella hasta
el fin de la visita, sal as que acab de comer.

En fin, todo estaba ya prevenido cuando lleg don Luis. Recibile doa
Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversacin que
dur de dos a tres horas. Al cabo de ellas entr yo en la sala donde
estaban, y dirigindome a don Luis, le dije: Caballero, mi amo don
Flix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque
est con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.
Ah libertinillo!--exclam doa Jimena--. Sin duda estar de
jarana! No, seora--repliqu yo prontamente--; est en realidad
con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que
le ha causado grandsimo disgusto el no poder venir aqu, y me ha
encargado decroslo, igualmente que a doa Aurora. Oh! Yo no admito
sus disculpas!--repuso mi ama chancendose--. Sabiendo que he estado
indispuesta, deba mostrar ms atencin con las personas que le son tan
allegadas. En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!
Ah, seora--dijo entonces don Luis--, no tomis tan cruel resolucin!
Sbrale a don Flix por castigo el no haberos visto hoy.

Despus de haberse chanceado algn tiempo sobre el mismo asunto,
se retir Pacheco. La bella Aurora mud inmediatamente de traje y
volvise a poner su vestido de caballero. Trasladse a la posada lo ms
breve que le fu posible, y apenas entr dijo a don Luis: Perdonadme,
amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi ta. Hallme con unas
gentes tan pesadas que no pude, por ms que hice, desenredarme de
ellas. Lo nico que me consuela es que, a lo menos, habis tenido
lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien,
qu os ha parecido mi prima? Decdmelo ingenuamente. Qu me ha de
parecer?--respondi Pacheco--. Me ha hechizado! Tenis razn en decir
que los dos sois muy parecidos. En mi vida he visto facciones ms
semejantes! El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y
hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que
vuestra prima es algo ms alta; es triguea, y vos rubio; sois festivo,
y ella seria. Eso nicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a
entendimiento--continu--, no cabe ms. En una palabra: es una dama de
mrito extremado!

Pronunci Pacheco tan fuera de s estas ltimas palabras, que don Flix
le dijo sonrindose: Psame, amigo, de haberos proporcionado este
conocimiento con doa Jimena, y si queris creerme, no volvis ms a
su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doa Aurora de Guzmn
podra insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasin.
No necesito volverla a ver--interrumpi don Luis--para estar ya
ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, est hecho. Tanto
peor para vos--replic el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre
de contentaros con una sola, y mi prima no es doa Isabel. Os hablo
claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no
vaya por el camino real. _Por el camino real?_--repiti don Luis--.
Y puede irse por otro hacia una seorita de su calidad? Es agraviarme
el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! Conocedme mejor, mi
querido Mendoza! Ah! Yo me tendra por el ms dichoso de todos los
hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la ma!
Oh don Luis!--repuso don Flix--. Supuesto que pensis de ese modo,
desde este instante me tendr de su parte vuestro amor y desde luego os
ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Maana mismo dar principio a
ellos, procurando ganar a mi ta, que tiene mucho ascendiente sobre mi
prima.

Pacheco di mil gracias al caballero que le haca una oferta tan
apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no poda dirigirse
mejor nuestra estratagema. El da siguiente aadimos algunos grados
ms al amor de don Luis con otra invencin. Pas Aurora a su cuarto
despus de suponer que haba ido a hablar con doa Jimena como para
interesarla en su favor, y le dijo as: Habl a mi ta, y no me cost
poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Hallla fuertemente
preocupada contra vos. Yo no s quin le haba metido en la cabeza que
erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco
favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tom vuestro partido
con tal tesn, que logr por ltimo desimpresionarla del todo. No
obstante--prosigui Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los
dos solos tengamos una conferencia con mi ta, para asegurarnos ms
de su favor y de su apoyo. Manifest Pacheco una grande impaciencia
por hablar cuanto antes con doa Jimena, y don Flix procur que
lograse esta satisfaccin la maana del da siguiente, bastante
temprano. Condjole l mismo a la seora Ortiz, y los tres tuvieron
una conversacin, en la cual di muy bien don Luis a conocer el mucho
terreno que el amor haba ganado en su corazn en tan breve tiempo.
Fingise la sagaz Jimena muy pagada de la tierna aficin que mostraba
a su sobrina y le ofreci hacer cuanto estuviese de su parte para
persuadirla a que le diese su mano. Arrojse Pacheco a los pies de tan
buena ta y le rindi mil gracias. A este tiempo pregunt don Flix
si su prima se haba levantado. No--respondi la duea--; todava
est durmiendo, y por ahora no se la podr ver; pero vuelvan ustedes
esta tarde y le hablarn cuanto quieran. Respuesta que, como se puede
creer, acrecent en gran manera la alegra de don Luis, a quien se le
hizo eterno el resto de aquella maana. Restituyse, pues, a su posada,
en compaa del fingido Mendoza, quien tena la mayor complacencia
en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las
seales de un amor verdadero.

Toda la conversacin fu acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don
Flix a Pacheco: Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece
que podr ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi
ta para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado
de su corazn en orden a vuestra persona. Aprob don Luis esta idea;
dej salir primero a su amigo y l le sigui una hora despus. Mi ama
supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando lleg su amante ya
estaba vestida de mujer. Despus de haber saludado a doa Aurora y a
su ta, dijo don Luis: Yo cre encontrar aqu a don Flix. Est
escribiendo en mi gabinete--respondi doa Jimena--y presto saldr.
Qued satisfecho don Luis con esta respuesta y empez a entablar
conversacin con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del
objeto amado, not que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no
pudo ya don Luis disimular ms su extraeza. Aurora mud de repente de
tono, echse a rer y dijo: Es posible, seor don Luis, que no hayis
an sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qu,
unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teidas me desfiguran
tanto que os hayis dejado engaar hasta ese punto? Desengaaos,
caballero--prosigui volviendo a su natural seriedad--; acabad de
conocer que don Flix de Mendoza y doa Aurora de Guzmn son una misma
persona.

No se content con sacarle de su error, sino que le confes tambin
la flaqueza de su pasin y todos los pasos que esta misma le haba
sugerido para reducirle al estado en que le vea. No qued el tierno
amante menos encantado que sorprendido de lo que oa y vea. Echse
a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: Ah, bella Aurora!
Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a
tu bondad tan finas demostraciones? Qu puedo hacer para agradecerlas?
Un amor eterno no sera suficiente para pagarlas! A estas palabras
se siguieron otras mil halageas expresiones, despus de lo cual
los dos amantes hablaron de las medidas que deban tomar para llegar
al cumplimiento de sus deseos. Resolvise que todos partisemos
inmediatamente a Madrid, donde se desenlazara nuestra comedia por
medio de un casamiento. As se ejecut, y al cabo de quince das se
cas don Luis con mi ama, celebrndose la boda con ostentacin y un
sinnmero de diversiones.




                             CAPITULO VII

Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.


Tres semanas despus de este casamiento, queriendo mi ama recompensar
mis buenos servicios, me regal cien doblones, y me dijo: Gil Blas,
yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo
que quisieres; pero sbete que don Gonzalo Pacheco, to de mi marido,
desea mucho seas su ayuda de cmara. Le he hablado tan bien de ti, que
me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un seor ya de
das, pero de bellsimo genio, y estoy cierta de que te ir muy bien
con l.

Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba
de m, acept con tanto ms gusto el partido que me proporcionaba
cuanto que yo no sala de entre la familia. Fu, pues, una maana, de
parte de la recin casada, a casa del seor don Gonzalo, que todava
estaba en la cama, aunque era cerca de medioda. Entr en su cuarto
y le hall tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tena el
buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y
casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos
solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son ms
contenidos en la vejez. Recibime con agrado y me dijo que si le quera
servir con el mismo celo con que haba servido a su sobrina poda
contar con que me hara feliz. Ofrecle emplear igual esmero en cumplir
con mi obligacin en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel
momento me recibi en su servidumbre.

Heme aqu, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qu hombre era.
Cuando se levant cre estar viendo la resurreccin de Lzaro. Figrese
el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sera
a propsito para aprender la osteologa; las piernas eran tan chupadas
que, aun despus de tres o cuatro pares de medias que se puso, me
parecan delgadsimas. Adems de eso, esta momia viviente era asmtica,
acompaando con una tos cada palabra. Luego tom chocolate, y mandando
despus que le trajesen papel y tinta, escribi un billete, que cerr y
entreg al paje que le haba servido el caldo, para que le llevase a su
destino. Apenas parti ste cuando, volvindose a m, me dijo: Amigo
Gil Blas, de aqu en adelante pienso que seas t confidente de mis
encargos, particularmente los respectivos a doa Eufrasia, que es una
joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.

Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. Y cmo podrn los
mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho est
persuadido de que le idolatran? Hoy mismo--prosigui l--irs conmigo
a casa de esta seora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te
quedars admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar
a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las
apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro;
no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la
belleza del rostro una persona que sepa amar. No limit a slo esto
el elogio de su dama, sino que se empe en persuadirme de que era
un compendio de todas las perfecciones; pero encontr con un oyente
difcil en dejarse convencer sobre este punto. Despus de haber
cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas
sus maniobras, nunca cre que los viejos fuesen muy afortunados en
amor. Sin embargo, fing--por complacerle nicamente--que le crea;
y aun hice ms, pues no slo alab la discrecin y el buen gusto de
doa Eufrasia, sino que me adelant a decir que ella tampoco podra
encontrar otro sujeto ms amable. El buen hombre no conoci que yo le
lisonjeaba; antes por el contrario tom por verdadera mi alabanza.
Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues
admiten con gusto aun las lisonjas ms desmedidas.

Despus de esta conversacin, comenz el viejo a arrancarse con unas
pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lav los ojos, que
estaban llenos de legaas; lo mismo hizo con los odos, manos y cara;
y concludas sus abluciones, se ti de negro el bigote, las cejas y
el pelo, gastando en el tocador ms tiempo que emplea una viuda vieja
empeada en desmentir el estrago de los aos. No bien haba acabado de
vestirse, cuando entr en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y
tan viejo como l, pero muy diferente en todo lo dems. Este traa sus
venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastn y, en vez de
querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. Amigo
Pacheco--dijo luego que entr--, vengo a comer contigo. Bien venido,
conde!, le respondi mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron
a hablar mientras se haca hora de sentarse a la mesa. Al principio
fu la conversacin sobre una corrida de toros que pocos das antes se
haba celebrado, y hablaron de los picadores que haban mostrado mayor
destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro
Nstor, a quien todas las cosas presentes le servan de ocasin para
alabar las pasadas, dijo suspirando: Ya no se hallan hoy los hombres
que se vean en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con
aquella magnificencia con que se hacan en nuestra mocedad.

Yo me rea interiormente de la ridcula preocupacin del seor conde
de Azumar, el cual no se content con aplicarla nicamente a los toros
y a los torneos, pues cuando se sirvi la fruta en la mesa dijo,
mirando unos excelentes melocotones que se haban puesto en ella: En
mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. La
Naturaleza se debilita cada da! Segn eso--dije yo entonces para m
sonrindome--, los melocotones en tiempo de Adn deban ser de enorme
tamao!

Detvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche.
Luego que ste se desembaraz de l, sali de casa, dicindome le
acompaase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien
pasos de la nuestra. Encontrmosla en un cuarto alhajado con primor.
Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida
juventud, que casi pareca una nia, sin embargo de que ya llegaba por
lo menos a los treinta. Poda pasar por linda, y desde luego admir su
talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad,
por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como
en sus palabras, sobresalan en ella el juicio, la modestia y la
penetracin. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que
deca. Considerla yo con no poca admiracin y dije: Oh Cielos! Es
posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta? Y es
que viva yo persuadido de que necesariamente haba de ser desenvuelta
toda dama cortesana. Admirbame aquel aparente recato, sin hacerme
cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios,
conformndose al carcter de los ricos y seores que caen en sus manos.
Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con stos sern intrpidas
y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las
encontrarn con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos
camaleones, mudan de color segn el genio y el humor de las personas
que las visitan.

No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de
hermosuras desenvueltas; antes se le hacan insufribles, y para que le
agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia.
As, Eufrasia, gobernndose por esta idea, haca ver que haba ms
comediantas que las que representan en los teatros. Dej a mi amo con
su ninfa y pas a una sala, donde me encontr con una ama de gobierno,
vieja, que yo haba conocido cuando era criada de una comedianta.
Ella tambin me conoci inmediatamente y representamos una escena de
reconocimiento digna de una comedia. Aqu ests, amigo Gil Blas?--me
dijo llena de alegra,--. Segn eso, has salido de casa de Arsenia,
como yo de la de Constanza? As es--respond yo--; mucho tiempo ha
que la dej, y despus entr a servir a una seora de distincin,
porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me
desped, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra. Hiciste muy
bien--me respondi la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco ms o
menos lo hice con Constanza. Una maana le di mi cuenta, luego que
me levant; ella me la recibi sin decirme nada, y de esta manera
nos despedimos; como dicen, a la francesa. Mucho celebro--repuse
yo--que t y yo nos hallemos en casa ms honorfica. Doa Eufrasia me
parece seora de distincin y la creo de muy buen carcter. No te
engaas en eso--respondi Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida,
como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, ser
difcil hallar otra ms sosegada ni ms apacible. No es de aquellas
amas altivas y difciles de contentar, que nada les gusta, que en
todo encuentran qu decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los
criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he odo reir
siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que
no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos
dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias. Tambin mi
amo--repliqu yo--es un seor muy afable; se familiariza conmigo y me
trata como a un igual ms bien que como a un criado. En una palabra, es
el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor
que cuando estbamos con las comediantas. Mil veces mejor!--repuso
Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo as que la de
entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra ms hombre que
el seor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco ver yo a otro que a ti,
de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y
ms de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero,
en fin, no desconfo de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga
su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad,
cuya prenda ningn hombre puede remunerar suficientemente; en punto a
fidelidad, soy una tortolilla.

Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a
brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendera, no
tuve la menor tentacin de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco
me pareci conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la
despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en trminos
que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me
imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero tambin me enga
miserablemente en esta ocasin. Galantebame ella no slo por mi
linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a
quien tena tanto amor que ningn medio perdonaba cuando se trataba de
complacerla y servirla. Reconoc mi error la maana siguiente, en que
fu a entregar a doa Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibime
con agrado y me dijo mil cosas cariosas, y la criada di tambin su
pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonoma; otra hallaba en m
cierto aire de moderacin y de prudencia. Al or a las dos, mi amo
posea un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que
desconfi de sus elogios. Desde luego penetr el fin de ellos, pero los
oa con una aparente simplicidad, con cuyo artificio enga a aquellas
bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.

Escucha, Gil Blas--me dijo doa Eufrasia--: en ti consiste hacer tu
fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mo. Don Gonzalo es viejo;
su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen mdico,
basta para echarle a la sepultura. Aprovechmonos bien de los pocos
momentos que le restan y gobernmonos de modo que me deje a m la
mejor parte de sus bienes. A ti te tocar una buena porcin; as te lo
prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada
ante todos los escribanos de Madrid. Seora--le respond--, disponga
usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me
diga lo que debo hacer, y lo dems djelo por mi cuenta, que espero se
dar por bien servida. Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has
de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razn
puntual de todos sus pasos. Cuando hables con l, procura con arte
introducir la conversacin sobre las mujeres, y toma de aqu ocasin
para, con destreza y maa, decirle mucho bien de m. Tu mayor estudio
ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea
posible. Espa con sagacidad si algn pariente suyo le hace la corte
con la mira a su herencia y avsame sin perder un instante, que yo los
echar a pique. No te pido ms. Tengo muy conocidos los diferentes
genios de la parentela de tu amo; s el modo de hacerlos ridculos a
los ojos de ste, y ya he desconceptuado en su nimo a sus primos y
sobrinos.

Por esta instruccin, y por otras que aadi Eufrasia, conoc que
era una de aquellas mujeres que slo se dedican a complacer a viejos
generosos. Pocos das antes haba obligado a don Gonzalo a vender una
posesin, cuyo precio le regal. Todos los das le chupaba algo, y
adems de eso esperaba que no la olvidara en su testamento. Mostrme
muy deseoso de hacer todo lo que me peda; mas, por no disimular nada,
confieso que cuando volva a casa iba muy dudoso sobre si contribuira
a engaar a mi amo o a apartarle de su querida. Este ltimo partido me
pareca ms honrado que el otro, y me senta ms inclinado a cumplir
con mi obligacin que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que,
en suma, nada de positivo me haba ofrecido Eufrasia, y quiz por
esto, ms que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolv,
pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba
arrancarle del lado de su dolo sera mejor recompensado por una accin
buena que por las malas que yo pudiera hacer.

Para conseguir mejor el fin que me haba propuesto, fing dedicarme
enteramente a servir a doa Eufrasia. Hcele creer que continuamente
estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba
mil patraas, que la pobre crea como otros tantos evangelios;
artificio con el cual me intern tanto en su confianza, que me contaba
por el ms ciegamente empeado en promover sus intereses. A mayor
abundamiento, aparent tambin estar enamorado de Beatriz, la cual
estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un
pito de que la engaase, con tal que la engaase bien. Cuando mi amo
y yo estbamos con nuestras dos reinas, representbamos dos cuadros
diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y
amarillo, como ya le he retratado, pareca un moribundo en la agona
cuando miraba a su Filis con ojos lnguidos y amorosos. Mi Nise,
siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones
de una nia, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana
vieja y bien amaestrada. Conocase que haba cursado estas escuelas por
lo menos unos buenos cuarenta aos. Habase refinado en servicio de
una de aquellas heronas del partido que saben el secreto de hacerse
amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres
generaciones.

No me bastaba ya el ir con mi amo todos los das a casa de Eufrasia;
muchas veces iba solo, particularmente de da; y a cualquiera hora que
fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna,
que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor
indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiracin, porque no
acertaba a comprender cmo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don
Gonzalo una mujer joven y hermosa.

Pero en esta admiracin no haba juicio alguno temerario, pues la bella
Eufrasia, como pronto veremos, para hacer ms tolerable el tiempo que
tardaba en heredar a don Gonzalo, se haba provisto de un amante ms
proporcionado a sus aos.

Cierta maana, muy temprano, fu a entregar un billete a la tal nia
de parte de mi amo, segn la costumbre diaria. Hzome entrar en su
cuarto y divis en l los pies de un hombre que estaba escondido detrs
de un tapiz. No di la ms mnima seal de que le vea, y as que
desempe mi encargo me sal, sin dar a entender que hubiese notado
cosa alguna; pero aunque no deba sorprenderme este objeto, y ms
cuando en nada me perjudicaba a m, no dej, con todo, de inquietarme
mucho. Ah, malvada!--deca yo con enfado--. Ah, traidora Eufrasia!
No te contentas con engaar a un buen viejo, hacindole creer que le
amas, sino que te entregas a otro amante para hacer ms abominable tu
villana traicin! Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de
esta suerte. Antes deba rerme de aquella aventura y mirarla como una
compensacin del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufra con
el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra
que en valerme de esta ocasin para acreditarme de buen criado. Pero
en vez de moderar mi celo, abrac con mayor calor los intereses de don
Gonzalo y le hice puntual relacin de lo que haba visto, aadiendo que
doa Eufrasia haba solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de
ello no le ocult nada de lo que me haba dicho, de manera que estuvo
en su mano el conocimiento del verdadero carcter de su enamorada.
Hzome mil preguntas, como dudando de lo que deca; pero mis respuestas
fueron tales que le quitaron la satisfaccin de poder dudarlo. Qued
atnito y asombrado de lo que haba odo, y sin que le sirviese en este
lance su ordinaria serenidad, se asom a su semblante un repentino
mpetu de clera, que poda parecer presagio de que Eufrasia pagara su
infidelidad. Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido
al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad.
Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a
romper para siempre la amistad con esta ingrata. Diciendo esto, sali
efectivamente, y se fu en derechura a su casa, no queriendo que le
acompaase yo, por librarme de la mala figura que haba de hacer si me
hallaba presente a la averiguacin de aquellos hechos.

Mientras tanto, qued esperando con la mayor impaciencia que volviese
mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse
de su ninfa, volvera desviado de sus atractivos, o cuando menos
resuelto a una eterna separacin. Con este alegre pensamiento me
daba a m mismo el parabin de mi obra; me representaba el placer
que tendran los herederos legtimos de don Gonzalo cuando supiesen
que su pariente ya no era juguete de una pasin tan contraria a sus
intereses; me figuraba que todos se me confesaran obligados, y, en
fin, que iba yo a distinguirme de los dems criados, ms dispuestos
por lo comn a mantener a sus amos en sus desrdenes que a retirarlos
de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendran
por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagea
se desvaneci pocas horas despus, porque volvi mi amo y me dijo:
Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversacin muy acalorada con
Eufrasia. Llamla ingrata, aleve; llenla de improperios; pero sabes
lo que me respondi? Que haca mal en dar crdito a criados. Sostiene
con empeo que me has hecho una relacin falsa. Si he de creerla,
t no eres ms que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos,
por cuyo amor no perdonaras medio alguno para ponerme mal con ella.
Yo mismo la vi derramar algunas lgrimas, y lgrimas verdaderas.
Me ha jurado por cuanto hay de ms sagrado que ni te haba hecho la
ms mnima proposicin ni ve a ningn hombre. Lo mismo me asegur
Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo
que, contra mi propia voluntad, se desvaneci todo mi enojo. Pues
qu, seor--interrump yo con sentimiento--, dudis de mi sinceridad,
desconfiis de...? No, hijo mo--repuso l--. Te hago justicia;
no creo que ests de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de
que slo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo
agradezco. Pero muchas veces engaan las apariencias. Puede suceder
que realmente no hubieses visto lo que te pareci ver, y en tal
caso considera lo mucho que habr ofendido a Eufrasia tu acusacin.
Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. As lo quiere mi
estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que
exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Sintolo mucho, mi
pobre Gil Blas--continu--, y te aseguro que no he consentido en ello
sin afliccin; mas no puedo pasar por otro punto; compadcete de mi
debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrs sin recompensa;
fuera de que ya he pensado colocarte con una seora amiga ma, en cuya
casa lo pasars perfectamente.

Qued mortificadsimo al ver que mi celo haba redundado en mi
perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lament la flaqueza de don
Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de
conocer el buen viejo que en despedirme de su casa slo por complacer
a su dama no haca la accin ms honrosa. Para cohonestar su poco
espritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la pldora, me regal
cincuenta ducados, y l mismo me condujo el da siguiente a casa de la
marquesa de Chaves. Djole en mi presencia que era yo un mozo de buenas
prendas y que l me quera mucho, pero que por ciertos respetos de
familia se vea precisado a su pesar a quedarse sin m, y le suplicaba
con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto
me recibi la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva
casa.




                             CAPITULO VIII

Carcter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la
visitaban.


Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco aos, bella,
alta y bien proporcionada. No tena hijos y gozaba de diez mil ducados
de renta. Nunca vi mujer ms seria ni que menos hablase. Con todo
eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la seora de
mayor talento. Lo que quiz contribua ms que todo a esta universal
reputacin era la concurrencia a su casa de los primeros personajes
de la corte, as en nobleza como en literatura; problema que yo no
me atrever a decidir. Slo dir que bastaba or su nombre para
conceptuar que el que all concurra era de un gran talento, y que su
casa la llamaban por excelencia el _tribunal de las obras ingeniosas_.

Con efecto, todos los das se lean en ella, ya poemas dramticos, ya
poesas lricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negbase la entrada
a toda composicin jocosa. La mejor comedia o la novela ms ingeniosa
y ms alegre no se miraba sino como una pueril y ligera produccin que
no mereca alabanza alguna. Por el contrario, la ms mnima obra seria,
una oda, un soneto, una gloga, pasaban all por el ltimo esfuerzo del
ingenio humano. Pero suceda tal vez que el pblico no se conformaba
con la decisin del _tribunal_; antes bien, censuraba sin reparo las
obras que haban sido en l muy aplaudidas.

La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi
empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes,
disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y
cada cosa en su respectivo sitio, quedndome despus en la antesala
para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer da, conforme
yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba
entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente.
Llambase Andrs de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente areo
y burln, no le faltaba entendimiento. El primero que se present
fu un obispo. Anunci su venida, y despus que hubo entrado, me
dijo el maestro de pajes: Ese prelado es de un carcter bastante
gracioso. Tiene algn valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere
persuadir. Ofrcese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontrle un
da en la antecmara del rey un caballero, que le salud. Detvole
el obispo, hzole mil cumplimientos, le cogi la mano, apretsela,
y le dijo: Soy todo de vuestra seora. No me niegue el favor de
acreditarle mi amistad, pues no morir contento si no logro alguna
ocasin de servirle. Correspondile el caballero con expresiones
de reconocimiento, y apenas se haban separado cuando el obispo,
volvindose a uno de los que iban a su lado, le dijo: Quiero conocer
a este hombre y no me acuerdo quin es; slo tengo una idea confusa de
haberle visto en alguna parte.

Poco despus del obispo se dej ver un seorito, hijo de cierto grande,
a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. As que
entr, me dijo el seor Molina: Este seorito es tambin un ente raro.
Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueo de ella de
negocios de importancia; est en conversacin con l una o dos horas
y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto
a que haba ido. A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar
a dos seoras, aadi: Ve aqu a doa Angela de Peafiel y a doa
Margarita de Montalvn. Estas dos seoras en nada se parecen una a
otra; doa Margarita presume de filsofa, se las tiene tiesas con los
mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jams a sus
argumentos; doa Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente
instruda, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus
discursos, slidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.
Este segundo carcter--le respond yo--es un carcter muy amable;
pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo. Qu dice
usted _muy mal en el bello sexo_?--replic Molina prontamente--. Es tan
fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridculos. Tambin
nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosfico. Yo
no s sobre qu se tratar hoy en nuestra academia, pero se disputar
mucho.

Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave,
cejijunto y fruncido. No le perdon mi caritativo instructor. Este
es--me dijo--uno de aquellos entes serios que quieren pasar por
hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias
de Sneca y que, examinados de cerca, no son ms que unos pobres
mentecatos. Tras de ste entr un caballerito de bastante buena
presencia, pero con aire de hombre pagado de s mismo. Pregunt a
Molina quin era, y me respondi: Es un poeta dramtico, el cual ha
compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro
cuartos; pero, en recompensa, con slo seis renglones en prosa acaba de
formarse una buena renta.

Iba a decirle que me explicase en qu haba consistido el haber
logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando o un gran rumor en
la escalera. Bravo!--exclam el maestro de pajes--. Aqu tenemos
al licenciado Campanario, que se deja or mucho antes que se le vea!
Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja
hasta que vuelve a salir por ella. Con efecto, resonaba en toda la
casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se present en la
antesala con un bachiller amigo suyo, y no ces de hablar mientras dur
su visita. Este licenciado--dije a Molina--parece hombre de ingenio.
S lo es--me respondi--. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica
con gracia y agudeza; es muy divertida su conversacin; pero adems de
ser un hablador molestsimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En
suma, para no estimar las cosas ms de lo que valen, estoy persuadido
de que su mayor mrito consiste en aquel aire cmico y festivo con
que sazona lo que dice; y as, no creo que le hara mucho honor una
coleccin de sus agudezas y sus gracias.

Fueron entrando despus otras personas, de todas las cuales me hizo
Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la
marquesa, que fu de mi gusto. Esta--me dijo--tiene un talento
regular, en medio de su filosofa. Su carcter no es impertinente y da
poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es
de las ms racionales que conozco. No se le advierte pasin alguna; ni
el juego ni los galanteos le gustan; slo le agrada la conversacin,
y, en una palabra, su vida sera intolerable para la mayor parte de
las damas. Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto
ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos das despus no pudo menos
de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi
sospecha fu el siguiente.

Estando una maana en el tocador, se present en la antesala un
hombrecillo como de cuarenta aos, pero de malsima figura, ms
mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy
corcovado. Djome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntndole yo
de parte de quin, De la ma!--me respondi arrogante--. Diga usted
a la seora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con
doa Ana de Velasco. Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada
de alegra, me mand le hiciese entrar. No slo le recibi con extraas
demostraciones de aprecio, sino que mand salir a todas las criadas, de
modo que el corcovadillo, ms afortunado que una persona de provecho,
se qued a solas con ella. Las criadas y yo nos remos un poco de esta
visita tan graciosa, que dur una hora, al cabo de la cual mi ama
le despidi con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo
contenta que quedaba de l.

En efecto, lo qued tanto, que por la noche me llam aparte y me dijo:
Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo
ms secretamente que puedas. Cuyo encargo confieso que me di mucho en
qu sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego
que se dej ver aquel hombrecillo, que fu a la maana siguiente, le
introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la seora.
Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual infer o
que la marquesa tena estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo
le serva de tercero.

Posedo yo de esta idea me deca: Si mi ama se ha enamorado de un buen
mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no
puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado. Pero cun mal
pensaba yo de aquella seora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y
como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que crea gustosa en los
prestigios de los saltimbanquis, tena conversaciones a solas con l.
Haca ver los objetos en un vaso, enseaba a dar vueltas al cedazo y
revelaba por dinero todos los misterios de la cbala, o bien--para
hablar con ms exactitud--era un bribn que subsista a expensas de las
personas demasiado crdulas y se deca que a ello contribuan muchas
seoras de distincin.




                              CAPITULO IX

Por qu incidente Gil Blas sali de casa de la marquesa de Chaves y
cul fu su paradero.


Seis meses haba que yo serva a la marquesa de Chaves, y me hallaba
muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permiti
mantenerme ms tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en
Madrid. El motivo fu el lance que voy a contar.

Entre las criadas de la marquesa haba una, llamada Porcia, que, sobre
ser joven y hermosa, era de un carcter tan bueno que me capt la
voluntad, sin saber que me sera necesario disputar su corazn. El
secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado
de mi dolo, y apenas advirti mi amor cuando, sin procurar informarse
si Porcia me corresponda, resolvi que nos midisemos la espada, y
me cit una maana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo
que apenas me llegaba a los hombros, me pareci enemigo poco temible,
y lleno de confianza acud al sitio sealado. Lisonjebame yo de una
completa victoria y de adquirir por ella nuevo mrito con Porcia; pero
el resultado humill mucho mi presuncin. El secretarillo, que haba
aprendido dos o tres aos la esgrima, me desarm como a un nio, y
ponindome al pecho la punta de la espada, me dijo: Preprate para
morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrs de casa
de la marquesa de Chaves, sin pensar ms en Porcia. Prometselo as
y lo cumpl sin repugnancia. Corrame de presentarme delante de los
criados de la casa despus de haber sido tan ignominiosamente vencido,
y mucho ms de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasin de
nuestro desafo. No volv, pues, a casa sino para recoger mi ropa y
dinero, y el mismo da me encamin a Toledo, con la bolsa bastante
provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lo. Aunque por
ningn caso me haba obligado a salir de Madrid, juzgu me convendra
mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos aos, y as,
tom la determinacin de dar una vuelta por Espaa, detenindome en
las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. Con el dinero que
tengo--me deca--, gastndolo con discrecin, tendr para correr gran
parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondr de nuevo a servir,
pues un mozo como yo hallar acomodos sobrantes cuando le venga en
voluntad buscarlos, y no tendr mas que escoger.

Como tena particulares deseos de ver a Toledo, llegu all al cabo
de tres das, y fu a tomar posada en un buen mesn, en donde me
tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido
de aventuras amorosas, que no dej de ponerme; y con el aire que tom
de elegante, poda fcilmente introducirme con las buenas mozas que
vivan en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar
en su casa por hacer un gran gasto, fu forzoso contener mis deseos.
Hallndome siempre con gusto de viajar, despus de haber visto todo lo
que haba de curioso en Toledo, sal de all un da al amanecer y tom
el camino de Cuenca, con nimo de pasar al reino de Aragn. Al segundo
da de jornada me met en una venta que encontr en el camino, y cuando
empezaba a refrescarme, entr una partida de cuadrilleros de la Santa
Hermandad. Estos seores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo,
les o hacer mencin de las seas de un joven a quien llevaban orden de
prender. El caballero--deca uno de ellos--no tiene mas que veintitrs
aos, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguilea, y monta un
caballo castao.

Estvelos yo escuchando sin mostrar atencin a lo que decan, y en
realidad me importaba poco el saberlo. Dejlos en la venta y prosegu
mi camino; pero no haba andado an medio cuarto de legua cuando
encontr a un mocito muy galn que iba en un caballo castao. Vive
diez--dije para m--, que o yo me engao mucho, o ste es el sujeto a
quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz
aguilea. Seguramente l es a quien quieren atrapar y he de hacerle un
buen servicio. Seor--le dije--, permtame usted que le pregunte si le
ha sucedido algn pesado lance de honor. El joven, sin responderme,
fij los ojos en m y mostrse admirado de mi pregunta. Asegurle que
sta no naca de pura curiosidad, y qued bien convencido de ello
luego que le cont todo lo que haba odo a los ministros en la venta.
Generoso desconocido--me respondi--, no puedo ocultaros que tengo
motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por
lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos. Yo sera
de parecer--repuse entonces--que buscsemos por aqu un sitio retirado,
donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad
que veo nos est amenazando. Al decir esto, descubrimos una calle de
rboles bastante frondosos, y habindonos metido en ella, nos condujo
al pie de una montaa, donde encontramos una ermita.

Era sta una grande y profunda gruta que el tiempo haba socavado
en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un
corral que haba fabricado el arte, cuyas paredes se componan de
una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para
mayor defensa, de un gnero de foso cubierto de verdes cspedes. Los
contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban
de suavsima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma
gruta se descubra una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba
un manantial de agua que corra a dilatarse por una pradera. A la
entrada de esta cueva solitaria haba un buen ermitao, que pareca un
hombre consumido por la vejez. Apoybase en un bculo, y en la otra
mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por
lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda
con unas largas orejeras, y su barba, ms blanca que la nieve, le
bajaba hasta la cintura. Acercmonos a l y yo le dije: Padre mo,
nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad
que viene sobre nosotros? Venid, hijos mos--respondi el anacoreta
despus de haberme mirado con atencin--; mi pobre gruta est a vuestra
disposicin y podris estar en ella todo el tiempo que quisiereis.
El caballo--aadi--le podis meter en aquel corral--sealndolo con
la mano--, donde creo que estar bien acomodado. Metimos en l el
caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompandonos siempre
el venerable viejo.

Apenas entramos en ella cuando cay una copiosa lluvia mezclada de
relmpagos y espantosos truenos. El ermitao se hinc de rodillas
delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared,
y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Ces la tempestad y
cesaron tambin nuestras oraciones. Levantmonos; pero como todava
segua lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitao: Yo,
hijos mos, no os aconsejar que os pongis en camino con este
temporal, y ms estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello
algn negocio grave y urgente. Respondmosle que ninguna cosa nos
impeda el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a
no ser ste, antes le suplicaramos nos permitiese pasar all la
noche. La incomodidad ser para vosotros--respondi cortesanamente
el anacoreta--; tendris mala cama y peor cena, porque slo puedo
ofreceros la de un pobre ermitao.

En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rstica mesilla, donde
nos sirvi unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua.
Esta--dijo--es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razn hacer
algn exceso en obsequio de unos huspedes tan honrados. Dijo, y
march luego a traer un pedazo de queso y dos puados de avellanas,
que ech sobre la mesa. Mi compaero, que no tena mucho apetito, hizo
poco gasto de aquellos manjares. Observlo el ermitao y dijo: Veo que
estis acostumbrados a mesas ms regaladas que la ma, o, por mejor
decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo
tambin he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para
m los manjares ms delicados ni los guisados ms exquisitos; pero la
soledad y el hambre han restitudo la pureza al paladar. Ahora slo me
gustan las races, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello
que serva de alimento a nuestros primeros padres.

Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se qued como
enajenado en una profunda cavilacin. Notlo el viejo y le dijo:
Hijo mo, vos tenis atravesado el corazn con alguna espina que os
punza mucho. No podr saber el motivo de la grave afliccin que os
atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la
curiosidad; la caridad es la nica causa que a ello me anima. Hllome
en edad en que puedo daros algn buen consejo, y vos me parecis estar
en una situacin que necesita bien de l. S, padre mo--respondi el
caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro--, es muy cierto
que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecis el vuestro
con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que
nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos. No, hijo--replic
el ermitao--, no tenis que temer; soy hombre a quien se le puede
confiar cualquiera cosa, sea la que fuere. Entonces el caballero habl
de esta manera.




                              CAPITULO X

            Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.


Nada, padre mo, os ocultar, como ni tampoco a este caballero que
me escucha. Harale gran agravio en desconfiar de l a vista de la
generosa accin que us conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.

Nac en Madrid y mi origen fu el que voy a referir. Un oficial de la
guardia alemana, llamado el barn de Steinbach, entrando una noche en
su casa se hall, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo.
Levantle, llevle al cuarto de su mujer, desenvolvile y encontraron
un nio recin nacido envuelto en paales muy aseados y finos, y un
billete que deca ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se
daran a conocer, y que el nio estaba ya bautizado con el nombre de
Alfonso. Este desgraciado nio soy yo y esto es todo cuanto s. Vctima
del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso nicamente
para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto
perjuro, se vi en la cruel necesidad de abandonarme.

Como quiera que sea, al barn y a su mujer les enterneci mucho mi
desgracia, y como no tenan sucesin resolvieron criarme como si
fuera hijo suyo, conservndome el nombre de don Alfonso. Al paso que
creca yo en edad creca el amor en ellos hacia m. Hacanme mil
caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus
pensamientos eran de darme la mejor educacin. Buscronme maestros de
todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen
mis padres, pareca, por el contrario, que deseaban no se manifestasen
jams. Luego que el barn me vi capaz de poder seguir la milicia, me
aplic a servir al rey. Consiguime una bandera y mand hacerme un
pequeo equipaje. Para animarme a buscar ocasin de adquirir gloria
y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba
abierta a todo el mundo y que en la guerra podra hacer mi nombre tanto
ms glorioso cuanto slo sera deudor a mi valor y a mi espada de la
gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me revel el secreto de mi
nacimiento, que hasta all me haba callado. Como en todo Madrid pasaba
por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tena por tal, confieso que
me turb no poco esta confianza. No poda pensar en ello sin llenarme
de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados
impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor
de verme desamparado de aquellos a quienes le haba debido.

Pas a servir en los Pases Bajos, donde se hizo la paz poco despus
que llegu al ejrcito. Hallndose Espaa sin enemigos, me restitu a
Madrid, y el barn y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones
de cario. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una
maana entr en mi cuarto un pajecillo y me entreg en las manos un
billete concebido poco ms o menos en estos trminos: No soy fea ni
contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los das a mi balcn
con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galn. Estoy
tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor
en ese corazn de hielo.

As que le este billete me persuad, sin la menor duda, de que era de
una viudita llamada Leonor, que viva enfrente de mi casa y tena fama
de ser alegre de cascos. Examin sobre este punto al pajecillo, que
por algn breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado
que le di, satisfizo mi curiosidad y se encarg de llevar a su ama mi
respuesta. Decale en ella que conoca y confesaba mi delito, del cual
estaba ya medio vengada, segn lo que yo senta en m.

Con efecto, no dej de hacerme impresin esta graciosa manera de
granjear la voluntad. No sal de casa en todo aquel da, asomndome
frecuentemente al balcn para observar a la seora, que tampoco
se descuid de dejarse ver al suyo. Hcele seas, a las cuales
correspondi, y el da siguiente me envi a decir por el mismo pajecito
que si entre once y doce de aquella noche quera yo hallarme en
nuestra calle, podamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque
no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dej
de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esper a que
anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho.
Luego que fu de noche, sal a pasearme al Prado, para entretener el
tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entr en el paseo cuando,
acercndose a m un hombre montado en un hermoso caballo, se ape
precipitadamente, y mirndome con ceo, Caballero--me dijo--, no sois
vos el hijo del barn de Steinbach? El mismo, le respond. Luego
vos sois el citado--prosigui l--para dar esta noche conversacin
a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas,
que me mostr el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aqu desde
que salisteis de casa, para advertiros que tenis un competidor cuya
vanidad se indigna de disputar el corazn de una dama con un hombre
como vos. Me parece que no necesito deciros ms, y pues nos hallamos
en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que
vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis
palabra de romper toda comunicacin con Leonor. Sacrificadme las
esperanzas que tenis, o en este mismo punto os quito la vida. Ese
sacrificio--respond--se haba de pedir y no exigirse. Lo hubiera
podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.
Pues riamos--dijo l, atando el caballo a un rbol--, porque es
indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de
la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar,
se vengaran de vos de un modo menos honroso. Ofendironme mucho
estas ltimas palabras, y viendo que l haba sacado la espada saqu
yo tambin la ma. Reimos con tanto empeo, que dur poco el combate.
Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese ms diestro
que l, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero
titubear y despus caer en tierra. Entonces no pens mas que en ponerme
en salvo, y montando en su propio caballo tom el camino de Toledo. No
volv a casa del barn de Steinbach, parecindome que la relacin de
mi lance slo servira para afligirle; y cuando consideraba el peligro
en que me hallaba, vea que no deba perder un momento en alejarme de
Madrid.

