The Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Po

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Title: El Sabor de la Venganza
       Memorias de un hombre de accin, tomo 11

Author: Baroja Po

Release Date: March 6, 2017 [EBook #54285]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***




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  Nota del Transcriptor:


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  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

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  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                              PO BAROJA


                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrn del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._




                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                        EL SABOR DE LA VENGANZA




                             ES PROPIEDAD
                          DERECHOS RESERVADOS
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                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1921

  Establecimiento tipogrfico
  de Rafael Caro Raggio




                              PO BAROJA


                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                              EL SABOR DE
                              LA VENGANZA

                            SEGUNDA EDICIN


                             [Ilustracin]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZBAL, 34
                                MADRID




                                PRLOGO

                                              Hablemos un poco.

                                                 GOETHE.


ESTAS historias violentas de sangre--dice nuestro amigo Legua--me las
cont Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria,
adonde don Eugenio iba a veranear los ltimos aos de su vida. Yo sola
ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y viva en
la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca
de los ochenta aos; y yo, aunque ms joven que l, senta que tambin
para m haba pasado la poca de la accin y del entusiasmo. Los dos,
solitarios y olvidados, recordbamos nuestros tiempos, que nos parecan
mejores que aquellos en que vivamos.

Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la
que se haba casado, ya viejo, me deca que no dejara de visitar a su
marido.

--El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo--me indicaba la
francesa.

--Yo voy a verle siempre que puedo.

--Est tan abandonado!--aada ella.

En la poca de la guerra francoprusiana, Josefina me escribi que don
Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se
quedaba all hasta reponerse.

Fu a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontr ya bien.

Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendi una gran
borrasca de fro y nieve y tuve que quedarme all unos das hasta que
pasara.

San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado
por las ruinas de un castillo. Don Eugenio viva en casa del nieto de
un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el to Chaparro.

El to Chaparro era dueo de grandes rebaos y tena una hermosa casa
de piedra con una cocina ancha, que coga casi la mitad del piso bajo.

El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un hroe, y ms que
como a un hroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba
que todo el mundo le obedeciese y le pona un gran silln de cuero al
lado de la lumbre. De noche, en la cocina, sola haber gran reunin de
cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus tnicas
como dalmticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecan
pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solamos tener largas charlas al
lado del fuego, en las que recordbamos sucesos polticos, y nuestras
conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.

Aviraneta se entretena escribiendo una relacin de sus aventuras
de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba
cndidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la
manera de rechazar la invasin alemana.

Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la
traduccin de Cipriano de Valera, y haca comentarios acerca de sus
mximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espritu
muy poco bblico, me entretena la lectura, aunque muchas veces me
repugnaba.

Un da le dije a don Eugenio:

--No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Crcel de
Corte el ao 1834.

--Qu voy a contar de all? Era la ma una vida montona y siempre
igual. En la crcel los das se parecen demasiado uno a otro. Se vive
recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir
de la prisin.

--Cunteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la crcel y de su
vida en ella.

--No creo que sea muy interesante, pero te lo contar.

Los datos que me di Aviraneta de su estancia en la Crcel de Corte no
fueron ni muy nuevos ni de gran inters.

Si los menciono aqu es porque la Crcel de Corte sirve de marco a las
historias sangrientas que siguen despus.

       *       *       *       *       *

Y ahora una advertencia:

Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con
unas banderolas vistosas para que tengan ms apariencia, as he hecho
yo poniendo despus de acabada mi obra frases literarias de escritores
clebres al frente de los captulos.

As he pretendido dar a stos cierto aire de pompa y de solemnidad que,
naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne.
De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las
banderolas.




                          LA CRCEL DE CORTE




                                   I

                              EL CALAMAR

                                      Sobre mi cabeza, escuchad!
                                      Escuchad los gritos prolongados
                                      y frenticos de aquellos
                                      cuyo cuerpo y cuya alma son
                                      igualmente cautivos.

                                      LORD BYRON: _La lamentacin del
                                      Taso_.


DENUNCIADO por Francisco Civat y preso por el inspector Luna--comenz
diciendo Aviraneta--ingres el 24 de julio de 1834 en la Crcel de
Corte.

Martnez de la Rosa, que me tena por un hombre peligroso, tom
precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la
crcel fueron destitudos el alcaide, un llavero y otros carceleros
considerados como liberales y que pertenecan a la Milicia Urbana,
y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no
era torpe, y comprendi que nada mejor para guardar a un conspirador
liberal que unos carceleros absolutistas.

A poco de entrar en la crcel se comenz mi proceso en el juzgado del
teniente corregidor don Pedro Balsera.

Martnez de la Rosa eligi para juez de la causa a un tal Regio,
absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso
de alta traicin; y de fiscal nombr a don Laureano de Jado, antiguo
afrancesado del tiempo del rey Jos, despus protegido de Calomarde y,
por ltimo, amigo de Rosita la pastelera.

Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado
contra m porque entre los papeles que me cogi la polica haba dos
circulares, en una de las cuales deca que el Estatuto Real estaba
formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del
carlismo, y en la otra recomendaba la prisin y el destierro en bloque
del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista,
Miano y sus amigos, que se entendan con Luis Felipe para impedir toda
tentativa liberal en Espaa.

A don Laureano, que haba formado parte de la Comisin Militar de
Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chapern, le pareca mucha
severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre,
vanaglorindose de su cultura, tenan que influr a favor de la rutina
y del absolutismo.

Para escribano de la causa eligieron a don Juan Jos Garca, ex
sargento realista, que pasados unos aos figur como secretario de la
Junta facciosa de Morella.

As, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba
vigilado por furibundos absolutistas.

Al entrar en la crcel se dijo que yo me haba comido la lista de los
comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos
mil nombres no se la come uno por buen estmago que tenga. Me bat con
el juez y con el fiscal y les mare con declaraciones contradictorias.
Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.

Tan pronto apareca la Isabelina como una sociedad secreta, de la que
formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco,
Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no haba pasado
de utopa acariciada en mi imaginacin.

Entre otras cosas le dije al juez que tena guardados documentos
importantsimos, y que si mora en la crcel estos documentos se
publicaran inmediatamente en Pars despus de mi muerte.

La amenaza di grandes resultados.

El juez me deca:

--Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.

--No presentar documento alguno si no me dejan libre.

--Qu miedo puede usted tener?

--Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar
impunemente.

Le dije tambin al juez, en confianza, que el infante don Francisco y
su mujer pretendan la expulsin de Mara Cristina y de sus hijas para
quedarse ellos con la Regencia de Espaa. Que despus pensaban elevar
al trono al infante don Francisco, y que se haban acuado monedas
con esta leyenda: Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la
Constitucin.

--Estos proyectos no se los habrn contado a usted los mismos
infantes?--me dijo el juez con sorna.

--S.

--Es que ha hablado usted con ellos?

--S, seor.

--Bah!

--No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector
de polica Luna me encontraron en la antecmara de Palacio la primera
vez que fu a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregnteles usted
a Burgos y a Luna: lo podr usted comprobar.

El juez no saba a qu carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira
y la verdad, y l no saba separarlas. Indignado el hombre, en uno de
sus escritos me llam malvado y miserable, y dijo pblicamente que yo
acusaba al infante don Francisco y a Palafox.

Estas declaraciones mas, que se conocieron en Palacio, me valieron el
odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de
Mara Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo,
que los amigos de una eran slo por esto enemigos de la otra.

El general Palafox se debi ver en un apuro; afirm que no tena
relacin alguna con la Isabelina y que no me conoca a m, aunque por
otra parte me crea persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo
que el plan revolucionario mo era una fantasa, y asegur que el
capitn Civat era un agente carlista que me haba engaado a m, sin
decir que el primer engaado haba sido l.

El mismo da Palafox envi a su sobrino a casa de mi hermana con el
encargo de decirla que l pondra en juego sus altas influencias para
sacarme lo ms pronto posible de la crcel.

A Palafox se le orden que quedara arrestado en un cuartel, y luego,
con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dej
detenido en su propia casa, en comunicacin con su familia y sus amigos.

Despus, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba
que el nico conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto,
no haba conspiracin, los que tenan miedo de aparecer complicados
se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpel al
Gobierno por la prisin de Palafox; y Martnez de la Rosa contest
dando a entender que lo saba todo.

Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que
formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas,
Olavarra, Romero Alpuente, Espronceda, Garca Villalta. Todos ellos
ingresaron en la Crcel de Corte. En provincias se hicieron tambin
muchas prisiones.

A las dos o tres semanas no quedbamos all mas que Beraza, Romero
Alpuente y yo. Beraza no s cmo se las arregl para salir pronto.

Espronceda y Garca Villalta, a pesar de su fachenda byroniana,
cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sac de la
prisin y se les llev desterrados a Badajoz.

Me qued con el compaero peor, Romero Alpuente, viejo decrpito y sin
nimo.

Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta
de aseo y de los parsitos de la crcel; despus, cuando invadi
el clera la prisin, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama
escribiendo memoriales a la Reina.




                                  II

                                 SOLO

                                              Desgracia al hombre solo.

                                                   EL ECLESIASTS.


POCO a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces
clebre, quedaron libres. Yo solo permanec en la crcel vigilado
estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a
un pronunciamiento.