Posedo enteramente de amargusimas reflexiones, anduve toda la noche
y la maana del da siguiente; pero a eso del medioda me vi precisado
a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que
cada instante era ms inaguantable. Detveme, pues, en una aldea hasta
puesto el Sol, y continu luego mi camino, con nimo de no apearme
hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas ms all de Illescas
cuando, a eso de media noche, me cogi en campo raso una furiosa
tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Llegume a las
tapias de un jardn que vi a pocos pasos de m, y no hallando abrigo
ms cmodo me arrim con mi caballo lo mejor que pude a una puerta
pequea de una estancia que estaba casi en un ngulo de la misma cerca,
sobre la cual haba un balcn. Apoyndome en la puerta vi que no la
haban cerrado, y discurr que esto habra sido culpa de los criados.
Me ape, y no tanto por curiosidad como por resguardarme ms del agua,
que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcn, me entr en
aquella habitacin baja, juntamente con el caballo, tirndole por la
brida.

Durante la tempestad procur reconocer aquel sitio, y aunque slo
poda registrarle a favor de los relmpagos, juzgu que era una quinta
de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase
la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos
una gran luz, mud de parecer. Dej resguardado el caballo en aquella
pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fume acercando hacia la luz,
presumiendo que estaban todava levantados en la casa, para suplicarles
me diesen abrigo por aquella noche. Despus de haber atravesado algunos
corredores, me hall en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta.
Entr en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnfica
araa con varias bujas, ya no me qued duda de que aquella casa de
campo era de algn gran personaje. El pavimento era de mrmol; el
friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada,
y el techo me pareci obra de los ms diestros pintores; pero lo
que ms me llev la atencin fu una multitud de bustos de hroes
espaoles, puestos sobre bellsimos pedestales de mrmol jaspeado, que
adornaban las paredes del saln. Tuve bastante tiempo para enterarme de
todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el odo
para ver si senta rumor no llegu a percibir ninguno ni a ver persona
alguna.

A un lado del saln haba una puerta entornada; la entreabr y not
una cruja de cuartos, en el ltimo de los cuales haba luz. Consult
conmigo mismo lo que deba hacer: si volverme por donde haba venido
o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que
el partido ms acertado era el de retirarme; pero pudo ms en m la
curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fu ms poderosa la
fuerza del destino que me arrastraba. Llev, pues, mi empeo adelante,
y atravesando todas las piezas llegu a la ltima, donde arda,
sobre una mesa de mrmol, una buja puesta en un candelero de plata
sobredorada. Desde luego conoc que era un cuarto de verano, alhajado
con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una
cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un
objeto que me rob toda la atencin. Era una joven que, a pesar del
estruendo pavoroso de los truenos, dorma profundamente. Acerqume a
ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la buja descubr
una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente
me encantaron. Al verla, toda mi mquina se conmovi; me sent
enteramente enajenado. Pero por ms agitado que me tuviesen mis
impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidi
formar ningn pensamiento temerario, pudiendo ms el respeto que la
pasin. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despert.

Fcil es de imaginar cunto la sobresaltara el ver a un hombre
desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama.
Toda asustada y estremecida di un gran grito. Hice cuanto pude para
aquietarla; hinqu una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije:
No temis, seora, que yo no he entrado aqu con nimo de ofenderos.
Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para
escucharme. Comenz a llamar a grandes voces a sus criadas, y como
ninguna le respondiese, cogi a toda prisa una bata ligera, que estaba
al pie de la cama, cubrise con ella, salt acelerada al suelo, agarr
la buja y atraves corriendo toda la cruja de cuartos, llamando sin
cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que viva en la misma
quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre m
toda la familia y que, sin merecerlo ni orme, me tratasen mal; pero
quiso mi fortuna que, por ms gritos que di, nadie pareci, sino un
criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer.
No obstante, con la presencia del buen viejo, alentndose algn tanto,
me pregunt con altivez quin era yo, por dnde y a qu fin haba
tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comenc a justificarme;
pero apenas le dije que haba entrado por la puerta del cuarto del
jardn, que haba hallado abierta, cuando exclam al instante diciendo:
Justo Cielo y qu sospechas me vienen ahora al pensamiento!

En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no
encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes s ve que
stas se haban llevado cada una sus ropas. Parecindole que se haban
verificado sobradamente sus sospechas, se volvi a donde yo haba
quedado, y articulando mal las palabras con la clera, Infame!--me
dijo--. No aadas la mentira a la traicin! No te ha trado a esta
quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges.
T eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cmplice en su
delito. Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo an bastante
gente en casa que te prenda! Seora--le dije--, no me confundis, os
ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni
s todava quin sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance
de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto
hay de ms sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad,
no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, seora, formar mejor
concepto de m. En vez de suponerme cmplice en ese delito que tanto
os ofende, vivid persuadida de que estoy prontsimo a vengaros. Estas
ltimas palabras, que pronunci con ardor y viveza, la tranquilizaron;
de modo que desde aquel punto mostr no mirarme ya como a enemigo.
Ces en el mismo momento su enojo, pero entr a ocupar su lugar el
ms acerbo dolor. Comenz a llorar amargamente, y sus lgrimas me
enternecieron de manera que no me sent menos afligido que ella, aun
cuando ignoraba la causa de su pena. No me content con acompaarla
en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entr una
especie de furor. Seora--exclam entre lastimado y colrico--, quin
ha tenido atrevimiento para ultrajaros? Y qu especie de ultraje ha
sido el vuestro? Hablad, seora, porque vuestras ofensas ya son mas!
Queris que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte
el corazn? Nombradme todos aquellos que queris que os sacrifique.
Mandad y seris obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este
desconocido, a quien habis mirado como enemigo, se expondr, por amor
de vos, a cualquier riesgo.

Quedse suspensa aquella seora a vista de un arrebato tan inesperado,
y enjugando sus lgrimas me dijo: Perdonad, seor, mi temeraria
sospecha a la infeliz situacin en que me hallo. Vuestros generosos
sentimientos han desengaado a la desgraciada Serafina, y me quitan
adems hasta el natural rubor que me acusa el que un extrao sea
testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. S, generoso
desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no
quiero la muerte de don Fernando. Bien est, seora--repliqu--;
pero en qu deseis que os sirva? Seor--respondi Serafina--, el
motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamor de
mi hermana Julia, a quien vi en Toledo, donde vivimos de ordinario.
Pidisela a mi padre, que es el conde de Poln, quien se la neg por
antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas
tiene quince aos, se habr dejado engaar de mis criadas, sin duda
ganadas por don Fernando, y noticioso ste de que las dos hermanas
estbamos en esta casa de campo, habr aprovechado la ocasin para
robar a la malaconsejada Julia. Yo slo quisiera saber en qu parte la
ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses estn
en Madrid, tomen sus medidas. Suplcoos, pues, seor, que os tomis el
trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese
posible, a dnde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a
que os quedar tan obligada como agradecida toda mi familia.

No tena presente aquella seora que el encargo que me daba no
convena a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los
trminos y jurisdiccin de Castilla. Pero qu mucho que no hiciese
ella esta reflexin cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de
la fortuna de verme en ocasin de servir a una persona tan amable,
admit gustoso la comisin, ofreciendo desempearla con el mayor celo y
diligencia. Con efecto, no esper a que amaneciese para ir a cumplir
lo prometido. Dej al punto a Serafina, suplicndole me perdonase el
susto que inocentemente le haba dado y asegurndole que presto sabra
de m. Salme, pues, por donde haba entrado en la quinta, pero con el
nimo tan ocupado siempre en aquella seora, que fcilmente advert
estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que
la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las
amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginacin. Parecame
que Serafina, aun en medio de su sentimiento, haba echado bien de ver
los primeros fuegos de mi amor y que no le haba quiz desagradado.
Lisonjebame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sera ma
toda la gloria.

Al llegar aqu, cort don Alfonso el hilo de su historia y dijo al
ermitao: Perdonadme, padre, si posedo de mi pasin me detengo en
menudencias que tal vez os fastidiarn. No, hijo--respondi el
anacoreta--, de ningn modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta
dnde lleg el amor que te inspir doa Serafina, para arreglar mis
consejos con mayor conocimiento.

Encendida la fantasa con tan lisonjeras imgenes--prosigui el
caballerito--, busqu intilmente por espacio de dos das al robador
de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el
menor rastro de l. Desconsoladsimo de ver inutilizados mis pasos y
desvelos, volv a presencia de Serafina, a quien discurra hallar en
el estado ms inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontr ms
tranquila de lo que yo pensaba. Djome que haba sido ms venturosa que
yo, pues ya saba dnde se hallaba su hermana; que haba recibido una
carta de don Fernando, en que le deca que, despus de haberse casado
de secreto con Julia, la haba depositado en un convento de Toledo.
Envi su carta a mi padre--prosigui Serafina--, no sin esperanza de
que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz
que d fin a la inveterada discordia de las dos casas.

Luego que me inform del paradero de su hermana, me habl del trabajo
que me haba ocasionado, y, sobre todo--aadi ella misma--, los
peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin
acordarme de que me habais confiado que andabais fugitivo por cierto
lance de honor, de lo cual me pidi mil perdones en los trminos ms
atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala,
donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetn
blanco con listas negras, y cubra su cabeza un sombrerillo de los
mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo
que me hizo juzgar que poda ser viuda, aunque, por otra parte, pareca
de tan pocos aos que no saba yo qu discurrir.

Si era grande mi deseo de saber quin ella era, no era menos viva su
curiosidad de saber lo mismo de m. Preguntme mi nombre y apellido, no
dudando--dijo--, a vista de mi noble aire, y an ms de la generosa
piedad que me haba hecho abrazar con tanto empeo sus intereses, la
nobleza de mi nacimiento. Dejme perplejo la pregunta; encendiseme
el rostro, me turb, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir
que en decir la verdad, respond que era hijo del barn de Steinbach,
oficial de la guardia alemana. Decidme tambin--replic la dama--por
qu habis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el
valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar.
Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero
que por servirme despreci su propia vida. Ninguna dificultad tuve en
referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafo. Ella
misma ech toda la culpa al caballero que me haba injuriado, y me
volvi a ofrecer que interesara a su familia en mi favor.

Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me anim a suplicarle
contentase la ma, y le pregunt si era o no libre. Tres aos
ha--respondi--que mi padre me oblig a casarme con don Diego de Lara,
y quince meses que estoy viuda. Pues qu desgracia, seora--le
pregunt--, fu la que tan presto os priv de vuestro esposo? Voy,
seor, a responderos--repuso ella--y corresponder a la confianza a
que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien
apersonado. Ambame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia
puede emplear el ms tierno amante para hacerse agradable al objeto
amado, y aunque tena mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi
cario. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mrito conocido.
Ah!--aadi ella suspirando--. Muchas veces nos cautiva a la primera
vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Ms
avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y
forzada a corresponder a ellas sin inclinacin, si me acusaba a m
misma interiormente de ingratitud, tambin me contemplaba muy digna de
compasin. Por desgracia de ambos, l tena todava ms delicadeza que
amor. En mis acciones y palabras descubra claramente mis ms ocultos
pensamientos. Lea cuanto pasaba en lo ms ntimo de mi alma; quejbase
a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto ms sensible el no poder
conquistar mi corazn cuanto ms seguro estaba de que ningn otro rival
se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis aos y habiendo
sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales
suyas, que ningn hombre se le haba anticipado a llevarse mi atencin.
S, Serafina--me deca muchas veces--, me alegrara mucho de que
estuvieses encaprichada a favor de otro y de que sta fuese la nica
causa de la frialdad con que me miras. Esperara entonces que tu virtud
y mi constancia triunfaran al cabo de esa tibieza; pero ya desespero
de vencer un corazn que no se ha rendido a tantos y tan convincentes
testimonios de mi extremado amor. Cansada de orle repetir tantas
veces la misma queja, le dije un da que, en vez de turbar su reposo y
el mo mostrando tanta delicadeza, hara mejor en dejarlo todo en manos
del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz
de sentir los vivos impulsos de una pasin tan fogosa, y ste era el
prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que
se haba pasado un ao entero sin haber adelantado ms que el primer
da, perdi la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo
que le llamaba a la corte no s qu negocio de importancia, march a
los Pases Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontr lo que
deseaba en los peligros en que se meta; es decir, el fin de la vida y
el de sus pesares.

Concluda esta relacin, todo el resto de la conversacin que
tuvimos Serafina y yo fu acerca del singular carcter de su marido.
Interrumpi nuestra conferencia un correo, que lleg en aquel mismo
punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Poln.
Pidime licencia para abrirla, y observ que conforme la iba leyendo
se iba poniendo plida y trmula. Luego que la acab de leer, alz los
ojos al cielo, di un gran suspiro y empez a correr por su rostro un
torrente de lgrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su
pena, me turb, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que
iba a llevar, me cogi un mortal terror que me hel toda la sangre.
Seora--le dije con voz desfallecida--, ser lcito saber de vos qu
funestas noticias os anuncia esa carta? Tomadla, seor--me respondi
tristemente--, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. Ay de m,
que su contenido os interesa demasiado!

Estremecme al or estas palabras; tom temblando la carta y vi
que deca lo siguiente: Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafo
en el Prado. Recibi en l una estocada, de la cual ha muerto hoy,
declarando al morir que el caballero que le mat fu el hijo del barn
de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el
matador escap, sin saberse dnde se ha escondido; pero aunque lo est
en las entraas de la Tierra, se harn todas las diligencias posibles
para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que
no dejarn de arrestarle como ponga los pies en algn lugar de su
jurisdiccin, y voy tambin a practicar otros medios oportunos para
cerrarle todos los caminos.--_El conde de Poln._

Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causara en mi
nimo. Qued inmvil algunos instantes, sin espritu ni fuerza para
hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me represent con la
mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tena de cruel para
mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperacin. Arrojme a
los pies de Serafina, y presentndole la espada desnuda, Seora--le
dije--, excusad al conde de Poln la molesta fatiga de buscar a un
hombre que podra burlar sus ms activas diligencias! Vengad vos
misma a vuestro hermano! Sacrificadle por vuestra bella mano su
homicida! Qu, os detenis? Descargad el golpe, y sea fatal a su
enemigo el mismo acero que a l le quit la vida! Seor--respondi
Serafina, enternecida algn tanto de ver mi accin--, yo quera a don
Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y l mismo fu a
buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar
su partido. S, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y har contra vos
todo lo que la sangre y el cario pueden pretender de m, pero no
abusar de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en
manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, l mismo
me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser
inalterables; segn ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato
al generoso servicio que me habis hecho. Huid, escapad y burlad, si
pudiereis, nuestras ms vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor
de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza! Pues
qu, seora--le repliqu--, estando en vuestra mano la venganza, la
dejis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas?
Ah, seora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un
malvado que verdaderamente no merece le perdonis! No, seora, no
usis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo!
Sabis quin soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barn de
Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa
por caridad. Yo mismo ignoro a quines debo el ser. No importa
eso!--interrumpi Serafina precipitadamente, como si le hubieran
causado nueva pena mis ltimas palabras--. Aunque fuerais vos el hombre
ms vil del mundo, hara siempre lo que me dicta mi honor. Bien
est, seora!--repliqu--. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado
a persuadiros que derramis mi sangre, voy a cometer otro delito,
hacindoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaris.
Sabed, seora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra
hermosura qued hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi
nacimiento, no perda la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente
enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me
lisonjeaba de que algn da descubrira el Cielo mi origen y que ste
sera tal que sin vergenza podra manifestaros mi nombre. Despus de
una declaracin que tanto os ultraja, ser posible que todava no
os resolvis a castigarme? Esa temeraria declaracin--replic la
dama--, en otro tiempo sin duda me ofendera; pero la perdono a la
turbacin en que os veo, fuera de que ni la situacin en que yo misma
me hallo me permite dar odos a las expresiones que profers. Vuelvo a
deciros, don Alfonso--aadi derramando algunas lgrimas--, que partis
luego de aqu y os alejis de una casa que estis llenando de dolor;
cada instante que os detenis aumenta mis penas. Ya no resisto,
seora--repliqu levantndome--. Voy a alejarme de vos, pero no pensis
que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar
un asilo para defenderla. No, no; yo mismo quiero voluntariamente
sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperar con
impaciencia la suerte que vos me preparis, y, entregndome a vuestras
persecuciones, anticipar yo mismo de este modo el fin de todas mis
desdichas.

Retirme al decir esto. Dironme mi caballo y part en derechura a
Toledo, donde me detuve de intento ocho das, con tan poco cuidado de
ocultarme, que verdaderamente no s cmo no me prendieron; porque no
puedo creer que el conde de Poln, tan empeado en tomarme todos los
caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer sal de
aquel pueblo, donde se me haca intolerable mi propia libertad, y sin
fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegu a esta
ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que
temer. Estos son, padre mo, los cuidados que me ocupan al presente, y
rugoos que me ayudis con vuestros consejos.




                              CAPITULO XI

Quin era el viejo ermitao y cmo conoci Gil Blas que se hallaba
entre amigos.


Luego que don Alfonso acab la triste relacin de sus infortunios, le
dijo el ermitao: Hijo mo, mucha imprudencia fu el haberos detenido
tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que
me habis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera
locura. Creedme a m: no os ceguis. Es menester olvidar a esa joven,
pues no est destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes
estorbos que os desvan de ella y entregaos a vuestra estrella, la
cual, segn todas las seales, os promete muy distintas aventuras.
Sin duda encontraris alguna bella joven que har en vos la misma
impresin, sin que hayis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.

Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos
entrar en la ermita a otro ermitao, cargado con unas alforjas bien
llenas. Vena de Cuenca, donde haba recogido una limosna muy copiosa.
Pareca ms mozo que su compaero; su barba era roja, espesa y bien
poblada. Bien venido, hermano Antonio--le dijo el viejo anacoreta--.
Qu noticias nos traes de la ciudad? Bien malas!--respondi el
hermano barbirrojo--. Ese papel os las dir. Y entregle un billete
cerrado en forma de carta. Tomle el viejo, y despus de haberle
ledo con toda la atencin que mereca su contenido, exclam: Loado
sea Dios! Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de
vivir! Mudemos de estilo--prosigui, dirigiendo la palabra al joven
caballero--. En m tenis un hombre con quien juegan como con vos los
caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aqu, me
escriben que han informado mal de m a la justicia, cuyos ministros
deben venir maana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarn
la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro,
y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y
desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habis de
saber que, tal cual me veis, no soy ermitao ni viejo.

Diciendo y haciendo, se desnud del saco grosero que le llegaba hasta
los pies y dejse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con
mangas perdidas. Quitse el capuz, desat un sutil cordn que sostena
su gran barba postiza y ofreci a los ojos de los circunstantes un
mozo de veintiocho a treinta aos. El hermano Antonio, a su imitacin,
hizo lo mismo; quitse el hbito y la barba eremtica y sac de un
arca vieja y carcomida una rada sotanilla, con que se cubri lo mejor
que pudo. Pero quin podr concebir lo admirado y atnito que me
qued cuando en el viejo ermitao reconoc al seor don Rafael y en
el hermano Antonio a mi fidelsimo criado Ambrosio de Lamela? Vive
diez--exclam al punto sin poderme contener--, que estoy en tierra
amiga! As es, seor Gil Blas--dijo riendo don Rafael--. Sin saber
cmo ni cundo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos
tuyos. Confieso que tienes algn motivo para estar quejoso de nosotros,
pero pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios
de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros
servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos
mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos
vivir a costa ajena. Agrgate a nosotros dos y tendrs una vida
andante, pero alegre. No la hay ms divertida, como se tenga un poco
de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento
de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas
aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos
acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de
la fortuna. Seor caballero--prosigui el fingido ermitao volvindose
a don Alfonso--, la misma proposicin os hacemos a vos, que me parece
no debis despreciar en el estado en que presumo os hallis, porque,
adems de la precisin de andar siempre fugitivo y escondido, tengo
para m que no estis muy sobrado de dinero. As es--dijo don
Alfonso--, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre. Ea, pues--repuso
don Rafael--, buen nimo! No nos separaremos los cuatro; ste es el
mejor partido que podis tomar. Nada os faltar en nuestra compaa y
nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de
vuestros enemigos. Hemos recorrido toda Espaa y sabemos todos sus
rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos,
abrigos segursimos contra las brutalidades de la justicia.
Agradeciles don Alfonso su buena voluntad, y hallndose efectivamente
sin dinero y sin recurso determin ir en su compaa, y tambin yo tom
igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien haba cobrado ya
grande inclinacin.

Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratse
entonces sobre si marcharamos en aquel mismo punto o nos detendramos
primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el da
anterior haba trado de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael,
como ms experimentado, fu de parecer que ante todas cosas se deba
pensar en ponernos a salvo, y que as, era de sentir que caminsemos
toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que haba entre Villar
del Saz y Almodvar, donde haramos alto y, libres de toda zozobra,
descansaramos el da siguiente. Abrazse este parecer, y los dos
ermitaos acomodaron su ropa y dems provisiones en dos envoltorios, y
equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo
de don Alfonso.

Anduvimos toda la noche, y cuando estbamos ya muy rendidos del
cansancio, al despuntar el da descubrimos el bosque adonde se
encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los
marineros fatigados de una larga navegacin; cobramos nimo y llegamos
por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos
hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso
sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado
de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejindose unas con
otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo,
quitmosle la brida y echmosle a pacer por el prado. Sentmonos,
sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan,
muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos
abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en
la gana de comer. Con todo eso, obligbamos al hambre a que aguardase
un poco, por los frecuentes abrazos que dbamos a la bota, que en
movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire,
pasando de unas manos a otras.

Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: Caballero, a vista
de la confianza que usted me ha hecho, justo ser tambin que yo cuente
la historia de mi vida con la misma sinceridad. Gran gusto me daris
en eso, respondi el joven. Y a m, grandsimo--aad yo--, porque
tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo sern dignas de
orse. Y como que lo son!--replic don Rafael--. Lo han sido tanto,
que pienso algn da escribirlas. Con esta obra hago nimo de divertir
mi vejez, porque en el da todava soy mozo y quiero aadir materiales
para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recupermonos
con algunas horas de sueo. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velar
y har centinela para evitar toda sorpresa, que despus dormir l y
nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aqu nos hallamos
con toda seguridad, nunca sobra la precaucin. Dicho esto, se tendi
a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imit a los
dos y Lamela comenz a hacernos la guardia.

El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en
sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se qued dormido
inmediatamente; pero despert dentro de una hora, y vindonos
dispuestos a orle dijo a Lamela: Amigo Ambrosio, ahora puedes t
ir a descansar. No, no!--respondi Lamela--. Ninguna gana tengo
de dormir; y aunque s ya todos los sucesos de vuestra vida, son
tan instructivos para las personas de nuestra profesin, que tendr
especial gusto en orlos contar otra vez. As, pues, comenz don
Rafael la historia de su vida en los trminos siguientes:




                             LIBRO QUINTO




                           CAPITULO PRIMERO

                        Historia de don Rafael.


Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero
mucho ms por sus clebres aventuras. Llambase Lucinda. En cuanto a
mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quin fuese. Poda muy bien
decir quin era el sujeto de distincin que cortejaba a mi madre al
tiempo que yo nac; pero esta poca no es prueba convincente de que
yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por
lo comn, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran ms
inclinadas a un seor le tienen ya prevenido algn substituto por su
dinero.

No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas.
Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin
hacer misterio alguno me coga de la mano y me llevaba al teatro muy
francamente, no dndosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella
ni de las falsas risitas que causaba slo el verme. En fin, yo era
su dolo y la diversin de cuantos venan a casa, los cuales no se
cansaban de hacerme mil fiestas. No pareca sino que en todos ellos
hablaba la sangre a favor mo.

Dejronme pasar los doce primeros aos de mi vida en todo gnero de
frvolos pasatiempos. Apenas me ensearon a leer y escribir, y mucho
menos la doctrina cristiana. Solamente aprend a cantar, bailar y tocar
un poco la guitarra. A esto se reduca todo mi saber cuando el marqus
de Legans me pidi para que estuviese en compaa de un hijo suyo
nico, poco ms o menos de mi edad. Consinti en ello Lucinda con mucho
gusto, y entonces fu el tiempo en que comenc a ocuparme en alguna
cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera
de eso, no pareca haber nacido para las ciencias. Apenas conoca una
letra del abecedario, sin embargo que haca quince meses que tena
para esto un preceptor. Los dems maestros sacaban el mismo partido de
sus lecciones, de modo que a todos les tena apurada la paciencia. Es
verdad que a ninguno le era lcito castigarle; antes bien, a todos les
estaba mandado expresamente le enseasen sin mortificarle, orden que,
unida a la mala disposicin del seorito para el estudio, haca intil
la enseanza que se le daba.

Pero al maestro de leer le ocurri un bello medio para meter miedo
al discpulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fu
azotarme a m siempre que aqul lo mereca. No me gust el tal
arbitrio, y as, me escap y fu a quejarme a mi madre de una cosa tan
injusta; pero ella, aunque me quera mucho, tuvo valor para resistir a
mis lgrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su
hijo el estar en casa de un marqus, me volvi a ella inmediatamente; y
hteme aqu otra vez en poder del preceptor. Como ste haba observado
que su invencin haba producido buen efecto, prosigui azotndome
en lugar de hacerlo al seorito, y para que el castigo hiciese ms
impresin en l me sacuda de firme, de modo que estaba seguro de pagar
diariamente por el joven Legans, pudiendo yo decir con toda verdad
que ninguna letra del alfabeto aprendi el hijo del marqus que no me
costase a m cien azotes. Echen ustedes la cuenta del nmero a que
ascenderan stos.

No eran solamente los azotes lo que tena que aguantar en aquella
casa. Como toda la gente de ella me conoca, los criados inferiores,
hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi
nacimiento. Esto lleg a aburrirme tanto que un da hu, despus de
haber tenido maa para robar al preceptor todo el dinero que tena,
el cual poda ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fu la
venganza que tom de las injustas y crueles zurras con que su merced
me haba favorecido, y creo que no poda tomar otra que le fuera
ms sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y
sutileza, que, aunque fu mi primer ensayo, dej burladas cuantas
pesquisas se hicieron en dos das para saber quin haba sido el
raterillo. Sal de Madrid y llegu a Toledo sin que ninguno fuese en mi
seguimiento.

Entraba entonces en mis quince aos. Gran gusto es hallarse un
hombre en aquella edad con dinero, sin sujecin a nadie y dueo de
s mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron
listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntme tambin con ciertos
caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas
disposiciones naturales, que en poco tiempo llegu a ser uno de los ms
ricos caballeros de su orden.

Al cabo de cinco aos se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras.
Dej a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por
Extremadura, me dirig a Alcntara; pero antes de entrar en el pueblo
hall una bellsima ocasin de ejercitar mis talentos y no la dej
escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba
poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los rboles que
estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontr con dos
mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre
conversacin, al fresco, en un verde prado. Saludlos con mucha
cortesa, lo que me pareci no haberles desagradado, y con esto
entablamos luego conversacin. El de ms edad no llegaba a quince aos,
y ambos eran muy sencillos. Seor caminante--me dijo el ms joven--,
nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entr
un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno
hurt cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure ms
el dinero y podamos as ver ms provincias. Qu le parece a usted?
Si yo tuviera tanta plata--les respond--, Dios sabe a dnde ira a
dar conmigo! Recorrera con l las cuatro partes del mundo. Adnde
vamos a parar! Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se ver
el fin. Si lo tenis a bien, hijos mos--aad--, yo os acompaar
hasta la villa de Almoharn, adonde voy a recibir la herencia de un
to mo, que muri despus de haber vivido all el espacio de veinte
aos. Respondironme los dos mozos que tendran el mayor gusto en ir
en mi compaa. Con esto, despus de haber descansado un poco todos
tres, marchamos todos juntos a Alcntara, donde entramos mucho antes de
anochecer.

Alojmonos todos en un mesn, pedimos un cuarto y nos dieron uno
donde haba un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos
dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compaeritos si gustaban
que salisemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradles mucho la
proposicin. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrmoslo y
uno de los dos jvenes guard la llave en la faltriquera. Salimos del
mesn, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fing
de pronto que me haba ocurrido un negocio de importancia, y as, dije:
Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encarg
dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta
iglesia; esperadme aqu, que voy y vuelvo en un momento. Diciendo
esto, me apart de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario,
quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones.
Pobres nios! Robselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar
el piso de la posada. Hecho esto, sal prontamente del pueblo y tom
el camino de Mrida, sin darme cuidado de lo que diran ni haran las
inocentes criaturas.

Psome este lance en estado de poder caminar con ms comodidad.
Aunque tena pocos aos, me senta capaz de portarme con juicio, y
puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad.
Determin comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer
lugar donde la encontr. Convert la mochila en una maleta y empec
a hacerme algo ms el hombre de importancia. A la tercera jornada
encontr en el camino a un hombre que iba cantando vsperas a grandes
voces. Desde luego conoc que era algn sochantre. Animo--le dije--,
seor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.
Caballero--me respondi--, soy cantor de una iglesia y quiero
ejercitar la voz.

De esta manera entramos en conversacin, y no tard en conocer que
me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendra como de
veinticuatro a veinticinco aos, y como l iba a pie y yo a caballo,
de propsito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de
orle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. Tengo bien conocida
aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos aos
y tengo all algunos amigos. Y en qu calle viva usted?, le
interrump. En la calle Nueva--respondi--, donde viva con don
Vicente de Buenagarra y don Matas del Cordel y otros dos o tres
honrados caballeros. Habitbamos y comamos juntos y lo pasbamos
alegremente. Sorprendme al orle estas palabras, porque los sujetos
que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo
me haban recibido en su nobilsima orden. Seor cantor--exclam
entonces--, esos ilustrsimos seores son muy conocidos mos, porque
vivimos juntos en la misma calle Nueva. Ya os entiendo!--me
respondi sonrindose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres
aos despus que yo sal de ella. Dej la compaa de aquellos
caballeros--prosegu--porque se me puso en la cabeza el viajar y
ver mundo. Pienso andar toda Espaa, y sin duda valdr ms cuando
tenga ms experiencia. Acertado pensamiento!--dijo el cantor--.
Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que
la de viajar. Por la misma razn dej yo a Toledo, aunque nada me
faltaba en aquella ciudad. Gracias a Dios, que me ha dado a conocer
a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unmonos los
dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra
el bolsillo del prjimo y aprovechemos todas las ocasiones que se
ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.

Djome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acept la
proposicin. En el mismo punto granje toda mi confianza, y yo la suya.
Abrmonos recprocamente el pecho; contme su historia y yo le dije mis
aventuras. Confime que vena de Portalegre, de donde le haba hecho
salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligndole a ponerse
en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le vea.
Luego que me inform de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a
Mrida, a probar fortuna y ver si podamos dar all un golpe maestro,
y despus marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron
comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--as se llamaba mi nuevo
compaero--no se hallaba en muy brillante situacin. Todo su haber
consista en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la
mochila; pero si yo estaba mucho mejor que l en dinero, en recompensa,
l estaba mucho ms adelantado que yo en el arte de engaar a los
hombres. Montbamos los dos alternativamente en la mula, y de esta
manera llegamos en fin a Mrida.

Apemonos en un mesn del arrabal. Morales se puso otro vestido que
sac de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir
terreno y ver si se nos presentaba algn buen lance. Considerbamos
muy atentamente cuantos objetos se ofrecan a nuestra vista. Nos
parecamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo ms
alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos
los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre
ellos. Estbamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a
la mano alguna ocasin de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en
la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada
en la mano, se defenda contra tres que le llevaban a mal traer.
Chocme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente
espadachn, acud corriendo con mi espada a ponerme al lado del
caballero, cuyo ejemplo imit Morales, y en breve tiempo pusimos en
vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le haban
acometido.

Dinos el anciano un milln de gracias. Respondmosle cortsmente
que habamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan
oportunamente nos haba proporcionado aquella ocasin de servirle,
y le suplicamos nos confiase el motivo que haban tenido aquellos
hombres para querer asesinarle. Seores--nos respondi--, estoy muy
agradecido a vuestra generosa accin y no puedo negarme a satisfacer
vuestra curiosidad. Yo me llamo Jernimo Miajadas; soy vecino de
esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de
que ustedes me han librado est enamorado de mi hija y me la pidi
por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a
vengarse de m con espada en mano. Y se podr saber--le repliqu
yo--por qu razn neg usted su hija al tal caballero? Visela a
decir a usted--me respondi--. Tena yo un hermano, comerciante en
esta ciudad, llamado Agustn, que hace dos meses estaba en Calatrava,
alojado en casa de Juan Vlez de la Membrilla, su corresponsal. Eran
los dos ntimos amigos; pidile Juan Vlez mi nica hija, Florentina,
para su hijo, con el fin de estrechar ms y ms la unin e intereses de
las dos familias. Prometisela mi hermano, no dudando, por el cario
que nos tenamos los dos, que yo ratificara su promesa. As lo hice,
porque apenas volvi Agustn a Mrida y me propuso esta boda, cuando
consent en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envi el
retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de
su negociacin porque se lo llev Dios tres semanas ha. Poco antes de
morir me pidi encarecidamente que no casase a mi hija con otro que
con el hijo de su corresponsal. Ofrecselo as, y ste es el motivo
por que se la negu al caballero que acaba de acometerme, aunque era
un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra;
por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vlez de la Membrilla
para que sea yerno mo, aunque jams le he visto a l ni a su padre.
Perdonen ustedes si les he cansado con relacin tan prolija, lo que no
hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.

Escuchle con la mayor atencin, y adoptando el extrao pensamiento
que de repente me ocurri, afect quedar del todo asombrado. Alc
los ojos al cielo, y volvindome hacia el buen viejo le dije en tono
pattico: Es posible, seor Jernimo Miajadas, que al momento
de entrar yo en Mrida haya tenido la fortuna de salvar la vida a
mi venerado suegro? Estas palabras causaron en el viejo grande
admiracin, y no fu menor la que produjeron en Morales, el cual, en el
modo de mirarme, me di a entender que yo le pareca un gran tunante.
Qu es lo que me dices?--respondi lleno de gozo el aturdido viejo--.
Es posible que t seas el hijo del corresponsal de mi hermano? S,
seor!, le respond con desembarazo; y abrazndole estrechamente
prosegu dicindole: S, seor, yo soy el dichoso mortal para quien
est destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el
gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia,
dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en m la
dulce memoria del seor Agustn, vuestro hermano; sera yo el hombre
ms ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a
quien siempre me confesar deudor de la mayor felicidad de mi vida.
Dicho esto, volv a dar un abrazo al buen Jernimo, saqu el pauelo
e hice como que me enjugaba las lgrimas. Morales, que desde luego
conoci lo mucho que nos poda valer aquel embuste, quiso tambin
ayudarme por su parte. Fingise criado mo y comenz a dar muestras de
mayor sentimiento que el que yo haba mostrado por la muerte del seor
Agustn, diciendo muy lastimado: Ah, seor Jernimo, y qu prdida
ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! Era un hombre muy de
bien; el fnix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un
mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!

Tratbamos con un hombre tan sencillo como crdulo, que, lejos de
sospechar que le engabamos, l mismo nos ayudaba a llevar adelante
nuestro enredo. Y bien--me pregunt--, y por qu no viniste
derechamente a apearte a mi casa? A qu fin irte a meter en un mesn?
Entre nosotros ya estn de ms los cumplimientos. Seor--respondi
Morales, tomando la palabra por m--, mi amo es algo ceremonioso;
tiene ese defecto, y me disculpar que yo se lo afee; fuera de que en
cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en
vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y
los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa. Dice la verdad
este mozo, seor de Miajadas--le interrump yo--; se es el motivo
por que no me fu en derechura a vuestra casa. Tena vergenza de
presentarme en tan pobre equipaje ante una seorita a quien jams haba
visto, y para hacerlo con la decencia que era razn estaba esperando
la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava. No admito
la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debi detenerte para
servirte de mi casa, y desde aqu mismo quiero que vayas a ser dueo de
ella.

Diciendo esto, l mismo me cogi de la mano para guiarme, y por el
camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba
un bledo y que slo haba sentido me quitasen el retrato de mi amada
seorita Florentina. Respondime el seor Jernimo, sonrindose, que
presto me consolara de esta prdida, porque el original vala ms que
la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la
hija, que slo contaba diez y seis aos y poda pasar por una persona
perfecta. Aqu tenis--me dijo--a la persona que os prometi su to,
mi difunto hermano. Ah, seor!--exclam yo entonces en aire de
apasionado--. No hay necesidad de decirme que es la amable seorita
Florentina! Sus hechiceras facciones estn grabadas en mi memoria y
mucho ms en mi amante corazn! Si el retrato que perd, y era slo
un bosquejo de sus ms que humanas perfecciones, supo encender mil
hogueras en mi enamorado pecho, figuraos lo que ahora pasar dentro de
m teniendo a la vista el original! Seor--me dijo Florentina--, son
demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea
merecerlas. No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpi su
padre--y v adelante con esos bellos cumplimientos! Diciendo esto, me
dej solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fu a otro
cuarto con l y le dijo: Conque al fin os robaron toda vuestra ropa?
Y con ella es cosa muy natural que tambin se llevasen todo vuestro
dinero, que es por donde siempre empiezan. S, seor--respondi mi
camarada--. Asaltnos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov
y no nos dej mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos
esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia
que es razn. Entre tanto que vienen esas letras--replic el anciano
sacando un bolsillo y alargndoselo--, ah van esos cien doblones, de
que podris disponer. Jess, seor!--replic Morales--. Perdneme su
merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regaar
mi amo y quiz me despedir. Santo Dios! Todava no le conoce usted
bien! Es delicadsimo en esta materia. Nunca fu de aquellos hijos
de familia que estn prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a
pesar de sus pocos aos, contraer deudas, y antes pedir limosna que
tomar prestado ni un solo maraved. Tanto mejor!--dijo el buen
hombre--. Ahora le estimo mucho ms! Yo no puedo llevar con paciencia
que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los
caballeros, los cuales estn ya en antigua posesin de contraerlas.
Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que
le ofrezcan dinero, no se hable ms del asunto. Diciendo esto, quiso
volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero detenindole el
brazo mi compaero, le dijo: Tenga usted, seor, que ahora mismo
me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandsima
repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfo de hacerle admitir
vuestros cien doblones; todo quiere maa. Una cosa es pedir dinero
prestado a los extraos y otra es recibirle cuando voluntariamente se
lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre
cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir
de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.

Con estas y otras semejantes razones se di por convencido el buen
viejo, alarg el bolsillo a Morales y volvi a donde estbamos su
hija y yo, hacindonos cumplimientos, con lo que interrumpi nuestra
conversacin. Inform a su hija de lo muy obligado que me estaba, y
sobre esto se desahog en expresiones que me hicieron no dudar de su
gran reconocimiento. No malogr tan favorable ocasin y le dije que la
mayor prueba de agradecimiento que poda darme era el acelerar mi unin
con su hija. Rindise con el mayor agrado a mi impaciencia y me empe
su palabra de que, a ms tardar, dentro de tres das sera esposo
de Florentina; y aun aadi que, en lugar de los seis mil ducados
que haba ofrecido por su dote, dara diez mil, para manifestarme lo
agradecido que estaba al servicio que le haba hecho.

Estbamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jernimo
Miajadas, viviendo alegrsimos con la prxima esperanza de embolsarnos
no menos que diez mil ducados y con nimo resuelto de retirarnos
prontamente de Mrida con ellos. Turbaba, sin embargo, algn tanto esta
alegra el recelo de que dentro de aquellos tres das poda parecer
el verdadero hijo de Juan Vlez de la Membrilla y dar en tierra con
nuestra soada felicidad. El resultado acredit que no era mal fundado
nuestro temor.

Lleg al da siguiente a casa del padre de Florentina una especie de
aldeano que traa una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazn, pero
estaba en ella Morales. Seor--dijo el hombre al buen viejo--, soy
criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero
decir, del seor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los
dos, y l estar aqu dentro de un momento; yo me he adelantado para
avisrselo a su merced. Apenas acab de decir esto, cuando lleg su
amo, lo que sorprendi mucho al viejo y turb algo a Morales.

Este seor novio, que era un mozo airoso y de los ms bien formados,
dirigi la palabra al padre de Florentina; pero el buen seor no le
dej acabar su salutacin. Antes, volvindose a mi compaero, le dijo:
Y bien, qu quiere decir esto? Entonces Morales, a quien ninguna
persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado,
respondi prontamente al viejo: Seor, esto quiere decir que esos
dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en
el camino real. Conzcolos a entrambos bien, pero particularmente al
que tiene atrevimiento para fingirse hijo del seor Juan Vlez de la
Membrilla. El viejo crey sin dudar a Morales, y persuadido de que
los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: Seores, ustedes
ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el seor
Pedro de la Membrilla est hospedado en mi casa desde ayer. Mire
usted lo que dice!--le replic el mozo de Calatrava--. Sepa que le
engaan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el seor Juan
Vlez de la Membrilla, no tiene ms hijo que yo. A otro perro con
ese hueso!--respondi el viejo--. Yo s muy bien quin eres t! No
conoces este mozo--sealando a Morales--, a cuyo amo robaste en el
camino de Calatrava? Cmo robar!--repuso Pedro--. A no estar en
vuestra casa, le cortara las orejas a ese desvergonzado, que tiene la
insolencia de tratarme de ladrn! Agradzcalo a vuestra presencia,
cuyo respeto reprime mi justa ira! Seor--continu l--, vuelvo a
deciros que os engaan; yo soy el mozo a quien el seor Agustn, su
hermano, prometi la hija de usted. Quiere que le ensee todas las
cartas que l escribi a mi padre cuando se trataba este matrimonio?
Creer usted al retrato de Florentina, que me envi l poco antes de
su muerte? No--replic el viejo--; el retrato no me har ms fuerza
que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cay en tus manos;
y el consejo ms caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas
de Mrida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes. Eso
es ya demasiado!--interrumpi el ultrajado mozo--. No aguantar jams
que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar
por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad;
voy a buscarlos, y volver con ellos a confundir la impostura que tan
preocupado os tiene contra m. Dicho esto, se retir con su criado,
y Morales qued triunfante. Esta misma aventura impeli a Jernimo de
Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a
cuyo fin sali a hacer las diligencias.