Nadie fu castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don
Francisco Civat, fu agraciado poco despus por el ministerio, contra
el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista
de la aduana de Barcelona. Lo disfrut poco tiempo, porque en el primer
movimiento revolucionario que hubo all tuvo que esconderse y fugarse a
Francia, en donde tom partido por Don Carlos.

Despus de muchas declaraciones mas, el fiscal don Laureano de Jado
declar inocentes a todos los procesados, y consider que el nico
culpable era yo. Mientras el proceso dur, la preocupacin por lo que
tena que decir y que contestar me tuvo en tensin el espritu; luego
pas una temporada aburrido y desesperado.

Se comenz a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de m
en los peridicos. Don Fermn Caballero, que no era de mi cuerda, y
que tena cierta rabia por los que nos sentamos capaces de jugarnos
la vida en una conspiracin como la fraguada en julio, dijo que la
Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno,
que no tena ms misin que la de alborotar.

Cuando me nombraba a m en el _Eco del Comercio_ me llamaba el
atolondrado Aviraneta. Atolondrado! Claro es, porque yo haba expuesto
el pellejo y l no lo haba expuesto nunca.

Hay demcratas--y al decir esto don Eugenio sonrea con cierto
desprecio--, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el
tiempo a los hroes y a los aventureros.

Esta idea me parece una idea falsa y ridcula. Siempre habr un
desequilibrio entre la realidad y la utopa que permita una aventura al
que tenga fondo de aventurero.

Adems, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo,
improvisacin y energa? No veo por qu el ideal de la vida haya de
ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de
comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. Cundo se han hecho
cosas admirables sin esfuerzo y sin herosmo? Se harn alguna vez? Yo
creo que nunca.

Por ms que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habr
boquetes libres para escaparse; por ms que los Gobiernos decreten que
los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el
pesar muchas arrobas, siempre habr jabales entre ellos.

Por esta poca del clera, el partido cristino tuvo el primer
quebranto, al hacerse pblico que la Reina se haba enredado con Muoz
y que haba tenido un hijo. Todo Madrid deba estar comentando con
fruicin el caso, y la noticia lleg hasta la crcel.

Se habl de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre Mara
Cristina y el guardia de Corps; se habl de la ta Eusebia, del
estanquero de Tarancn, de la nia Gertrudis Magna Victoria, que, segn
los chuscos, poda poner con el tiempo en su escudo los lirios de los
Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muoces.

Se cont que estando de caza en el Pardo Mara Cristina con la Corte,
la Reina le dijo a Muoz, al ver saltar una pieza: Para ti, Muoz; y
que l contest: No; para ti, Cristina.

Se cont tambin que se haba reunido el Gabinete con el objeto de
discutir la cuestin de los amores de la Reina, y se habl en broma
de lo que haban aconsejado los unos y los otros. Se deca que los
ms conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar
moderacin a aquella italiana, ardiente y fogosa.

Martnez de la Rosa deca que Zarco del Valle, como militar galante,
era el ms a propsito para llevar a buen trmino, y de una manera
delicada, esta gestin de ndole moderada; Toreno aseguraba que
Garelly era el ms insinuante y jesutico, y Garelly objetaba que el
ms indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que poda dar a la
observacin un aire de poesa y de lirismo.




                                  III

                               LA CRCEL

                                      All estn los alegres y los
                                      tristes; all hay hombres
                                      muriendo; all hay hombres
                                      nacidos, hay hombres orando; al
                                      lado de un tabique de ladrillo
                                      hay hombres maldiciendo, y, en
                                      torno de todos ellos, est la
                                      noche inmensa y vaca.

                                      CARLYLE: _Sartor Resartus_.


LA Crcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio
de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y,
en parte, por otro, anejo a l, que fu en tiempo pasado hospedera de
los Padres del Salvador.

La Crcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo
y estrecho. Los lados cortos los componan: uno, la fachada de la
plaza de Santa Cruz, en donde haba entonces una fuente, la fuente de
Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepcin
Jernima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del
Salvador y la de Santo Toms.

Una parte estaba dedicada a crcel de mujeres, y muchas de stas tenan
sus hijos pequeos con ellas. Era muy difcil darse cuenta clara de la
topografa de la crcel, porque todo el edificio se hallaba dividido
con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos
se desorientaba uno en seguida.

En la crcel haba mucha ms gente que la que buenamente caba en
ella; faltaba luz y ventilacin, y, sobre todo en el verano, no se
poda respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la
Audiencia solan quemar incienso y plantas aromticas.

Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenan ropas ni mantas,
y dorman en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides
solan arrendar los distintos servicios a pequeos industriales, que
explotaban a los presos de una manera miserable.

El da de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a
la plaza de Santa Cruz, y pedan limosna a los transentes, gimoteando
y haciendo sonar sus cadenas.

El domingo y los das de fiesta los ladrones se exhiban en los patios
de la crcel y se daban tono. Haba cantos, guitarreo y a veces rias,
en las cuales salan a relucir navajas y estoques.

Los empleados de la crcel eran: un alcaide, un capelln, tres
porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un
escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un mdico y un
cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al da;
los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La seccin de polticos
era ms limpia y ms cuidada que el resto. Yo tena un cuarto bastante
regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama
pona cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las
chinches, porque a estos huspedes no haba manera de exterminarlos.

Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta;
pero luego, s.

En los primeros das de crcel, el alcaide me vigilaba de una manera
molesta; no me permita hablar con nadie sin estar l delante. Me
trataba con gran consideracin y me deca que no haca mas que cumplir
con su deber.

Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de Espaa: robaba
a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso s, lo haca
todo con una gran finura: no se le oa jams un insulto o una palabra
soez.

Don Paco haba sido lego en un convento y tambor de una partida
realista.

Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta aos,
muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tena la
nariz aguilea, los dientes muy blancos, los ojos negrsimos, de
extraa expresin; la piel obscura, y el pelo, como decan los autores
romnticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy
bien afeitado, y tena la costumbre de restregarse las manos haciendo
un ruido como de huesos.

Su vigilancia sonriente me lleg a exasperar.

Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo
comenc a no salir de mi calabozo.

Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron
los dolores reumticos y tuve que guardar cama. El mdico me visit,
y dijo que era indispensable para m el hacer ejercicio, pues si no
mi enfermedad se agravara. Esta prescripcin facultativa me oblig
a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y ms vueltas, y a
conocer a los detenidos.

La mayora de los presos polticos de la Crcel de Corte eran
furibundos realistas; haba tambin algunos liberales, sospechosos de
haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi
todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la
Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiracin.

La seccin de polticos rebosaba, y su personal era el ms extrao y
heterogneo: haba all, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos;
desde apstoles hasta asesinos.

Por ser los carlistas presos gente de ms fuste que los liberales,
y por tener la proteccin decidida del alcaide y de los principales
celadores, los absolutistas disfrutaban en la Crcel de Corte de
preeminencias y de ventajas que no disfrutbamos los dems.

El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban
all la voz cantante y dirigan y mandaban no slo en el patio de los
polticos, sino tambin en el de los detenidos por delitos comunes.
En stos se verific una divisin parecida a la de los polticos, y
hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios,
su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos,
capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de
Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigacin de los frailes y
de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco,
y se dedicaron a hacer proslitos.

Mis dos ayudantes en la crcel eran Romn, el hijo del librero de viejo
de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendn, hombre de muy
buen sentido.

Adems de estos dos tena como compaeros y correligionarios al Mingo y
al seor Bruno, que eran albailes; al Mulato, que era albeitar, y al
Sanguijuelero, que tena esta profesin unida a la de sangrador y la
de herbolario. Todos estos haban sido detenidos durante la matanza de
frailes por excitaciones al pueblo.

Entre los carlistas presos, la mayora eran campesinos, y tenan, en
general, buen aspecto.

Haba gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los
revolucionarios madrileos. Eran mejores tipos aqullos, ms fuertes,
ms nobles, ms enteros; daban una impresin de mayor energa.

--Hoy lo mejor del pueblo es carlista--pensaba yo--; pero dentro de
cincuenta aos no pasar lo mismo.

Haba tambin gran diferencia entre los presos polticos y los
ladrones. Slo a primera vista, por su aspecto, podan distinguirse
los unos de los otros; los polticos tenan un aire ms recogido, ms
ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronera y del cinismo
que caracterizan a los criminales de profesin. Como estbamos los
liberales en minora, yo pens que me convendra frecuentar el patio de
los presos de delitos comunes para hacer proslitos.

Un da encontr en la crcel al clebre ladrn Candelas, a quien
conoca y haba tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos
que estbamos metidos en un callejn sin salida. Candelas abrigaba
la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tena
condiciones para llevarlo a la prctica.

El alcaide, que vi que charlbamos Candelas y yo, no sospech que
pudiramos conocernos de antemano; Candelas me indic que me dirigiera
a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser ste amigo suyo y
hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con l y consegu que l
intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los
absolutistas se hicieran dueos de la crcel.

Poco despus Candelas fu trasladado a otra prisin.




                                  IV

                           El PADRE ANSELMO

                                      Feliz el que nunca ha visto
                                      ms ro que el de su patria, y
                                      duerme, anciano, a la sombra do
                                      pequeuelo jugaba.