Aunque mi compaero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina
tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tena todas consigo.
Tema las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razn, no dejara
el seor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme
de todo lo que pasaba. Encontrle sumamente pensativo, y le dije:
Qu tienes, amigo? Parceme que tu imaginacin est ocupada en
grandes cosas. Y como que lo est!--me respondi; y al mismo tiempo
me refiri todo lo que haba pasado, aadiendo al fin--: Mira ahora
si tena fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido
en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te
hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, segn todas las
seales, tendr mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra
el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentndonos con la pluma
que hemos arrancado del ala de este buen pavo. Seor Morales--le
repliqu--, no hay que apresurarnos; usted cede fcilmente a las
dificultades y hace muy poco honor a don Matas del Cordel y a los
dems caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien
aprendi en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en
cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos
hroes y acreditar que soy digno discpulo de su escuela, hago frente
a ese obstculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle. Si
lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declarar que superas a
todos los barones ilustres de Plutarco.

Al acabar de hablar Morales entr Jernimo de Miajadas y me dijo:
Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche sers ya yerno mo.
Tu criado te habr contado lo sucedido. Qu me dices de la infamia
de aquel bribn que me quera embocar que era hijo del corresponsal
de mi hermano? Estaba Morales cuidadoso de saber cmo saldra yo de
este aprieto, y no qued poco sorprendido de orme cuando, mirando
tristemente a Miajadas, le respond con la mayor sinceridad: Seor,
de m dependera manteneros en vuestro error y aprovecharme de l.
Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y as, quiero
hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vlez de
la Membrilla. Qu es lo que oigo!--interrumpi precipitadamente
el viejo entre colrico y sorprendido--. Pues qu, no sois vos el
mozo a quien mi hermano?... Sosiguese usted, seor--le interrump
yo tambin--, y ya que empec una narracin fiel y sincera, srvase
orme con paciencia hasta concluirla. Ocho das ha que amo ciegamente
a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mrida. Ayer,
despus que acud a vuestra defensa, pensaba pedrosla por esposa,
pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro.
Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os haba
encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla,
que as se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra
palabra. Consternado de oros, y reducido mi amor a la desesperacin,
me inspir la estratagema de que me he valido. Os dir, sin embargo,
que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero
me persuad de que vos mismo me la perdonarais luego que llegaseis
a saber que soy un prncipe italiano que viajo _incgnito_. Mi padre
es soberano de ciertos valles que estn entre los suizos, el Milans
y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendera agradablemente
cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en
pensar el gozo que causara a Florentina el saber, despus de haberme
desposado con ella, el fino y discreto chasco que le haba dado. El
Cielo no quiere--prosegu, mudando de tono--que yo tenga tanto placer!
Pareci el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre,
custeme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle
por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debis preferirle a
m, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situacin a que vais
a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas
que to de Florentina y que vos sois su padre, que parece ms puesto
en razn corresponder a la obligacin que me tenis que hacer punto
en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente. Qu
duda tiene eso?--exclam el buen Jernimo de Miajadas--. Es una cosa
muy clara! Y as, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la
Membrilla. Si viviera mi hermano Agustn, l mismo desaprobara que
prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salv la vida y que, adems
de eso, es un prncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida
como nunca imaginada alianza. Sera preciso que yo fuese enemigo de
mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no
solicitase todo lo posible la ms pronta ejecucin de este matrimonio!
Con todo eso, seor--repliqu yo--, no quisiera que usted partiese con
precipitacin. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda slo a
sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre... Os burlis
de m!--interrumpi Miajadas--. Debo vacilar un momento? No, prncipe
mo, y os ruego que desde esta misma noche os dignis honrar con
vuestra mano a la dichosa Florentina! Enhorabuena!--le respond--.
Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa
suerte.

Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que
haba hecho su hermosura, no menos que de un gran prncipe, Morales,
que haba estado oyendo toda la conversacin, se arrodill de repente
delante de m y me dijo: Seor prncipe italiano, hijo del soberano
de los valles que estn entre los suizos, el Milans y la Saboya!
Permtame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba
de mi alegra y de mi pasmosa admiracin! A fe de bribn que eres un
prodigio! Tename yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando
francamente, arro bandera a vista de tu pabelln, sin embargo de que
tienes menos experiencia que yo. Segn eso--le respond--, ya no
tienes miedo? Cierto que no!--replic l--. No temo ya al seor
Pedro. Que venga ahora su merced cuando quisiere! Y htenos aqu a
Morales y a m ms firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir
sobre el camino que habamos de tomar as que recibisemos la dote,
con la cual contbamos con ms seguridad que si la tuviramos ya en el
bolsillo. Sin embargo, todava no la habamos pillado, y el fin de la
aventura no correspondi muy bien a nuestra confianza.

Poco tiempo despus vimos venir al mocito de Calatrava. Acompabanle
dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su
tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de
Florentina. Seor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aqu os traigo a
estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quin soy.
S por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cmo
yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo nico de Juan
Vlez de la Membrilla. Cualquiera que se atreva a decir lo contrario
es un solemnsimo embustero! Seor alguacil--dijo entonces el buen
Jernimo Miajadas--, yo le creo a usted; para m es tan sagrado
vuestro testimonio como el de los seores mercaderes que vienen en
vuestra compaa. Estoy del todo convencido de que este caballerito
que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto
hermano. Pero qu me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso
darle mi hija. Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo slo he
venido a vuestra casa para aseguraros que conoca a este hombre. Por lo
que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar
a casarla contra vuestra voluntad! Tampoco pretendo yo--interrumpi
Pedro--forzar la voluntad del seor Miajadas, que puede disponer de
su hija como tenga por conveniente; pero deseara saber por qu razn
ha variado de parecer. Tiene algn motivo para quejarse de m? Ah,
ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el
consuelo de saber que no la perd por culpa ma! No tengo la menor
queja de vos--respondi el viejo--; antes bien, os confesar que siento
verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois
tan generoso, que me persuado no llevaris a mal que yo haya preferido
a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que
veis aqu. Este seor--prosigui, sealndome--es el que me salv de un
gran peligro, y para mayor disculpa ma debo aadir que es un prncipe
italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna
enlazar con Florentina, de la cual est enamorado.

Al or esto, Pedro se qued mudo y confuso, y los dos mercaderes,
abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como
acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospech que detrs
de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algn enredo que le
poda valer algunos cuartos. Empez a mirarme con la ms escrupulosa
atencin, y como mis facciones, que nunca haba visto, ayudaban
poco a su buena voluntad, se volvi a examinar a mi camarada con
igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoci a Morales,
y acordndose de haberle visto en la crcel de Ciudad Real, Ah!
Ah!--exclam sin poderse contener--. He aqu uno de nuestros
parroquianos! Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los
mayores bribones que calienta el sol de Espaa en todos sus reinos y
seoros! Poco a poco, seor alguacil--dijo Jernimo Miajadas--,
que ese pobre mozo, de quien hacis tan mal retrato, es un criado del
seor prncipe! Sea en buen hora!--respondi--. Eso me basta para
saber lo que debo creer! Por el criado saco yo lo que ser el amo!
No me queda la menor duda de que estos dos seores son dos pcaros
de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy prctico en
conocer esta casta de pjaros, y para haceros ver que son dos lindas
ganzas, en el mismo punto voy a llevarlos a la crcel. Quiero que se
aboquen con el seor corregidor para que tengan con l una conversacin
reservada y sepan de la boca de su seora que todava se usan por ac
penques y rebenques! Alto ah, seor ministro!--replic el viejo--.
No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hbito de usted no
tienen reparo en mortificar a una persona honrada. No podr ser este
criado un bribn sin que el amo lo sea? Es por ventura cosa nueva ver
bribones al servicio de los prncipes? Usted se chancea con sus
prncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un
tunante, y as, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al
rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la crcel, veinte hombres tengo a
la puerta que los llevarn por fuerza. Vamos, prncipe mo--me dijo en
seguida--; vamos andando!

Al or estas palabras qued todo fuera de m, y lo mismo sucedi a
Morales; y nuestra turbacin nos hizo sospechosos a Jernimo Miajadas,
o, por mejor decir, nos perdi enteramente en su concepto. Bien se
persuadi de que habamos querido engaarle, y con todo eso tom en
esta ocasin el partido que debe tomar una persona delicada. Seor
ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas
y tambin verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos ms la
materia. Os suplico que no impidis que estos caballeros salgan y
se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido
para cumplir con la obligacin que les debo. La ma--interrumpi
el alguacil--sera llevarlos a la crcel sin atencin a vuestros
ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora
del cumplimiento de mi deber, con la condicin de que en este mismo
momento han de salir de la ciudad. Porque si maana los veo en ella,
les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!

Cuando Morales y yo omos decir que estbamos libres, volvimos a
respirar. Quisimos hablar con resolucin y sostener que ramos hombres
de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso
silencio. No s por qu esta gente tiene ascendiente sobre nosotros.
Vmonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la
Membrilla, que verosmilmente pas a ser yerno de Jernimo de Miajadas.

Retirme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el
consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura.
Una hora antes de anochecer pasbamos por una aldea, con nimo de ir a
hacer noche ms adelante, y vimos en ella un mesn de bastante buena
apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados
a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado
en das, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que
mostraba orle con gusto. Viendo el mesonero que pasbamos de largo,
Seores--nos grit--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este
lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y cranme que no
lo pasarn tan bien como aqu. Entren ustedes en mi casa, que sern
bien tratados y por poco dinero! Dejmonos persuadir. Acercmonos ms
al mesonero y a la mesonera, saludmoslos, y habindonos sentado junto
a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El
mesonero deca que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera
tena pinta de ser una buena pieza que saba vender bien sus agujetas.

Interrumpi nuestra conversacin la llegada de doce o quince
hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como
unos treinta machos de carga. Oh cuntos huspedes!--exclam el
mesonero--. Dnde podr yo alojar a tanta gente? En un instante se
vi la aldea llena de hombres y de caballeras. Haba, por fortuna, una
espaciosa granja cerca del mesn, en la que se acomodaron los machos y
cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas
del mesn y del lugar. Los hombres pensaron menos en dnde haban de
dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en
hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las
aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una
abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.

Morales y yo mirbamos a aquellos caballeros, los cuales tambin nos
miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversacin
y les dijimos que si lo tenan a bien cenaramos en compaa; y
habindonos respondido que tendran en ello particular gusto, nos
sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos haba uno que pareca
mandaba a los dems, y aunque stos le trataban con bastante
familiaridad, sin embargo, se conoca que le miraban con algn respeto.
Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar ms distinguido, que hablaba
alto, que algunas veces contradeca a los otros sin reparo y que, lejos
de hacer lo mismo con l, ms bien pareca que todos se adheran a su
dictamen. La conversacin recay casualmente sobre Andaluca, y como
Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy
hablando le dijo: Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde
yo nac, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me di a luz
en el arrabal de Mairena. En el mismo me pari la ma--respondi
Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes
de usted, conociendo desde el alcalde hasta la ltima persona del
arrabal. Quin fu su seor padre? Un honrado escribano--respondi
el caballero--llamado Martn Morales. Martn Morales!--exclam
mi compaero, no menos alegre que sorprendido--. A fe ma que la
aventura es bien extraa! Segn eso, sois mi hermano mayor, Manuel
Morales. Justamente--respondi el otro--, y, por consiguiente, t
eres mi hermanico Luis, a quien dej en la cuna cuando sal de la casa
paterna. Ese es mi nombre, replic mi camarada; y dicho esto, se
levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volvindose
despus el seor Manuel a todos los que estbamos presentes, dijo:
Seores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone
que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos ms de
veinte aos que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.
Entonces todos los caballeros, que por cortesa estaban en pie,
saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos.
Despus de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda
la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron
hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los dems
convidados bebamos y nos alegrbamos.

Tuvo Luis una larga conversacin con su hermano Manuel, y concluda,
me llam aparte y me dijo: Todos estos caballeros son criados del
conde de Montaos, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca.
Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse.
Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto
llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostr de dejar tu
compaa, me dijo que si t quieres venir con nosotros te facilitar un
buen empleo. Caro amigo--continu l--, te aconsejo que no desprecies
este partido. Vamos juntos a Mallorca; si all lo pasamos bien, nos
quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a Espaa.

Admit con gusto la propuesta; incorpormonos el joven Morales y
yo con la familia del conde y partimos del mesn antes del amanecer
del da siguiente. Pusmonos en camino para Alicante, yendo a largas
jornadas. Luego que llegamos, compr una guitarra y me mand hacer un
vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla
de Mallorca, y lo mismo suceda a mi camarada Morales. Pareca que
ambos habamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso
decir la verdad: uno y otro queramos acreditarnos de hombres de bien
entre aquellos caballeros, y este respeto nos contena. En fin, nos
embarcamos alegremente, lisonjendonos con la esperanza de llegar
presto a Mallorca; pero no bien habamos salido del golfo de Alicante,
cuando nos cogi una furiosa borrasca. Qu ocasin tan buena era sta
para hacer ahora una bellsima descripcin de la tempestad, pintndoos
el aire todo inflamado, la viva luz de los relmpagos, el estampido de
los truenos, la rpida cada de los rayos, el silbido de los vientos y
la hinchazn de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores
retricas, os dir sencillamente que fu tan recia la tormenta, que nos
oblig a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta,
defendida con un fortn, cuya guarnicin consista entonces en cinco o
seis soldados y un oficial, que nos recibi con mucho agasajo.

Como nos veamos precisados a detenernos all muchos das para
componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes
diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinacin,
unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear
por la isla con otros compaeros amantes del paseo. Saltbamos de
peasco en peasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que
apenas se descubra en l un palmo de tierra. Un da que considerando
aquellos lugares ridos y secos estbamos admirando los caprichos de
la Naturaleza, que es fecunda o estril donde le da la gana, sentimos
todos de repente un olor muy grato que nos dej sorprendidos. Lo
quedamos mucho ms cuando volvindonos hacia el Oriente, de donde
vena aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva,
ms hermosa y odorfera que la de Andaluca. Acercmonos gustosos a
aquellos bellsimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino,
y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era
sta ancha y poco sombra; bajamos a ella por una escalera o caracol
de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecan sus lados.
Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena
ms roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que
destilaban continuamente los peascos y se perdan en la misma arena.
Parecinos tan clara y cristalina el agua, que nos di gana de beberla,
y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar
al da siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino,
persuadidos de que lo beberamos all con gusto.

Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos
restitumos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de
tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que
nos adverta en amistad que por ningn caso volvisemos a la cueva de
que tan enamorados habamos quedado. Y eso por qu?--le pregunt
yo--. Hay por ventura algo que temer? Y mucho--me respondi--. Los
corsarios de Argel y de Trpoli vienen algunas veces a esta isla y
hacen aguada en ese paraje, y uno de estos das sorprendieron en l a
dos soldados y los llevaron esclavos. Por ms seriedad con que nos lo
deca el oficial, no le quisimos creer. Parecanos que se zumbaba, y al
da siguiente volv yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva,
y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no
tenamos el ms mnimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se
qued jugando con su hermano y otros del castillo.

Bajamos al hondo de la cueva como el da anterior y pusimos a
refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor
que estbamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtindonos con mucha
algazara y alegra, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con
bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que
eran algunos del navo, que juntamente con el comandante se haban
disfrazado para chasquearnos. Credos de esto nos echamos a rer y
dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero
presto quedamos tristemente desengaados viendo ser un pirata que
vena con su gente a esclavizarnos. Rendos, perros--nos dijo en
lengua castellana--, o aqu moriris todos! Al mismo tiempo nos
pusieron al pecho las carabinas los que con l venan y que a la menor
resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la
muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas,
nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas,
hicironse a la vela y singlaron hacia Argel.

De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que
hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo
el corsario fu registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevbamos.
Gran golpe de mano para l! Los doscientos doblones del mercader de
Plasencia, los ciento que Jernimo Miajadas haba dado a Morales, y que
por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arreba sin misericordia.
Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En
suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento;
y el grandsimo bergante, no bastndole haberse apoderado de todo
nuestro dinero, comenz a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho
menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Despus de mil
impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo,
mand traer las botellas que habamos puesto a refrescar y comenz a
vaciarlas todas, ayudndole sus gentes y repitiendo a nuestra salud
muchos brindis por irrisin.

Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba
a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les haca tanto
ms doloroso el cautiverio cuanto ms alegre era la idea de ir a la
isla de Mallorca. Por lo que a m toca, tuve valor para tomar desde
luego mi determinacin, y menos apesadumbrado que los otros, no slo
trab conversacin con nuestro capitn mofador, sino que le ayud yo
mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cay muy en gracia.
Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se
considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia
y acomodarse con el tiempo. Tcanos una buena tocata--aadi, viendo
que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.
Mand que me desatasen los brazos, y al punto comenc a tocar, de tal
modo que merec sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal
este instrumento. Tambin me hizo cantar, y no qued menos satisfecho
de mi voz; todos los turcos que haba en el bajel mostraron con gestos
de admiracin el placer con que me haban odo, por lo que conoc que
en materia de msica no carecan de gusto. El pirata se arrim a m
y me dijo al odo que sera un esclavo afortunado y que poda estar
cierto de que mis talentos me proporcionaran un destino que hara muy
llevadera la esclavitud.

Estas palabras me consolaron algo; pero, por ms halageas que
fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me haba
pronosticado y tema que no fuese de mi aceptacin. Al llegar al puerto
de Argel vimos una multitud de personas que haba acudido para vernos,
y sin que an hubisemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con
mil gritos de alegra y alborozo. Acompaaba a stos un confuso rumor
de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella
gente y que causaban un estruendo desentonado ms que una msica
apacible. Aquella extraordinaria algazara naca de la falsa noticia
que se haba esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que
as se llamaba nuestro pirata--haba muerto peleando con una gruesa
embarcacin genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su
regreso, acudan a darle muestras de su regocijo.

Luego que desembarcamos, a m y a mis compaeros nos llevaron al
palacio del baj Solimn, donde un escribano cristiano nos examin
a cada uno en particular, preguntndonos el nombre, edad, patria,
religin y habilidad. Entonces Mahometo, mostrndome al baj, le
ponder mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester
ms Solimn para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel
punto qued reservado para su serrallo, adonde me condujeron para
instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los dems cautivos
fueron llevados a la plaza mayor y vendidos segn costumbre. Verificse
lo que Mahometo me haba pronosticado en el bajel, porque, ciertamente,
fu muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras
ni me destinaron a trabajar en las obras pblicas; antes bien, mand
Solimn, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio
privado a cinco o seis esclavos de distincin, cuyo rescate se esperaba
presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me
encarg el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos.
No poda tener yo una ocupacin ms suave, y por eso di gracias a mi
estrella, presintiendo, sin saber por qu, que no sera desgraciado al
servicio de Solimn.

Este baj--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de
cuarenta aos, bien plantado, muy atento, y aun muy galn para turco.
Tena por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se
haba hecho duea de l. Idolatraba en ella y no pasaba da en que no
la festejase con alguna diversin nueva; unas veces era un concierto de
voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos
dramas en los cuales no se tena ms respeto al pudor y al decoro que a
las reglas de Aristteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era
apasionadsima a semejantes espectculos, y aun algunas veces mandaba
a sus criadas representar piezas rabes en presencia del baj. Ella
misma sola tambin hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y
tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un da en que yo
asist a una de estas funciones mezclado entre los msicos me mand
Solimn que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hcelo
as, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no slo me aplaudi
con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareci, me
mir con ojos favorables.

El da siguiente por la maana, estando yo regando los naranjos en
los jardines, pas junto a m un eunuco que, sin detenerse ni hablar
palabra, dej caer a mis pies un billete. Recogle prontamente, con
una turbacin mezclada de alegra y de temor; echme a la larga en
el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y
ocultndome detrs de los naranjos le abr presuroso. Hall dentro
de l un preciossimo brillante y escritas en buen castellano estas
palabras: Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud.
El amor y la fortuna la harn feliz; el amor, si te muestras sensible
a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor
para arrostrar todo gnero de peligros.

No dud ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita;
el brillante y el estilo me lo persuadan. Adems de que nunca fu
cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran prncipe,
y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces ms dinero
del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar
esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Prosegu, pues,
en mi ocupacin, pensando siempre en el modo que podra tener para
introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los
arbitrios que ella discurrira para abrirme este camino, parecindome,
y con fundamento, que no se contentara con lo hecho y que ella misma
se adelantara a librarme de este cuidado. Con efecto, no me enga;
de all a una hora volvi a pasar junto a m el mismo eunuco de antes
y me dijo: Cristiano, has hecho tus reflexiones? Tendrs valor
para seguirme? Respondle que s. Pues bien--aadi l--, el Cielo
te guarde. Maana por la maana te volver a ver; est dispuesto para
dejarte conducir. Y dicho esto, se retir. Efectivamente, al da
siguiente, a cosa de las ocho de la maana, se dej ver y me hizo seal
de que le siguiese. Obedec, y me condujo a una sala donde haba un
gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer l y otro eunuco
para llevarlo a la cmara de la sultana y haba de servir para la
decoracin de una comedia rabe que ella tena dispuesta para divertir
al baj.

Los dos eunucos, vindome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no
perdieron tiempo. Desarrollaron el teln, hicironme tender a la larga
en medio de l y lo arrollaron otra vez, volvindome y revolvindome
dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogironlo cada uno de un
extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto
donde dorma la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja
enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el teln,
y Farrukhnaz, luego que me vi, mostr una alegra que manifestaba
bien el carcter de las mujeres de su pas. En medio de mi natural
intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al
cuarto secreto de las mujeres, sent cierto terror. Conocilo muy bien
la favorita, y para disiparlo me dijo: No temas, cristiano, porque
Solimn acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendr todo el
da, y nosotros hablaremos aqu libremente.

Animronme estas palabras y me hicieron cobrar un espritu y seguridad
que acrecent el contento de mi patrona. Esclavo--me dijo--, tu
persona me ha agradado y quiero hacerte ms suave el rigor de la
esclavitud. Te considero muy digno de la inclinacin que te he tomado.
Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire
noble y galn que me obliga a creer no eres persona comn. Hblame con
toda confianza y dme quin eres. S muy bien que los esclavos bien
nacidos ocultan su condicin para que les cueste menos el rescate,
pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendera mucho
semejante precaucin, pues que te prometo tu libertad. S, pues,
sincero, y confisame que no te criaste en pobres paales. Con
efecto, seora--le respond--, correspondera ruinmente a vuestra
generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenis empeo en
que os descubra quin soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de
Espaa. Quiz deca en esto la verdad; por lo menos la sultana as lo
crey, y dndose a s misma el parabin de haber puesto los ojos en un
hombre ilustre, me asegur que hara todo lo posible para que los dos
nos visemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversacin.
En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Saba
muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente.
Cuando le pareci que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un
gran cestn de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado
por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me haban
introducido les entreg aquella carga, como un regalo que ella enviaba
al baj, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto
de las mujeres que ninguno tiene la osada de mirarlo.

Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la
amable sultana poco a poco me fu inspirando tanto amor hacia ella como
ella me lo tena a m. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas
visitas, sin embargo de ser cosa muy difcil que en un serrallo
se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un
contratiempo desconcert nuestras medidas y mud enteramente de aspecto
mi fortuna. Un da en que entr en el cuarto de la sultana metido
dentro de un dragn artificial que se haba hecho para un espectculo,
cuando estaba yo hablando con ella, credo de que Solimn se hallaba
an fuera, entr ste tan de repente en el cuarto de su favorita,
que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para
ocultarme, y as, fu el primero que se ofreci a los ojos del baj.

Mostrse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo
en un momento la ira a la admiracin, arrojaban fuego sus ojos,
despidiendo llamas de indignacin y furor. Consider entonces que era
llegada la ltima hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los ms
crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conoc que tambin
estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdn
de l, dijo a Solimn: Seor, suplcoos no me condenis antes de
orme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan
infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los ms
horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y
para introducirle en l me val de los mismos artificios que pudiera
usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de
eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran
Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo
cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los
verdaderos creyentes. Al principio, encontr en l la resistencia que
aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este
punto me estaba dando palabra de que se har mahometano.

Confieso que era obligacin ma desmentir a la favorita, sin respeto
alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razn en aquel
lance y acobardado el espritu a vista del riesgo que corra mi vida
y la de una dama a quien amaba, me qued confuso y cortado. No tuve
valor para articular una palabra; y persuadido Solimn por mi silencio
de que era verdad cuanto haba dicho la sultana, depuso su ira y le
dijo: Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una
cosa que fuese grata al Profeta te movi a arriesgarte a una accin
tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el
esclavo tome el turbante en este mismo punto. Inmediatamente hizo
venir a su presencia un morabito. Vistironme a la turca, y yo les dej
hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir,
ni yo mismo saba lo que me hacan en aquella turbacin de todas mis
potencias. Cuntos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en
esta ocasin!

Concluda la ceremonia, sal del serrallo, con el nombre de Sidy Haly,
a tomar posesin de un empleo de poca monta a que Solimn me destin.
No volv a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme
cierto da y de su parte me entreg una porcin de piedras preciosas,
estimadas en dos mil _sultaninos de oro_, y juntamente un billete, en
que me aseguraba que jams olvidara la generosa complacencia con que
me haba hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, adems de
los regalos que haba recibido de la bella Farrukhnaz, consegu por su
mediacin otro empleo de ms importancia que el primero, de manera que
en menos de seis a siete aos me hall el renegado ms rico de todo
Argel.

Ya habrn conocido ustedes que si yo concurra a las oraciones
que hacan los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las dems
ceremonias de su ley, era todo una mera ficcin. Por lo dems, estaba
firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo
que pensaba retirarme algn da a Espaa o Italia con las riquezas que
hubiese juntado. Mientras tanto, viva muy alegremente. Estaba alojado
en una hermosa casa, tena jardines magnficos, multitud de esclavos y
un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino
est prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos
moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo beba sin
escrpulo, como lo hacen todos los renegados.

Acurdome que me acompaaban comnmente en mis borracheras un par
de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las
botellas sobre la mesa. Uno era judo y el otro rabe. Tenalos por
hombres de bien, y en esta confianza viva con ellos sin reserva.
Convidlos una noche a cenar, y aquel da se me haba muerto un perro
que yo quera mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas
las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus
difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religin de
Mahoma, sino slo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve,
estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado
animalillo.

Sin embargo, falt poco para que esta inconsiderada accin me perdiese
enteramente. El da siguiente se present en mi casa un hombre, que
me dijo: Seor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto
de importancia. El seor cad tiene precisin de hablarle; srvase
tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente. Decidme,
os suplico--le pregunt--, qu es lo que me quiere. El mismo os
lo dir--respondi el moro--; todo lo que puedo deciros es que un
mercader que ayer cen con usted le ha dado parte de no s qu impa
o irreligiosa accin que se ejecut en vuestra casa con motivo de
enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcis hoy
mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumplindose as
se proceder criminalmente contra vuestra persona. Dijo, y sin
aguardar respuesta me volvi la espalda, dejndome atnito con su
apercibimiento. No tena el rabe la ms mnima razn para estar
quejoso de m ni yo poda comprender por qu me haba jugado una pieza
tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atencin. Yo tena
bien conocido al cad por hombre severo en la apariencia, pero en el
fondo poco escrupuloso y muy avaro. Met en el bolsillo doscientos
_sultaninos de oro_ y fu derecho a presentarme a l. Hzome entrar
en su despacho y luego me dijo en tono colrico y furioso: Sois un
impo, un sacrlego, un hombre abominable! Habis dado sepultura a un
perro como si fuera un musulmn! Qu sacrilegio! Qu profanacin!
Es ste el respeto que profesis a las ms venerables ceremonias de
nuestra santa ley? Os hicisteis mahometano nicamente para burlaros
de las ceremonias ms sagradas de nuestro Alcorn? Seor cad--le
respond--, el rabe que vino a haceros una relacin tan alterada o
tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fu cmplice en mi
delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un domstico
fiel, a un inocente animal que tena mil bellas cualidades. Amaba tanto
a las personas de mrito y distincin, que hasta en su muerte quiso
dejarles testimonios irrefragables de su estimacin y afecto. En su
testamento, en el que me nombr por nico albacea, reparti entre ellas
sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es
tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvid de vos, pues me dej
muy encargado que os entregase los doscientos _sultaninos de oro_ que
hallaris en este bolsillo. Y dicho esto, le alargu el que llevaba
prevenido. Perdi el cad toda su gravedad cuando me oy decir esto,
sin poder contener la risa, y como estbamos solos, tom francamente el
bolsillo y me despidi, diciendo: Id en paz, Sidy Haly! Hicisteis
cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que
haca tanto aprecio de los sujetos de mrito!

Sal por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo ms
cuerdo, a lo menos me ense a ser ms circunspecto. No volv a tratar
con el rabe ni con el judo, y escog para mi camarada de botellas a
un caballero de Liorna, que era esclavo mo, llamado Azarini. No era
yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor
que a los mismos turcos. Los mos no se impacientaban aunque se les
retardase el rescate. Tratbalos con tanta benignidad, que muchas
veces me decan les costaba ms suspiros el miedo de pasar a servir a
otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser sta
tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.

Volvieron un da los jabeques de Solimn cargados de presa, y en
ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas
de Espaa. Reserv Solimn para s un cortsimo nmero y los dems
fueron puestos a la venta. Fu a la plaza donde sta se celebraba y
compr una muchacha espaola de diez a doce aos. Lloraba la pobrecita
amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse as en
tan tierna edad, me llegu a ella, y le dije en lengua castellana que
no se apesadumbrase tanto, asegurndole que haba cado en manos de
un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazn humano. La joven,
poseda enteramente de su dolor, ni siquiera atenda a mis palabras.
Gema, suspiraba y se deshaca en lgrimas inconsolables, prorrumpiendo
de cuando en cuando en esta exclamacin: Ay, madre ma, y por qu me
habrn separado de ti! Todo lo llevara en paciencia como estuviramos
juntas! Mientras deca estas palabras, tena puestos los ojos en una
mujer de cuarenta y cinco a cincuenta aos, distante pocos pasos, la
cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando
a que alguno la comprase. Preguntle si era su madre aquella mujer
a quien miraba. S, seor--me respondi con tierno sentimiento--.
Por amor de Dios, haga su merced que jams me separen de ella! Bien
est, hija ma--le dije--. Si para tu consuelo no deseas mas que el
estar juntas las dos, presto quedars contenta y consolada. Al mismo
tiempo me acerqu a la madre para comprarla; pero no bien la mir
con un poco de cuidado, cuando reconoc en ella, con la conmocin
que podis imaginar, todas las facciones y dems seales de Lucinda.
Cielos!--exclam dentro de m mismo--. Qu es lo que veo? Esta
es mi madre; no puedo dudarlo! Pero ella, o ya fuese porque el vivo
dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que
enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque
el traje mahometano me haca parecer otro, o bien que en el espacio de
doce aos que no me haba visto me hubiese desfigurado, el hecho es que
realmente ella no me conoci. En fin, yo la compr y me la llev a mi
casa.

No quise dilatarle el gusto de que me conociese. Seora--le dije--,
es posible que no os acordis de haber visto nunca esta cara? Pues
qu, unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os
impidan conocer a vuestro hijo Rafael? Volvi en s al or estas
palabras; mirme, remirme, reconocime, y arrojndose a m con los
brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abrac
despus a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tena
un hermano como yo ajeno de tener una hermana. Confesad--dije
entonces a mi madre--que en todas vuestras comedias no habis tenido un
encuentro y reconocimiento tan positivo como ste. Hijo--me respondi
suspirando--, grandsima alegra he tenido en volverte a ver; pero esta
alegra est mezclada con un amargusimo pesar. Dios mo! En qu
estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sera
mil veces menos sensible que ese traje odioso... A fe, madre--le
respond sonrindome--, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto
que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, seora, que sois
muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo.
En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cmico
que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado,
soy tan musulmn como lo era en Espaa, y en la realidad permanezco
siempre en mi religin. Cuando sepis todas las aventuras que me han
acontecido en este pas me disculparis. El amor fu la causa de mi
delito. Sacrifiqu a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera
de que hay an otra razn que debe templar vuestro dolor de verme en
la situacin en que me veis. Temais experimentar en Argel una dura
esclavitud y habis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso
y bastante rico para que vivis con regalo y con quietud en esta
ciudad hasta que se nos proporcione ocasin oportuna para que todos
podamos seguramente volver a Espaa. Reconoced ahora la verdad de aquel
proverbio que dice: _No hay mal que por bien no venga_. Hijo mo--me
dijo Lucinda--, una vez que ests resuelto a restituirte a tu patria
y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces ir con nosotros
tu hermana Beatriz y tendr el gusto de volverla a ver sana y salva en
Castilla. S, seora--le respond--, espero que le tendris, pues
lo ms presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en Espaa
con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habris dejado en
ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad. No, hijo--repuso
mi madre--, no he tenido ms hijos que a vosotros dos; y has de saber
que Beatriz es fruto de un matrimonio de los ms legtimos. Pero,
seora--repliqu--, qu razn tuvisteis para conceder a mi hermanita
esa preeminencia que me negasteis a m? Y cmo os habis resuelto a
casaros? Acurdome haberos odo decir mil veces en mi niez que nunca
perdonarais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.
_Otros tiempos, otras costumbres!_--respondi ella--. Si los hombres
ms firmes en sus propsitos estn ms sujetos a mudar, qu razn
habr para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos?
Voy a contarte--continu--la historia de mi vida desde que saliste de
Madrid. Hzome despus la siguiente relacin, que jams olvidar, y de
la cual no quiero privaros, porque es curiossima:

Har cosa de trece aos, si te acuerdas, que dejaste la casa del
marquesito de Legans. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo
que deseaba cenar conmigo privadamente. Sealme el da, esperle,
vino y le gust. Pidime el sacrificio de todos los competidores que
poda tener, y se lo conced, con la esperanza de que me lo pagara
bien, y as lo ejecut. Al da siguiente me envi varios regalos, a
que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Tema yo que no durara
largo tiempo en mis prisiones un seor de aquella elevacin; y lo tema
con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se haba escapado
de otras en que le haban aprisionado varias famosas beldades, cuyas
dulces cadenas lo mismo haba sido probarlas que romperlas. Sin
embargo, lejos de disgustarse, cada da pareca ms embelesado de mi
condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurrmele y de impedir
que su corazn, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa
propensin.

Tres meses haca que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cario
sera durable, cuando cierto da una amiga ma y yo concurrimos a
una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habamos
ido a ella convidadas para or un concierto de msica de voces e
instrumentos. Sentmonos casualmente un poco detrs de la duquesa, la
cual llev muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde
ella se hallaba. Envime a decir por una criada que me suplicaba me
saliese de all al instante. Respond a la criada con mucha grosera,
de lo que, irritada la duquesa, se quej a su esposo, el cual vino a
m y me dijo: Lucinda, sal prontamente de aqu. Cuando los grandes
seores se inclinan a mozuelas como t, no deben stas olvidarse de lo
que son. Si alguna vez os amamos a vosotras ms que a nuestras mujeres,
siempre las respetamos a stas mucho ms que a vosotras, y siempre que
tengis la insolencia de pretender igualaros con ellas seris tratadas
con la indignidad que merecis.

Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno
pudo comprenderlo. Retirme avergonzada y confusa, pero llorando de
rabia por el desaire que haba recibido. Para mayor pesar mo, los
comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no s cmo,
todo lo que me haba pasado. No parece sino que hay algn diablillo
acechador y cizaero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede
a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna
extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galn
y adinerado: toda la compaa inmediatamente sabe hasta la ms ridcula
menudencia. As supieron mis compaeros cuanto me haba pasado en el
concierto, y sabe Dios cunto se divirtieron a mi costa. Reina entre
ellos un cierto espritu de caridad que se descubre bien en semejantes
ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladuras, y tard
poco en consolarme de la prdida del duque, que no volvi a parecer por
mi casa, y luego supe haba tomado amistad con una cantarina.

Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le
faltan amantes, y el amor de un gran seor, aunque no dure ms que tres
das, siempre aade nuevos realces a su mrito. Yo me vi sitiada de
apasionados luego que se esparci por Madrid la voz de que el duque me
haba dejado. Los mismos competidores que yo le haba sacrificado, ms
enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfa a galantearme.
Fuera de stos, recib los obsequiosos tributos de otros mil corazones.
Nunca fu tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi
favor, ninguno me pareci ms ansioso que un alemn gordo, gentilhombre
del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereci
mi atencin con mil doblones que haba juntado en casa de su amo y
los prodig por lograr la dicha de entrar en el nmero de mis amantes
favorecidos. Este buen seor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo
el gasto fu bien recibido; pero apenas se le apur la bolsa hall
la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mo me fu a buscar a
la comedia, dime sus quejas, y porque me re de l a sus hocicos,
arrebatado de clera, me sacudi un bofetn a la tudesca. Di un gran
grito, sal al teatro, interrump la comedia y, dirigindome al
duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quej
a l en alta voz de los modales tudescos con que me haba tratado
su gentilhombre. Mand el duque seguir la comedia, diciendo que
despus de ella oira a las partes. Acabada la representacin, me
present muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El
alemn despach su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de
arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna,
odas las partes y volvindose al alemn, sentenci de esta manera:
Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes
ms delante de m, no porque has dado un bofetn a una comedianta,
sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un
espectculo pblico en presencia de los dos.

Esta sentencia me atraves el alma. Apoderse de m una ira rabiosa y
un inexplicable furor al ver que no haban despedido al alemn por la
ofensa que me haba hecho. Crea yo que un oprobio como aqul, cometido
contra una comedianta, deba castigarse como un delito de lesa majestad
y contaba con que el tudesco padecera una pena aflictiva. Abrime
los ojos este vergonzossimo suceso y me hizo conocer que el mundo
sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa.
Esto me disgust del teatro, en trminos que desde aquel punto resolv
dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escog para mi retiro la ciudad
de Valencia, y part de _incgnito_ a ella, llevando conmigo hasta el
valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me pareca
bastante para mantenerme con decencia el resto de mis das, pues mi
nimo era llevar una vida retirada. Tom en aquella ciudad una casa
pequea y no recib ms familia que una criada y un paje, para quienes
era tan desconocida como para todas las dems del vecindario. Fing
ser viuda de un empleado de la Real Casa y que haba escogido para
mi retiro la ciudad de Valencia por haber odo que su temple era uno
de los ms benignos y su terreno uno de los ms deliciosos de Espaa.
Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a
ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cmica.
Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada,
puso los ojos en m un hidalgo que viva en una quinta propia, cerca
de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta
y cinco a cuarenta aos, pero un noble muy adeudado, lo que no es ms
raro en el reino de Valencia que en otros muchos pases.

Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo
dems podra yo convenirle. A este fin despach sus ocultos batidores
para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que
le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada
fastidioso y, adems de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego
que yo era la que haba menester, y muy presto se dej ver en mi casa
una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez
tanto como de mi hermosura, me ofreca su mano, y que ratificara esta
oferta si mereca la dicha de que quisiese ser su esposa. Ped tres
das de trmino para pensarlo y resolverme. Informme en este tiempo de
las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de
l, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determin
gustosa casarme con l, como lo hice dentro de muy pocos das.

Don Manuel de Jrica--ste era el nombre de mi esposo--me condujo
luego a su hacienda. La casa tena cierto aspecto de antigedad, de lo
que haca mucha vanidad el dueo. Deca que la haba hecho edificar
uno de sus progenitores, y de la vejez de la fbrica deduca que la
familia de Jrica era la ms antigua de toda Espaa. Pero el tiempo
haba maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no
viniese a tierra lo haban apuntalado. Qu dicha para don Manuel la
de haberse casado conmigo! Gastse en reparos la mitad de mi dinero,
y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el pas;
y hteme aqu en un nuevo mundo, por decirlo as, y convertida de
repente en seora de aldea y de hacienda. Qu transformacin! Era yo
muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que
corresponda a mi nuevo estado. Revestame en todo de ciertos modales
teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacan formar en
la aldea un alto concepto de mi nacimiento. Oh, cunto se hubieran
divertido a costa ma si hubiesen sabido la verdad del hecho! Con
cuntos satricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos
y cunto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban
las dems gentes!

Viv por espacio de seis aos feliz y gustosamente en compaa de
don Manuel, al cabo de los cuales se lo llev Dios. Dejme bastantes
negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana
Beatriz, que a la sazn contaba cuatro aos de edad cumplidos. Nuestra
quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se
hallaba, por desgracia, empeada para seguridad de muchos acreedores,
el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le
convena perfectamente. Ejerca en Valencia el oficio de procurador,
que desempeaba como hombre consumado en todas las trampas de los
pleitos; y a mayor abundamiento, haba estudiado leyes para saber mejor
hacer injusticias. Oh qu terrible acreedor! Una quinta entre las uas
de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un
milano. Por tanto, el seor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido
puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar
con las minas que las supercheras legales comenzaban a formar si mi
fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso sta que de enemigo
se convirtiese en esclavo mo. Enamorse de m en una conversacin que
tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte
hice cuanto pude para inspirarle amor, obligndome el deseo de salvar
mi posesin a probar con l todos aquellos artificios que me haban
salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza
crea no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio
que pareca incapaz de admitir ninguna impresin amorosa. Con todo,
aquel socarrn, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor
complacencia de la que yo pensaba. Seora--me dijo un da--, yo no
entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesin, nunca he cuidado
de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear.
Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras
slo dir que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante
el proceso y alejar a los dems acreedores que se han reunido conmigo
para hacer vender su hacienda; usted ser duea del usufructo y su hija
de la propiedad. El inters de Beatriz y el mo no me dejaron vacilar
ni un solo punto. Acept al instante la proposicin. El procurador
cumpli su palabra: volvi sus armas contra los otros acreedores y
asegurme en la posesin de mi quinta. Quiz fu sta la primera vez
que supo servir bien a la viuda y al hurfano.

Llegu, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser seora
de aldea, aunque este matrimonio me perdi en el concepto de la
nobleza valenciana. Las seoras de la primera distincin me miraron
como a una mujer que se haba envilecido y no quisieron visitarme
ms. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con seoras
de medio pelo. No dej de causarme esto alguna pena, porque me haba
acostumbrado por espacio de seis aos a tratarme nicamente con
personas de carcter. Verdad es que tard poco en consolarme, porque
tom conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una
de un carcter muy digno de risa. Yo me diverta infinito de ver su
ridiculez. Estas medio seoras se tenan por personas ilustres. Pensaba
yo que solamente las comediantas eran las que no se conocan a s
mismas, mas veo que sta es una flaqueza universal. Cada uno cree que
es ms que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas
son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas,
quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos
de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocaran en
los sitios ms visibles.

A los cuatro aos de matrimonio cay enfermo el seor Astuto, y muri
sin haberme quedado hijos de l. Aadindose lo que l me dej a lo
que yo posea, me hall una viuda rica, y por tal me tenan. En virtud
de esta fama, comenz a obsequiarme un caballero siciliano, llamado
Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego
mi marido, dejando a mi arbitrio la eleccin. Haba venido de Palermo
para ver la Espaa, y despus de haber satisfecho su curiosidad,
estaba en Valencia esperando, segn deca, ocasin de embarcarse para
restituirse a Sicilia. Tena veinticinco aos; era, aunque pequeo
de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Hall
modo de hablarme a solas, y--te confieso la verdad--desde la primera
conversacin qued loca perdida por l. No qued l menos enamorado
de m, y creo--Dios me lo perdone!--que en aquel mismo punto nos
hubiramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy
reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque
desde que comenc a tomar inclinacin a los matrimonios respetaba los
estmulos del mundo.

Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien
parecer. Mientras tanto, Colifichini prosegua obsequindome, y lejos
de entibiarse en su amor se mostraba ms vehemente cada da. El pobre
mozo no estaba sobrado de dinero; conoclo y procur que nunca le
faltase. Adems de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de
haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis aos y miraba lo
que daba como una especie de restitucin en descargo de mi conciencia.
Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fu posible a que
pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto
humano para pasar a otras nupcias. Apenas lleg, cuando fuimos a la
iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que slo puede desatar la
muerte. Retirmonos despus a mi quinta, donde puedo decir que vivimos
dos aos, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ay,
que no nos habamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al
cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me priv de mi adorado
Colifichini.

Aqu no pude menos de interrumpir a mi madre dicindole: Pues qu,
seora, tambin muri vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza
que slo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.
Hijo mo, cmo ha de ser!--me respondi ella--. Por ventura puedo
yo alargar los das que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres
maridos, cmo lo he de remediar? A dos los llor mucho; el que menos
lgrimas me cost fu el procurador. Como me cas con l puramente
por el inters, tard poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo
a Colifichini, te dir que algunos meses despus de muerto, deseando
yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me haba sealado para
mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesin de ella
personalmente, me embarqu para Sicilia con mi hija Beatriz; pero
en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del baj de Argel.
Condujronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la
plaza donde estbamos puestas en venta. A no ser esto, hubiramos cado
en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya
dura esclavitud quiz habramos gemido toda la vida sin que t hubieses
odo hablar nunca de nosotras.

Tal fu, seores, la relacin que mi madre me hizo. Coloqula despus
en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor
le pareciese, cosa que fu muy de su gusto. Habase arraigado tanto
en ella el hbito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no
le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando
por algn tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta
que finalmente llam toda su atencin Haly Pegeln, renegado griego
que frecuentaba mi casa. Inspirle ste un amor mucho ms vivo que
el que haba tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los
hombres que hall el secreto de encantar tambin a ste. Aunque conoc
desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de
su trato, pensando slo en el modo de restituirme a Espaa. Habame
dado licencia el baj para armar una embarcacin, a fin de ir en corso
a ejercitar la piratera. Ocupbame enteramente el cuidado de este
armamento, y ocho das antes que se acabase dije a Lucinda: Madre,
presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto
aborrecis.

Mudsele el color al or estas palabras y guard un profundo
silencio. Sorprendime esto extraamente y le dije admirado: Qu es
esto, seora? Qu novedad veo en vuestro semblante? Parece que os
aflijo en vez de causaros alegra. Crea daros una noticia agradable
participndoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. No
desearais acaso restituiros a Espaa? No, hijo mo--me respondi--,
confieso que ya no lo deseo. Tuve all tantos disgustos, que he
renunciado a ella para siempre. Qu es lo que oigo!--exclam
penetrado de dolor--. Ah seora! Decid ms bien que el amor es
quien os hace odiosa vuestra patria! Santos Cielos y qu mudanza!
Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os pona delante os
causaba horror; pero Haly Pegeln os hace mirar las cosas con otros
ojos. No lo niego--respondi Lucinda--; es cierto que amo a este
renegado y quiero que sea mi cuarto marido. Qu proyecto es el
vuestro?--interrump todo horrorizado--. Vos casaros con un musulmn!
Sin duda habis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir,
solamente lo habis sido hasta aqu de puro nombre. Ah madre ma, y
qu de cosas estoy viendo ya! Habis resuelto perderos para siempre
porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por
necesidad!

Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fu
predicar en desierto, porque se haba cerrado en ello. No contenta con
dejarse arrastrar de su mala inclinacin, dejndome a m por entregarse
a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse
fuertemente. Ah infeliz Lucinda!--le dije--. Si nada es capaz de
conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no
queris conducir a una inocente al precipicio en que os apresuris a
caer! Lucinda se march sin replicar, quiz por algn vislumbre de
luz que por entonces ray en ella y le impidi obstinarse en pedir su
hija. As lo crea yo, pero conoca muy mal a mi madre. Uno de mis
esclavos me dijo dos das despus: Seor, mirad por vos. Un cautivo
de Pegeln acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para
que no perdis tiempo en aprovecharos de l. Vuestra madre ha mudado
de religin, y para vengarse de vos por haberle negado su hija est
determinada a dar parte al baj de vuestra prxima fuga. No tuve la
menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo
me avisaba. Habala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que,
a fuerza de representar papeles trgicos en el teatro, se haba
familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar
vivo, y no le conmovera ms mi muerte que si viese representada en una
tragedia esta catstrofe sangrienta.

Por tanto, no quise despreciar el aviso que me di el esclavo.
Apresur cuanto pude las prevenciones del embarco y tom, segn
costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos
conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme
sospechoso, y sal del puerto con todos mis esclavos y mi hermana
Beatriz. Ya se persuadirn ustedes de que no me olvidara de llevar
al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que haba en mi casa y
poda importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en
plena mar, lo primero que hicimos fu asegurarnos de los turcos, a
quienes encadenamos fcilmente, por ser mucho mayor el nmero de
mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo
arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con
la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudi a nuestro
desembarco. Entre los que concurrieron a l estaba por casualidad o
por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a
todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno
de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tena
de encontrarlas. Pero qu jbilo, qu abrazos se dieron padre e hijo
despus de haberse reconocido! Luego que Azarini le inform de quin
era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me oblig el buen viejo
a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz.
Pasar en silencio la menuda relacin de mil cosas que me fu preciso
practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y
slo dir que abjur el mahometismo con mucha mayor fe que le haba
abrazado. Purgume enteramente del humor mahometano, vend mi bajel
y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se
los asegur en las crceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por
otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo
de todo gnero de atenciones. El hijo se cas con mi hermana Beatriz,
partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para l, porque al
cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jrica, cuya
administracin haba dejado mi madre a cargo de un rico labrador de
Paterna cuando resolvi pasar a Sicilia.

Despus de haberme detenido en Liorna algn tiempo, march a
Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llev conmigo algunas cartas
de recomendacin que el viejo Azarini me di para algunos amigos suyos
en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero
espaol pariente suyo. Yo aad el don a mi nombre de bautismo, a
imitacin de no pocos paisanos mos plebeyos, que sin tenerlo y por
honrarse se lo ponen a s mismos en los pases extranjeros. Hacame,
pues, llamar con descaro don Rafael, y como haba trado de Argel lo
que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me present en la
Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me haba recomendado
Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distincin,
y como no lo desmentan los modales caballerescos, que haba estudiado
bien, era generalmente tenido por persona de importancia.

Supe introducirme muy presto con los primeros seores de la Corte,
los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle
en gracia. Dediqume a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oa
para esto con atencin lo que decan de l los cortesanos ms viejos
y experimentados. Observ, entre otras cosas, que le gustaban mucho
los cuentos graciosos trados con oportunidad y los dichos agudos.
Esto me sirvi de regla, y todas las maanas escriba en mi libro de
memoria los cuentos que quera contarle durante el da. Saba tan gran
nmero de ellos, que pareca tener un saco lleno, y aunque procur
gastarlos con economa, poco a poco se fu apurando el caudal, de
suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que
haba concludo mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones,
no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse
cuentos galantes o cmicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo
que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesin, por la
maana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que haba de decir
por la tarde, vendindolas como ocurridas de repente.

Metme tambin a poeta y consagr mi musa a las alabanzas del
prncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valan mucho, y por
eso nadie los critic; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo
que el duque los hubiera celebrado ms; el hecho es que le agradaban
infinito, lo que quiz dependera de los asuntos que yo elega. Fuese
por lo que quisiese, aquel prncipe estaba tan pagado de m que llegu
a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quin era
yo, pero no lo consiguieron, y slo llegaron a descubrir que haba sido
renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del prncipe, con esperanza
de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvi
nicamente para que el gran duque me obligase un da a que le hiciese
una fiel relacin de mi cautiverio en Argel. Obedecle, y mis aventuras
le divirtieron infinito.

Luego que la acab, me dijo: Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero
darte de ello una prueba tal que no te deje gnero de duda. Voy a
hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en
posesin de confidente mo, te digo que amo con pasin a la mujer de
uno de mis ministros. Es la seora ms linda de mi corte, pero al mismo
tiempo la ms virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa,
y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece
que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura.
Por aqu conocers la dificultad de conquistar su corazn. En medio
de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha odo
suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce
mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle
inspirado amor, no habindome dado ningn motivo para formarme una
idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfo de que llegue a serle
grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasin
que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de
dejarme llevar de mi inclinacin sin reparo alguno, abusando del poder
y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo
el conocimiento de mi amor. Parceme deber esta atencin a Mascarini,
que es el esposo de la que amo. El desinters y celo con que me sirve,
sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto
y circunspeccin. No quiero clavar un pual en el pecho de este marido
infeliz declarndome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre,
si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de
que morira de pena si llegase a saber lo que ahora te confo. Por esto
le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que
manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que
me condeno yo mismo; t sers el que le declares mis amorosos afectos,
no dudando que desempears muy bien este delicado encargo. Traba
conversacin con Mascarini, procura granjear su amistad, introdcete en
su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero
de ti y lo que estoy seguro hars con toda la destreza y discrecin que
pide un encargo tan delicado.

Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para
corresponder a su confianza y contribuir a la satisfaccin de sus
deseos, cumpl presto mi palabra. Nada omit para adquirir la amistad
de Mascarini, lo que me cost poco trabajo. Sumamente pagado de que
solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del prncipe, me
ahorr la mitad del camino. Franqueme su casa, tuve libre la entrada
en el cuarto de su mujer, y me atrever a decir que, en vista de mi
cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociacin de que
estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano,
se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrndose en su despacho, me
dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado
los rodeos, le habl del amor del gran duque y le declar que yo iba
a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecime que no le
tena grande inclinacin, pero al mismo tiempo conoc que la vanidad le
haca or con gusto su pretensin y se complaca en orla sin querer
corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente,
pero al fin era mujer, y advert que su virtud iba insensiblemente
rindindose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En
conclusin, el prncipe poda con fundamento esperar que, sin renovar
la violencia de Tarquino, vera a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin
embargo, un lance impensado desvaneci sus esperanzas, como ahora oirn
ustedes.

Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje
entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidndome de que con
ella solamente deba hacer el papel de negociador, le habl por m
en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecle mis obsequios lo
ms cortsmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osada y de
responderme con enfado, me dijo sonrindose: Confesad, don Rafael, que
el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y
muy celoso, pues le servs con una lealtad que no hay palabras para
encarecerla. Seora--le respond en el mismo tono--, las cosas no se
han de examina con tanto escrpulo. Suplcoos que dejemos a un lado las
reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo
que me dicta el corazn. Sobre todo, no creo ser el primer confidente
de un prncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es
cosa muy frecuente en los grandes seores hallar en sus Mercurios unos
rivales peligrosos. Bien puede ser as--replic Lucrecia--; pero yo
soy altiva y slo un prncipe sera capaz de mover mi inclinacin.
Arreglaos por este principio--prosigui ella, volviendo a revestirse de
su natural seriedad--y mudemos de conversacin. Quiero olvidar lo que
me acabis de decir, con la condicin de que jams os suceda volver a
tocar semejante asunto, pues de lo contrario podris arrepentiros.

Aunque ste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme
aprovechado, prosegu, no obstante, en hablar de mi pasin a la mujer
de Mascarini, y aun la importun con ms eficacia que antes a que
correspondiese a mi cario, llevando a tal extremo mi temeridad que
quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis
expresiones y de mis modales musulmanes, se llen de clera contra m,
amenazndome de que no tardara el gran duque en saber mi insolencia
y que le suplicara me castigase como mereca. Dme yo tambin por
ofendido de sus amenazas, y, convirtindose en odio mi amor, determin
tomar venganza del desprecio con que me haba tratado. Fume a ver con
su marido, y, despus de haberle hecho jurar que no me descubrira, le
inform de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el prncipe,
pintndola muy enamorada para dar ms inters a la relacin. Lo primero
que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fu encerrar sin
ms ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas
de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba
cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino
alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me
present a este prncipe con rostro triste y le dije que no deba
pensar ms en Lucrecia, porque Mascarini sin duda haba descubierto
todo nuestro enredo, puesto que haba comenzado a guardar a su mujer;
que yo no saba por dnde pudiese haber entrado en sospechas de m,
pues siempre haba yo usado del mayor disimulo y maa; que quiz la
misma Lucrecia habra informado de todo a su esposo y, de acuerdo con
l, se habra dejado encerrar para librarse de solicitaciones que
ponan en sobresalto su virtud. Mostrse el prncipe muy afligido de
orme; entonces me compadeci mucho su sentimiento, y ms de una vez me
pes de lo que haba dicho, pero ya no tena remedio. Por otra parte,
confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el
estado a que haba reducido a una mujer orgullosa que haba despreciado
mis suspiros.

Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un da,
estando en presencia del gran duque con cinco o seis seores de su
corte, nos pregunt a todos: Qu castigo os parece merecera un
hombre que hubiese abusado de la confianza de su prncipe e intentado
robarle su dama? Merecera--respondi uno de los cortesanos--ser
descuartizado vivo. Otro opin que deba ser apaleado hasta que
expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostr ms
favorable al delincuente, dijo que l se contentara con hacerle
arrojar de lo alto de una torre. Y don Rafael--replic entonces el
gran duque--, de qu parecer es? Porque estoy persuadido de que
los espaoles no son menos severos que los italianos en semejantes
ocasiones.

Conoc bien, como se puede discurrir, que Mascarini haba violado
su juramento o que su mujer haba hallado medio de informar al gran
duque de cuanto haba pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de
ver la turbacin que me agitaba; pero a pesar de ella respond con
entereza al gran duque: Seor, los espaoles son ms generosos. En
igual lance, perdonaran al confidente, y con este rasgo de bondad
produciran en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido
traidor. Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa
generosidad y perdono al traidor, reconociendo que slo debo culparme a
m mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conoca y de quien
tena motivos de desconfiar en razn de lo que me haban contado de
l. Don Rafael--aadi--, la venganza que tomo de vos es que salgis
inmediatamente de todos mis Estados y no volvis a poneros en mi
presencia. Retirme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia
que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al da
siguiente me embarqu en un buque cataln que sali del puerto de
Liorna para Barcelona.

Cuando lleg don Rafael a este punto de su historia, no me pude
contener en decirle: Para un hombre tan advertido como sois, me parece
fu grande error no haber salido de Florencia as que descubristeis
a Mascarini el amor del prncipe hacia Lucrecia. Debais tener por
cierto que tardara poco el gran duque en saber vuestra traicin.
Convengo en ello--respondi el hijo de Lucinda--, y por lo mismo
haba pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo
el ministro de no exponerme al resentimiento del prncipe. Llegu
a Barcelona--continu--con lo que me haba quedado de las riquezas
que traje de Argel, cuya mayor parte haba disipado en Florencia por
ostentar que era un caballero espaol. No me detuve largo tiempo en
Catalua. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar
de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo ms presto que
me fu posible. Luego que llegu a la corte, me ape por casualidad
en una de las posadas de caballeros, en donde viva una dama llamada
Camila, que, aunque haba salido ya de la menor edad, era una mujer
muy salada; testigo, el seor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo,
poco ms o menos, la vi en Valladolid. Aun era ms discreta que
hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a
sus redes; pero no se pareca a aquellas ninfas que se aprovechan del
agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algn mayordomo
de un gran seor, inmediatamente reparta los despojos con el primer
caballero mendicante que fuese de su gusto.

Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de
nuestras inclinaciones nos uni tan estrechamente que presto pas
a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran stos muy
considerables, y as, los comimos en poco tiempo. Por nuestra
desgracia, slo pensbamos uno y otro en agradarnos, sin valemos
de las disposiciones que ambos tenamos para vivir a costa ajena.
La miseria, en fin, despert nuestro ingenio, que el placer tena
aletargado. Querido Rafael--me dijo un da Camila--, pongamos treguas
a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. T
puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algn viejo poderoso.
Si proseguimos sindonos fieles uno a otro, ve ah dos fortunas
perdidas. Hermosa Camila--respond yo prontamente--, me ganas por la
mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina ma.
S, por cierto; para la mejor conservacin de nuestro amor es menester
intentar conquistas tiles. Nuestras infidelidades sern triunfos para
entrambos.

Ajustado este tratado, salimos a campaa. Al principio, por ms
diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscbamos. A
Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que
no tienen un cuarto, y a m slo se me ofrecan aquellas mujeres que
ms quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba
a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaqueras.
Hicimos tantos y tantas, que el corregidor lleg a saberlas, y
este juez, en extremo severo, di orden a un alguacil para que nos
prendiese; pero ste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos
hizo espaldas para que salisemos de Madrid, mediante una propineja que
le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella
ciudad. Alquil una casa, donde me aloj con Camila, que por evitar
el escndalo pasaba por hermana ma. Al principio nos contuvimos en
ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el
terreno antes de acometer ninguna empresa.

Un da se lleg a m en la calle un hombre y, saludndome muy
cortsmente, me dijo: Seor don Rafael, no me conoce usted?
Respondle que no. Pues yo--me replic--conozco a usted mucho, por
haberle visto en la Corte de Toscana, donde serva yo en las guardias
del gran duque. Pocos meses ha que dej el servicio de aquel prncipe,
y me vine a Espaa con un italiano de los ms astutos. Estamos en
Valladolid tres semanas ha y vivimos en compaa de un castellano y de
un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos
todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opparamente y nos
divertimos como unos prncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros,
ser muy bien recibido de mis compaeros, porque siempre le he tenido
a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y
caballero profeso en nuestra orden.

La franqueza con que me habl aquel bribn me estimul a responderle
del mismo modo. Ya que te has franqueado conmigo con tanta
sinceridad--le respond--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que
no soy novicio en vuestra profesin, y si la modestia me permitiera
referirte mis proezas, veras que no me has hecho demasiada merced en
tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me
contentar con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra
compaa, que no perdonar diligencia alguna para haceros conocer que
no la desmerezco. Apenas dije a aquel ambidextro que consenta en
aumentar el nmero de sus camaradas, cuando me condujo a donde stos
estaban, y desde el mismo punto me di a conocer a todos. All fu
donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examinronme
aquellos seores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno.
Quisieron saber si tena principios de la facultad, y descubrles
tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho
ms se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como
una cosa muy ordinaria, les asegur que en lo que yo me aventajaba era
en golpes magistrales de hurtar que pedan ingenio, y para persuadirlos
que era verdad les cont la aventura de Jernimo de Miajadas, y bast
la sencilla relacin de aquel suceso para que me reconociesen por un
talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tard poco
en acreditar el acierto de su eleccin en una multitud de briboneras
que hicimos, de todas las cuales fu yo, por decirlo as, la llave
maestra. Cuando necesitbamos alguna actriz para forjar mejor algn
enredo, echbamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos
papeles se le encargaban.

Dile por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentacin de ir a
su pas, y, con efecto, march a Galicia, asegurndonos de su vuelta.
Despus que satisfizo sus deseos, volvi por Burgos, sin duda para dar
algn golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomod
con el seor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le inform muy
bien. Usted, seor Gil Blas--prosigui, dirigindome la palabra--, se
acordar, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de
caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospech
usted que su criado Ambrosio haba sido el principal instrumento de
aquel robo, y en verdad que le sobr la razn para sospecharlo. Luego
que lleg a Valladolid, vino en busca nuestra, enternos de todo, y
la gavilla se encarg de lo dems; pero no sabr usted las resultas
de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos
con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de
Madrid, sin contar con Camila ni con los dems camaradas, los cuales se
admiraran tanto como vos de ver que no parecamos al da siguiente.

A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de
donde no haba salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos
nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella
ciudad fu vestirnos muy decentemente, y luego, vendindonos por
dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo
hicimos conocimiento con mucha gente de distincin. Estaba yo tan
acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fcilmente
se engaaron cuantos me vieron y trataron. A esto se aada que como
en un pas desconocido la calidad de los forasteros regularmente se
mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan,
ofuscbamos a todos con magnficos festines que empezamos a dar a
las damas. Entre las que yo visitaba encontr con una que me gust,
parecindome ms linda y joven que Camila. Quise saber quin era, y
me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya
de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se haba apoderado de
su corazn. No necesit saber ms para determinarme a hacer a doa
Violante duea soberana de todos mis pensamientos.

Tard poco ella misma en conocer la adquisicin que haba hecho.
Comenc a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para
persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las
infidelidades de su marido. Pens un tanto sobre esto, y al cabo tuve
el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recib, en fin, un
billete de ella en respuesta a muchos que yo le haba escrito por medio
de una de aquellas viejas que en Espaa e Italia son tan cmodas.
Decame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las
noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volva a la suya.
Desde luego comprend lo que me quera decir con esto. Aquella misma
noche fu a hablar por la reja con doa Violante y tuve con ella una
conversacin de las ms tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo
en que todas las noches a la misma hora nos hablaramos en el propio
sitio, sin perjuicio de las dems galanteras que nos fuese permitido
practicar por el da.

Hasta entonces don Baltasar--que as se llamaba el marido de
Violante--poda darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos,
fu una noche al sitio consabido con nimo de decirle que ya no poda
vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar ms conveniente al
exceso de mi amor, fineza que aun no haba podido conseguir de ella.
Apenas llegu cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un
hombre, el cual conoc que me observaba. Con efecto, era el marido de
doa Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y
viendo parado all a un hombre, comenz l mismo a pasearse por la
calle. Dud algn tiempo lo que deba hacer; pero al fin me determin
a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que l me conociese a m,
y le dije: Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje
libre la calle, que en otra ocasin le servir yo a usted. Seor--me
respondi--, la misma splica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a
una seorita que vive a veinte pasos de aqu, a la cual un hermano
suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver
desocupada del todo la calle. Espere usted--repliqu--, que ahora
me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos,
porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrndole la
propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me
divierto en sta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros
fuere acometido. Convengo en ello--repuso l--; voy a ocupar mi
sitio, usted qudese en el suyo y socorrmonos mutuamente en caso de
necesidad. Diciendo esto, se apart de m, pero fu para observarme
mejor, lo que poda hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

Acercndome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tard sta
en venir y comenzamos a hablar. No me olvid de instar a mi reina
para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado.
Resistise un poco a mis ruegos para hacer ms apreciable el favor;
pero despus, echndome un papel que ya traa prevenido en el bolsillo,
Ah va--me dijo--lo que deseis, y veris bien despachadas vuestras
splicas. Al decir esto se retir, por cuanto iba ya viniendo la
hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero ste, que
haba conocido muy bien ser su mujer el dolo a quien yo sacrificaba,
me sali al encuentro y, con un fingido gozo, me pregunt: Y bien,
caballero, est usted contento de su buena fortuna? Tengo motivos
para estarlo--le respond--; y a usted cmo le fu con la suya?
Mostrsele el amor risueo y favorable? Oh, no!--me respondi con
despecho--. El maldito hermano de mi querida volvi de su casa de
campo un da antes de lo que habamos pensado, y este contratiempo ha
aguado el contento con que yo me haba lisonjeado!

Hicmonos don Baltasar y yo recprocas protestas de amistad y nos
citamos para vernos en la plaza Mayor la maana siguiente. Despus
que nos separamos, se fu don Baltasar derecho a su casa, donde no
mostr a su mujer el menor indicio de las noticias que tena de ella,
y al otro da acudi a la plaza, segn lo acordado, y de all a un
momento llegu yo. Saludmonos con vivas demostraciones de amistad, tan
alevosas por su parte como sinceras por la ma. Hzome el artificioso
don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de
quien me haba hablado la noche anterior. Contme una larga fbula que
haba forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle
contndole yo el modo con que haba hecho conocimiento con Violante.
Ca incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le
confes todo lo que me haba sucedido; y no contento con esto, le
ense el papel que haba recibido, y aun le le tambin su contexto,
que era el siguiente: Maana ir a comer en casa de doa Ins; ya
sabis dnde vive. All hablaremos a solas. No puedo negaros por ms
largo tiempo un favor que juzgo merecis.

Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el
merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano
la enhorabuena de la dicha que le aguarda. No dej de parecer algo
turbado mientras hablaba de esta manera, pero fcilmente me deslumbr
ocultando a mis ojos su conmocin y enojo. Estaba tan embelesado
en mis halageas esperanzas, que no me paraba en observar a mi
confidente, aunque ste se vi precisado a dejarme, sin duda por temor
de que conociese su agitacin. Parti luego a contar a su cuado esta
aventura, e ignoro lo que pas entre los dos; slo s que don Baltasar
vino a casa de doa Ins a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos
que era l el que llamaba y yo me escap por una puerta falsa antes
que entrase en la sala. Luego que desaparec, se aquietaron las dos
mujeres, que se haban asustado mucho con la repentina venida del
marido. Recibironle con tanta serenidad, que desde luego sospech me
haban escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doa Ins y a su mujer
no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

Entre tanto, no acabando todava de conocer que don Baltasar se
burlaba cruelmente de mi sinceridad, sal de la casa echndole mil
maldiciones y me fu derecho a la plaza, donde haba dicho a Lamela me
aguardase. No le encontr, porque el bribn tena tambin su poco de
trapillo, y con suerte ms dichosa que la ma. Mientras le esperaba,
vi a mi falso confidente venir hacia m con rostro muy alegre y mucho
desembarazo. Luego que lleg a m, me pregunt cmo me haba ido con
mi ninfa en casa de doa Ins. No s qu demonio--le respond--,
envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos
ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando,
llam a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabs. Me fu
preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y as, me march
por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandsimo
importuno que viene siempre a desbaratar mis designios. A la
verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrsimo en su interior de
verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le d
cuartel. Oh! En cuanto a eso--repliqu yo--, no dudis que seguir
vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dar
pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que
fuese adelante con mi empeo y no abandonase la empresa por tan poca
cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada,
porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que
en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para
que en cualquier lance me hallase bien prevenido. Oh qu prudente es
esa dama!--me respondi l--. Yo me ofrezco desde luego a acompaaros.
Oh querido amigo--repliqu yo, fuera de m de puro gozo y echndole
los brazos al cuello--, y de cuntas finezas os soy deudor! Aun har
ms por vos--repuso l--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro;
ste nos acompaar, y con tal escolta podris divertiros a vuestro
gusto sin sobresalto ni contratiempo.

No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de
aquel nuevo amigo; tan encantado me tena su celo. Acept, en fin, el
auxilio que me ofreca, y dndonos el santo para cerca de la puerta de
Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fu a
buscar a su cuado, que era el Alejandro de quien me haba hablado,
y yo me qued paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado
que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este
asunto, cay tambin en la red como yo haba cado, sin pasarle por el
pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas.
Confieso que una simplicidad tan garrafal no se poda perdonar a unos
hombres como nosotros. Cuando me pareci que era hora de presentarme
a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien
prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la
dama, acompaado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegse a
m don Baltasar y me dijo: Este es el caballero de cuyo valor hablamos
esta maana. Entre usted en casa de esa seora y disfrute su dicha sin
recelo ni inquietud.

Acabados los recprocos cumplimientos, llam a la puerta de mi ninfa y
vino a abrirla una especie de duea. Entr sin advertir lo que pasaba
a mis espaldas y llegu hasta una sala donde Violante me esperaba.
Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta
dentro de la casa, haban entrado en ella tan atropelladamente, y
cerrado tras de s la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio
se qued en la calle. Descubrironse entonces, y ya podis imaginar el
apuro en que yo me vera. Bien se deja conocer que fu forzoso entonces
llegar a las manos. Acometironme los dos al mismo tiempo con las
espadas desnudas, y yo les correspond, dndoles tanto que hacer que
se arrepintieron presto de no haber tomado medidas ms seguras para la
venganza. Pas de parte a parte al marido, y el cuado, vindole en
aquel estado, tom la puerta, que Violante y la duea haban dejado
abierta al escaparse mientras nosotros reamos. Fule siguiendo hasta
la calle, donde me reun con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni
una sola palabra a las dos mujeres que haba visto ir huyendo, no saba
precisamente a qu atribuir el rumor que acababa de or. Volvimos a la
posada, y, recogiendo lo mejor que tenamos, montamos en nuestras mulas
y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

Conocimos muy bien que el lance poda tener malas resultas y que se
haran en Toledo pesquisas contra las cuales sera imprudencia no
tomar todo gnero de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un
mesn, en donde a poco rato entr un mercader de Toledo que caminaba
a Segorbe. Cenamos con l y nos cont el trgico suceso del marido de
Violante, mostrndose tan ajeno de sospecharnos reos de l que con
libertad le hicimos toda suerte de preguntas. Seores--nos dijo--, el
caso lo supe esta maana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes
diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el
corregidor pariente de don Baltasar, est en nimo de no perdonar medio
alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que
s.

Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo,
no obstante, tom desde luego la determinacin de salir cuanto antes
de Castilla la Nueva, hacindome cargo de que si encontraban a
Violante confesara sta cuanto haba pasado y dara tales seas de
mi persona que la justicia despachara rpidamente varias gentes en
mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos
del camino real desde el da siguiente. Tuvimos la fortuna de que
Lamela haba corrido las tres partes de Espaa y tena bien conocidas
todas las sendas extraviadas por donde podamos pasar con seguridad a
Aragn. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montaas
que estn antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados
por mi conductor llegamos a una gruta que tena toda la apariencia de
ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a
pedirme los recogiese.

Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un
pas deliciossimo, me dijo mi compaero: Seis aos ha que pasando
yo por aqu me hosped caritativamente en esta ermita un anciano y
venerable ermitao, que reparti conmigo los escasos vveres que tena.
Era un santo varn, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que falt
poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivir todava y quiero ver si
es as. Dicho esto, se ape de la mula el curioso Ambrosio, y entrando
en la ermita, despus de haberse detenido en ella algunos momentos,
sali, dicindome: Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectculo
muy tierno. Ech pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas
a un rbol, segu a Lamela hasta la gruta, donde entr, y vi tendido en
una vil tarima a un viejo anacoreta, plido y moribundo. Penda de su
venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba
hasta la cintura, y tena en sus manos juntas entrelazado un gran
rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a l entreabri los
ojos, que la muerte haba comenzado ya a cerrar, y despus de habernos
mirado un momento nos dijo: Hermanos mos, seis quienes fuereis,
aprovechaos del espectculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta
aos he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. Ah y qu largo
me parece ahora el tiempo que dediqu a mis deleites, y, al contrario,
qu corto el que he consagrado a la penitencia! Ah! Mucho temo que
las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar
los pecados del licenciado don Juan de Sols.

Apenas dijo estas palabras, cuando expir, y los dos nos quedamos
atnitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna
impresin hasta en los mayores libertinos; pero dur poco nuestra
conmocin, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos.
Comenzamos a hacer inventario de todo lo que haba en la ermita, en lo
que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistan en lo
que habis podido ver en ella. No slo la tena el hermano Juan mal
amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las
provisiones que hallamos se reducan a unas pocas avellanas y algunos
mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no haban podido
mascar las despobladas encas del santo varn; digo despobladas porque
observamos que se le haba cado la dentadura. Todo lo que contena
esta morada solitaria y todo lo que veamos nos haca mirar a este
buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llam la atencin:
hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto haba
dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que
llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de
entender con qu intencin haba podido aquel nuevo padre del desierto
desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olanos esto a
falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero quin
sabe si slo fu un si es no es de tontera! Es punto que no me meter
a decidir.

Hablando de ello Lamela y yo, le ocurri a aqul un extrao
pensamiento. Quedmonos--me dijo--en esta ermita y disfracmonos de
ermitaos. Enterremos al hermano Juan. T pasars por l, y yo, con
el nombre de hermano Antonio, ir a pedir limosna por los lugares y
aldeas del contorno. De esta manera, no slo estaremos a cubierto de
las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos
aqu, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos
que tengo en la ciudad de Cuenca. Aprob este extrao pensamiento,
no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de
extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro.
Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta,
y enterramos en ella modestamente al anacoreta, despus de haberle
despojado de su hbito, que consista en una tnica ceida al cuerpo
con una correa de cuero, y le cortamos tambin la barba, para hacerme
con ella a m una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos
posesin de la ermita.

Pasmoslo muy mal el primer da, vindonos precisados a mantenernos
solamente de la triste provisin que nos haba dejado el difunto; pero
el da siguiente, antes de amanecer, sali Lamela a campaa con las dos
mulas, que vendi en Cuenca, y por la noche volvi cargado de vveres
y de otras cosillas que haba comprado. Trajo todo lo que era menester
para disfrazarnos bien. Hizo para s una tnica o hbito de pao pardo
y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que
pareca natural. No hay en el mundo mozo ms maoso que l. Arregl
tambin la barba del hermano Juan, ajustndomela a la cara, y psome
en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribua mucho para
disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro
disfraz. Hallmonos los dos en este ridculo equipaje, de manera que no
podamos mirarnos sin rernos, vindonos en un traje que ciertamente
no nos convena. Con la tnica del hermano Juan hered tambin su
rosario y sus sandalias, que no hice escrpulo de apropiarme en vez de
regalrselas al obispo de Cuenca.

Haca tres das que estbamos en la ermita, sin haber visto en todos
ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos,
que traan al difunto, creyendo que estuviese todava vivo, pan, queso
y cebollas. Luego que los vi, me ech en mi tarima, y me fu fcil
alucinarlos, fuera de que ellos no podan distinguirme bien por la
escasa luz de la ermita, y procur imitar lo mejor que pude la voz del
hermano Juan, cuyas ltimas palabras haba odo: de manera que los
pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchera,
y s slo mostraron alguna admiracin de hallarse en la gruta con
otro ermitao. Pero advirtindolo, el socarrn de Lamela les dijo con
cierto aire hipocritn: No os admiris, hermanos, de verme a m en
esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragn y la he dejado por
venir a acompaar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en
su extrema vejez, considerando la necesidad que tendra en ella de este
alivio. Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio,
ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dndose a s mismos mil
parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su pas.

Haba comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas
parti por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad
de Cuenca, que slo dista una legua corta de la ermita. Como la
Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y adems
de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dej de
mover el corazn de las personas caritativas a darle limosna, y as, en
poco tiempo llen las alforjas de los dones de su liberalidad. Amigo
Ambrosio--le dije cuando volvi a la ermita--, te doy el parabin del
admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas
cristianas. Vive diez, que parece has ejercitado por muchos aos el
oficio de demandante capuchino! Algo ms he hecho--me respondi--que
hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta
ninfa, llamada Brbara, que fu algo ma en otro tiempo. La he hallado
bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devocin. Vive con
otras dos o tres beatas que edifican el mundo en pblico y hacen una
vida muy diferente en casa. Al principio no me conoci; tanto, que me
vi obligado a decirle: Cmo as, seora Brbara? Es posible que
ya desconozcis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde
servidor Ambrosio? Por vida ma, amigo Lamela--respondi Brbara--,
que jams poda soar el verte vestido con ese traje! Por qu diablos
de aventuras has venido a parar en ermitao? Eso es cosa larga--le
respond--, y ahora no puedo detenerme a controsla; pero maana a la
noche volver y satisfar vuestra curiosidad. Tambin vendr conmigo
mi compaero, el hermano Juan. Qu hermano Juan?--replic ella--.
Aquel viejo y buen ermitao que vive en una ermita cerca de esta
ciudad? T no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene ms de
cien aos! Es verdad--le respond--que en otro tiempo tuvo esa edad,
pero de pocos das a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo ms
mozo que l. Pues bien--respondi Brbara--, siendo as, que venga
contigo. Sin duda que en eso se oculta algn misterio.

No dejamos de ir al da siguiente, luego que fu noche, a casa de
aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenan prevenida
una gran cena. As que entramos en su casa nos quitamos las barbas
postizas y el hbito eremtico, y sin ceremonia nos presentamos a estas
princesas tales cuales ramos; y ellas, por no parecer menos francas
que nosotros, nos mostraron de cunto son capaces las falsas devotas
cuando arriman a un lado las gazmoeras de la aparente devocin.
Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta
hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor
decir seguimos el mismo mtodo por espacio de tres meses, y gastamos
con aquellas ninfas ms de los dos tercios de nuestro caudal; pero
cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la
cual deba hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio
haca su demanda en Cuenca, una de las beatas le entreg un billete,
dicindole: Una amiga ma me escribe esta carta, que iba a enviaros
con un propio. Mustresela al hermano Juan y tomen sus medidas en
informndose de su contenido. Este es, seores, aquel mismo billete
que Lamela me entreg ayer en vuestra presencia y el que nos oblig a
abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitacin.




                              CAPITULO II

De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la
aventura que les sucedi al querer salir del bosque.


Luego que acab don Rafael de contar su historia, que me pareci
algo larga, don Alfonso le dijo por cortesa que verdaderamente le
haba divertido mucho. Despus de este cumplido, tom la palabra el
seor Lamela, y volvindose al compaero de sus hazaas le dijo:
Don Rafael, el sol est ya para ponerse y me parece del caso que
tratemos del partido que hemos de tomar. Dices bien--respondi su
camarada--; es menester pensar a dnde hemos de ir. Yo--continu
Lamela--soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y
procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar maana en el reino
de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra
industria. Siento ac dentro de mi corazn no s qu presagio de que
daremos golpes magistrales. Don Rafael, que sobre estos asuntos tena
gran fe en sus pronsticos infalibles, accedi luego a su opinin.
Don Alfonso y yo, como nos habamos puesto en manos de aquellos dos
hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella
conferencia.