                                      ALBERTO LISTA: _Entre las cimas
                                      del Alpe_.


ENTRE los clrigos y frailes que estaban en la crcel haba un cura
de pueblo, viejo, sordo, de sotana rada, que se llamaba don Anselmo
Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfi de l; se me
acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.

Yo pens: ste es un espa, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea
le daba informes falsos.

Luego empec a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre
de espritu; sus compaeros y correligionarios presos le daban siempre
de lado.

Cuando intim ms con l me convenc de que el padre Anselmo era
un hombre de esos de espritu angelical que pasan por la vida sin
enterarse de las miserias de la Humanidad.

El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto,
se crea muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decan.

Era de un pueblo prximo a Molina de Aragn.

Su historia se podra contar en pocas palabras. Le haban hecho cura,
le haban nombrado prroco de un pueblo y haba estado all cuarenta
aos viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina.
Al comenzar la guerra, los carlistas le haban hablado de que era
indispensable que l les favoreciese y se pusiera de su lado; y como l
estaba convencido de que los liberales tenan pacto con el demonio y de
que la Reina Cristina era una masona, haba ofrecido su concurso. Luego
le haban denunciado y le haban trado a Madrid, a la Crcel de Corte.

El padre Adelantado era un hombre de ms de sesenta aos, con una cara
tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos,
cadas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tena una
manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en
la crcel una sotanilla rada, de color de ala de mosca, y un bonete.

Tena una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le
parecan a l el colmo del lujo.

Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.

Una vez haba dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando
a alguno.

--Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrn venido a ver a
sus padres o quiz a sus novios.

--S, seguramente.

Yo, cuando le oa alguna de estas cosas, haca un gesto para no echarme
a rer, y l se rea tambin, porque deca que, aunque cura, era muy
malicioso.

Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero l no
quera.

--Un cigarrito, bien; pero nada ms. Ya sera vicio.

Un da, despus de muchas vacilaciones, me dijo:

--Don Eugenio.

--Qu?

--Me han dicho una cosa muy grave.

--Qu le han dicho a usted?

--Que usted es liberal.

--Ah!; pero no lo saba usted?

--No. As que usted es liberal! Ave Mara Pursima! Y yo que le
crea a usted una buena persona!

--Y lo soy.

--Pero, bueno, dgame usted la verdad. Usted ha hecho pacto con el
Demonio?

--No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con l.

--Ah, vamos! As que usted sigue siendo cristiano.

--S, s.

--Porque hay otros, sabe usted?, que van a las logias masnicas, y
all creo que hacen horrores. Ave Mara Pursima!

El padre Anselmo me entretena con su conversacin, cndida e inocente.

Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estaran haciendo por
aquellos das en su pueblo. Su charla tena un sabor de aldea que me
encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo
tengan ms valor, ni ms encanto, que en la crcel; as que yo le oa
al cura viejo entretenidsimo.




                                   V

                                LUCHAS

                                      Tienen dos madres, las dos
                                      madrastras: la ignorancia y la
                                      miseria.

                                      VCTOR HUGO: _Los Miserables_.


LA Crcel de Corte tena tres patios, que servan para que pasearan
los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tena
alrededor oficinas y cuartos para nosotros los polticos; el segundo
estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado,
que daba a la calle de la Concepcin Jernima.

A los lados de ste se levantaban unos pabellones abovedados,
horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la
Grillera. All solan estar encerrados los ladrones, y, en una especie
de jaula, se metan todas las noches a los muchachos jvenes y a los
nios, jaula que se llamaba la Gallinera. De este patio central se
pasaba a otro, pequeo y profundo, que daba hacia la calle de la
Concepcin Jernima, y que haba sido el antiguo cementerio de los
Padres del Salvador. Cortando el edificio haba un callejn estrecho,
el callejn del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia
cuando tena que acompaar a algn reo a la horca.

Hacia la Concepcin Jernima haba calabozos irregulares, obscuros, que
se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y ms atrs, una
pequea capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tena
tres das.

Los presos del segundo patio vivan horriblemente: a muchos no les
llegaba el rancho; si tenan algn dinero podan recurrir a una
cantina, donde estaba todo carsimo; si no, se quedaban sin comer. Un
preso muri de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llam el del
Olvido.

Era el tercer calabozo clebre de la crcel; haba otros dos que tenan
nombre: el de La Sed y el del Dragn.

Cuando yo visit el segundo patio, en el calabozo del Olvido haba un
idiota vagabundo a quien tenan que traspasar al hospital. Este idiota
chillaba y cantaba y haca rer a los presos, que le consideraban como
un hombre feliz.