Resolvise, pues, que tomsemos la vuelta de Requena, y nos
dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la maana
y despus cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de
las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez tenamos
necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no
habamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los rboles
una luz que nos di mucho en que pensar. Qu significa aquella
luz?--pregunt don Rafael--. Sern acaso los corchetes de la justicia
de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyndonos en este
bosque nos vendrn a buscar en l? No lo pienso--dijo Ambrosio--;
antes bien, sern algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche,
se habrn refugiado aqu hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque
puedo engaarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos
los tres en este sitio, que vuelvo en un momento. Diciendo esto, se
fu acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba
muy distante. Fu desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que
le impedan el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atencin que
a su parecer mereca el caso: vi, sentados sobre la hierba y alrededor
de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres,
que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino.
A pocos pasos de distancia descubri a un hombre y a una mujer atados
a dos rboles, y algo ms all un coche de camino con mulas ricamente
enjaezadas. Desde luego sospech que los cuatro hombres que estaban
sentados deban de ser ladrones, y por la conversacin que les oy
acab de conocer que no haba sido temeraria su sospecha. Disputaban
los cuatro salteadores sobre de quin haba de ser la dama que haba
cado en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela
volvi a donde estbamos y nos inform menudamente de todo lo que haba
visto y odo.

Seores--dijo entonces don Alfonso--, la mujer y el hombre que tienen
atados a los rboles los ladrones quiz sern una seora y un caballero
de distincin. Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de vctimas a
la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, seores,
echmonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.
Consiento en ello--dijo D. Rafael--; yo estoy tan pronto a hacer una
buena accin como una mala. Ambrosio, por su parte, protest que slo
deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual prevea que
seramos bien recompensados, segn su modo de pensar. Y aun me atrevo
a decir--aadi--que en esta ocasin el peligro no me amedrenta y que
ningn caballero andante se manifest nunca ms pronto al servicio de
las damas. Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad,
el riesgo no era grande, porque habindonos dicho Lamela que las armas
de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce
pasos de ellos, no nos fu muy difcil ejecutar nuestra resolucin.
Atamos, pues, a un rbol el caballo y nos fuimos acercando con
silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados stos con el vino,
hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favoreca mucho el golpe
de la sorpresa. Apodermonos de sus armas antes de que nos viesen,
y disparndolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron
tendidos sobre el suelo.

Durante esta expedicin se apag la luz y nos quedamos en la
obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar
el hombre y la mujer, que estaban tan posedos de terror que no
tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabbamos
de hacerles. Verdad es que ignoraban an si deban mirarnos como a
bienhechores o como a nuevos bandidos, que los haban librado de los
otros quiz para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos
asegurndoles que los bamos a conducir a una venta que, segn deca
Ambrosio, no distaba mas que media legua de all, donde podran tomar
las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se
dirigan. Despus de que los hubimos animado, los metimos en su coche y
los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno.
Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de
los vencidos; despus fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos
apoderamos tambin de los que eran de los ladrones, que estaban atados
a varios rboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados
otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que haba montado en
una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y
tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el seor Lamela nos haba
dicho que no estaba muy apartada del bosque.

Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de
la casa estaba ya acostada. Levantronse y vistironse de prisa el
ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los
hubiesen despertado a lo mejor del sueo cuando vieron una comitiva
que prometa hacer mucho ms gasto en su casa del que efectivamente
hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y
el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la seora y al caballero
para ayudarlos a bajar del coche, sirvindoles como de gentileshombres
hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. All se hicieron mil
recprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a
saber que los personajes a quienes acabbamos de libertar eran el conde
de Poln y su hija Serafina. Pero quin podr describir el asombro de
esta seora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no repar en
este pasaje, porque estaba distrado en otras cosas. Psose a contarnos
menudamente el modo como les haban asaltado los ladrones y se haban
apoderado de su hija y de l despus de haber muerto al postilln,
a un paje y a un ayuda de cmara. Acab diciendo que nos estaba
infinitamente agradecido, y que si queramos ir a Toledo, donde estara
de vuelta dentro de un mes, nos dara pruebas que bastasen a hacernos
conocer si era ingrato o reconocido.

A la hija de aquel seor no se le olvid darnos tambin mil gracias por
su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustara
don Alfonso de que le facilitsemos el medio de hablar un rato a solas
con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al
conde de Poln. Serafina--le dijo don Alfonso en voz muy baja--, ya
no me quejar de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un
hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de
contribuir al importante servicio que se os ha hecho. Pues qu--le
respondi ella suspirando--, sois vos el que me habis salvado la vida
y el honor? Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? Ah don
Alfonso! Por qu fuisteis vos quien di muerte a mi hermano! No le
dijo ms; pero l comprendi bastante, por sus palabras y por el tono
en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado
de ella.


                              LIBRO SEXTO




                           CAPITULO PRIMERO

De lo que hicieron Gil Blas y sus compaeros despus que se separaron
del conde de Poln; del importante proyecto que form Ambrosio y cmo
se ejecut.


Despus de haber pasado el conde de Poln la mitad de la noche en
darnos gracias y asegurarnos que podamos contar con su eterno
agradecimiento, llam al ventero, para consultar con l de qu modo
llegara con seguridad a Turis, adonde tena nimo de ir. Dejamos
que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta,
siguiendo el camino que Lamela quiso escoger.

Al cabo de dos horas de marcha nos amaneci ya cerca de Campillo.
Llegamos prontamente a las montaas que hay entre aquella villa y
Requena, y all pasamos el da en descansar y en contar nuestro caudal,
que se haba aumentado mucho con el dinero que habamos cogido a los
ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron ms de trescientos
doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a
poner en camino, y el da siguiente al amanecer entramos en el reino de
Valencia. Retirmonos al primer bosque que encontramos, emboscmonos
en l y llegamos a un sitio por donde corra un arroyuelo de agua
cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La
sombra con que nos convidaban los rboles y la abundante hierba que el
campo ofreca para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto
en aquel paraje, aun cuando no estuviramos ya resueltos a descansar
algunas horas en l.

Apemonos, pues, y hacamos nimo de pasar all aquel da alegremente;
pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poqusimos vveres.
Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se haba convertido en
un cuerpo sin alma. Seores--dijo entonces Ambrosio--, sin Ceres y
sin Baco a ninguno agrada el sitio ms delicioso. Soy de parecer que
renovemos nuestras provisiones, y as, marcho a este fin a Chelva, que
es una linda villa, distante de aqu solas dos leguas, y tardar poco
en tan corto viaje. Dicho esto, carg en el caballo la bota y las
alforjas, mont, y parti del bosque a tan buen paso que nos prometimos
sera muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvi tan presto como
lo esperbamos. Era ya mucho ms del medioda cuando vimos a nuestro
proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Enga alegremente
nuestro sobresalto con las muchas cosas de que vena provisto. No
slo traa la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas
de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las
ancas del caballo, que se llev nuestra atencin. Conocilo Ambrosio,
y nos dijo sonrindose: Apuesto yo a don Rafael y a todos los ms
diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qu ni para qu
he comprado todo este envoltorio de ropa. Diciendo esto, lo desat l
mismo para que viramos por menor lo que encerraba. Mostrnos un manteo
negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones,
un tintero de cuerno, con su salvadera y can para meter las plumas,
una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente
con una barreta de lacre verde. Pardiez, seor Ambrosio--exclam
zumbndose D. Rafael luego que vi todas aquellas baratijas--, que
habis empleado bien el dinero! Qu diablos piensas hacer de todos
esos cachivaches? Un uso admirable--respondi Lamela--. Todas estas
cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que
nos han de valer ms de quinientos. Contad seguramente con ellos. No
soy hombre que me cargo de gneros intiles. Y para haceros ver que no
he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he
formado, un proyecto que sin disputa es de los ms ingeniosos que puede
concebir el entendimiento humano. Vais a orlo, y estoy seguro que
quedaris atnitos al saberlo. Estadme atentos! Despus de haber hecho
mi provisin de pan, me entr en una pastelera y mand que me asasen
seis perdices, otras tantas pollas e igual nmero de gazapos. Mientras
todo esto se estaba asando, entr en la pastelera un hombre encendido
en clera, quejndose agriamente de la injuria que le haba hecho un
mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: Por Santiago Apstol,
que Samuel Simn es el mercader ms ruin que hay en todo Chelva! Acaba
de afrentarme pblicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el
grandsimo ladrn seis varas de pao, sabiendo como sabe que soy un
artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jams a deber un
cuarto. No os admiris de semejante bruto? El fa sin reparo a los
caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha
de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que est
seguro de que le ha de pagar hasta el ltimo maraved. Qu mana!
Maldito judo! Ojal le engaen! Puede ser que se me cumpla algn
da este deseo y no faltarn mercaderes que me acompaen en l. Oyendo
yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo adems otras
muchas cosas, de repente me asalt el deseo de vengarle y de hacer una
pesada burla al seor Samuel Simn. Amigo--pregunt a aquel hombre--,
no me diris qu carcter tiene ese mercader? El peor que se puede
discurrir--me respondi con enfado--. Es un desenfrenado usurero,
aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judo que
se volvi catlico, pero en el fondo de su alma es todava tan judo
como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por inters. No perd
palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que
sal de la pastelera procur informarme de la casa de Samuel Simn.
Ensemela un hombre. Parme a ver su tienda, examinla toda, y mi
imaginacin, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que
abrazo con presteza, parecindome digno del criado del seor Gil Blas.
Fume derecho a una ropera y compr los vestidos que veis; uno, para
hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar
el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ah,
seores, lo que hice y lo que fu la causa de mi tardanza.

Ah querido Ambrosio--interrumpi D. Rafael arrebatado de gozo--, y
qu admirable idea! Qu plan tan asombroso! Envidio tu sutilsima
invencin! Dara yo los mayores enredos de mi vida por que se me
hubiese ofrecido ste tan ingenioso! S, amigo Lamela--prosigui--,
penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y
no debes poner duda en que el xito ser dichoso! Slo has menester dos
buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada;
pero estos actores los tienes a mano. T tienes un aspecto devoto
y hars muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representar el
secretario y el seor Gil Blas, si gusta, har de alguacil. Ya estn
repartidos los papeles; maana representaremos la comedia, y yo
respondo del buen xito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos
lances imprevistos que dan en tierra con los designios ms bien
combinados.

Por lo que a m toca, slo comprend en confuso el proyecto que
D. Rafael alab tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y
verdaderamente me pareci ingenioso. Despus que hubimos despachado
gran parte de la provisin y hecho a la bota copiosas sangras,
nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no
fu largo nuestro sueo, porque una hora despus le interrumpi el
despiadado Ambrosio gritando antes del da: _En pie! En pie!_ Los
que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser
perezosos! Maldito sea el seor comisario--le dijo D. Rafael entre
despierto y dormido--, y lo que su seora ha madrugado! En verdad que
el judiazo de Samuel Simn dar a todos los diablos tanta vigilancia!
Convengo en ello--respondi Lamela--, y os dir de ms a ms--aadi
rindose--que esta noche so que yo le estaba arrancando pelos de
la barba. Y este sueo, seor secretario, no es de muy mal agero
para el desdichado Samuel? Con estas y otras mil cuchufletas que se
dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente
y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio
se ech a cuestas las hopalandas, de manera que tena toda la traza
de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que
parecamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos
bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habamos de
hacer; tanto, que eran ya ms de las dos de la tarde cuando salimos
del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos
apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta
algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun
tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a
que obscureciese enteramente.

Cuando nos pareci tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo
de D. Alfonso, que se alegr mucho de no tener que hacer otro papel.
Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel
Simn. El mismo sali a abrirla, y qued extraamente sorprendido de
ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo qued mucho ms luego
que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: Seor
Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os
ordeno que en este mismo momento me entreguis la llave de vuestro
despacho. Quiero ver si hallo en l con que justificar las delaciones y
acusaciones que se nos han presentado contra vos.

El mercader, a quien haban turbado estas palabras, retrocedi dos
pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchera, crey de
buena fe que algn enemigo oculto le haba delatado al Santo Oficio,
o tambin es muy posible que, no reconocindose l mismo por muy buen
catlico, temiese haber dado motivo para alguna secreta informacin.
Sea lo que fuere, nunca vi hombre ms confuso. Obedeci sin resistencia
y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la
Inquisicin. El mismo nos abri su despacho, y al entrar le dijo
Ambrosio: Seor Samuel, a lo menos recibs con sumisin las rdenes
del Santo Oficio; pero--aadi--retiraos a otro cuarto y dejadme
practicar libremente mi empleo. Samuel no fu menos obediente a esta
segunda orden que lo haba sido a la primera; retirse a su tienda, y
nosotros tres entramos en su despacho, donde sin prdida de tiempo nos
pusimos a buscar el dinero, que nos cost poco trabajo y menos tiempo
encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde haba ms del que
podamos llevar. Consista en gran nmero de talegos puestos unos sobre
otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiramos querido ms que
fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fu forzoso hacer de
la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras,
el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podamos
encajar, de suerte que todos bamos cargados con un peso exorbitante,
sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y
de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa
mejor que saber bien cada uno el arte que profesa.

Salimos del cuarto despus de haber hecho nuestro negocio, y, por una
razn que es fcil de adivinar, el seor comisario sac su candado,
que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantle el sello y
luego dijo a Simn: Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que
lleguis a este candado, ni tampoco a este sello, que debis respetar,
pues que es el sello del Santo Oficio. Maana volver a esta misma
hora a quitarlo y a daros rdenes. Hecho esto, mand abrir la puerta
de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando
hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal
ligereza que apenas tocbamos con el pie en tierra, sin embargo de
la pesada carga que llevbamos. Salimos presto fuera de la villa, y,
volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe,
dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio.




                              CAPITULO II

De la resolucin que tomaron don Alfonso y Gil Blas despus de esta
aventura.


Anduvimos toda la noche, segn nuestra loable costumbre, y al amanecer
nos hallamos a la vista de una miserable aldea distante dos leguas de
Segorbe. Como todos estbamos cansados, nos desviamos con gusto del
camino real para llegar hasta unos sauces que descubrimos al pie de una
colina a cosa de unos mil o mil doscientos pasos de la aldea, en la
cual no nos pareci conveniente detenernos. Vimos que aquellos rboles
hacan una apacible sombra y que les baaba el pie un arroyuelo.
Agradnos lo delicioso del sitio, y resolviendo pasar en l lo restante
del da, nos apeamos, quitamos los frenos a los caballos para que
pudiesen pacer, nos echamos sobre la verde hierba, y despus de haber
reposado un poco acabamos de desocupar las alforjas y la bota. Luego
que hubimos almorzado opparamente, nos pusimos a contar el dinero
que habamos robado a Samuel Simn, y hallamos que ascenda a tres
mil ducados, con cuya cantidad y el caudal que ya tenamos podamos
alabarnos de poseer un mediano capital.

Viendo que se haban acabado nuestras provisiones y era menester pensar
en hacer otras, Ambrosio y don Rafael, que ya se haban quitado los
disfraces, dijeron que queran tomarse este trabajo, porque el suceso
de Chelva les haba avivado el gusto de las aventuras y tenan gana de
ir a Segorbe a ver si se les presentaba alguna ocasin de emprender
otra nueva hazaa. Vosotros--dijo el hijo de Lucinda--no tenis mas
que esperarnos a la sombra de estos sauces, que pronto estaremos de
vuelta. Seor don Rafael--respond yo sonrindome--, no sea que la
ida de ustedes sea como la del humo; temo que si una vez se van tarde
nos juntaremos. Esa sospecha--replic Ambrosio--es muy ofensiva
a nuestro honor y no merecamos que nos hicieseis tan poca merced.
Es verdad que en parte os disculpo de la desconfianza que tenis de
nosotros acordndoos de lo que hicimos en Valladolid y de creer que
no haramos ms escrpulo de abandonaros que a los compaeros que
dejamos en aquella ciudad. Sin embargo, os engais enormemente.
Aquellos camaradas a quienes vendimos eran de un perverso carcter y
ya no podamos aguantar ms su compaa. Es menester hacer justicia
a los de nuestra profesin, diciendo que no hay gremio alguno en la
vida civil en que el inters d menos motivo a la divisin; pero
cuando no son conformes las inclinaciones, puede alterarse la unin,
como en todos los dems gremios humanos. Por tanto, seor Gil Blas,
suplico a usted y al seor don Alfonso que tengan ms confianza en
nosotros y que tranquilicen su espritu tocante al deseo que don
Rafael y yo tenemos de ir a Segorbe. Es muy fcil--dijo entonces el
hijo de Lucinda--librarlos de todo motivo de inquietud en este punto:
basta para eso dejarlos dueos del caudal, que es la mejor fianza
que tendrn en sus manos de nuestra vuelta. Ya ve usted, seor Gil
Blas, que esto se llama ir derechos al punto de la dificultad. Ambos
quedaris as resguardados, sin que Ambrosio ni yo tengamos sospechas
de que os ausentis con tan rica fianza. En vista de una prueba tan
convincente de nuestra buena fe, tendris todava dificultad en
fiaros de nosotros? No por cierto--respond yo--; y as, podis
ahora hacer todo lo que os pareciere. Partieron inmediatamente con
la bota y las alforjas, dejndome a la sombra de los sauces con don
Alfonso, el cual me dijo luego que se fueron: Seor Gil Blas, quiero
abriros enteramente mi pecho. Me estoy continuamente acusando de la
condescendencia que tuve en venir hasta aqu con esos bribones. No
os puedo decir cuntos millares de veces me he arrepentido ya de
ello. Ayer noche, mientras me qued guardando los caballos, hice mil
reflexiones que me despedazaban el corazn. Consider que era muy ajeno
de un joven que naci con honra vivir con unos hombres tan viciosos
como Rafael y Lamela; que si por desgracia--como muy fcilmente puede
suceder--llegase a ser tal algn da el resultado de una de estas
maldades que caysemos en manos de la justicia, sufrir la vergenza de
verme castigado con ellos como ladrn y quiz con una muerte afrentosa.
No puedo apartar ni un solo instante de mi imaginacin estas funestas
ideas, y as, os confieso que estoy resuelto a separarme para siempre
de su compaa, por no ser cmplice en los delitos que cometan. Tengo
por cierto--aadi--que no desaprobaris este pensamiento. Cierto
es que no--le respond--. Aunque usted me vi ayer hacer el papel de
alguacil en la comedia de Samuel Simn, no por eso crea que semejantes
piezas son de mi gusto. El Cielo me es testigo de que mientras estaba
representando tan distinguido papel me dije a m mismo: A fe, amigo
Gil Blas, que si la justicia viniera ahora a echarte la mano, sin duda
mereceras bien el salario que te tocase! As que, seor don Alfonso,
no estoy ms dispuesto que usted a continuar en tan mala compaa, y
de muy buena gana le acompaar, si es que me lo permite, a cualquier
parte que vaya. Cuando vuelvan estos seores les suplicaremos que se
haga el repartimiento del dinero, y maana muy temprano, o esta misma
noche, nos despediremos de ellos para siempre.

Aprob mi proposicin el amante de la bella Serafina y me dijo: Iremos
a Valencia y nos embarcaremos para Italia, donde podremos entrar al
servicio de la Repblica de Venecia. No vale ms seguir la carrera de
las armas que continuar la vida vil y criminal que traemos? En aqulla
podemos traer buen porte con el dinero que nos haya tocado. No deja
de remorderme la conciencia el servirme de un bien tan mal adquirido;
pero adems de que la necesidad me obliga a ello, protesto resarcir a
Samuel Simn el dao luego que tenga la menor fortuna en la guerra.
Asegur a don Alfonso que yo tena la misma intencin, y quedamos
de acuerdo en que el da siguiente al amanecer nos separaramos de
nuestros camaradas. No dimos lugar a la tentacin de aprovecharnos de
su ausencia, esto es, huir al momento con el dinero: la confianza que
haban hecho de nosotros dejndonos dueos de l ni aun nos permiti
que nos pasase semejante ruindad por el pensamiento, aunque la burla
que me hicieron en la posada de caballeros de Valladolid disculpase en
cierto modo este robo.

A la cada de la tarde volvieron de Segorbe Ambrosio y don Rafael. La
primera cosa que nos dijeron fu que haban hecho un viaje muy feliz
y que dejaban echados los cimientos de una aventura que, segn todas
las seales, sera sin comparacin de mucho ms producto que la del
da anterior. Comenz a explicamos el plan el hijo de Lucinda, pero
don Alfonso le ataj dicindole cortsmente que l estaba resuelto
a separarse de la compaa, y yo por mi parte les declar hallarme
en la misma resolucin. Por ms que hicieron para movernos a que
prosiguisemos acompandolos en sus expediciones no les fu posible
conseguirlo. La maana siguiente nos despedimos de ellos, despus de
haber repartido por iguales partes el dinero, y los dos tomamos el
camino de Valencia.




                             CAPITULO III

Cmo don Alfonso se halla en el colmo de su alegra y la aventura por
la cual se vi de repente Gil Blas en un estado dichoso.


Caminamos felizmente hasta Buol, donde, por desgracia, fu preciso
detenernos. Sintise malo don Alfonso. Dile una calentura tan ardiente
que le cre en el mayor riesgo. Quiso la fortuna que no hubiese mdico
en el lugar y salimos a poca costa de aquel susto, pues slo nos
cost el miedo. Al tercer da se hall el enfermo enteramente limpio
de calentura, a lo que no contribuy poco mi cuidadosa asistencia.
Mostrse muy agradecido a lo que haba hecho por l, y como era
recproca la inclinacin del uno al otro, nos juramos una eterna
amistad.

Proseguimos nuestro viaje, firmes siempre en la resolucin de
embarcamos para Italia a la primera ocasin que se ofreciera as que
llegsemos a Valencia; pero el Cielo, que nos preparaba una suerte
feliz, dispuso las cosas de otro modo. Vimos a la puerta de una hermosa
quinta que haba en el camino mucha gente aldeana de ambos sexos que
bailaban formando corro. Acercmonos a ver la fiesta, y D. Alfonso,
que estaba muy ajeno de hallar el objeto que se le present, se qued
sorprendido de ver entre los circunstantes al barn de Steinbach. Este,
que tambin reconoci a D. Alfonso, corri luego hacia l con los
brazos abiertos, y todo arrebatado de gozo exclam: Ah querido don
Alfonso! Vos aqu! Qu agradable encuentro! Cuando por todas partes
os andan buscando, una feliz casualidad os ha puesto delante de mis
ojos!

Apese al instante mi compaero y fu precipitado a dar mil abrazos
al barn, cuya alegra me pareci excesiva. Ven, hijo mo--le
dijo el buen viejo--; presto sabrs quin eres y mejorars mucho de
fortuna! Diciendo esto, le condujo a la habitacin, adonde yo tambin
fu, habindome apeado y atado a un rbol los caballos. El primero
a quien encontramos fu al dueo de la misma quinta, que mostraba
ser de edad de cincuenta aos y tena bellsimo aspecto. Seor--le
dijo el barn de Steinbach presentando a don Alfonso--, aqu tenis
a vuestro hijo! A estas palabras, don Csar de Leiva, que as se
llamaba aquel caballero, ech los brazos al cuello a don Alfonso y
le dijo llorando de gozo: Reconoce, hijo mo, al padre que te di
el ser! Si te he dejado ignorar tanto tiempo quin eres, cree que ha
sido a costa de hacerme a m mismo una cruel violencia. Mil veces he
suspirado de pena, pero no poda proceder de otra manera. Casme con
tu madre llevado slo de amor, porque su nacimiento era muy inferior
al mo; viva yo bajo la autoridad de un padre de genio duro, que me
redujo a tener secreto un matrimonio contrado sin su consentimiento.
El barn de Steinbach era el nico depositario de mi confianza, y de
acuerdo conmigo se encarg de criarte. En fin, ya no vive mi padre y
puedo manifestar al mundo que t eres mi nico heredero. No es esto lo
ms--aadi--: pienso casarte con una seora cuya nobleza es igual a la
ma. Seor--le interrumpi D. Alfonso--, no me hagis pagar sobrado
cara la dicha que me anunciis! No puedo saber que tengo el honor de
ser hijo vuestro sin que esta noticia venga acompaada de otra que
necesariamente me ha de hacer desgraciado? Ah seor, no queris ser
ms cruel conmigo que lo fu vuestro padre con vos! Si ste no aprob
vuestros amores, a lo menos tampoco os oblig a recibir una esposa
escogida por l. Hijo mo--respondi D. Csar--, ni yo pretendo
tampoco tiranizar tus deseos; todo lo que exijo de tu sumisin es que
tengas la condescendencia de ver a la que te tengo destinada, antes de
resolverte a tomar otro partido. Aunque es hermosa y tu enlace con ella
muy ventajoso para ti, no por eso te har violencia para que la tomes
por esposa. No est lejos: hllase actualmente en esta misma casa. Ven,
y confesars que no hay un objeto ms amable. Diciendo esto, condujo
a don Alfonso a un magnfico cuarto, adonde los acompaamos el barn de
Steinbach y yo.

Estaban en l el conde de Poln con sus dos hijas, Serafina y Julia,
con don Fernando de Leiva, su yerno, el cual era sobrino de don Csar,
y con otras muchas seoras y caballeros. Don Fernando, que, segn se ha
dicho, haba sacado a Julia de su casa, acababa de casarse con ella,
y con motivo de la boda haban concurrido a aquella celebridad los
aldeanos de los contornos. Luego que se dej ver don Alfonso y que su
padre le present a toda la concurrencia, se levant el conde de Poln
y corri exhalado a abrazarle, diciendo a gritos: Sea bien venido mi
libertador! Don Alfonso--prosigui el conde--, reconoce lo que puede
la virtud en las almas generosas. Si t quitaste la vida a mi hijo,
tambin salvaste la ma. Desde este mismo punto te hago el sacrificio
de mi resentimiento y te declaro dueo de Serafina, cuyo honor libraste
tambin. Este es el desempeo de la obligacin en que me constituy tu
valor y tu generosidad. El hijo de don Csar correspondi con las ms
vivas expresiones de agradecimiento al cumplido que le haca el conde
de Poln, no siendo fcil discernir cul de los dos afectos disputaba
la preferencia en su agitado corazn, si el gozo de haber descubierto
su distinguido nacimiento o la dicha tan cercana de lograr por esposa a
Serafina. Con efecto, pocos das despus se celebr el matrimonio, con
el mayor regocijo y aplauso de los contrayentes y de toda la parentela.

Como yo haba sido uno de los que acudieron a libertar al conde de
Poln, ste me conoci y me dijo que mi fortuna corra de su cuenta.
Yo le di muchas gracias por su generosidad y no quise separarme de D.
Alfonso, el cual me hizo mayordomo de su casa, honrndome con toda su
confianza. Luego que se cas, no pudiendo olvidar el dao que se haba
hecho a Samuel Simn, me envi a llevar a este comerciante todo el
dinero que le habamos robado, esto es, a hacer una restitucin, lo
cual en un mayordomo se llama empezar el oficio por donde deba acabar.




                             LIBRO SPTIMO




                           CAPITULO PRIMERO

       De los amores de Gil Blas y de la seora Lorenza Sfora.


Fu, pues, a Chelva, a llevar al buen Simn los tres mil ducados que
le habamos robado. Confieso francamente que en el camino me dieron
tentaciones de quedarme con ellos, para dar con tan buenos auspicios
principio a mi mayordoma, lo que poda hacer sin riesgo, bastando para
ello viajar cinco o seis das y volverme como si hubiera cumplido con
el encargo. Don Alfonso y su padre me tenan en muy buen concepto para
sospechar de mi fidelidad; todo me favoreca. Sin embargo, resist a la
tentacin, y la venc como hombre de honor, lo que no es poco loable
en un mozo que se haba acompaado con grandes pcaros. Yo aseguro que
muchos de los que slo tratan con hombres de bien son en este punto
menos escrupulosos, y si no dganlo aquellos depositarios que sin
peligro de perder su fama pueden apropiarse lo que se les ha confiado.

Hecha la restitucin, que no esperaba el mercader, volv a la quinta
de Leiva, en donde ya no estaba el conde de Poln, que con Julia y don
Fernando haban marchado a Toledo. Hall a mi nuevo amo ms prendado
que nunca de su Serafina; a sta, cada da ms enamorada de su esposo,
y a don Csar, contentsimo de tener consigo a ambos. Dediqume a ganar
la voluntad de este amoroso padre y lo consegu. Me hicieron mayordomo
de la casa. Todo lo gobernaba: reciba el dinero de los arrendadores,
corra con el gasto y tena una autoridad desptica sobre los criados;
pero, lejos de imitar la conducta ordinaria de los de mi empleo, nunca
abus de mi poder. No despeda a los que me disgustaban ni exiga de
los dems una ciega subordinacin. Si acudan a don Csar o a su hijo
pidiendo alguna gracia, lejos de estorbarlo, hablaba en su favor.
Por otra parte, la estimacin que continuamente me mostraban mis
amos avivaba mi celo en servirlos, sin atender a otra cosa que a sus
intereses. Administr con manos muy limpias y fu un mayordomo de los
pocos que hay.

Cuando estaba ms contento con mi suerte, envidioso el amor de lo
bien que me trataba la fortuna, quiso que a l tambin tuviese que
agradecerle, y para eso encendi en el corazn de la seora Lorenza
Sfora, criada primera de Serafina, una violenta inclinacin al
seor mayordomo. Si he de hablar con la fidelidad de historiador, mi
enamorada haba cumplido los cincuenta, pero la frescura de su tez, su
rostro agradable y dos hermosos ojos, que saba manejar con destreza,
podan hacer pasar por afortunada mi conquista. La hubiera yo deseado
de un poco ms color, porque estaba muy descolorida, pero esto lo
atribu a la austeridad del celibato.

Us mucho tiempo del atractivo de sus miradas cariosas; mas yo, en
lugar de corresponder a ellas, aparentaba no conocer sus designios; me
tuvo por novato en el amor y no le desagrad mi cortedad. Juzg era
intil el lenguaje de los ojos con un muchacho a quien crea menos
instrudo de lo que estaba, y as, en su primera conversacin se me
declar en trminos formales, a fin de que no lo dudase. Se manej
como mujer prctica, hizo como que se turbaba, y despus de haberme
dicho a su satisfaccin cuanto quiso, se tap la cara para persuadirme
que se avergonzaba de haberme manifestado su flaqueza. Fu preciso
rendirme; mostrme muy afecto a sus carios, no tanto por amor como
por vanidad. Hice el apasionado y aun afect quererla con tal ardor
que se vi precisada a reirme; pero esto fu con tanta blandura que
cuando me encargaba procurase contenerme no pareca disgustada de
mi atrevimiento. Hubiera llegado a ms el caso si Sfora no hubiera
temido que hiciese mal juicio de su virtud concedindome tan fcil
la victoria. De esta suerte nos separamos hasta otra conversacin,
persuadida ella de que su aparente resistencia la hara pasar en mi
concepto por un modelo de recato, y yo con la dulce esperanza de ver
bien pronto el fin de esta aventura.

Tal era el feliz estado en que me hallaba, cuando un lacayo de don
Csar vino a aguar mi contento con una mala nueva. Era ste uno de
aquellos criados que se dedican a saber cuanto pasa en el interior
de las casas. Como continuamente me haca la corte y todos los das
me traa alguna noticia, me dijo una maana que acababa de hacer un
gracioso descubrimiento, que me comunicara en confianza, pero con la
condicin de guardar secreto, por ser cosa de la dama Lorenza Sfora,
cuyo enojo tema. Fu tanta la curiosidad en que me puso, que le
ofrec el mayor sigilo; procur no manifestar que en ello tena el
ms leve inters, preguntndole con frialdad qu descubrimiento era
aquel de que me hablaba con tanta reserva. Es--me dijo--que la seora
Lorenza introduce de oculto en su cuarto todas las noches al cirujano
del lugar, que es un mozo bien plantado, y el bellaco se est bien
sosegado con ella. Doy de barato--prosigui con tono socarrn--que esta
accin sea muy inocente; pero usted convendr en que un mozo que entra
misteriosamente en el cuarto de una soltera da motivo para que no se
juzgue bien de su conducta.

Esta noticia me desazon tanto como si estuviera enamorado de veras.
Procur ocultar mi inquietud y aun me esforc hasta celebrar con risa
una nueva que me atravesaba el alma; pero luego que estuve solo me
desquit echando mil bravatas, diciendo dos mil desatinos y me puse a
discurrir el partido que podra tomar. Ya despreciaba a Lorenza y me
propona abandonarla sin dignarme or sus descargos, y ya, creyendo
era punto mo escarmentar al cirujano, pensaba desafiarle. Prevaleci
esta ltima determinacin. Escondme al anochecer, y, en efecto, le
vi entrar en el cuarto de mi duea de un modo sospechoso. Slo esto
faltaba para encender mi ira, que acaso sin este incidente se hubiera
mitigado. Sal de la casa y me apost junto al camino por donde el
galn deba marcharse. Le esperaba a pie firme y cada momento avivaba
otro tanto el deseo que tena de llegar con l a las manos. En fin,
dejse ver mi enemigo; salle al encuentro con aire de matn; pero yo
no s cmo diablos sucedi que me hall repentinamente sobrecogido de
un terror pnico como un hroe de Homero, parado en medio de mi camino
y tan turbado como Paris cuando se present a combatir con Menelao.
Pseme a mirar a mi hombre, que me pareci robusto y vigoroso y su
espada desmesuradamente larga. Todo ello haca en m su efecto; pero
fuese la negra honrilla u otra causa, aunque estaba viendo el peligro
con unos ojos que lo hacan todava mayor, a pesar de mi miedo, que
me aguijoneaba para que me volviese, tuve aliento para desenvainar mi
tizona e irme derecho al cirujano.

Sorprendile mi accin. Qu es esto, seor Gil Blas?--exclam--.
Qu significan esas demostraciones de caballero andante? Usted sin
duda tiene gana de chancearse? No, seor barbero--le respond--,
no! Es cosa muy seria! Quiero saber si es usted tan valiente como
galn. No crea usted que le hayan de dejar gozar tranquilamente las
finezas de la dama que acaba de ver en casa! Por San Cosme--repuso
el cirujano dando una gran carcajada de risa--, que es buen chasco!
Las apariencias, vive diez, son harto engaosas! Por estas palabras
presum que tena tanta gana de quimera como yo, lo que me hizo ser ms
audaz. A otro perro con ese hueso!--le repliqu--. A otro con esa,
amigo mo! Yo no soy hombre a quien satisface la simple negativa!
Ya veo--prosigui--que me ser preciso hablar claro para evitar la
desgracia que nos puede suceder a vos o a m. Voy, pues, a revelaros
un secreto, no obstante que los de nuestra profesin deben ser muy
callados. Si la dama Lorenza me admite con cautela en su aposento es
porque los criados no sepan su enfermedad. Todas las noches voy a
curarle un cncer inveterado que tiene en la espalda. Vea usted el
fundamento de las visitas que tanto le inquietan. Tranquilcese de
aqu en adelante sobre este particular; pero si no est satisfecho con
esta declaracin y quiere absolutamente que riamos, dgalo y manos
a la obra, pues no soy hombre que huir el cuerpo. Habiendo dicho
estas palabras, sac su montante, cuya vista me horroriz, y se puso
en defensa con un aire que nada bueno me anunciaba. Basta!--le dije,
envainando mi espada--. Yo no soy tan brbaro que no ceda a la razn.
Por lo que usted me ha dicho, veo que no es mi enemigo. Abracmonos!
Mis palabras le dieron a entender que yo no era tan temible como
le parec al principio; envain con risa la espada, me abraz y nos
separamos los mayores amigos del mundo.

Desde este momento, Sfora se presentaba a mi imaginacin como la cosa
ms desagradable. Evit todas las ocasiones que me proporcionaba de
hablarle a solas, y mi cuidado y estudio en huir de ella le hicieron
conocer mi interior. Admirada de una mudanza tan grande, quiso saber la
causa, y habiendo encontrado al fin el medio de hablarme a solas, me
dijo: Seor mayordomo, dgame usted, si gusta, el por qu evita hasta
mis miradas y por qu en lugar de buscar, como otras veces, proporcin
de hablarme, se extraa tanto de m. Es verdad que yo di los primeros
pasos, pero usted me correspondi. Acurdese, si no lo lleva a mal,
de la conversacin que tuvimos solos; entonces era usted todo fuego y
ahora no es mas que un hielo. Qu significa esta mudanza? La pregunta
era muy delicada para un hombre sincero, y, a la verdad, me qued muy
perplejo. No tengo presente lo que respond; solamente me acuerdo que
le disgust infinito. Sfora pareca un cordero por su semblante afable
y modesto, pero cuando se encolerizaba era una tigre. Crea--me dijo
echndome una mirada llena de despecho y rabia--, crea honrar mucho
a un hombrecillo como l manifestndole un afecto que caballeros y
personas muy nobles haran gran vanidad de haber merecido! Me est
muy bien empleado por haberme bajado indignamente hasta un miserable
aventurero!

Si hubiera parado en esto, hubiera salido yo del paso a poca costa;
pero su lengua furiosa me dijo mil apodos a cual peor. Bien conozco
que deb recibirlos a sangre fra y reflexionar que despreciando el
triunfo de una virtud que yo haba tentado cometa un delito que las
mujeres no perdonan jams. Un hombre sensato, en mi lugar, se hubiera
redo de estas injurias; pero yo era tan vivo que no poda sufrirlas
y perd la paciencia. Seora--le dije--, a nadie despreciemos: si
esos caballeros de quienes usted habla le hubiesen visto las espaldas,
aseguro que su curiosidad no hubiera pasado adelante. Apenas hube
disparado esta saeta, cuando la enfurecida duea me peg la ms grande
bofetada que jams ha dado mujer colrica. Para no recibir otra y
evitar la granizada de golpes que hubieran cado sobre m, tom la
puerta con la mayor ligereza. Di mil gracias al Cielo de verme fuera
de este mal paso, imaginando que nada tena que temer, pues la dama
se haba vengado, y me pareca que por su propia estimacin deba
callar este lance. En efecto, pasaron quince das sin saber nada de
ella, y principiaba a olvidarla, cuando supe que estaba mala. Confieso
que tuve la flaqueza de afligirme. Me di lstima, imaginando que, no
pudiendo esta desgraciada amante vencer un amor tan mal pagado, se
habra rendido a su dolor. Me consideraba yo la principal causa de su
enfermedad, y ya que no poda amarla, a lo menos la compadeca. Pero
cunto me engaaba! Su ternura, convertida en odio, no pensaba mas que
en perderme.

Estando una maana con don Alfonso, not que se hallaba triste y
pensativo; preguntle con respeto qu tena. Tengo pesadumbre--me
dijo--de ver a Serafina tan dbil, ingrata e injusta. T te
admiras--aadi, observando mi suspensin--; pues cree que es muy
cierto lo que te digo. No s por qu motivo te has hecho tan odioso
a Lorenza su criada, que dice es infalible su muerte si no sales
prontamente de casa. Como Serafina te ama, no debes dudar que habr
resistido a los impulsos de este aborrecimiento, con los cuales no
puede condescender sin ser desagradecida e injusta; pero al fin es
mujer, y ama con extremo a Sfora, que la ha criado. La quiere como si
fuera su madre y creera ser causa de su muerte si no le daba gusto.
Por lo que hace a m, aunque quiero tanto a Serafina, no pienso del
mismo modo y no consentir te apartes de m aunque pereciesen todas
las dueas de Espaa, pues te miro no como a un criado, sino como a
hermano.

Luego que acab de hablar don Alfonso, le dije: Seor, yo he nacido
para ser juguete de la fortuna. Pensaba que cesara de perseguirme en
vuestra casa, en donde todo me prometa una vida feliz y tranquila;
pero al fin me es preciso dejarla, aunque con ella pierda mi mayor
gusto. No, no!--exclam el generoso hijo de don Csar--. Djame,
yo convencer a Serafina! No se ha de decir que te hemos sacrificado
al capricho de una duea! Demasiado la contemplamos en otras cosas!
Pero, seor--repliqu--, irritaris ms a Serafina si la resists.
Ms bien quiero retirarme que exponerme, permaneciendo en casa, a
causar desazn entre dos esposos tan perfectos; si esta desgracia
sucediese, jams hallara yo consuelo. Don Alfonso me prohibi tomar
este partido, y le vi tan resuelto, que Lorenza no hubiera logrado su
intento si yo no hubiese permanecido en mi propsito. Es verdad que,
picado de la venganza de la duea, tuve mis impulsos de cantar de plano
y descubrirla; pero luego me compadeca, considerando que si revelaba
su flaqueza hera mortalmente a una infeliz de cuya desgracia era yo la
causa y a quien dos males irremediables echaban al hoyo. Juzgu, pues,
que en conciencia deba restablecer el sosiego en la casa salindome de
ella, pues que era un hombre que ocasionaba tanto dao. Hcelo as al
da siguiente antes de amanecer, sin despedirme de mis amos, temiendo
que su cario estorbase mi partida, y slo dej en mi cuarto una cuenta
puntual de mi administracin.




                              CAPITULO II

De lo que le sucedi a Gil Blas despus de dejar la casa de Leiva y de
las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores.


Yo tena un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones,
procedentes la mayor parte de lo que me toc de los bandoleros que
matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simn, porque
don Alfonso haba restitudo generosamente toda la cantidad,
cedindome la parte que me haba tocado. As, mirando mi caudal por
esta circunstancia como ya legtimo, gozaba de l sin escrpulo de
conciencia. En una edad como la que yo entonces tena se confa mucho
en el propio mrito, y fuera de esto, con mi dinero nada crea deba
temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofreca un agradable
asilo, y no dudaba que el conde de Poln tendra mucho gusto en recibir
en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso deba ser
cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de l quise gastar
parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que
deseaba ver con particularidad. Con este intento tom el camino de
Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fu de pueblo en pueblo hasta
la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Pareca
que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me haba jugado,
quera en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros
muchos, como se ver en adelante.