Los criminales audaces conseguan all lo que queran: coman bien,
beban, tenan armas y hacan que les visitasen las mujeres del otro
departamento.

Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me haba recomendado, me
hizo conocer a dos raterillos a quienes exigi que me obedecieran como
a su jefe. Uno de stos era el Gacetilla, un chico que llamaban as
porque saba todo cuanto ocurra dentro y fuera de la crcel, y el
otro, el Mambr, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos
mortales.

Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de
fuera. Uno de los procedimientos que tenan era cantar. Un preso
cantaba una copla, en la que deca disimuladamente lo que quera, y
al da siguiente se pona un ciego con la guitarra en la Concepcin
Jernima, y en la cancin que entonaba vena la respuesta.

Con Paco el Sastre comenc a organizar una campaa contra el alcaide y
los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron
tambin en liberales y carlistas; pero aqu las fuerzas estaban
equilibradas.

Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un
lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les
ayud lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.

Con motivo de la divisin entre carlistas y liberales se producan
rias constantes; un da hubo en el segundo patio una gran pelea entre
un bandido que llamaban el Raspa, que haba sido procesado a raz de la
matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.

Se desafiaron: el Raspa le tir una navajada y le cort la cara,
mientras el otro le di una cuchillada en el pecho que le dej medio
muerto.

Yo hice un padrn de los presos liberales, de los carlistas y de los
indefinidos, y como prefacio al padrn, un ligero estudio acerca de
la psicologa de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor
valor que podan tener para una conspiracin.

Aviraneta me confes que en su tiempo pens hacer, ms o menos en
broma, el manual del perfecto conspirador.




                                  VI

                           EL SEGUNDO PATIO

                                      En el patio de la crcel hay
                                      escrito con carbn: Aqu el
                                      bueno se hace malo, y el malo
                                      se hace peor.

                                      CARCELERA.


YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de
ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera
vez que entr en l, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con
paredes altas y lleno de gente.

Aquel patio tena algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de
foro, de plaza de toros y de hospital.

Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente,
malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean crceles, cuarteles,
seminarios o conventos; pero la crcel es la cloaca mxima.

All se rene la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no
est podrido se pudre pronto, y la infeccin envenena el ambiente con
sus miasmas.

La crcel es como la imagen negativa de la vida moral. All la bajeza,
la fealdad, la maldad, el odio, todo lo ms horrendamente humano, se
muestra a lo vivo.

Es un pantano en una fermentacin constante que exhala vapores ftidos
bastantes para envenenar toda la atmsfera.

La crcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte,
a veces, en formar monstruos con lo fsico o con lo moral. Los
monstruos fsicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a
reunirse en la crcel. Aqu se completan, se complican, se hacen ms
perfectos en su monstruosidad.

En la Crcel de Corte, por entonces, haba de todo: polticos,
homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos
barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos,
reidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.

All el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la
enfermedad, la miseria, la matonera, la sodoma se daban la mano y
bailaban una terrible danza macabra.

Esta fermentacin de la crcel, que acaba con los sentimientos nobles
del hombre, no slo no acaba, sino que deja el egosmo, el instinto de
vivir ms gil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una
casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces,
como una crcel. El preso vive all como un piel roja, siempre en
acecho, dispuesto a destrozar al prjimo por la fuerza, por la malicia
o por el engao.

Lo caracterstico de la crcel es esto: que no hay piedad. El valiente
all muere o vence, el tmido sucumbe; para el desdichado sin energa
son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras
mixtificaciones.

El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. All no hay
que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que
miradas de odio, de rabia, de desesperacin o de desprecio. El que
teme caer, sabe que si cae todos pasarn por encima de su cabeza; por
eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una crcel no se puede ser
mas que un santo, un miserable o un misntropo. Vivir en una crcel es
hacerse para siempre enemigo del hombre.

Al principio, al entrar en el segundo patio se crea notar que todos
los encerrados all tenan una gran alegra: se cantaba, se jugaba, se
vociferaba; pronto se poda ver que la alegra era ficticia y que por
debajo de ella lata una sorda irritacin.

Otra cosa se notaba, y es que no haba nadie independiente; all
ninguno poda apartarse de la accin comn. Ya el lenguaje era especial
para la crcel, mezcla de germana y de cal. Jorge Borrow, el escritor
ingls, me explic varias veces cmo la germana y el cal no son
lo mismo, pues la germana es una lengua figurada, como el _argot_
francs, y, en cambio, el cal es un idioma.

Adems de la comunidad de lengua, haba en la crcel la comunidad
de la accin. Cuando se coma haba que repartirse por cuadrillas;
al hacerse la limpieza del patio, unos la hacan; otros, no; al
jugar, unos tenan categora para jugar; otros no podan ser mas
que espectadores, y otros ni eso; para dormir existan tambin sus
categoras. Haba una disciplina cuya direccin se subastaba a cada
paso, y se daba al ms audaz y al ms valiente. Cuando entr por
primera vez en el segundo patio, me acompaaban Romn y el padre
Anselmo. A ste le dirigieron las ms innobles chacotas:

--Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa
sotanilla.

--La sotana es vieja--replic el padre Anselmo--; pero los que no somos
ricos no podemos llevarlas mejores.

--Bien dicho--afirm yo.

--Oiga ust, pae cura--le pregunt otro de los presos--,cuntos hijos
tiene ust en el pueblo?

--Yo no tengo hijos, porque soy cura--contest l--; pero a todos mis
feligreses los considero como si fuesen hijos mos.

El pobre hombre contest varias veces con prontitud y con gracia, y
lleg a hacerse respetar.




                                  VII

                              LOS MATONES

                                                 Hallse all Calamorra
                                               sobre si no mata siete,
                                               bravo de contadura,
                                               de relaciones valiente.

                                               QUEVEDO: _Romances_.


LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el
Mandita y el Manchado, que compartan el poder con dos falsificadores
llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el seor Prez
de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cmplice de Candelas, se haba
escapado varias veces de distintas crceles, lo que le daba gran
prestigio.

El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrn y atrevido, estaba preso
por una muerte. El Mandita era ladrn, un tipo fino, de nariz larga,
ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote
ralo y mano de hierro.

El Mandita rompa las nueces con los dedos.

El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pmulos
salientes, mandbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca
recta como una cortadura. El Manchado pareca un calmuco y tena una
agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se haba exhibido,
lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y haba intentado vender
ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda
sucia en la frente.

El Fortuna le tema al Manchado. El Fortuna haba llegado a matn por
inteligencia, por comprender la cobarda de los dems; el Manchado, no;
ste no discurra; se senta bruto naturalmente, sin complicaciones ni
razonamientos.

Los Pinturas, padre e hijo, tenan mucha influencia. Los Pinturas eran
falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burln, tena
un aire de hombre fro y lleno de inteligencia, los ojos agudos y
perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de
labios finos.

El Pinturas joven pareca una araa, alto, delgado, sonriente, con cara
de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burln y satirizaba con mucha
gracia a todo el mundo. Tena siempre a su disposicin papel y pluma, y
serva de memorialista a los presos. Les escriba cartas con la letra
que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba
como si fuera suya y segua escribiendo con ella. Al Pinturas joven
le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartn, que
consegua vender en las calles, y cuando no tena nada que hacer haca
juegos de manos.

Por lo que se deca, haba falsificado escrituras, contratos,
testamentos, y segua trabajando en la crcel.

Respecto al seor Prez de Bustamante, era un caballero de industria,
charlatn, mentiroso, que quera hacerse pasar por aristcrata.

Este hombre haba vivido durante los primeros meses de la guerra
haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaa,
y cuando explot el lado liberal pas a cultivar el campo carlista.
Prez de Bustamante era hombre osado y decidido.

Otro tipo curioso era _Doa Paquita_, el cinedo de la crcel, joven
ambiguo que haca ademanes de mujer. Este muchacho tena la nariz
respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado,
y la manera de hablar afeminada.

Algunos de los presos haban conseguido cierta independencia y hacerse
respetar del grupo que cobraba el barato.

Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo
liberal. El Mangas tena una cara de galgo, la nariz larga, la boca
como recogida, los ojos pequeos y claros y el pelo rubio. Vesta bien,
era gallego, aunque l deca que no. Se le haba encontrado con unos
clices, despus de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a
quien llamaban la ta Matafrailes.

Entre los presos de delitos comunes que se decan carlistas haba gente
brbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.

Uno de los carlistas de quien todos se rean era un labriego, el
Paleto, que haba robado una mula. El Paleto tena la cara parada y
estpida, la cabeza grande y la voz chillona. Sola servir de blanco a
las bromas de todos.

Otro carlista que se distingua por su aire hipcrita era el
Seminarista, que haba sido estudiante de cura y tena la especialidad
de hacer digresiones msticas, en las que barajaba muchos latines. A
este truhn le haban encontrado varias veces desvalijando los cepillos
de las iglesias con una ballena untada de liga.

Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se di cuenta
de que yo iba all para hacer propaganda entre los presos contra los
carlistas y contra l; entonces me prohibi el paso.

Yo tena mis medios de comunicacin asegurados.

Mi duelo con el alcaide acab con la victoria ma; pues consegu al ao
que l se quedara preso y yo saliera libre.