Uno de los primeros sujetos que encontr en las calles de Granada fu
el seor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde
de Poln. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. Qu es
esto, Gil Blas?--me dijo--. T en Granada? Qu es lo que aqu te
trae? Seor--le dije--, si usted se admira de verme en este pas,
con mucha ms razn se maravillar cuando sepa la causa que me ha
obligado a dejar la casa del seor don Csar y su hijo. En seguida le
cont cuanto me haba pasado con Sfora, sin callarle nada. Causle
gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: Amigo, voy
a tomar por mi cuenta este negocio. Escribir a mi cuada... No,
no, seor!--interrump--. Suplico a usted no haga tal cosa! No he
salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede
emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno
de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y
recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe. Con
mucho gusto--respondi--. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una
ta ma, ya anciana, que est enferma, y todava pasarn tres semanas
antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia.
En aquella casa vivo--prosigui, sealndome una suntuosa que estaba a
cien pasos de nosotros--; venme a ver pasados algunos das, que quiz
te habr ya buscado un acomodo.

Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: El seor
arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor,
necesita de un hombre instrudo y de buena letra para poner en limpio
sus obras. Ha compuesto, y todos los das compone, homilas que predica
con mucho aplauso. Como te contemplo a propsito para el caso, te he
recomendado y me ha prometido admitirte. V y presntate de mi parte;
por el modo con que te reciba conocers el buen informe que le he
dado.

La conveniencia me pareci tal como la poda desear, y as, habindome
compuesto lo mejor que pude, fu una maana a presentarme a este
prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, hara
aqu una descripcin pomposa del palacio arzobispal de Granada, me
extendera sobre la estructura del edificio, celebrara la riqueza de
sus muebles, hablara de sus estatuas y pinturas y no dejara de contar
al lector la menor de todas las historias que en ella se representan;
pero me contentar con decir que iguala en magnificencia al palacio de
nuestros reyes.

Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesisticos y seglares, la
mayor parte familiares de Su Ilustrsima, limosneros, gentileshombres,
escuderos o ayudas de cmara. Los vestidos de los seglares eran
costosos; tanto, que ms parecan de seores que de criados. Se
mostraban altivos y hacan el papel de hombres de importancia. Al
ver su afectacin, no pude menos de rerme y burlarme interiormente
de ellos. Pardiez--me deca entre m--, estas gentes tienen la
fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo
sintieran, me parece que deban ostentar menos altanera! Acerqume
a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cmara del
arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunt
con mucha cortesa si podra hablar a Su Ilustrsima. Esprese
usted--me dijo secamente--, que Su Ilustrsima va a salir a or misa
y al paso le oir a usted. No respond palabra. Armme de paciencia
e hice por trabar conversacin con algunos de los sirvientes, pero
aquellos seores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron
en examinarme de pies a cabeza, y despus, mirndose unos a otros, se
sonrieron con orgullo de la libertad que haba tenido de mezclarme en
su conversacin.

Confieso que me qued del todo corrido al verme tratado as por unos
criados. Todava no haba vuelto de mi confusin cuando se abri la
puerta del estudio y sali el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos
un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un
semblante respetuoso delante de su amo. Tendra el prelado unos sesenta
y nueve aos y casi se semejaba a mi to Gil Prez, el cannigo; es
decir, que era pequeo y grueso, y adems muy patiestevado, y tan calvo
que slo tena un mechn de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba
embutida la cabeza en una papalina que le cubra las orejas. Con todo,
not en l un aire de caballero, sin duda porque yo saba que lo era.
La gente comn miramos a los grandes con una cierta preocupacin, que
por lo regular les presta un aspecto de seoro que la Naturaleza les
ha negado. Luego que me vi, el arzobispo se vino a m y me pregunt
con mucha dulzura qu era lo que se me ofreca. Le dije era el
recomendado del seor don Fernando de Leiva. Ah!--exclam--. Eres
t el que me ha alabado tanto? Ya ests recibido! Me alegro de tan
buen hallazgo! Qudate desde luego en casa. Dichas estas palabras,
se apoy sobre dos escuderos, y habiendo odo a algunos eclesisticos
que llegaron a hablarle, sali de la sala. Apenas estaba fuera, cuando
vinieron a saludarme los mismos que poco antes haban despreciado mi
conversacin; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegra de
verme comensal del arzobispo. Haban odo lo que me haba dicho mi amo
y deseaban con ansia saber qu empleo deba tener cerca de Su Seora
Ilustrsima; pero para vengarme del desprecio que me haban hecho, tuve
la malicia de no satisfacer su curiosidad.

No tard mucho en volver Su Seora Ilustrsima, y me hizo entrar en
su estudio para hablarme a solas. Yo pens bien que su intencin era
tantear mis talentos, por lo que me atrincher y prepar para medir
todas mis palabras. Principi hacindome algunas preguntas sobre las
Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que
conoca bastante los autores griegos y latinos. Examinme despus de
dialctica, y cabalmente aqu era en donde yo le esperaba. Encontrme
bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiracin: Se conoce
que has tenido buena educacin. Veamos ahora tu letra. Saqu de la
faltriquera una muestra que haba llevado expresamente para este caso,
la que no desagrad a mi prelado. Me alegro de que tengas tan buena
forma--exclam--, y todava ms de que tengas tan buen entendimiento.
Dar las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado
un joven tan de provecho. A la verdad, que me ha hecho un buen
presente!

Interrumpi nuestra conversacin la llegada de algunos caballeros
granadinos que iban a comer con Su Ilustrsima. Dejlos y me retir a
donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y
obsequios. Com con ellos, y si mientras la comida procuraron observar
mis acciones, yo no examin menos las suyas. Qu modestia guardaban
los eclesisticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el
respeto que me haba infundido el palacio arzobispal. No me pas por la
imaginacin que aquello podra ser gazmoera, como si fuera imposible
que sta se hallase en casa de los prncipes de la Iglesia.

Me toc sentarme al lado de un antiguo ayuda de cmara, llamado
Melchor de la Ronda, quien tena cuidado de servirme buenos bocados.
Viendo su atencin, procur yo tenerla con l, y mi poltica le agrad
mucho. Seor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de
comer--, quisiera hablar con usted a solas. Y diciendo esto, me llev
a un sitio de palacio en donde nadie poda ornos y all me tuvo
este razonamiento: Hijo mo, desde el instante que te vi te cobr
inclinacin, de cuya verdad voy a darte una prueba confindote un
secreto que te ser de gran utilidad. Ests en una casa en donde se
confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este
terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan
largo y desagradable pintndote los genios de unos y de otros, lo que
podr servirte de gobierno. No ser malo--prosigui--dar principio
por Su Ilustrsima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente
en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables
sermones morales, que l mismo compone. Veinte aos hace que dej la
corte para dedicarse enteramente a conducir su rebao; es un sabio y
un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo
le oye con mucho gusto. Tal vez tendr en esto su poco de vanidad;
pero adems de que no toca a los hombres el penetrar los corazones,
no pareciera bien que me pusiese yo a escudriar los defectos de una
persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa
en mi amo, vituperara su severidad, porque castiga con demasiado
rigor las flaquezas de los eclesisticos, cuando debiera mirarlas
con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados
en su inocencia, piensan justificarse jurdicamente desatendiendo su
autoridad. Tiene tambin otro defecto, que es comn a muchas personas
grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios;
los dejar envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algn
acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la
bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrsima,
jams se acordara de hacerles el menor bien.

Esto me dijo de su amo el ayuda de cmara, y sigui dndome razn del
carcter de los eclesisticos con quienes habamos comido. Me los
retrat muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me
dijo que eran gentes infames, pero s bastante malos sacerdotes. No
obstante, exceptu a algunos cuya virtud alab mucho. Con esta leccin
aprend el modo de portarme con estos seores, y aquella misma noche,
en la cena, me revest como ellos de un exterior compuesto. No es de
admirar se hallen tantos hipcritas, cuando nada cuesta el serlo.




                             CAPITULO III

Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto
de sus gracias.


Mientras la siesta, haba yo sacado de la posada mi maleta y caballo
y vuelto despus a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto
decente con muy buena cama. El da siguiente me hizo llamar Su
Ilustrsima muy de maana para darme a copiar una homila, encargndome
mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutlo as, sin
omitir acento, punto ni coma, de lo que manifest el prelado un gran
placer mezclado de sorpresa. Luego que recorri todas las hojas de
mi copia, exclam admirado: Eterno Dios! Puede darse una cosa ms
correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramtico. Hblame
con satisfaccin, amigo mo: has encontrado al escribir alguna cosa
que te haya chocado? Algn descuido en el estilo o algn trmino
impropio? Es muy fcil se me haya escapado algo de esto en el calor de
la composicin. Oh, seor--respond modestamente--, no tengo tanta
instruccin que pueda meterme a crtico! Y aun cuando la tuviera, estoy
cierto de que las obras de Su Ilustrsima no caeran bajo mi censura.
Sonrise con mi respuesta y nada me replic, pero en medio de toda su
piedad se trasluca que amaba con pasin sus escritos.

Acab de granjear su amistad con esta adulacin. Cada da me quera
ms; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me
asegur haba de tal modo ganado su voluntad que poda dar por hecha mi
fortuna. Mi amo mismo lo confirm poco tiempo despus con la ocasin
siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio
delante de m una homila que haba de predicar en la catedral al otro
da, no se content con preguntarme en general qu me haba parecido,
sino que me oblig a decirle los pasajes que ms haban llamado mi
atencin, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que l estaba
ms satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el
concepto de Su Ilustrsima por un conocedor delicado de las verdaderas
bellezas de una obra. Eso es--exclam--lo que se llama tener gusto
y finura! S, querido, te aseguro que no es tu odo oreja de asno!
En fin, qued tan contento de m que me dijo con mucha expresin: Gil
Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te
proporcionar una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de
ello quiero que seas mi confidente.

Al or estas palabras, me ech a los pies de Su Ilustrsima, penetrado
de reconocimiento. Abrac gustosamente sus piernas torcidas y creme
ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. S, hijo
mo--prosigui el arzobispo, cuyo discurso haba interrumpido mi
accin--, quiero hacerte depositario de mis ms ocultos pensamientos.
Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el
Seor bendice mis homilas, porque mueven a los pecadores, les hacen
volver en s y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfaccin de ver a
un avaro, atemorizado con las imgenes que presento a su codicia, abrir
sus tesoros y distribuirlos con mano prdiga; a un lascivo, huir de sus
torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante
y firme en sus obligaciones a una esposa a quien haca titubear un
amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberan
por s solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza:
todava me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud
me reprende intilmente; ste es el aprecio que hace el pblico de
las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado
tiene para m muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enrgicas y
sublimes, pero no querra caer en las faltas de los buenos escritores
que escriben muchos aos, y s conservar toda mi reputacin. En este
supuesto, mi amado Gil Blas--continu el prelado--, exijo una cosa de
tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi
estilo declina, no dejes de avisrmelo. En este punto no me fo de m
mismo, porque el amor propio podra cegarme. Esta observacin necesita
de un entendimiento imparcial, y as, elijo el tuyo, que contemplo a
propsito, y desde luego abrazar tu dictamen. Seor--le dije--, Su
Ilustrsima est todava muy distante de ese tiempo, a Dios gracias;
adems de que un ingenio como el de Su Ilustrsima se conservar
ms bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su
Ilustrsima ser siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrsima como un
segundo cardenal Jimnez, cuyo superior talento pareca recibir nuevas
fuerzas de los aos en lugar de debilitarse con ellos. Djate de
alabanzas, amigo mo!--respondi mi amo--. Yo s que puedo declinar
de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a
sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento.
De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme
luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con
franqueza y sinceridad, porque tu aviso ser para m una prueba del
amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu inters, pues si,
por desgracia tuya, supiese que se deca en la ciudad que mis sermones
haban decado de su ordinaria elevacin y que poda ya dar de mano a
mis tareas, perderas no slo mi afecto, sino el acomodo que te tengo
prometido. Te hablo con claridad: esto sacaras de tu necio silencio.

Aqu acab la exhortacin de mi amo, para or mi respuesta, que
se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada
tuvo secreto para m y vine a ser su privado. Todos los familiares
envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de
ver cmo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de
Su Ilustrsima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento;
sus bajezas me hacan dudar que fuesen espaoles. Aunque conoca que
los guiaba el inters, y nunca me engaaron sus lisonjas, no dej
por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrsima a
proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compaa y le puso en
estado de lucir en el ejrcito; a otro envi a Mjico con un grande
destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logr para l una buena
gratificacin. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio
motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le peda.

Pero me parece que debo referir con ms extensin lo que hice por
un eclesistico. Un da nuestro mayordomo me present un licenciado
llamado Luis Garca, hombre todava mozo y de buena presencia, y
me dijo: Seor Gil Blas, este honrado eclesistico es uno de mis
mayores amigos. Ha sido capelln de unas monjas, pero su virtud no
ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con
Su Ilustrsima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna
solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada,
pero nuestro amo es inflexible. Seores--les dije--, este negocio se
ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeado a nadie; por
hacerle bien al seor licenciado, le han hecho mucho dao. Yo conozco
a Su Ilustrsima y s que las splicas y recomendaciones no hacen mas
que agravar en su idea la culpa de un eclesistico. No ha mucho que
le o decir a l mismo que a cuantas ms personas empea en su favor
un eclesistico que est irregular, tanto ms aumenta el escndalo y
tanto ms severo es para con l. Malo es eso!--dijo el mayordomo--.
Y mi amigo se vera muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero,
por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia
para mantenerse. Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me
celebraba era mejor que la ma. El licenciado me manifest una muestra
que traa prevenida, la cual me admir, pues me pareca una de las que
dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra
me ocurri una idea, y ped a Garca me dejase el papel, dicindole que
acaso le sera til; que no poda decirle ms por entonces, pero que al
otro da hablaramos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo
haba, segn presumo, celebrado mi ingenio, se retir tan satisfecho
como si ya le hubiesen restitudo a sus funciones.

A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel da trabaj en ello
del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le ense la
letra de Garca, que le gust infinito, y aprovechndome entonces de la
ocasin, le dije: Seor, una vez que Su Ilustrsima no quiere imprimir
sus homilas, a lo menos deseara yo que se escribiesen de esta letra.

El prelado me respondi: Aunque me agrada la tuya, te confieso que no
me disgustara tener copiadas mis obras de esta mano. No se necesita
ms--prosegu--que el consentimiento de Vuestra Ilustrsima. El que
tiene esta habilidad es un licenciado conocido mo, y se alegrar
tanto ms de servir a Su Ilustrsima cuanto que por este medio podr
esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por
desgracia se halla. Cmo se llama este licenciado?, me pregunt.
Luis Garca--le dije--, y est lleno de amargura por haber cado en
la desgracia de Su Ilustrsima. Ese Garca--interrumpi--, si no me
engao, ha sido capelln de un convento de monjas y ha incurrido en las
censuras eclesisticas. Todava me acuerdo de los memoriales que me
han dado contra l. Sus costumbres no son muy buenas. Seor--dije--,
no pretendo justificarle, pero s que tiene enemigos y asegura que sus
acusadores han tirado ms a hacerle dao que a decir la verdad. Bien
puede ser--replic el arzobispo--, porque en el mundo hay nimos muy
perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre
irreprensible, acaso se habr arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado
gran misericordia. Treme ese licenciado, a quien desde luego levanto
las censuras.

He aqu cmo los hombres ms rgidos templan su severidad cuando media
el inters propio. El arzobispo concedi sin dificultad a la vana
complacencia de ver sus obras bien escritas lo que haba negado a los
ms poderosos empeos. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien
sin prdida de tiempo la particip a su amigo Garca. Al da siguiente
vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le
present a mi amo, quien, contentndose con una ligera reprensin,
le di algunas homilas para que las pusiera en limpio. Garca lo
desempe tan perfectamente que Su Ilustrsima le restableci en su
ministerio y aun le di el curato de Gabia, lugar grande inmediato
a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se
confieren a la virtud.




                              CAPITULO IV

Dale un accidente de apopleja al arzobispo. Del lance crtico en que
se halla Gil Blas y del modo con que sali de l.


Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don
Fernando de Leiva se dispona para dejar a Granada. Visit a este
seor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente
acomodo que me haba proporcionado. Vindome tan gustoso, me dijo: Mi
amado Gil Blas, me alegro mucho que ests tan satisfecho de mi to el
arzobispo. Estoy contentsimo--le respond--con este gran prelado,
y debo estarlo porque, adems de ser un seor muy amable, nunca
podr agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto
necesitaba para consolarme de la separacin del seor don Csar y de su
hijo. No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--,
pero puede ser que no os hayis separado para siempre y que la fortuna
vuelva a reuniros algn da. Estas palabras me enternecieron de modo
que no pude menos de suspirar. Entonces conoc que mi amor a don
Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto
poda esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre
que se hubiera quitado el obstculo que me haba alejado de ella, don
Fernando advirti mi ternura, y le agrad tanto que me abraz, diciendo
que toda su familia se interesara siempre en mi bienestar.

A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me vea
yo ms favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometile al
arzobispo una apopleja, pero se acudi con tan prontos y eficaces
remedios que san a muy pocos das, aunque qued algo tocado de la
cabeza. Al primer sermn que compuso, bien lo ech de ver; pero no
hallando bastante perceptible la diferencia que haba entre ste y los
antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguard a
que predicase otro para decidir. Hzolo y no fu menester esperar ms:
el buen prelado unas veces se rozaba y repeta; otras, se remontaba
hasta las nubes o se abata hasta el suelo. En fin, su oracin fu
difusa: una arenga de catedrtico cansado o un sermn de misin sin
concierto.

No fu yo solo quien lo not, sino que casi todos los que le oyeron,
como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decan al odo:
Este sermn huele a apopleja! Vamos, seor censor y rbitro
de las homilas--me dije a m mismo--, preprese usted para hacer
su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrsima declina; usted est en
obligacin de advertrselo, no slo como depositario de sus confianzas,
sino tambin por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si
llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sera usted
borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene sealado una
manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.

A estas reflexiones seguan otras enteramente contrarias, porque me
pareca muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba
no recibira con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego,
desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad
habindomelo inculcado con tanto empeo. Adase a esto que yo pensaba
decrselo con maa y hacerle tragar suavemente la pldora. En fin,
persuadindome que arriesgaba ms en callar que en hablar, me determin
a romper el silencio.

Slo una cosa me inquietaba, y era no saber cmo sacar la conversacin.
Por fortuna, el orador mismo me sac de este cuidado preguntndome
qu se deca de l en el pblico y si haba gustado su ltimo sermn.
Respond que sus homilas siempre admiraban, pero que, a mi parecer,
la ltima no haba movido tanto al auditorio como las antecedentes.
Cmo es eso, amigo?--respondi sobresaltado--. Habr encontrado
algn Aristarco? No, seor ilustrsimo--le dije--, no son obras
las de Su Ilustrsima que haya quien se atreva a censurarlas; antes
todos las celebran. Pero como Su Ilustrsima me tiene mandado que
le hable con franqueza y con sinceridad, me tomar la licencia de
decir que el ltimo sermn no me parece tener la solidez de los
precedentes. Piensa Su Ilustrsima de otro modo? A estas palabras
mud de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: Seor Gil
Blas, conque esta composicin no es del agrado de usted? No digo
eso, seor ilustrsimo--interrump todo turbado--; es excelente,
aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrsima. Ya
entiendo!--replic--. Te parece que voy bajando, no es eso? Acorta
de razones! T crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.
Jams--le contest--hubiera yo hablado a Su Ilustrsima con tanta
claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto
no hago mas que obedecer a Su Ilustrsima, le suplico rendidamente
no lleve a mal mi atrevimiento. No permita Dios--interrumpi
precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso
sera yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino
que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me enga extremadamente en
haberme sometido a tu limitada capacidad.

Aunque estaba tan turbado, procur buscar los medios de enmendar lo
hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y ms si est
acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. No hablemos ms del asunto,
hijo mo--me dijo--. T eres todava muy nio para distinguir lo
verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor
homila que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobacin.
Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todava de su vigor.
En adelante yo elegir mejores confidentes; quiero otros ms capaces
de decidir que t. Anda--prosigui, empujndome para que saliera de
su estudio--y dle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! Adis, seor Gil Blas, me alegrar logre
usted todo gnero de prosperidades con algo ms de gusto!




                              CAPITULO V

Partido que tom Gil Blas despus que le despidi el arzobispo; su
casual encuentro con el licenciado Garca y cmo le manifest ste su
agradecimiento.


Sal del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la
flaqueza del arzobispo, y todava ms irritado contra l que afligido
de haber perdido su favor. Y aun dud por algn tiempo si ira a tomar
mis cien ducados; pero despus de haberlo reflexionado bien, no quise
tener la tontera de perderlos. Conoc que esta gratificacin no me
privara del derecho de poner en ridculo a mi buen prelado, lo que me
propona hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilas.

Fu, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola
palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Despus me
desped para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quera tanto
que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observ que mientras
le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No
obstante el respeto que deba al arzobispo, no pudo menos de vituperar
su conducta; pero como en mi enojo jur que el prelado me las haba
de pagar y que a su costa haba yo de divertir a toda la ciudad, el
prudente Melchor me dijo: Creme, amado Gil Blas, psate tu pena y
calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas
distinguidas, por ms motivo que tengan para quejarse de ellas.
Confieso que hay seores muy groseros que no merecen atencin alguna,
pero al fin pueden hacer dao y es preciso temerlos.

Agradec al antiguo ayuda de cmara su buen consejo y le promet
aprovecharme de l. Despus de esto me dijo: Si vas a Madrid, procura
ver a Jos Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostera del
seor don Baltasar de Ziga, y me atrevo a decirte que es un mozo
digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien
sin inters. Yo quisiera que fuerais amigos. Le respond que no
dejara de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver.
Sal inmediatamente del palacio arzobispal, con nimo de no poner
ms en l los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si
hubiese conservado mi caballo; pero le haba vendido en el tiempo de
mi fortuna, creyendo que ya no le necesitara. Resolv tomar un cuarto
amueblado, formando mi plan de permanecer todava un mes en Granada y
de irme en seguida a casa del conde de Poln.

Como se acercaba la hora de comer, pregunt a mi huspeda si habra
por all cerca alguna hostera, y me respondi que a dos pasos de su
casa haba una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual
concurran muchas gentes de forma. Hice que me la enseasen y fu
inmediatamente a ella. Entr en una gran sala, bastante parecida a
un refectorio. Haba sentadas a una mesa larga, cubierta con unos
manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversacin
al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajronme la ma, que
en otra ocasin sin duda me habra hecho sentir la mesa que acababa de
perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la
frugalidad de mi hostera me pareca preferible a la abundancia de su
palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven
en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo mdico
en Valladolid, deca: Desgraciados los que se hallan frecuentemente
en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el
apetito para no cargar demasiado el estmago! Por poco que se coma, no
se come siempre bastante? Mi mal humor me haca alabar los aforismos
que antes haba despreciado.

Cuando iba rematando mi racin, sin temer pasar los lmites de la
templanza, entr en la sala el licenciado Luis Garca, aquel capelln
de monjas que logr el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al
instante que me vi vino a saludarme precipitadamente, como un hombre
arrebatado de alegra; me abraz y me vi precisado a aguantar un nuevo
y muy largo cumplimiento con que me di gracias por el bien que le
haba hecho, molindome con demostraciones de reconocimiento. Sentse
a mi lado diciendo: Oh! Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues
he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin
beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si
usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he
de regalar a usted con una botella de vino ms seco de Lucena y un
exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un
gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. Que no tenga yo
la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos das en mi curato de
Gabia! All obsequiara a usted como a un Mecenas generoso, a quien
debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.

Mientras me hablaba le trajeron su racin. Empez a comer, pero
sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de
estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el
mayordomo, le manifest sin misterio mi salida de la casa arzobispal
y le cont hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que
escuch con mucha atencin. A vista de tanto como acababa de decirme,
quin no hubiera credo orle, lleno de un sentimiento producido por
la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo as; antes
al contrario, baj la cabeza, estuvo fro y pensativo hasta que acab
de comer, sin hablar ms palabra, y despus, levantndose de la mesa
aceleradamente, me salud con frialdad y se fu. Este ingrato, viendo
que ya no poda yo serle til, ni aun quiso tomarse la molestia de
ocultarme su indiferencia. Me re de su ingratitud, y mirndole con
todo el desprecio que mereca, le dije bien alto para que me oyese:
Hola! Hola! Prudente capelln de monjas, vaya usted a refrescar
ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!




                              CAPITULO VI

Va Gil Blas a ver representar a los cmicos de Granada; de la
admiracin que le caus el ver a una actriz y de lo que le pas con
ella.


Todava no haba salido Garca de la sala cuando entraron dos
caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a m.
Principiaron a hablar de los cmicos de la compaa de Granada y de una
comedia nueva que se representaba entonces. De su conversacin infer
que aquella pieza era muy aplaudida y dime deseo de verla aquella
misma tarde. Como casi siempre haba estado en el palacio, en donde
estaba anatematizada esta clase de recreo, no haba visto comedia
alguna desde que viva en Granada y toda mi diversin se haba reducido
a las homilas.

Luego que fu hora me march al teatro, en donde hall un gran
concurso. O alrededor de m diferentes conversaciones sobre la pieza
antes que se empezase y observ que todos se metan a dar su voto
sobre ella, declarndose unos en pro, otros en contra. Decan a mi
derecha: Se ha visto jams una obra mejor escrita? Y a mi izquierda
exclamaban: Qu estilo tan miserable! En verdad, se debe convenir
en que si abundan los malos autores, abundan ms los peores crticos.
Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramticos tienen que
sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente
a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios
superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del pblico.

En fin, el gracioso se present para dar principio a la escena; por
todas partes son un palmoteo general, lo que me di a conocer que
era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo
disimula. Efectivamente, este cmico no deca palabra ni haca gesto
que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el
gusto con que se le vea, por eso abusaba de l, pues not que algunas
veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la
aceptacin con que se le oa para que no perdiese su reputacin. Si en
lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera
hecho justicia.

Palmotearon tambin del mismo modo a otros comediantes, pero
particularmente a una actriz que haca el papel de graciosa. Mirla
con cuidado y me faltan trminos para expresar la sorpresa con que
reconoc en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien supona todava
en Madrid al lado de Arsenia. No poda dudar que fuese ella, porque su
estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no
me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis
odos, pregunt su nombre a un caballero que estaba a mi lado. Pues
de qu tierra viene usted?--me dijo--. Sin duda usted acaba de llegar,
cuando no conoce a la hermosa Estela.

La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y
desde luego comprend bien que Laura, al mudar de estado, haba tambin
mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella--porque el
pblico jams ignora las de los cmicos--me inform del mismo sujeto
si esta Estela tena algn cortejo de importancia. Respondime que un
gran seor portugus, llamado el marqus de Marialba, que dos meses
haba se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Ms me
hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pens ms
en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y
si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera
sabido qu decirle. Todo el tiempo se me fu en pensar en Laura y
Estela y me determin a visitarla en su casa al otro da. No dejaba de
inquietarme el cmo me recibira. Tena fundamento para pensar que no
le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba,
y aun de presumir que una cmica de tanto nombre fingiese no conocerme,
por vengarse de un hombre del cual tena, ciertamente, motivos de
estar sentida; pero nada de esto me desanim. Despus de una cena
ligera--pues en mi posada no se hacan de otra clase--me retir a mi
cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el da siguiente.

Dorm poco y me levant al amanecer; mas parecindome que la dama
de un gran seor no se dejara ver tan de maana, antes de ir a su
casa gast tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y
perfumarme, porque quera presentarme a ella en tal aparato que no se
avergonzase de verme. Sal a cosa de las diez, pregunt en la casa de
comedias dnde viva y pas a la suya. Viva en un cuarto principal de
una casa grande. Abrime la puerta una criada, a quien le dije pasase
recado de que un joven deseaba hablar a la seora Estela. Entr con l
e inmediatamente o que su ama grit: Quin es ese joven? Qu me
quiere? Que entre!

Discurr haber llegado en mala ocasin, pues estara su portugus con
ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que reciba
recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba all
el marqus de Marialba, que pasaba con ella casi todas las maanas. Por
tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original,
vindome entrar, se arroj a m con los brazos abiertos, exclamando
como fuera de s: Ay hermano mo! Eres t? Diciendo esto, me abraz
muchas veces, y volvindose despus hacia el portugus, le dijo:
Seor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la
sangre. Despus de tres aos de ausencia, no puedo volver a ver a un
hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Dme,
pues, mi amado Gil Blas--continu, dirigindose a m--, dme algo de
nuestra familia. Cmo ha quedado?

Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetr
la intencin de Laura, y, apoyando su artificio, le respond con un
tono propio de la escena que ambos bamos a representar: Nuestros
padres estn buenos, gracias a Dios, querida hermana. T te
maravillars de verme cmica en Granada--interrumpi--; pero no me
condenes sin orme. Bien sabes que hace tres aos mi padre crey
establecerme ventajosamente casndome con el capitn don Antonio
Coello, quien me llev desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis
meses de estar en ella le sucedi un lance de honor, ocasionado de su
genio violento, y mat a un caballero que me haba mostrado alguna
atencin. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento.
Mi marido, que ninguno tena, se salv huyendo a Catalua, con todo
cuanto encontr en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcse en
Barcelona, pas a Italia, se alist bajo las banderas de los venecianos
y al fin perdi la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos.
En este tiempo fu confiscada una posesin que era el nico bien que
poseamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escassimas.
Y qu partido poda tomar en situacin tan crtica? Una viuda joven
y de honor se halla en mucho compromiso; yo careca de medios para
restituirme a Asturias. Y qu hara all? El solo consuelo que hubiera
recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia.
Por otra parte, yo haba recibido muy buena educacin para resolverme
a abrazar una vida licenciosa. Pues qu arbitrio me quedaba? El de
hacerme cmica para conservar mi reputacin.

Al or a Laura finalizar as su novela, fu tal el impulso de risa que
me di que apenas pude reprimirme; pero al fin lo consegu y le dije
con mucha gravedad: Hermana ma, apruebo tu proceder y me alegro mucho
de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.

El marqus de Marialba, que no haba perdido una palabra de nuestra
conversacin, tom al pie de la letra todos los enredos que le di la
gana de ensartar a la viuda de don Antonio. Tambin se mezcl en la
conversacin, preguntndome si tena algn empleo en Granada o en otra
parte. Dud un momento si mentira, pero me pareci no haba necesidad
de ello y le dije lo cierto, contndole punto por punto cmo haba
entrado en casa del arzobispo y cmo haba salido, lo que divirti
infinito al seor portugus. Es verdad que, a pesar de lo que haba
prometido a Melchor, me divert un poco a costa del arzobispo. Lo ms
gracioso fu que, imaginando Laura que sta era una novela como la
suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era
realidad.

Despus de haber acabado mi relacin, que conclu hablando del cuarto
que haba tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento
retirarme para ir a comer a mi hostera, pero Laura me detuvo. En
qu piensas, hermano mo?--me dijo--. Has de quedarte a comer conmigo.
Tampoco consentir ests ms tiempo en una posada. Mi intencin es que
vivas y comas en mi casa, y as, haz traer tu equipaje hoy mismo, que
aqu hay una cama para ti.

El seor portugus, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo
a Laura: No, Estela; no tienes aqu comodidad para recibir a nadie.
Tu hermano--aadi--me parece un buen mozo, y con la recomendacin de
ser cosa tan tuya me intereso por l. Quiero tomarle a mi servicio;
ser a quien ms quiera de mis secretarios y le har depositario de mis
confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo
mandar le pongan un cuarto. Le sealo cuatrocientos ducados de sueldo,
y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de
l, le pondr en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero
con su arzobispo.

A las gracias que di por esto al marqus aadi Laura otras ms
expresivas. No hablemos ms de ello!--interrumpi el marqus--.
Es negocio concludo! Al acabar estas palabras, se despidi de su
princesa de teatro y se march. Laura me hizo pasar al momento a un
cuarto retirado, en donde, vindose sola conmigo, dijo: Hubiera
reventado si hubiese contenido ms tiempo la risa! Y dejndose caer
en un silln y apretndose los ijares empez a rer como una loca. Yo
no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me
dijo: Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa
comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi nimo solamente
era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecrtelo con
decoro fing que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya
facilitado tan buen acomodo. El marqus de Marialba es un caballero
muy generoso, que har por ti an ms de lo que ha prometido. Otra que
yo--continu ella--acaso no hubiera recibido con tan buen semblante
a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de
aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al
picarillo a quien amaron.

Confes de buena fe mi desatencin y le ped me la perdonase, despus
de lo cual me llev a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa,
y como tenamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos
de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en
donde habamos estado en conversacin, y all mi incomparable Laura,
entregndose a su alegra natural, me pidi cuenta de lo que me
haba sucedido desde nuestra ltima visita. Hcele de ello una fiel
narracin, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella content la ma
relatndome su historia en estos trminos.




                             CAPITULO VII

                          Historia de Laura.


Voy a contarte lo ms compendiosamente que pueda por qu casualidad
abrac la profesin cmica. Despus que tan honradamente me dejaste,
sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, ms de cansada que
de disgustada del mundo, abjur el teatro y me llev consigo a una
hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas
extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que
bamos con frecuencia y en donde nos detenamos uno o dos das.

En uno de estos viajecillos, don Flix Maldonado, hijo nico del
corregidor, me vi casualmente y le ca en gracia. Busc ocasin de
hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribu algo para
hacrsela hallar. Este caballero no tena veinte aos; era hermoso como
un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba ms todava con sus
modales amables y generosos que con su cara. Me ofreci con tan buena
voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo,
que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galn
tan amable; pero qu mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse
de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor,
que era el ms severo de los de su clase, advertido de nuestro
trato, procur evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por
una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al
hospicio de la Caridad.

All, sin ms forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi
anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceido por
la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que penda un
rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Despus
me llevaron a una sala, en donde encontr un fraile viejo, de no s
qu Orden, que principi a exhortarme a la penitencia, del mismo modo,
poco ms o menos, que la seora Leonarda te exhort a ti a la paciencia
en el stano. Me dijo deba estar muy agradecida a las personas que me
mandaban encerrar all, pues que me hacan un gran beneficio sacndome
de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada.
Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a
los que me haban hecho este favor, les echaba mil maldiciones.

Ocho das pas sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo
contaba hasta los minutos--mi suerte pareci querer mudar de aspecto.
Al atravesar un patio pequeo encontr al mayordomo de la casa, que
todo lo mandaba y hasta la superiora le obedeca. No daba las cuentas
de su administracin sino al corregidor, de quien nicamente dependa y
que tena una entera confianza en l. Figrate un hombre alto, plido,
descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura
del Buen Ladrn. Pareca que ni aun miraba a las hermanas. Cara
tan hipcrita no la habrs visto, aunque hayas estado en el palacio
arzobispal.

Encontr, pues--continu ella--, al seor Zendono, que me detuvo
dicindome: Consulate, hija ma, estoy compadecido de tus
desgracias! Nada ms me dijo y continu su camino, dejando a mi
arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan
lacnico. Como yo le tena por un hombre de bien, me imaginaba
fcilmente que se haba tomado el trabajo de examinar la causa de
mi encierro y que, no hallndome bastante culpable para merecer que
se me tratara tan indignamente, quera empearse en mi favor con el
corregidor. Pero conoca mal al vizcano; sus intenciones eran otras.
Haba proyectado en su mente hacer un viaje, del que me di parte
algunos das despus. Amada Laura ma--me dijo--, es tanto lo que
siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro
que esto es querer perderme, pero ya no soy mo ni puedo vivir mas
que para ti. La situacin en que te veo me atraviesa el alma, y as,
intento sacarte maana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid,
sacrificndolo todo al placer de ser tu libertador. Poco me falt para
morir de gozo al or a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que
lo que yo ms deseaba era escaparme, tuvo al da siguiente la osada
de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la
superiora que tena orden para llevarme a presencia del corregidor,
que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me
hizo con todo descaro subir con l en una silla de posta, tirada por
dos buenas mulas que haba comprado para el caso. No llevbamos con
nosotros mas que un criado, que conduca la silla y que era enteramente
de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo crea,
hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos
en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber
nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de
entrar en Braganza, el vizcano me hizo poner un vestido de hombre,
que llevaba prevenido, y contndome ya por suya me dijo en la hostera
donde nos alojamos: Bella Laura, no tomes a mal que te haya trado a
Portugal. El corregidor de Zamora nos har buscar en nuestra patria
como a dos criminales a quienes la Espaa no debe dar ningn asilo;
pero--aadi l--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento
en este reino tan extrao, aunque en el da est sujeto al dominio
espaol; a lo menos, estaremos aqu ms seguros que en nuestro pas.
Djate, pues, persuadir, ngel mo; sigue a un hombre que te adora.
Vamos a vivir a Coimbra; all pasaremos sin temor nuestros das en
medio de unos pacficos placeres.

Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a
quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de
la caballera. Comprend que contaba mucho con mi agradecimiento y aun
ms con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban
en su favor, me negu resueltamente a lo que me propona. Es verdad que
por mi parte tena dos razones poderosas para mostrarme tan reservada,
pues no era de mi gusto ni le crea rico. Pero cuando, volviendo a
estrecharme, ofreci ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver
palpablemente que su administracin le haba suministrado caudal para
mucho tiempo, no lo oculto: comenc a escucharle. Me deslumbr el oro y
la pedrera que me ense, y entonces experiment que el inters sabe
hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcano fu poco a
poco hacindose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me
represent de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura
hermosa, y hasta su aspecto hipcrita me mereci un nombre favorable.
Entonces acept sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien
tom por testigo de nuestra unin. Despus de esto ya no tuvo que
experimentar ninguna contradiccin por mi parte, y, siguiendo nuestro
camino, muy presto Coimbra recibi dentro de sus muros a un nuevo
matrimonio.

Mi marido me compr muy buenos vestidos de mujer y me regal muchos
diamantes, entre los cuales conoc el de don Flix Maldonado. No
necesit ms para adivinar de dnde venan todas las piezas preciosas
que yo haba visto, y para persuadirme de que no me haba casado
con un rgido observador del sptimo artculo del Declogo; pero
considerndome como la causa primera de sus juegos de manos, se los
perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer
su hermosura, y a no ser esto, qu mal hombre me hubiera parecido!

Dos o tres meses pas con l bastante gustosa, porque me haca mil
carios y pareca amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de
amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribn me
engaaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un
hombre infame debe esperar de l. Un da, a mi vuelta de misa, no
encontr en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas
haban desaparecido. Zendono y su fiel criado haban tomado tan bien
sus medidas que en menos de una hora se haba ejecutado completamente
el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba
puesto y la sortija de don Flix, que por fortuna tena en el dedo,
me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que
no me entretuve en hacer elegas sobre mi infortunio; antes bien, di
gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no poda menos
de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Mir el tiempo que
habamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardara en
reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio
de alguna seora ilustre, las habra tenido de sobra; pero ya fuese el
amor que tena a mi pas, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi
estrella, que me preparaba all mejor suerte, slo pens en volver a
Espaa. Vend el diamante a un joyero, que me di su importe en monedas
de oro, y sal con una seora espaola, ya anciana, que iba a Sevilla
en una silla volante.

Esta seora, llamada Dorotea, vena de ver a una parienta suya que
viva en Coimbra, y se volva a Sevilla, en donde tena su casa.
Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos
amistad, la que se estrech tanto en el camino que cuando llegamos a
Sevilla no me permiti alojar sino en su casa. No tuve motivo para
arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto
jams mujer de mejor carcter. Todava se descubra en sus facciones
y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habra hecho puntear a
sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda haba tenido muchos
maridos nobles y viva honradamente con lo que le dejaron.

Entre otras excelentes prendas, tena la de ser muy compasiva con las
doncellas desgraciadas. Cuando le cont mis infortunios, tom con tanto
ardor mi causa que llen de maldiciones a Zendono. Ah perros!--dijo
en un tono que pareca haber encontrado en su viaje algn mayordomo--.
Miserables! En el mundo hay bribones que, como ste, se deleitan
en engaar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija ma, es
que, segn tu relacin, no ests ligada con el prfido vizcano. Si
tu casamiento con l es bastante bueno para servirte de disculpa, en
recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando
halles ocasin para ello.

Todos los das sala con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a
alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna
aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales
algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi
vieja patrona, pero los unos no tenan con qu soportar los gastos de
un menaje y los restantes todava eran unos babosos, lo que bastaba
para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia
las consecuencias de ello. Un da nos ocurri ir a ver representar
los cmicos de Sevilla, que haban anunciado en los carteles la
representacin de la comedia famosa _El embajador de s mismo_,
compuesta por Lope de Vega Carpio.

Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis
antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que
te acordars era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas
veces en casa de Arsenia. Saba yo muy bien que Fenicia haca ms de
dos aos que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cmica. Era
tal la impaciencia que tena de abrazarla que me pareci largusima
la pieza. Quiz tenan tambin la culpa los que la representaban, que
no lo hacan ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te
confieso que, como soy tan risuea, un cmico perfectamente ridculo
no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado
momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al
vestuario, en donde vimos a Fenicia, que haca la desdeosa escuchando
con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se
haba dejado coger con la liga de su declamacin. Luego que me vi se
despidi de l cortsmente, vino a m con los brazos abiertos y me di
todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abrac con
el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que tenamos en
volvemos a ver; pero no permitindonos el tiempo ni el sitio meternos
en una larga conversacin, dejamos para el da inmediato el hablar en
su casa ms extensamente.

El gusto de hablar es una de las pasiones ms vivas de las mujeres
y particularmente la ma. No pude pegar los ojos en toda la noche:
tal era el deseo que tena de verme con Fenicia y hacerle preguntas
sobre preguntas. Dios sabe si fu perezosa para levantarme e ir a
donde me haba dicho que viva. Estaba alojada con toda la compaa en
un gran mesn. Una criada que encontr al entrar, y a quien supliqu
me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo
largo del cual haba diez o doce cuartos pequeos, separados solamente
por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi
conductora toc a una puerta, la cual abri Fenicia, cuya lengua
rabiaba tanto como la ma por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de
sentarnos, nos pusimos en disposicin de parlar sin cesar. Tenamos que
preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y
las respuestas de un modo extraordinario.

Despus de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas
del actual estado de nuestros asuntos, me pregunt Fenicia qu
partido quera tomar. Porque al fin--me dijo--es preciso hacer
alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser
intil a la sociedad. Respondle que haba resuelto, hasta encontrar
mejor fortuna, colocarme con alguna seorita distinguida. Qutate
all!--exclam mi amiga--. No pienses en ello! Es posible, amiga
ma, que aun no te hayas cansado de servir? No te has fastidiado de
estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, or que te
regaan y, en una palabra, ser esclava? Por qu no abrazas, como yo,
la vida de cmica? Ninguna cosa es ms conveniente para las personas de
talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio
entre la nobleza y la plebe; una condicin libre y desembarazada de
las etiquetas ms incmodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las
paga en moneda contante el pblico, que es el poseedor de sus fondos.
En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del
mismo modo que lo ganamos. El teatro--prosigui--favorece sobre todo
a las mujeres. Todava me salen los colores al rostro siempre que me
acuerdo de que cuando serva a Florimunda no oa sino a los criados de
la compaa del Prncipe y que ningn hombre de suposicin me miraba
a la cara. De qu naca esto? De que yo no haca all papel; por
buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista
pblica. Pero despus que me puse en chapines, esto es, que parec en
las tablas, qu mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de
los pueblos por donde pasamos. Una cmica tiene cierto atractivo en su
oficio. Si es discreta--quiero decir, que no favorece mas que a un solo
amante--, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderacin;
y cuando muda de galn la miran como a una verdadera viuda que se
vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae
terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza
de los hombres, al paso que una dama parece hacerse ms apreciable a
medida que aumenta el nmero de sus favorecidos, pues todava, despus
de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso. A quin
cuentas eso?--interrump yo al llegar aqu--. Piensas t que ignoro
esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablndote sin
ningn disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi
genio. Conozco en m mucha inclinacin a la vida cmica, pero esto no
basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces
me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no
ha quedado satisfecha de m, lo que me ha hecho no gustar del arte.
No es extrao que le hayas disgustado--replic Fenicia--. Ignoras
que esas grandes actrices son por lo comn envidiosas? A pesar de su
vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin,
yo, sobre este asunto, no me atendra solamente al voto de Arsenia; su
decisin no ha sido sincera. Dgote sin lisonja que has nacido para el
teatro. Tienes naturalidad, accin despejada y muy graciosa, un metal
de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. Ah
picaruela, a cuntos encantars si te haces comedianta!

A esto aadi otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos
versos para convencerme a m misma de la excelente disposicin que
tena para el teatro, y habindome odo fueron mayores sus elogios,
hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En
vista de esto, no deba ya dudar de mi mrito ni dejar de acusar a
Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fu preciso convenir en que mi
persona vala mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante
de dos cmicos que entraron en aquella sazn, los que se quedaron
pasmados; y cuando volvieron de su admiracin fu para colmarme de
alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran
ido a porfa sobre quin me haba de elogiar ms, no hubieran empleado
ms hiprboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios.
Principi a creer que vala algo y heme aqu resuelta a abrazar la
profesin cmica.

No hablemos ms, querida ma--dije a Fenicia--. Est hecho; quiero
seguir tu consejo y entrar en la compaa si no hay inconveniente.
A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abraz, y sus
dos compaeros no manifestaron menos alegra que ella al ver mi
determinacin. Quedamos en que al da siguiente por la maana ira
al teatro y repetira delante de toda la compaa el mismo ensayo.
Si en casa de Fenicia adquir una opinin ventajosa, todava fu ms
favorable la de los comediantes despus que recit en su presencia slo
unos veinte versos, y as, me recibieron muy gustosos en la compaa.
Desde entonces puse mi atencin slo en el modo con que haba de salir
la primera vez en las tablas. Para que fuese con ms lucimiento, gast
todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me present
con ostentacin, a lo menos hall el arte de suplir la falta de
magnificencia con un gusto delicado. Presentme, en fin, por la primera
vez en la escena. Qu palmadas! Qu aplausos! No faltar, amigo mo,
a la modestia si te digo que arrebat la atencin de los espectadores.
Era preciso haber presenciado la celebridad que adquir en Sevilla
para creerla. Fu el objeto de todas las conversaciones de la ciudad,
la que por tres semanas acudi a bandadas a la comedia, de modo que
la compaa, con esta novedad, atrajo al pblico, que ya empezaba a
desampararla. Me present de un modo que hechic a todos, lo que fu
publicar que me venda al que ms diera. Una infinidad de sujetos
de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y
facultades. Por mi gusto hubiera escogido al ms joven y bonito; pero
nosotras solamente debemos mirar al inters y a la ambicin cuando se
trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razn
mereci la preferencia don Ambrosio de Nisaa, hombre ya viejo y de muy
rara figura, pero rico, generoso y uno de los seores ms poderosos de
Andaluca. Es verdad que le cost caro. Tom para m una hermosa casa,
la adorn magnficamente, me busc un buen cocinero, dos lacayos, una
doncella, y me seal para el gasto mil ducados mensuales. Aade a esto
ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca lleg a un estado tan
brillante.

Qu mudanza en mi fortuna! Ni aun yo poda comprenderla ni me conoca
a m misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden
prontamente de la nada y miseria de donde las sac el capricho de algn
poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del pblico, las
expresiones lisonjeras que oa por todas partes y la pasin de don
Ambrosio me infundieron una vanidad que lleg hasta la extravagancia.
Mir mi habilidad como un ttulo de nobleza y tom el aire de seora.
Ya escaseaba tanto las miradas cariosas cuanto las haba prodigado
antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques,
condes y marqueses.

El seor de Nisaa, con algunos de sus amigos, vena todas las noches
a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cmicas ms
divertidas y pasbamos la mayor parte de la noche en beber y rer.
Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no dur mas que seis
meses. Si los seores no tuvieran la facilidad de cansarse, seran
ms amables. Don Ambrosio me dej por una maja granadina que acababa
de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para
hacerlas valer. Mi afliccin no dur mas que veinticuatro horas, porque
inmediatamente ocup su lugar un caballero de veintids aos, llamado
don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podan comparrsele. Con
razn me preguntars por qu eleg a un seor tan joven sabiendo que el
trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te dir que don Luis
ni tena padre ni madre y que ya dispona de su hacienda. Adems, que
este trato slo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras.
Las mujeres de nuestra profesin son personas de ttulo; nunca
somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos.
Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!

Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo
haya habido jams amor como el nuestro. Nos ambamos con tanto ardor
que no pareca sino que estbamos hechizados. Los que saban nuestra
pasin nos crean los amantes ms dichosos del mundo, y tal vez ramos
los ms infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso
que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por ms que
yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza,
su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi
cuidado. Si estaba en la escena, le pareca que mientras representaba
miraba al descuido cariosamente a algn joven y me llenaba de
reconvenciones. En una palabra, nuestras ms tiernas conversaciones
estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar ms; a ambos
nos falt la paciencia y nos separamos amigablemente. Creers t
que el ltimo da de nuestra amistad fu el ms gustoso que habamos
tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que
habamos padecido, nos despedimos con la mayor alegra, semejantes a
dos miserables cautivos que recobran su libertad despus de una dura
esclavitud.

Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero ms
amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como
las dems mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasin cuyas
ridiculeces hacemos ver al pblico.

Entre tanto mi fama iba alcanzando ms vuelo, publicando por todas
partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombrada movi a los
comediantes de Granada a que me escribiesen convidndome con una
plaza en su compaa; y para hacerme ver que la propuesta no era
despreciable, me enviaron una razn del importe de sus ltimas entradas
y de sus caudales, por lo cual, parecindome un partido ventajoso, lo
acept, aunque en lo ntimo de mi corazn senta dejar a Fenicia y a
Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a
otra. A la primera la dej en Sevilla ocupada en derretir la vajilla
de un platerillo que por vanidad quera tener por cortejo a una
comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cmica mud por
capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con ste sal para
Granada.

All principi mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e
inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quera favorecer
sino a quien diese buenas seales, me port con tal reserva que pude
ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de
nada serva y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un
oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razn de su empleo, de
una buena mesa y de arrastrar coche, haca el papel de seor, cuando vi
por primera vez al marqus de Marialba. El seor portugus, que viaja
en Espaa por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fu a
la comedia y aquel da no represent yo. Mir con mucha atencin a las
actrices que se presentaron, hall una que le gust y desde el da
siguiente empez a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando
me present yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron
prontamente la veleta. Ya mi portugus no pens mas que en m, y, a
decir verdad, como yo no ignoraba que mi compaera haba agradado a
este seor, procur desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien
s que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que
entre las mujeres es natural esta ambicin y que las ms ntimas amigas
no hacen escrpulo de ella.




                             CAPITULO VIII

Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cmicos de Granada y de la
persona a quien reconoci en el vestuario.


En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia lleg una
comedianta vieja, vecina suya, que vena a sacarla para ir a la
comedia. Esta venerable herona de teatro hubiera sido primorosa para
hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dej de presentar
su hermano a esta figura aeja, y sobre ello mediaron grandes
cumplimientos de ambas partes.

Las dej solas, diciendo a la viuda del mayordomo que ira a buscarla
al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqus,
que ella me ense. Fu inmediatamente al cuarto que tena alquilado,
pagu a mi huspeda, di a un mozo mi maleta y fu con l a una gran
posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontr a la puerta a su
mayordomo, que me pregunt si era yo el hermano de la seora Estela.
Respond que s, y me dijo: Pues sea usted muy bien venido, caballero.
El marqus de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha
mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un
cuarto; si usted gusta, yo se lo ensear. Me subi a lo ltimo de la
casa y me introdujo en un aposento tan pequeo que slo caba una cama
muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitacin. Usted
no estar aqu muy a sus anchuras--me dijo mi conductor--; pero en
recompensa prometo a usted que en Lisboa estar soberbiamente alojado.
Met mi maleta en el armario, del cual me llev la llave, y pregunt
a qu hora se cenaba. Me respondieron que el seor cenaba comnmente
fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento.
Hice algunas otras preguntas y conoc que los criados del marqus eran
unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversacin dej al
mayordomo y fu a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los
presagios de mi nuevo acomodo.

Luego que llegu a la puerta de la casa de comedias y dije que era
hermano de Estela, todo se me franque. Hubierais visto las centinelas
hacerme paso a porfa, como si yo fuera uno de los principales
personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontr
en el trnsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo
quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con
una seriedad cmica, me hicieron en el vestuario, en donde encontr
toda la compaa vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y
comediantas, a quienes Laura me present, se agolparon hacia m. Los
hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando
sus rostros pintados al mo, lo llenaron de arrebol y blanquete.
Ninguno quera ser el ltimo a cumplimentarme y todos se pusieron a
hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana
vino a mi socorro, y como tena ejercitada la lengua, cumpli con todos
por m.

No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fu preciso
aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y
sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que
al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No
pareca sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jams
haban visto hermanos.

Entre tanto empez la comedia. Algunos caballeros que estaban en el
vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa,
continu en conversacin con los actores que no representaban. Entre
stos haba uno a quien llamaron, y o le nombraban Melchor. Este
nombre me choc, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le
daba, me pareci haberle visto en alguna parte. Al fin me acord de l
y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cmico de la legua que, como
dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de
pan en una fuente.

Al instante le llam aparte y le dije: Si no me engao, usted es el
seor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un da a la orilla
de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo
de barbero, juntamos algunas provisiones que llevbamos con las de
usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazon con
mil conversaciones agradables. Zapata se qued como pensativo algunos
instantes y despus me respondi: Usted me habla de una cosa de que
sin dificultad hago memoria. Entonces vena de Madrid, en donde haba
salido para prueba en aquel teatro, y me volva a Zamora. Tambin
me acuerdo que mis negocios andaban de mala data. Y yo, por esas
seas--le dije--, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubn
forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se
quejaba en aquel tiempo de que tena una mujer muy honesta. Oh! Por
esa parte ya no me quejo!--dijo Zapata con precipitacin--. Vive diez
que la buena mujer se ha enmendado en esto, y as, mi jubn va mejor
forrado!

Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisin de
dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer,
me acerqu a un comediante y le supliqu me la mostrase, lo que hizo
diciendo: Vala usted, esa es Narcisa, la ms linda de nuestras damas
despus de la hermana de usted. Juzgu que esta actriz deba de ser
aquella a quien se haba aficionado el marqus de Marialba antes de
haber visto a su Estela, y mi conjetura no sali errada. Acabada la
comedia, acompa a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que
estaban disponiendo una gran cena. Aqu puedes cenar, me dijo ella.
Nada menos que eso--le respond--: el marqus querr quiz estar solo
contigo. No--respondi ella--; ahora vendr con dos amigos suyos y
uno de nuestros compaeros, y si t quieres, sers la sexta persona.
Bien sabes que en casa de las cmicas los secretarios tienen privilegio
de comer con sus amos. Es verdad--le dije--, pero todava no es
tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este
cargo honorfico debo antes emplearme en alguna comisin de confianza.
Diciendo esto, dej a Laura y fu a mi hostera, donde hice nimo de
comer todos los das, porque mi amo no tena casa.




                              CAPITULO IX

Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cen aquella noche y de lo
que pas entre ellos.


Advert que en un rincn de la sala estaba cenando solo un fraile
viejo vestido de pao pardo, y por curiosidad me sent enfrente de l.
Saludle con mucha urbanidad y l no se mostr menos corts que yo.
Trajronme mi pitanza, que principi a despachar con buenas ganas, y
mientras coma sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro
personaje y siempre le hall puestos los ojos en m. Cansado de su afn
en mirarme, le habl en estos trminos: Padre, nos habremos visto tal
vez en otra parte fuera de aqu? Usted me est observando como a un
hombre que no le es enteramente desconocido.

Respondime con mucha gravedad: Si os miro con esta atencin slo
es para admirar la singular variedad de aventuras que estn grabadas
en las rayas de vuestro rostro. A lo que veo--le dije con un aire
burln--, vuestra reverencia sabe la metoposcopia. Bien podra
lisonjearme de poseerla--dijo el fraile--y de haber pronosticado cosas
que el tiempo no ha desmentido. No s menos la quiromancia, y me
atrevo a decir que mis orculos son infalibles cuando he comparado la
inspeccin de la mano con la del rostro.

Aunque aquel viejo tena todo el aspecto de hombre sabio, me pareci
tan loco que no pude dejar de rerme en su cara; pero en lugar de
ofenderse de mi descortesa se sonri de ella, y despus de haber
paseado su vista por la sala y asegurdose de que nadie nos oa,
continu hablando de esta manera: No me espanto de veros opuesto
a estas dos ciencias, que en el da se tienen por frvolas; el
largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios,
que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan
y desacreditan. Por lo que hace a m, no me ha acobardado la
obscuridad en que estn envueltas ni tampoco las dificultades que
se suceden sin cesar en la indagacin de los secretos qumicos y
en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no
presumo--prosigui, habiendo tomado nuevo aliento--que hablo con un
joven que concepte de sueos mis pensamientos. Una leve prueba de
mi habilidad os dispondr a juzgar ms favorablemente de m que todo
cuanto pudiera deciros. Dicho esto, sac del bolsillo un frasquillo
lleno de un licor encarnado y prosigui diciendo: Vea usted aqu
un elixir que he compuesto esta maana del zumo de ciertas plantas
destiladas por alambique; porque, a imitacin de Demcrito, he empleado
casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de
los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos
bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito. Al mismo tiempo ech
dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino ms
delicioso que los mejores que se beben en Espaa.

Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginacin, el
juicio se extrava. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido
de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado,
exclam lleno de admiracin: Oh padre mo, suplico a usted me
perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a
usted justicia; no necesito ver ms para estar convencido de que si
quisiera podra hacer en un instante un tejo de oro de una barra de
hierro. Qu dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!
El Cielo os libre de tenerla jams!--interrumpi el viejo dando un
profundo suspiro--. T no sabes, hijo mo, lo que deseas! En lugar de
envidiarme, tenme ms bien lstima de haber tomado tanto trabajo para
hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una
prisin perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso
una vida errante, disfrazado unas veces de clrigo o de fraile, otras
de caballero o paisano. Y te parece que ser ventajoso el saber hacer
oro a ese precio? Y las riquezas, no son un verdadero suplicio para
aquellos que no las disfrutan con quietud? Ese discurso me parece muy
sensato--dije entonces al filsofo--. Nada iguala al gusto de vivir con
sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os
estimara que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer. De muy buena
gana, hijo mo--me respondi--. Ya he observado vuestra fisonoma;
mostrad vuestra mano. Presentsela con una confianza que no me har
honor en el nimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habran
hecho otro tanto. La examin muy atentamente y al momento exclam:
Ah, y qu de trnsitos de la afliccin a la alegra y de la alegra
a la afliccin! Qu serie azarosa de desgracias y de prosperidades!
Mas ya habis experimentado una gran parte de estas alternativas de la
fortuna y no os restan ms desgracias que probar; un seor os dar un
buen destino que no estar sujeto a mutaciones.

Despus de haberme afirmado que poda estar seguro de su pronstico, se
despidi de m, saliendo de la hostera, donde qued muy pensativo de
lo que acababa de or.

No dudaba yo que fuese el marqus de Marialba el tal seor, y, por
consiguiente, nada me pareca ms posible que el cumplimiento del
vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello,
no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crdito: tanta era la
autoridad que por su elixir haba cobrado en mi nimo.

Por mi parte, para acelerar la felicidad que me haba predicho,
determin servir al marqus con ms afecto que lo haba hecho a ninguno
de los otros amos. Con esta resolucin, me retir a nuestra posada con
una alegra imponderable, cual nunca sac una mujer de casa de las
decidoras de la buenaventura.




                              CAPITULO X

De la comisin que el marqus de Marialba di a Gil Blas y cmo la
desempe este fiel secretario.


Todava no haba vuelto el marqus de casa de su comedianta; pero
en su aposento encontr a los ayudas de cmara, que jugaban a los
naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos
alegremente hasta las dos de la madrugada, en que lleg nuestro amo.
Sorprendise un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a
entender volva contento de su visita: Gil Blas, por qu no te has
acostado? Yo le respond que quera saber antes si tena alguna cosa
que mandarme. Puede ser--dijo--te encargue por la maana un asunto y
entonces te dar mis rdenes. V a descansar y sabe que te dispenso
de esperarme, pues me bastan los ayudas de cmara. Despus de esta
advertencia, que no dej de agradarme, pues me excusaba la sujecin,
que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dej al marqus en
su cuarto y me retir a mi buhardilla. Me acost; pero, no pudiendo
dormir, segu el consejo de Pitgoras, de traer a la memoria por la
noche lo que hemos hecho en el da, para aplaudir nuestras buenas
acciones o vituperar las malas.

Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber
apoyado la mentira de Laura. Por ms que yo me deca para disculparme
de que no haba podido decentemente desmentir a una muchacha que no
haba tenido otra mira que la de mi bien y que en algn modo me haba
visto en la precisin de ser cmplice de su engao, poco satisfecho de
esta excusa, yo mismo me responda que no deba llevar tan adelante el
embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un seor cuya
confianza pagaba tan mal. En fin, despus de un severo examen, convine
en que, si no era un bribn, me faltaba poco.

Pasando de aqu a las consecuencias, reflexion que aventuraba mucho en
engaar a un hombre de distincin, quien por mis pecados acaso tardara
poco en descubrir el enredo. Una reflexin tan juiciosa aterr algn
tanto mi espritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas
del contento y del inters. Por otra parte, la profeca del hombre
del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y as, me entregu
a imgenes muy risueas. Me puse a hacer cuentas de aritmtica y a
calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderan mis salarios
al cabo de diez aos de servicio. A esto aad las gratificaciones
que recibira de mi amo; y midindolas por su carcter liberal, o ms
bien segn mis deseos, tena una intemperancia de imaginacin, si
puede hablarse de este modo, que no pona lmites a mi fortuna. Tanta
felicidad me concili poco a poco el sueo y me qued dormido haciendo
castillos en el aire.

Por la maana me levant a cosa de las nueve para ir a recibir las
rdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admir de
verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: Gil Blas, al
despedirme anoche de tu hermana le ofrec pasar a su casa esta maana;
pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. V y dle de
mi parte cunto siento este contratiempo y asegrale que an cenar
esta noche con ella. No es esto lo ms--aadi, entregndome una bolsa
con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llvale mi retrato y
toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy
en prueba de la amistad que ya te he cobrado. Con una mano tom el
retrato y con la otra la bolsa, de m tan poco merecida. Fu corriendo
al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegra que
me enajenaba: Bueno! Bueno! La prediccin se verifica visiblemente!
Qu fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! Es
lstima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!

Laura, contra la costumbre de las personas de su profesin, sola
madrugar. Hallla al tocador, en donde, esperando a su portugus,
aada a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el
arte poda prestarle. Amable Estela--le dije al entrar--, imn de
los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un
encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que
no puede tener el gusto de verte esta maana, como lo haba pensado;
pero para consolarte de esto cenar esta noche contigo. Y te enva su
retrato, con lo que me parece quedars algo ms consolada.

Entregula la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de
que estaba guarnecida, alegr infinito su vista. Abrila, y habindola
cerrado despus de haber considerado la pintura por mero cumplimiento,
volvi a mirar las piedras. Celebr su hermosura y me dijo con sonrisa:
Ve aqu unas copias que las damas de teatro estiman mucho ms que los
originales. Djele en seguida que el generoso portugus, al darme el
retrato, me haba regalado cincuenta doblones. Me alegro infinito--me
dijo ella--. Este seor principia por donde an raras veces acaban
otros. A ti es, mi querida--respond yo--, a quien debo este regalo,
que el marqus me hizo a causa de fraternidad. Yo quisiera--dijo
ella--te hiciera otros como ese todos los das. No puedo ponderarte
cunto te amo! Desde el instante en que te vi te am tan estrechamente
que el tiempo no ha podido romper esta unin. Cuando te ech de menos
en Madrid, no perd las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te
recib como a un hombre que volva a su centro. En una palabra, amigo
mo, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. T sers mi marido,
pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos
por aqu. Todava quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en
una situacin aventajada.

Dle cortsmente las gracias por el trabajo que quera tomarse por m e
insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversacin que dur hasta
el medioda. Entonces me retir para ir a dar cuenta a mi amo del modo
con que haba sido recibido su regalo. Aunque Laura no me haba dado
sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena
arenga para cumplimentarle de su parte; pero fu tiempo perdido, porque
cuando llegu a la posada me dijeron que el marqus acababa de salir; y
estaba decretado que no volvera a verle ms, como puede leerse en el
captulo siguiente.




                              CAPITULO XI

De la noticia que supo Gil Blas, y que fu un golpe mortal para l.


Fume a mi posada, en donde encontr dos sujetos, con quienes com y
con cuya gustosa conversacin me entretuve en la mesa hasta la hora de
la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para
tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tena motivo para
estar de buen humor, porque la alegra haba reinado en la conversacin
que acababa de tener con estos caballeros, mostrndoseme adems
propicia la fortuna; pero con todo, senta una tristeza que no estaba
en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten
las desgracias que nos amenazan.

Al entrar en el vestuario se acerc a m Melchor Zapata y me dijo en
voz baja que le siguiera. Me llev a un sitio excusado y me dijo lo
siguiente: Seor mo, miro como un deber dar a usted un aviso muy
importante. Usted no ignora que el marqus de Marialba se enamor
primero de Narcisa, mi esposa, y aun haba elegido da para venir
a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela hall medio de
desconcertar la partida y de traer a su casa a este seor portugus.
Bien conoce usted que una cmica no pierde tan buena presa sin
despecho. Mi mujer est muy resentida de esto; nada es capaz de omitir
para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello
una ocasin favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros
dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas
personas de la compaa que conoca a usted y que de ningn modo era
hermano de Estela. Esta noticia--aadi Melchor--ha llegado a odos de
Narcisa, que no ha dejado de preguntrsela al que la ha dado, y ste
se la ha repetido. Dice conoci a usted de criado de Arsenia, cuando
Estela, bajo el nombre de Laura, la serva en Madrid. Mi esposa,
contentsima con este descubrimiento, se lo participar al marqus de
Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta
inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo,
como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo.
Narcisa, que no busca mas que una vctima, me ha permitido se lo
advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente
funesto.

Me hubiera sido intil saber ms. Di gracias por este aviso al
histrin, que conoci muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en
el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tena
intencin de llevar hasta este punto la desvergenza, ni aun fu a
despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera
el enredo. Bien saba yo que ella era buena comedianta para salir
con facilidad de este berenjenal; pero yo no vea mas que un castigo
infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese
burlarme de l. Determin, pues, poner tierra por medio, cargando con
mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de
ojos me desaparec del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar
mi maleta a la posada de un arriero que al da siguiente, a las tres
de la maana, deba salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el
conde de Poln, cuya casa me pareca el nico asilo que haba seguro
para m; pero no hallndome an en ella, no poda pensar sin inquietud
en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde tema me
buscasen aquella misma noche.

No dej de ir a cenar a mi hostera, a pesar de estar tan zozobroso
como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero
no creo que la cena hizo en mi estmago un excelente quilo. Miserable
juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban
en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran
algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Despus
de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levant de la
mesa y me volv a la posada del ordinario, en donde me ech sobre paja
fresca hasta la hora de marchar.

Puedo asegurar que durante este tiempo ejercit bien mi paciencia. Mil
tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algn instante me quedaba
traspuesto, soaba que vea furioso al marqus, lastimando a golpes el
hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto haba en su casa, o
ya que le oa mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba
despavorido, y siendo tan gustoso despertar despus de haber soado
cosas funestas, para m era esto ms cruel que el mismo sueo.

Por fortuna, me sac de esta angustia el arriero viniendo a avisarme
que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levant, y, gracias
al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la
quiromancia. Conforme nos bamos alejando de Granada iba mi espritu
recobrando su serenidad. Empec a trabar conversacin con el arriero,
el cual me cont algunas historias divertidas que me hicieron rer y
fu perdiendo insensiblemente mi temor. Dorm con sosiego en Ubeda,
donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a
Toledo. Mi primer cuidado fu preguntar por la casa del conde de Poln,
y persuadido de que no consentira me alojase en otra, fu all. Pero
yo haba hecho la cuenta sin la huspeda, pues no encontr en ella mas
que al portero, quien me dijo que su amo haba salido el da antes para
la quinta de Leiva, de donde le haban escrito que Serafina estaba
enferma de peligro.

Yo no haba contado con la ausencia del conde, que disminuy el
gusto que tena de estar en Toledo y fu causa de que tomase otra
determinacin. Vindome tan cerca de Madrid, me resolv a ir all,
discurriendo que en la corte podra hacer fortuna, pues, segn haba
odo decir, no era necesario en ella tener un talento superior para
adelantar. Al da siguiente me aprovech de un caballo de retorno,
que me llev a esta capital de la Espaa, adonde la buena suerte me
conduca para que hiciese papeles ms brillantes que los que hasta
entonces me haba hecho representar.




                             CAPITULO XII

Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere
conocimiento con el capitn Chinchilla; qu clase de hombre era este
oficial y qu negocio le haba llevado a Madrid.


As que llegu a Madrid establec mi habitacin en una posada de
caballeros, en donde, entre otras personas, viva un capitn viejo,
que desde lo ltimo de Castilla la Nueva haba venido a la corte a
pretender una pensin que crea tener bien merecida. Llambase don
Anbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un
hombre de sesenta aos, de una estatura gigantesca y sumamente flaco.
Tena unos bigotes poblados, que suban, retorcindose por los dos
lados, hasta las sienes; adems de que le faltaba un brazo y una
pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetn verde, y
casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo dems era como
otro cualquiera. No careca de entendimiento y aun menos de gravedad.
En cuanto a sus costumbres, era muy rgido y se preciaba sobre todo de
ser delicado en punto de honor.

A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honr con su confianza
y supe todos sus asuntos. Me cont en qu ocasiones se haba dejado un
ojo en Npoles, un brazo en Lombarda y una pierna en los Pases Bajos.
Admir, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que
no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya,
siendo as que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la
mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que haba
perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son
siempre tan modestos.

Me dijo que sobre todo senta a par de su alma haber disipado una
considerable hacienda en sus campaas, de suerte que no le haban
quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tena
para aliar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus
memoriales. Porque, en fin, seor caballero--aadi encogindose de
hombros--, todos los das, a Dios gracias, los presento, sin que se
haga el ms mnimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no dira
sino que apostbamos el ministro y yo sobre cul haba de cansarse
antes, si yo en darlos o l en recibirlos. Tambin tengo la honra de
presentrselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y
entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de
reparo. No pierda usted las esperanzas--dije al capitn--. Usted
sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estar usted hoy en
vsperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios. No
debo lisonjearme con esa esperanza--respondi D. Anbal--; aun no hace
tres das que habl a uno de los secretarios del ministro, y si he de
dar crdito a sus palabras, es preciso prestar paciencia. Y qu
le dijo a usted, seor oficial?--le respond--. Tal vez el estado
en que usted se halla no le parece digno de recompensa? Usted lo
ver--respondi Chinchilla--. Este secretario me ha dicho claramente:
Seor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque
en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas
que cumplir con su obligacin. La gloria que resulta de las acciones
heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un espaol.
Desengese usted si mira como deuda la gratificacin que solicita:
en caso de que se os conceda esta gracia, la deberis nicamente a
la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han
servido bien al Estado. Infiera usted de ah--sigui el capitn--lo
que podr esperar, y que al cabo habr de volverme como he venido.
Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve
padecer. Le exhort a que se mantuviera firme, me ofrec a ponerle de
balde en limpio sus memoriales y llegu hasta ofrecerle mi bolsillo,
suplicndole que tomase lo que quisiera de l. Pero no era de aquellos
que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien,
se mostr muy pundonoroso y me di las gracias. Despus de esto me dijo
que, por no cansar a nadie, se haba acostumbrado poco a poco a vivir
con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia,
lo que era muy cierto. No se mantena de otra cosa que de cebollas
y ajos, y as, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas
comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante,
a fuerza de splicas consegu que censemos y comisemos juntos. Y
engaando su vanidad con una compasin ingeniosa, hice que me trajesen
mucha ms comida y bebida de la que yo necesitaba. Instle a comer y
beber, lo que rehus al principio con mil ceremonias; pero al fin cedi
a mis instancias, y tomando insensiblemente ms confianza, l mismo me
ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.

Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estmago
con un buen alimento, me dijo en tono alegre: En verdad, seor
Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacis de m lo que queris.
Tenis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar
de vuestra generosidad. Me pareci que mi capitn haba ya perdido
tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero
no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me content con
hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle
los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de
copiar homilas, haba aprendido a variar de frases y aun llegado a ser
medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien
un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componamos
trozos de elocuencia dignos de los ms clebres catedrticos de
Salamanca. Pero por ms que agotsemos nuestro entendimiento en sembrar
flores de retrica en estos memoriales todo era, como se suele decir,
sembrar en la arena. Aunque ms pondersemos los mritos de don
Anbal, la Corte ningn aprecio haca de ellos, lo que no excitaba a
este invlido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra;
antes bien, maldeca con su mal humor a su estrella y daba al diablo a
Npoles, Lombarda y los Pases Bajos.

Para mayor mortificacin suya aconteci que habiendo cierto da
recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una
infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedi
delante de sus barbas una pensin de quinientos ducados. Creo que el
mutilado capitn se habra vuelto loco si no hubiera yo cuidado de
consolarle. Vindole fuera de s, le dije: Qu es lo que usted tiene?
Nada de esto deba usted extraar. No estn de tiempo inmemorial
los poetas en posesin de hacer a los prncipes tributarios de las
musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos
seores; y, hablando aqu entre nosotros, las pensiones dadas a los
poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los
reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama pstuma. Cuntas
recompensas no di Augusto? Cuntas pensiones concedi de que no
tenemos noticia? Pero la posteridad ms remota sabr como nosotros que
Virgilio recibi de este emperador ms de doscientos mil escudos de
gratificacin.

Por ms que dijese a don Anbal, no pudo digerir el fruto del soneto,
que se le haba sentado en el estmago, y as, resolvi abandonarlo
todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial
al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer
ministro. All encontramos a un joven, quien, despus de haber saludado
al capitn, le dijo con cario: Mi amado y antiguo amo, es posible
que yo vea a usted aqu? Qu negocio le trae a casa de su excelencia?
Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme;
yo le ofrezco mis facultades. Perico--dijo el oficial--, pues qu,
tienes algn empleo bueno en la casa? A lo menos--respondi el
joven--es bastante para servir a un hidalgo como usted. Siendo
as--prosigui, sonrindose, el capitn--, recurro a tu proteccin.
Desde luego se la concedo a usted--repiti Perico--. Dgame usted su
asunto y prometo sacar raja del primer ministro.

No bien habamos enterado de l a este joven tan lleno de buen deseo,
cuando pregunt dnde viva don Anbal. Nos di palabra de que el da
siguiente se vera con nosotros y se despidi, sin decirnos lo que
quera hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza
del tal Perico excit mi curiosidad y quise saber quin era. Es--me
dijo el capitn--un muchacho que me serva algunos aos hace y que,
habindome visto en la indigencia, me dej por buscar mejor acomodo.
No se lo tom a mal, porque, como se suele decir, por mejora mi casa
dejara. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como
todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fo mucho
del celo que acaba de manifestarme. Puede ser--le dije--que no os
sea intil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales
dependientes del duque, podr servir a usted de mucho, pues no ignora
que en casa de los grandes todo se hace por partido y cbala; que stos
tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y stos igualmente
son gobernados por sus criados.

A la maana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo:
Seores, si ayer no declar los medios que tena para servir al
capitn Chinchilla fu porque no estbamos en paraje propio para
explicarlos; fuera de que quera tentar el vado antes de franquearme
con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del seor
don Rodrigo Caldern, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo,
que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseor
de Aragn que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha
muy bonita, de Albarracn, discreta y que canta con primor, y por esto
le llaman la seora Sirena. Como todas las maanas le llevo un billete
amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al
seor don Anbal por to suyo y que con este engao empee a su galn
a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, adems de tal cual
provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfaccin el
que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.

El seor Chinchilla puso mal gesto y mostr repugnancia a hacerse
cmplice de una falsedad, y todava ms a permitir que una aventurera
le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que senta no solamente
por s, sino porque crea que esta ignominia retroceda a sus abuelos.
Tanta delicadeza choc a Perico, parecindole inoportuna. Se burla
usted?--exclam--. Vea usted aqu lo que son los hidalgos de aldea,
en quienes todo se reduce a una vanidad ridcula! No se admira
usted--prosigui, dirigindose a m--de esta escrupulosidad? Voto a
bros! En la corte no se debe parar en esas delicadezas! Venga la
fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!

Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitn que, a
pesar suyo, le hicimos se fingiese to de Sirena. Dado este paso, que
no cost poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para
el ministro, que despus de revisto, aumentado y corregido lo puse en
limpio, y Perico se lo llev a la aragonesa, la que aquella misma tarde
se lo recomend al seor Caldern, hablndole con tal empeo que este
secretario, creyndola verdaderamente sobrina del capitn, ofreci
apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos das. Perico volvi
con aire victorioso a nuestra posada. Buenas nuevas tenemos!--dijo a
Chinchilla--. El rey har una distribucin de encomiendas, beneficios y
pensiones en las que no ser usted olvidado, y as se me ha encargado
os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a
usted qu hace nimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a m,
digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto
de haber contribudo a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no
es lo mismo nuestra ninfa de Albarracn. Es algo interesada cuando se
trata de servir al prjimo; tiene esa pequea falta; y siendo capaz
de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusar el de un to
postizo. Diga cunto quiere--dijo don Anbal--. Si quiere todos los
aos la tercera parte de la pensin que me han de dar, se la prometo,
y me parece que es bastante ddiva, aun cuando se tratara de todas las
rentas de Su Majestad Catlica. Yo, por m, me fiara de la palabra
de usted--replic el mensajero de don Rodrigo--, pues s que no faltar
a ella; pero se trata con una nia naturalmente muy desconfiada. Por
otra parte, ella apetecer mucho ms que usted le d una vez por todas
las dos terceras partes con anticipacin y en dinero contante. De
dnde diablos quiere ella que yo lo saque?--interrumpi speramente el
oficial--. Ella debe creerme algn contador mayor! Sin duda que t
no la has enterado de mi situacin. Perdone usted--repuso Perico--.
Sabe muy bien que usted est ms miserable que Job; no puede ignorarlo
despus de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que
tengo arbitrios para todo. Conozco a un pcaro oidor, ya viejo, que
se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le har
ante escribano cesin de la pensin del primer ao en paga de igual
suma que recibir usted, deducido el inters. En orden a la fianza, el
prestamista se dar por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal
como est, por lo que sobre este punto no tendrn ustedes disputa.

El capitn asegur que siempre que lograse la fortuna de participar
de las gracias que haban de concederse el da siguiente aceptara
estas condiciones. En efecto, se verific que le diesen una pensin de
trescientos doblones sobre una encomienda. As que supo la noticia, di
cuantas seguridades se le pidieron, arregl sus asuntos y se volvi a
su pas, con algunos doblones que le haban quedado.




                             CAPITULO XIII

Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la
grande alegra que de ello recibieron. A dnde fueron los dos, y de la
curiosa conversacin que tuvieron.


Me haba acostumbrado a ir todas las maanas a palacio, en donde pasaba
dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes
all me parecan desnudos de aquel resplandor que en otras partes los
rodea.

Un da que me paseaba contonendome por aquellas galeras, haciendo,
como otros muchos, un papel bastante ridculo, vi a Fabricio, a quien
haba dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital.
Lo que me admir en extremo fu verle hablar familiarmente con el
duque de Medinasidonia y el marqus de Santa Cruz. A mi parecer, estos
dos seores gustaban de orle; adems de esto, l iba vestido como un
caballero. Si me engaar?--me deca a m mismo--. Ser aqul el
hijo del barbero Nez? Puede que sea algn joven cortesano que se le
parezca. No tard mucho en salir de la duda. Idos los seores, me
acerqu a Fabricio, que, conocindome inmediatamente, me agarr de
la mano y, despus de haberme hecho atravesar con l por medio del
gento para salir de las galeras, me dijo, abrazndome: Mi amado
Gil Blas, mucho me alegro verte! Qu haces en Madrid? Ests todava
sirviendo? Tienes algn empleo en la corte? En qu estado tienes tus
asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido despus de tu salida
precipitada de Valladolid. Muchas cosas me preguntas a un tiempo--le
respond--, y el lugar donde estamos no es a propsito para contar
aventuras. Tienes razn--me dijo--; mejor estaremos en mi casa. Vente
conmigo, que no est lejos de aqu. Estoy independiente, alojado en
buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues
que creo serlo.

Acept el partido y acompa a Fabricio, quien me detuvo al llegar
a una casa de bella fachada, en la que me dijo viva. Atravesamos
un patio, que tena por un lado una gran escalera que conduca a
unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como
estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me haba ponderado, la
cual se reduca a una sala, de la que mi ingenioso amigo haba hecho
cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala
a la segunda, en donde dorma, la tercera de despacho y la ltima
de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles
de conclusiones de filosofa, y los trastos que correspondan a la
colgadura consistan en una gran cama de brocado estropeada, unas
sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda
de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un
cordobn que pareca haber sido encarnado y ribeteado con una franja
de oro falso, que se haba vuelto negro con el tiempo, y un armario
de bano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho
tena por escritorio una mesita, y su biblioteca se compona de algunos
libros y muchos legajos de papeles, que tena en tablas puestas unas
sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no desluca a lo
dems, contena vidriado y otros utensilios necesarios.

Fabricio, despus de haberme dado tiempo de mirar bien su habitacin,
me dijo: Qu juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? No te
ha encantado verla? A fe ma que s!--le respond sonrindome--.
Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto.
Sin duda tienes algn buen empleo. El Cielo me guarde de eso!--me
replic--. El partido que he tomado es superior a todos los empleos.
Un sujeto de distincin, de quien es esta casa, me ha dejado una sala,
de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a m
nada me falta y slo me ocupo en lo que me agrada. Hblame con ms
claridad--le dije--, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.
Pues bien--me dijo--, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me
he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma
y a pelo. T favorito de Apolo!--exclam rindome--. Eso es lo que
jams hubiera adivinado; menos me sorprendera verte dedicado a otra
cualquiera cosa. Y qu atractivo has podido hallar en la profesin de
poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la
vida civil y que no son las ms ricas. Oh, qutate all!--replic--.
Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el
desecho de los libreros y de los cmicos. Ser de extraar que no
se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mo, estn
en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy
de este nmero. No lo dudo--le dije--. T eres un mozo de gran
talento, y as, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo nico
que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cmo te ha
dado la mana de escribir. Tu admiracin es fundada--dijo Nez--.
Estaba tan contento con mi suerte en casa del seor Manuel Ordez,
que no deseaba otra; pero hacindose mi ingenio superior poco a poco,
como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice
representar a unos cmicos que estaban en Valladolid. Aunque no vala
un pito, fu muy aplaudida, de lo que infer que el pblico era una
vaca mansa de leche que fcilmente se dejaba ordear. Esta reflexin
y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital.
El amor a la poesa me quit el de las riquezas, y para adquirir buen
gusto determin venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me
desped del administrador, que, como me amaba tanto, sinti bastante
mi resolucin, y me dijo: Fabricio, por qu quieres dejarme? Acaso
te habr dado, sin pensarlo, algn motivo de disgusto? No, seor--le
respond--, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido
a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me
contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio. Qu
locura!--me replic aquel buen amo--. Ya ests connaturalizado con
el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun
los administradores. Si quieres dejar lo slido para pasar el tiempo
en frusleras, el mal es para ti, hijo mo. Viendo el administrador
cun intilmente combata mi designio, me pag mi salario y, en
reconocimiento de mis servicios, me di de guantes cincuenta ducados;
de modo que con esto y lo que haba podido juntar en las pequeas
comisiones que se haban encargado a mi integridad me vi en estado de
presentarme decentemente en Madrid, lo que no dej de hacer, aunque los
escritores de nuestra nacin no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente
hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra
y los dems clebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes
hombres, eleg para preceptor mo a un joven bachiller cordobs, al
incomparable D. Luis de Gngora, el ingenio ms brillante que jams
produjo Espaa, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras
viva y se contenta con lerselas a sus amigos. Lo que hay de particular
es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con
acierto todo gnero de poesas; sobresale principalmente en las
composiciones satricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un
torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas
aguas puras corren sobre arenas de oro. Tan buena pintura me haces
de ese bachiller--le dije a Fabricio--que no dudo que una persona de
tanto mrito tenga muchos envidiosos. Todos los autores--respondi
l--, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el
estilo hinchado, los conceptillos, las metforas y las transposiciones.
Sus versos--dice otro--se parecen en lo obscuro a los que cantaban en
sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entenda. Tambin
hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan
presto comedias, dcimas y villancicos, como si locamente se hubiera
propuesto deslucir a los mejores escritores en todo gnero de poesa.
Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa
apreciada de grandes y pequeos. Tal es el maestro con quien hice mi
aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habindome
bebido de tal modo su espritu, que ya compongo trozos sublimes que no
los juzgara indignos de s. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercanca
a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en
donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi
modo de recitar es halageo, lo que no daa a mis composiciones. En
fin, muchos seores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de
Medinasidonia, como Horacio viva con Mecenas. He aqu de qu modo me
he transformado en autor; nada ms tengo que contarte; a ti te toca
ahora cantar tus victorias.

Entonces tom la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareci
no ser del caso, le hice la relacin que me peda, despus de la cual
se trat de comer, y sac de su armario de bano servilletas, pan,
un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y
nos sentamos a la mesa con aquella alegra propia de dos amigos que
vuelven a encontrarse despus de una larga separacin. Ya ves--me
dijo--mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de
mis compaeros, ira a comer todos los das en casa de las personas
distinguidas; pero adems de que el amor al trabajo me retiene de
ordinario en casa, soy un nuevo Arstipo, pues tan contento estoy con
el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la
frugalidad.

Nos supo tan bien el vino que fu menester sacar otra botella del
armario. De sobremesa le di a entender tendra gusto en ver algunas
de sus producciones, y al instante busc entre sus papeles un soneto,
que me ley con nfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me
pareci tan obscuro que nada pude comprender. Conocilo y me dijo:
Este soneto no te ha parecido muy claro, no es as? Le confes que
hubiera querido algo ms de claridad; echse a rer de m y prosigui:
Lo mejor que tiene este soneto, amigo mo, es el no ser inteligible.
Los sonetos, las odas y las dems obras que piden sublimidad no quieren
estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo
su mrito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante. T te burlas
de m--interrump yo--. Todas las poesas, sean de la naturaleza que
fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Gngora no
escribe con ms claridad que t, te confieso que decae mucho en mi
opinin; es un poeta que, cuando ms, no puede engaar sino a su siglo.
Veamos ahora tu prosa.

Enseme un prlogo que me dijo pensaba poner al frente de una
coleccin de comedias que estaba imprimiendo, y me pregunt qu me
haba parecido. No me gusta ms tu prosa--le dije--que tus versos.
El soneto es una algaraba; en el prlogo hay expresiones demasiado
estudiadas, palabras que el pblico no conoce, frases enredosas, y, en
una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros
de nuestros buenos y antiguos autores. Pobre ignorante!--exclam
Fabricio--. No sabes t que todo escritor en prosa que aspira hoy a la
reputacin de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas
expresiones equvocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis
novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en
negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de
Vega, de Sols, de Cervantes y de todos los dems ingenios que critican
nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran nmero
de sujetos distinguidos, y hasta telogos contamos en nuestro partido.
Sobre todo--continu--, nuestro designio es loable, y, fuera de
preocupaciones, nosotros somos ms apreciables que aquellos escritores
sencillos que se explican en el lenguaje comn de los hombres. No
s por qu merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sera
bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundan, por lo que
Scrates dijo a Alcibades que el pueblo era un maestro excelente de
la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aqu tenemos estilo bueno y
malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo.
En fin, desengate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros
antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallarda
de nuestra diccin a la bajeza de la suya. Ellos diran, por ejemplo,
llanamente: _los intermedios hermosean una comedia_. Y nosotros, con
ms gracia, decimos: _los intermedios hacen hermosura en una comedia_.
Observa bien este _hacer hermosura_. Percibes t toda la brillantez,
la delicadeza y gracia que esto contiene?

Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: Vete
al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! T eres un estrafalario!
Y t, con tu estilo natural--repuso l--, eres un gran bestia.
V--prosigui, aplicndome aquellas palabras del arzobispo de
Granada--: _Dle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
bendito de Dios con ellos! Adis, seor Gil Blas! Me alegrar logre
usted todo gnero de prosperidades con algo ms de gusto!_ Repet mis
carcajadas al or esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen
humor, me perdon el desacato con que haba hablado de sus escritos.
Despus de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la
mesa tan amigos como antes. Salimos con nimo de ir a pasearnos al
Prado, pero al pasar por delante de un caf nos di gana de entrar.

A esta casa concurran regularmente gentes de forma. Vi en dos salas
diferentes a algunos caballeros que se divertan de varios modos. En la
una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra haba diez o doce
que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No
tuvimos necesidad de acercarnos para or que el asunto de la contienda
era un punto de Metafsica; porque era tal el calor y vehemencia con
que hablaban que no parecan sino dos energmenos. Yo pienso que si
se les hubiera aplicado el anillo de Elezaro se hubieran visto salir
demonios de sus narices. Vlgame Dios!--dije a mi compaero--. Qu
fogosidad! Qu pulmones! No parece sino que aquellos disputadores
haban nacido para pregoneros! La mayor parte de los hombres yerran
su vocacin! As es la verdad--respondi--. Estas gentes descienden,
al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresala por
entre el ruido de los carreteros; pero lo que ms me disgusta de sus
altercaciones es que atolondran los odos infructuosamente. Dejamos a
estos metafsicos gritadores, y con esto se me desvaneci el dolor de
cabeza que me haban causado. Nos fuimos a un rincn de otra sala, y
habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar
a los que entraban y salan. Como Nez los conoca casi a todos, dijo:
Por vida ma, que la disputa de nuestros filsofos lleva traza de
no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco:
estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ves esos
dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y
cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrs y
delante se llama don Julin de Villanuo. Es un togado nuevo que la
echa del elegante. El otro da fuimos un amigo y yo a comer con l
y le sorprendimos en una ocupacin muy singular: se diverta en su
estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un
pleito que est defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes
dentelladas. El licenciado que le acompaa, aquel cara de tomate, se
llama don Querubn Tonto, es cannigo de la iglesia de Toledo y el
hombre ms negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la
viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrn por sabio y
de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada
y profunda pone la mayor atencin, como si penetrara su asunto, pero
maldita la cosa que entiende. Este fu uno de los convidados en casa
del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi
don Querubn se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los
gestos y demostraciones con que aplauda nuestros chistes daban una
aprobacin superior al mrito de nuestras gracias.

Conoces--dije a Nez--a aquellos dos desgreados que estn de codos
sobre una mesa en el rincn, hablando tan bajo y de cerca que parece
que se besan? No--me respondi--, no los he visto en mi vida; pero,
segn todas las apariencias, sern polticos de caf que murmuran del
Gobierno. Ves a ese caballerete galn que, silbando, se pasea por
la sala, sostenindose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don
Agustn Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los
aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad.
Aquel a quien se acerca es uno de sus compaeros, que compone versos
prosaicos o prosa en rimas y a quien tambin sopla la musa. Todava
hay ms autores--prosigui, sealndome dos hombres que entraban con
espada--. No parece sino que se han citado para venir a pasar revista
delante de ti! Ve all a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastin
de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala ndole, un autor que
parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal malfico, que se
complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que
hace a don Sebastin, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo.
Poco hace que di al teatro una comedia, que ha gustado en extremo,
y por no abusar ms tiempo de la estimacin del pblico la ha hecho
imprimir.

El caritativo discpulo de Gngora se preparaba para continuar
explicndome las diferentes figuras del cuadro variable que tenamos
a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de
Medinasidonia dicindole: Seor don Fabricio, vengo en busca de usted
para decirle que el duque mi seor quisiera hablarle y espera a usted
en su casa. Sabiendo Nez que para satisfacer el deseo de un gran
seor no hay prisa que baste, me dej al momento por ir a ver lo que
le quera su Mecenas, y yo qued muy admirado de haber odo tratarle
de _don_ y de mirarle as convertido en noble, a pesar de ser su padre
maese Crisstomo el barbero.




                             CAPITULO XIV

Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, ttulo de Sicilia.


El gran deseo de ver a Fabricio me llev bien de maana a su casa.
Buenos das--le dije al entrar--, seor don Fabricio, flor y nata de
la nobleza asturiana! Al orme se ech a rer. Conque has notado--me
dijo--que me han tratado de don? S, caballero mo--le respond--,
y permteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformacin,
te olvidaste de lo mejor. Ciertamente--respondi--; pero en verdad
que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer
mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. T conoces a los
espaoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene
la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te dir que veo tantas
gentes--y Dios sabe qu clase de gentes!--que hacen les llamen don
Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como t quieras llamarle, que
es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy comn y que un
plebeyo que tiene mrito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero
mudemos de conversacin--aadi--. Anoche, durante la cena en casa del
duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba
el conde Galiano, ttulo de Sicilia, se toc la conversacin sobre los
ridculos efectos del amor propio. Yo me alegr de hallar ocasin de
divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le cont la historia
de las homilas. Puedes imaginar cunto reiran y qu apodos no se
daran a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han
compadecido de ti, y despus de haberme hecho el conde Galiano muchas
preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respond como
deba, me encarg que te presente a l, y para este fin iba ahora mismo
a buscarte. Segn parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios,
y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este seor te
hallars perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador.
Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas
haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia.
En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud
y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este
seor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, segn lo que
te pronosticaron en Granada.

Haba resuelto--dije a Nez--pasearme y divertirme algn tiempo antes
de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo
que me hace mudar de intenciones. Ya quisiera estar con l! Pronto
estars--me dijo--, o yo me engao mucho. Entonces salimos ambos para
ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo,
quien estaba entonces en una hacienda de campo.

Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas,
y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados.
Si los vestidos eran magnficos, los rostros eran tan extravagantes
que se me figuraron una manada de monos vestidos a la espaola. Puede
afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede
dar hermosura.

Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fu admitido inmediatamente
en la sala, adonde le segu. Estaba el conde en bata, sentado en un
sof y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del ms
profundo respeto, y l nos correspondi inclinando la cabeza y con un
aspecto tan afable que le cobr grande inclinacin; efecto admirable y
ordinario que causa comnmente en nosotros la favorable acogida de los
grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.

Despus que tom el chocolate se divirti algn tiempo en juguetear
con un gran mono, al que llamaba _Cupido_. Ignoro por qu pusieron
el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa
de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le pareca; pero
tal cual era, su amo tena puesto todo su cario en l, y estaba tan
prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos
divertan poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo
que complaci mucho al siciliano, quien suspendi el gusto que tena
en aquel pasatiempo para decirme: En mano de usted estar, amigo mo,
ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le dar
doscientos doblones al ao; basta que don Fabricio sea quien presente
a usted y responda de su conducta. S, seor--exclam Nez--. Soy
ms arrogante que Platn, que no se atrevi a salir por fiador de un
amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer
reconvenciones.

Agradec con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia,
y despus, dirigindome al amo, le asegur de mi celo y fidelidad.
Apenas vi aquel seor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a
su mayordomo, a quien habl en secreto, y en seguida me dijo: Gil
Blas, luego te dir en lo que pienso emplearte; entre tanto v con
mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.
Obedec, dejando a Fabricio con el conde y _Cupido_.

El mayordomo, que era un mesins de los ms diestros, me llev a su
cuarto, llenndome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa
y le mand hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que
los de los criados mayores. El sastre me tom la medida y se retir.
En cuanto a vuestra habitacin--me dijo el mesins--, os he destinado
una que os gustar. Ahora bien--prosigui--: os habis desayunado?
Respondle que no. Qu pobre mozo sois!--me dijo--. Por qu no
hablis? Estis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se
quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en
donde, a Dios gracias, nada falta.

Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al
repostero, que era un napolitano que vala tanto como el mesins, de
modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado
hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracndose de jamn,
lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacan menudear los
tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del
seor conde. Mientras esto pasaba en la repostera, se representaba la
misma comedia en la cocina, en donde el cocinero tambin obsequiaba
a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no beban menos vino que
nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los
marmitones se regalaban con lo que podan pescar. Yo pens estar en el
puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto
estaba viendo era nada en comparacin de lo que no vea.




                              CAPITULO XV

De los empleos que el conde Galiano di en su casa a Gil Blas.


Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitacin,
encontr a la vuelta al conde en la mesa con muchos seores y el poeta
Nez, que con aire desembarazado se haca servir como uno de tantos y
se mezclaba en la conversacin. Al mismo tiempo observ que no deca
palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. Viva el talento!
El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!

Por lo que a m toca, com con los criados mayores, que fueron servidos
con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retir a mi
cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condicin, me dije a m mismo:
Ahora bien, Gil Blas: ya ests sirviendo a un conde siciliano cuyo
carcter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estars
en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro,
y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que
no debes fiarte de ella. Adems de esto, ignoras el destino que
quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. En qu querr que t
le sirvas? Siempre querr que lleves el caduceo, es decir, que seas
su confidente secreto. Pues sea enhorabuena! No se podra entrar
bajo mejor pie en casa de un seor para andar mucho en poco tiempo.
Sirviendo empleos ms honrosos se camina lentamente, y aun con eso no
siempre se consigue el fin.

En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que
todos los caballeros que haban comido en casa se haban marchado y
que su seora me llamaba. Fu volando a su aposento, en donde le
encontr echado en un sof para dormir la siesta y con su mono al
lado. Acrcate, Gil Blas--me dijo--; toma una silla y escchame.
Obedecle y me habl en estos trminos: Me ha dicho don Fabricio
que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que
eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado
a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto,
cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes.
Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los aos a mis
rentas. Y por qu? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi
casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi
repostero caminan de acuerdo, y si no me engao, ve aqu ms de lo que
se necesita para arruinarme enteramente. Me dirs que si los contemplo
bribones por qu no los despido; pero en dnde hallar otros que sean
formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile
sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti,
Gil Blas, he elegido para el desempeo de esta comisin. Si la evacuas
bien, ten por cierto que no servirs a un ingrato. Cuidar de emplearte
muy ventajosamente en Sicilia.

Despus de haberme hablado de esta manera me despidi, y aquella misma
noche, delante de todos los criados, fu proclamado por superintendente
de la casa. Por el pronto no fu muy sensible esta novedad al mesins
y al napolitano, porque yo les pareca un picarillo fcil de ganar y
contaban con que partiendo conmigo la torta tendran libertad para
continuar su rumbo; pero al da siguiente se hallaron muy chasqueados
cuando les manifest que yo era enemigo de toda malversacin. Ped
al mayordomo un estado de las provisiones, visit el depsito de los
vinos, registr lo que haba en la repostera, quiero decir, la vajilla
y mantelera, y despus los exhort a mirar por el caudal del amo, a
usar de economa en el gasto, y acab mi exhortacin con asegurarles
que dara cuenta a su seora de cuanto malo viese hacer en su casa.

No me content con esto, sino que quise tener un espa para averiguar
si haba alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me val de un
marmitn que, engolosinado con mis promesas, dijo que no poda haber
escogido otro ms a propsito que l para saber lo que pasaba en casa;
que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por
su parte; que todos los das enviaban fuera la mitad de las provisiones
que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantena
a una dama que viva enfrente del colegio de Santo Toms y el mesins
a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacan llevar
todas las maanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que
el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que
conoca en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que
haca a los otros dos, dispona como ellos de los vinos del depsito.
Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme
que se haca en casa del seor conde. Si usted no me cree--aadi el
marmitn--, tmese el trabajo de estar maana por la maana, a eso
de las siete, cerca del Colegio de Santo Toms, y me ver cargado con
un esportn, que le har ver que no miento. Segn eso--le dije--,
eres el mandadero de esos galanes proveedores? Yo soy--respondi--el
que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del
mayordomo.

Esta noticia me pareci digna de averiguarse. El da siguiente tuve la
curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Toms a la hora sealada.
No tuve que aguardar mucho a mi espa, pues bien pronto le vi llegar
con un gran esportn lleno de carne, aves y caza. Cont las piezas y
las apunt en mi libro de memoria, que fu a mostrar al amo, despus de
haber dicho al marmitn que cumpliese como de ordinario su encargo.

El seor siciliano, que era de un carcter muy vivo, quiso en el
primer impulso despedir al napolitano y al mesins; pero, despus
de haberlo pensado, se content con despedir al ltimo, cuya plaza
recay en m, por lo que mi empleo de superintendente qued suprimido
poco despus de su creacin, y confieso con franqueza que no me pes.
Hablando con propiedad, ste no era mas que un empleo honorfico de
espa, un destino que nada tena de slido, siendo as que llegando
a ser mayordomo tena a mi disposicin la caja del dinero, que es lo
principal. Un mayordomo es el criado de ms suposicin en casa de
un seor, y son tantos los gajes anejos a la mayordoma que podra
enriquecerse sin faltar a la hombra de bien.

El bellaco del napolitano no dej por eso sus malas maas, y
advirtiendo que yo tena un celo riguroso y que as no dejaba de
registrar todas las maanas las provisiones que compraba, no las
extraviaba; pero el tunante continu haciendo traer cada da la misma
cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo
sobrante de la mesa, que de derecho le perteneca, hall medio de
enviar la carne cocida a su queridita, ya que no poda cruda. Aquel
diablo nada perda y el conde nada haba adelantado con tener en su
casa al fnix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar
en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente
puse en ello remedio, despojndolas de todo lo superfluo, lo que, sin
embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez.
Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusin, y,
sin embargo, no dej de disminuir con esta economa considerablemente
el gasto, que era lo que el amo deseaba; quera ahorrar sin parecer
menos esplndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su
ostentacin.

No pararon aqu mis providencias, porque tambin reform otro abuso.
Viendo que el vino iba por la posta, sospech que haba tambin trampa
por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, haba doce a la mesa
de su seora, se beban cincuenta, y algunas veces hasta sesenta
botellas, lo que no poda menos de causarme admiracin. Consult sobre
esto a mi orculo, es decir, a mi marmitn, con quien yo tena algunas
conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo
que se deca y haca en la cocina, en donde nadie se recelaba de l.
Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba proceda de una nueva
liga que se haba formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos
que servan el vino a la mesa, que stos se llevaban las botellas medio
llenas y las distribuan despus entre los confederados. Re a los
lacayos y les amenac con echarlos a la calle si volvan a reincidir,
y esto bast para que se enmendasen. Tena gran cuidado de informar a
mi amo de las menores cosas que haca en su beneficio, con lo que me
llenaba de alabanzas y cada da me cobraba ms afecto. Por mi parte,
recompens al marmitn que me haca tan buenos oficios, hacindole
ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las
casas principales.

El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de l, y lo que
senta ms vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre
que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me
tom la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los
gneros, de suerte que le esperaba con esta prevencin. Y como l no
dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien
persuadido de que me maldecira cien veces al da; pero la causa de
sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No s cmo
poda resistir a mis pesquisas ni cmo continuaba sirviendo al seor
siciliano; sin duda que l, a pesar de todo esto, haca su agosto.

Contaba a Fabricio, a quien vea algunas veces, mis inauditas proezas
econmicas; pero le hallaba ms propenso a vituperar mi conducta que
a aprobarla. Quiera Dios--me dijo un da--que al cabo y al postre
sea bien recompensado tu desinters! Pero, hablando aqu para los dos,
creo que saldras ms bien librado si no te estrellases tanto con el
repostero. Pues qu--le respond--, este ladrn ha de tener la
osada de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado
que no cost ms que cuatro? Y quieres t que yo pase esta partida?
Y por qu no?--replic serenamente--. Que te d la mitad del aumento
y har las cosas en forma. A fe ma, amigo--continu, meneando la
cabeza--, que no te sabes gobernar. T, a la verdad, echas a perder
las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el
dedo tenindolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante
a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar
los galanes tmidos. Reme de las expresiones de Nez, que por su
parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello haba sido
slo una chanza: se avergonzaba de haberme dado intilmente un mal
consejo. Continu siempre en el firme propsito de ser fiel y celoso,
atrevindome a asegurar que en cuatro meses con mi economa ahorr a mi
amo por lo menos tres mil ducados.




                             CAPITULO XVI

Del accidente que acometi al mono del conde Galiano y de la pena que
caus a este seor. Cmo Gil Blas cay enfermo y cules fueron las
resultas de su enfermedad.


El sosiego que reinaba en la casa le turb extraamente un suceso que
al lector le parecer una bagatela, pero que, no obstante, lleg a ser
muy serio para los criados, y sobre todo para m. _Cupido_, aquel mono
de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un da
de una ventana a otra tom tan mal sus medidas que cay al patio y se
disloc una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empez
a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento ech la
culpa a sus criados, sin excepcin, y falt poco para que los echara
a todos a la calle. No obstante, limit su indignacin a maldecir
nuestro descuido y darnos mil eptetos con palabras descomedidas.
Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos ms hbiles de Madrid en
fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido,
repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por ms que
asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no
retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta
su perfecta curacin.

Hara mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el
seor siciliano durante este tiempo. Se creer que no se apartaba en
todo el da de su _Cupido_? Estaba presente cuando le curaban y de
noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo ms penoso era que
con precisin haban de estar todos los criados, y principalmente
yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en
servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de
reposo hasta que la maldita bestia, curada de su cada, volvi a sus
saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar
crdito a la narracin de Suetonio cuando dice que Calgula amaba tanto
a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para
servirle, y que tambin quera hacerle cnsul. Mi amo no estaba menos
enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.

Por desgracia ma, yo me distingu ms que todos los criados en
complacer al amo, y trabaj tanto en cuidar de su _Cupido_ que ca
enfermo. Me di una fuerte calentura, que se agrav de modo que perd
el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince das que
estuve a la muerte, y solamente s que mi mocedad luch tanto con la
calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin
recobr el conocimiento. El primer uso que hice de l fu observar que
estaba en un cuarto diferente del mo. Quise saber por qu, y se lo
pregunt a una vieja que me asista; pero me respondi que no hablara,
porque el mdico lo haba prohibido expresamente. Cuando estamos
buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando
malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.

Aunque ms desease hablar con mi asistenta, tom la determinacin
de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como
elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas
camisolas guarnecidas de encaje. Me imagin que eran algunos seores
amigos de mi amo, que por atencin a l me venan a ver, y en esta
inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por poltica me
quit el gorro; pero mi asistenta me volvi a tender a la larga,
dicindome que aquellos seores eran el mdico y el boticario que me
asistan.

El doctor se acerc a m, me tom el pulso, mirme atentamente el
rostro, y habiendo observado todas las seales de una prxima curacin,
se revisti de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de
suyo, y dijo que slo faltaba tomase una purga para acabar su obra,
y que en vista de esto bien poda alabarse de haber hecho una buena
curacin. Despus de haber hablado de esta suerte dict al boticario
una receta, mirndose al mismo tiempo a un espejo, atusndose el pelo
y haciendo tales gestos que no pude dejar de rerme a pesar del estado
en que me hallaba. Hzome una cortesa y se march, pensando ms en su
cara que en las drogas que haba recetado.

Luego que sali, el boticario, que sin duda no fu a mi casa en vano,
se prepar para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque
temiese que la vieja no se dara buena maa, o sea por hacer valer ms
el gnero, quiso operar por s mismo; pero, a pesar de su destreza,
apenas me haba disparado la carga cuando, sin saber cmo, la rechac
sobre el manipulante, ponindole el vestido de terciopelo como de
perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tom una toalla, se
limpi sin decir palabra y se fu, bien resuelto a hacerme pagar lo que
le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisin de enviar
su vestido.

A la maana siguiente volvi, vestido ms llanamente, aunque nada tena
que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor haba recetado el
da antes. Yo me senta por momentos mejor; pero, fuera de eso, haba
cobrado tanta aversin desde el da anterior a los mdicos y boticarios
que maldeca hasta las Universidades en donde a estos seores se les da
la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposicin, declar,
enfadado, que no quera ms remedios y que fueran a los diablos
Hipcrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la
cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina
con tal que se la pagase, la dej sobre la mesa y se retir sin decirme
una palabra.

Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje,
contra el cual haba formado tal aprensin que habra credo beber
veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia aad otras:
romp el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que
positivamente quera era me diese noticias de mi amo. La vieja, que
tema excitar en m una alteracin peligrosa si me responda, o, por el
contrario, que si dejaba de satisfacerme irritara mi mal, se detuvo un
poco; pero la inst con tal empeo que al fin me respondi: Caballero,
usted no tiene ms amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto
a Sicilia.

Me pareca increble lo que oa; pero nada era ms cierto. Este seor,
desde el segundo da de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa,
tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tena, a una
posada, en donde me dej abandonado sin ms ni ms a la Providencia
y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte
para restituirse a Sicilia, y se march tan aceleradamente que no pudo
pensar en m, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque
las personas de distincin suelen padecer estas faltas de memoria.

Mi asistenta fu la que me lo cont todo, y me dijo que ella era
la que haba buscado mdico y boticario para que no muriese sin su
asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo
desvaro. Adis mi establecimiento ventajoso en Sicilia! Adis mis
ms dulces esperanzas! Cuando os suceda alguna desgracia--dice un
Papa--, examinaos bien y encontraris que siempre habis tenido alguna
parte de culpa. Con perdn de este Santo Padre, no puedo descubrir en
qu hubiese yo contribudo a mi fatalidad en aquella ocasin.

Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me haba llenado
la cabeza, lo primero que me ocup el pensamiento fu mi maleta, que
hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspir. Ay
mi amada maleta--exclam--, nico consuelo mo! A lo que veo, has
estado a merced de manos ajenas! No, no, seor Gil Blas--me dijo
entonces la vieja--; crea usted que nada le han robado! He guardado su
maleta lo mismo que mi honra.

Encontr el vestido que llevaba cuando entr a servir al conde, pero
busqu en vano el que me mand hacer el mesins. Mi amo no haba
tenido por conveniente dejrmelo o alguno se lo haba apropiado. Todo
lo restante de mi ajuar estaba all, y tambin una bolsa grande de
cuero donde tena mi dinero. Lo cont dos veces, porque a la primera,
no hallando mas que cincuenta doblones, no cre quedasen tan pocos de
doscientos sesenta que dej en ella antes de mi enfermedad. Qu es
esto, buena mujer?--dije a mi asistenta--. Mi caudal se ha disminudo
mucho. Nadie ha llegado a l--respondi la vieja--, y he gastado lo
menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho;
es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted--aadi la buena
econmica sacando de la faltriquera un legajo de papeles--, vea usted
una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os har ver que no he
malgastado un ochavo.

Recorr la cuenta, que bien tendra sus quince o veinte hojas. Dios
misericordioso, qu de aves se haban comprado mientras yo estuve
sin sentido! Solamente en caldos ascendera la suma por lo menos a
doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a sta. No es
decible lo que haba gastado en carbn, en luz, en agua, en escobas,
etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total
llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, deban quedar
todava doscientos treinta. Djeselo; pero la vieja, con un aire de
sencillez, empez a poner por testigos a todos los santos de que en
la bolsa no haba mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del
conde le haba entregado mi maleta. Qu dice usted, buena mujer?--le
interrump con precipitacin--. Fu el mayordomo quien di a usted mi
ropa? El fu realmente--me respondi--; por ms seas, que al drmela
me dijo: Tome usted, buena mujer; cuando el seor Gil Blas est frito
en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta
maleta hay con qu hacerle las honras.

Ah maldito napolitano!--exclam entonces--. Ya no necesito saber en
dnde para el dinero que me falta! T lo has llevado, para desquitarte
de lo que te he impedido hurtases! Despus de esta invectiva, di
gracias al Cielo de que el bribn no hubiese cargado con todo. No
obstante, aunque yo tena motivo para imputarle el hurto, no dej de
discurrir que acaso poda haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan
presto recaan sobre el uno como sobre el otro, mas para m siempre
era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las
partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso
que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y
despedirla de all a tres das.

Me imagino que al salir de mi casa fu a avisar al boticario de que yo
la haba despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder
tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de all a poco
que apenas poda echar el aliento. Dime su cuenta, en la que venan
los supuestos remedios que me haba suministrado cuando estaba yo sin
sentido, puestos con unos nombres que no entend, aunque haba sido
mdico. Esta se poda llamar propiamente cuenta de boticario, y as,
cuando lleg el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo
que rebajase la mitad y l porfiando que no bajara un maraved: pero
hacindose cargo al fin el boticario de que las haba con un mozo que
en el da poda marcharse de Madrid, tom a bien contentarse con lo
que le ofreca, es decir, con tres partes ms de lo que valan sus
medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento
mo le afloj el dinero, con lo que se retir, bien vengado de la
desazoncilla que le caus el da de la lavativa.

El mdico lleg casi al punto, porque estos animales van siempre uno
tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que haban sido
frecuentes, y se march contento. Mas, para acreditarme que haba
ganado bien su dinero, antes de retirarse me refiri por menor las
mortales consecuencias que haba precavido en mi enfermedad, lo cual
hizo en trminos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada
comprend de cuanto dijo. Luego que sal de l me juzgu ya libre de
todos los familiares de las Parcas; pero me engaaba, porque vino
tambin un cirujano, a quien en mi vida haba visto. Saludme muy
cortsmente y manifest mucho gusto de hallarme fuera del peligro
en que me haba visto, atribuyendo este beneficio--deca l--a dos
copiosas sangras que me haba hecho y a unas ventosas que haba tenido
la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todava; me
fu preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se
qued tan flaco mi bolsillo que se poda decir era un cuerpo aniquilado
y que ni aun le quedaba el hmedo radical.

Al verme otra vez abismado en tan miserable situacin, empec a
desanimarme. En casa de mis ltimos amos me haba aficionado de
suerte a las comodidades de la vida que no poda ya, como en otro
tiempo, considerar la indigencia del modo que un filsofo cnico. A
la verdad, no deba entristecerme, teniendo repetidas experiencias de
que la fortuna apenas me derribaba cuando me volva a levantar; antes
hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasin de inmediata
prosperidad.


FIN DEL TOMO SEGUNDO




                        NDICE DEL TOMO SEGUNDO


                                                              _Pginas._


                             LIBRO CUARTO

  CAPTULO I.--No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres
  de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor
  conveniencia.                                                        5

  CAPTULO II.--Cmo recibi Aurora a Gil Blas, y la
  conversacin que con l tuvo.                                       13

  CAPTULO III.--De la gran mutacin que sobrevino en casa de
  don Vicente y de la extraa determinacin que el amor hizo
  tomar a la bella Aurora.                                            18

  CAPTULO IV.--El casamiento por venganza. (Novela).                 26

  CAPTULO V.--De lo que hizo doa Aurora de Guzmn luego que
  lleg a Salamanca.                                                  64

  CAPTULO VI.--De qu ardides se vali Aurora para que la amase
  don Luis Pacheco.                                                   78

  CAPTULO VII.--Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a
  don Gonzalo Pacheco.                                                89

  CAPTULO VIII.--Carcter de la marquesa de Chaves, y personas
  que ordinariamente la visitaban.                                   104

  CAPTULO IX.--Por qu incidente Gil Blas sali de casa de la
  marquesa de Chaves y cul fu su paradero.                         110

  CAPTULO X.--Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.       117

  CAPTULO XI.--Quin era el viejo ermitao y cmo conoci Gil
  Blas que se hallaba entre amigos.                                  136


                             LIBRO QUINTO

  CAPTULO I.--Historia de don Rafael.                               143

  CAPTULO II.--De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus
  oyentes y de la aventura que les sucedi al querer salir del
  bosque.                                                            235


                              LIBRO SEXTO

  CAPTULO I.--De lo que hicieron Gil Blas y sus compaeros
  despus que se separaron del conde de Poln; del importante
  proyecto que form Ambrosio y cmo se ejecut.                     241

  CAPTULO II.--De la resolucin que tomaron don Alfonso y Gil
  Blas despus de esta aventura.                                     249

  CAPTULO III.--Cmo don Alfonso se halla en el colmo de su
  alegra y la aventura por la cual se vi de repente Gil Blas
  en un estado dichoso.                                              254


                             LIBRO SPTIMO

  CAPTULO I.--De los amores de Gil Blas y de la seora Lorenza
  Sfora.                                                            259

  CAPTULO II.--De lo que le sucedi a Gil Blas despus de
  dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo
  el mal suceso de sus amores.                                       268

  CAPTULO III.--Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo
  de Granada y el conducto de sus gracias.                           276

  CAPTULO IV.--Dale un accidente de apopleja al arzobispo. Del
  lance crtico en que se halla Gil Blas y del modo con que
  sali de l.                                                       283

  CAPTULO V.--Partido que tom Gil Blas despus que le despidi
  el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado Garca y
  cmo le manifest ste su agradecimiento.                          288

  CAPTULO VI.--Va Gil Blas a ver representar a los cmicos de
  Granada; de la admiracin que le caus el ver a una actriz y
  de lo que le pas con ella.                                        292

  CAPTULO VII.--Historia de Laura.                                  300

  CAPTULO VIII.--Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los
  cmicos de Granada y de la persona a quien reconoci en el
  vestuario.                                                         317

  CAPTULO IX.--Del hombre extraordinario con quien Gil Blas
  cen aquella noche y de lo que pas entre ellos.                   321

  CAPTULO X.--De la comisin que el marqus de Marialba di a
  Gil Blas y cmo la desempe este fiel secretario.                 325

  CAPTULO XI.--De la noticia que supo Gil Blas, y que fu un
  golpe mortal para l.                                              329

  CAPTULO XII.--Gil Blas se aloja en una posada de caballeros,
  en donde adquiere conocimiento con el capitn Chinchilla; qu
  clase de hombre era este oficial y qu negocio le haba
  llevado a Madrid.                                                  334

  CAPTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en la corte a su querido
  amigo Fabricio, y de la grande alegra que de ello recibieron.
  A dnde fueron los dos, y de la curiosa conversacin que
  tuvieron.                                                          343

  CAPTULO XIV.--Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde
  Galiano, ttulo de Sicilia.                                        356

  CAPTULO XV.--De los empleos que el conde Galiano di en su
  casa a Gil Blas.                                                   360

  CAPTULO XVI.--Del accidente que acometi al mono del conde
  Galiano y de la pena que caus a este seor. Cmo Gil Blas
  cay enfermo y cules fueron las resultas de su enfermedad.        368




                         OBRAS DE J. H. FABRE

                          EDITADAS POR CALPE


Cinco volmenes en 8., de unas 300 pginas cada uno.

LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS
OBRAS NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA


                        TITULO DE CADA VOLUMEN

=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 lminas
fuera de texto, segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color.
En rstica, 5 pesetas; en tela, 7.

=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 lminas fuera de texto,
segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5
pesetas; en tela, 7.

=La vida de los insectos=, con grabados y 11 lminas fuera de texto,
segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5
pesetas; en tela, 7.

=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales
a la agricultura, con grabados y 16 lminas fuera de texto, segn
fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5 pesetas;
en tela, 7.

=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales tiles a la
agricultura, con grabados y 16 lminas fuera de texto, segn
fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5 pesetas;
en tela, 7.




                        COLECCIN CONTEMPORNEA


                    Los mejores novelistas modernos

Obras escogidas entre los ms selecto de la produccin literaria de
nuestros das y publicadas por CALPE:


Marcelo Proust.--=Por el camino de Swan.=--Dos tomos. Cada uno,
encuadernado, 6 pesetas; en rstica, 5.

Miguel de Unamuno.--=Tres novelas ejemplares y un
prlogo.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rstica, 3.

Toms Mann.--=La muerte en Venecia, y Tristn.=--Encuadernado, 6
pesetas; en rstica, 5.

Antn Chejov.--=El jardn de los cerezos, y Cuentos.=--Encuadernado, 6
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Leonardo Coimbra.--=La Alegra, el Dolor y la Gracia.=--Encuadernado, 6
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Enrique Mann.--=Las diosas.=--Tomo I.--=Diana.= Encuadernado, 6
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Ana Vivanti.--=Los devoradores.=--Dos tomos. Cada uno, encuadernado,
5,50 pesetas; en rstica, 4,50.

Juan Giraudoux.--=La escuela de los indiferentes.=--Encuadernado, 5,50
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Francis Jammes.--=Rosario al sol.=--Encuadernado, 5 pesetas; en
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Emilio Clermont.--=Laura.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rstica, 4.

Israel Zangwill.--=Los hijos del Ghetto.=--Dos tomos. Cada uno,
encuadernado, 5 pesetas; en rstica, 4.

Valery-Larbaud.--=Fermina Mrquez.=--Encuadernado, 4,50 pesetas; en
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Eugenio d'Ors.--=Oceanografa del tedio, e Historias de Las
Esparragueras.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rstica, 3.

Arturo Schnitzler.--=Anatol, y "A la cacata verde".=--Encuadernado, 4
pesetas; en rstica, 3.

Raul Brando.--=La farsa.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rstica, 3.

Lafcadio Hearn.--=El romance de la Va Lctea.=--Encuadernado, 4
pesetas; en rstica, 3.

  --=Kwaidan.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rstica, 3.

Julin Benda.--=La ordenacin.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rstica, 3.

Jeromo y Juan Tharaud.--=Un reino de Dios.=--Encuadernado, 4 pesetas;
en rstica, 3.


                          LOS GRANDES VIAJES
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Ansorge: =Bajo el sol africano.= Un tomo de 432 pginas, con 123
grabados, 14 lminas fuera de texto y portada a varios colores, 20
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Charcot: =El Pourquoi-pas? en el Antrtico.= Un tomo de 478 pginas,
con 121 grabados, 43 lminas y tres mapas, cubiertas a varios colores,
20 pesetas.

Sverdrup: =Cuatro aos en los hielos del Polo.= Dos tomos, con 908
pginas, 35 lminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo,
20 pesetas.

Haviland: =De la taiga y de la tundra.= (La vida en el Bajo
Yenisei.) Un volumen de 320 pginas, con numerosos grabados, 15 pesetas.

Alexander: =Del Nger al Nilo.= Dos tomos. El tomo I consta de 436
pginas, con 27 lminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 pginas, con
24 lminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas.

Orjan Olsen: =Los soyotos. Nmadas pastores de renos.= Un volumen de
240 pginas, con 49 figuras, 8 lminas y un mapa, 14 pesetas.


                               EN PRENSA

Algot Lange: =El Bajo Amazonas=.

Erland Nordenskjold: =Exploraciones y aventuras en la Amrica del Sur=.

Sven Hedin: =Transhimalaya=.





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(Vol 2 de 3), by Alain-Ren Lesage

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1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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