                        LA MUERTE DE CHICO O LA
                        VENGANZA DE UN JUGADOR




                             PRIMERA PARTE

                             ANTECEDENTES




                                   I

                          UNA NOCHE DE NIEVE

                                      En la niebla y en la bruma,
                                      en la nieve profunda, en el
                                      bosque inculto, en la noche
                                      de invierno oigo el aullido
                                      hambriento del lobo y el grito
                                      sombro de la lechuza.

                                      GOETHE: _Lied del bohemio_.


AL da siguiente en que don Eugenio nos cont su vida en la Crcel de
Corte, comenz a caer una gran nevada. Haban acudido a la cocina del
to Chaparro ms gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros
fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparicin
de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbin.

Haban visto sus huellas en la nieve; haban dejado lea en las chozas,
y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los
cogieran los lobos.

Aviraneta y yo estbamos al lado del fuego, sentados en dos grandes
sillones; l llevaba puesto un abrigo grueso y tena sobre la espalda
un mantn de su mujer. Escuchbamos la conversacin de los pastores,
oamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.

De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:

--Relacionndola con aquella poca de la Crcel de Corte de que te
hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la
que figur un tal Castelo y el polica Chico. Ya te la habr contado,
verdad?

--No.

--No te la he contado?

--No.

--Pues es raro.

--Cuntela usted, don Eugenio--dijo el to Chaparro, terciando en
la conversacin--; mandar traer un poco de caf con aguardiente,
echaremos ms lea al fuego y dejar a los muchachos aqu a que le
oigan a usted, porque maana es domingo y se pueden levantar un poco
ms tarde que de costumbre.

Aviraneta hizo una seal de asentimiento. Se puso una cafetera grande
en las brasas y se trajo una botella de licor.

Por la pequea ventana de la cocina se vea el campo nevado, y los
grandes copos de nieve que caan lenta y blandamente, como espesos
plumones blancos.

Aviraneta, que estaba empotrado en su silln y mirando con sus ojos,
de un azul brillante, el fuego, se recogi un momento, tom una gran
taza de caf muy caliente que le sirvieron, contempl a su auditorio
sonriendo y comenz su relacin as:




                                  II

                            UN PRESO NUEVO

                                      El despertar que sigue a una
                                      primera noche de prisin es una
                                      cosa horrible.

                                      SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_.


LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay
con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el
_Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o
no lgicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto
natural del hombre, que perdura y no se borra jams; y dicen otros, que
todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los
aos.

Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayora de la gente llega a
perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas
que rara vez.

El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido,
terminado en una cruel venganza.

Como deca la otra noche, a los quince o veinte das de estar en la
crcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron
los dolores reumticos.

Despus se me permiti andar por la crcel y entrar en el segundo
patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.

Haca dos meses que estaba en la crcel cuando conoc a un nuevo preso,
de aspecto extrao.

Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombro, moreno, de ojos
negros, cabello largo, a la moda de la poca, y aire reconcentrado y
fuerte. Pas por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron
los tres a una oficina donde se tomaba la filiacin a los detenidos.

En la mesa haba un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado
y la mano llena de anillos.

Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles,
que el escribiente ley con gran indiferencia.

--Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles.

Don Paco era el alcaide. Efectivamente, lleg, tom los papeles que
haba trado el alguacil y los ley con atencin.

El alcaide interrog al preso con una voz amable y una dulce sonrisa
que, para el que saba cmo las gastaba aquel hombre, no eran nada
tranquilizadoras.

--Soy inocente--dijo el joven con aire dramtico--. No tengo ms dinero
que el que he ganado con mi trabajo.

El alcaide sonri, porque consideraba como algo lgico y natural que
todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con l fuera un
perfecto granuja.

--Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me
lo diga usted. Aqu sabemos tambin ser caballeros.

--Afirmo que soy inocente--replic el joven.

El alcaide explic a su nuevo husped el precio de los cuartos que se
alquilaban en la crcel y las diferencias que haba entre las distintas
clases.

--Venga usted, caballero--le dijo despus--; permita usted que le
acompae. Puede usted tranquilizarse.

--No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.

--Quiero decir--repuso el alcaide--que aqu nadie le quiere mal. Le voy
a llevar a su cuarto.

El joven preso sigui al alcaide hasta el fin de un corredor; un
carcelero descorri el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual
se vean dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.

Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide
mand abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un
banco de madera.

--Aqu tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas
para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una
silla.

--Est bien--dijo el joven; y se sent en el banco con un aire entre
resuelto y desesperado.

Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se qued all
dentro.




                                  III

                           MIGUEL ROCAFORTE

                                      Por ser muy propio de enfermos
                                      no durar mucho en un estado,
                                      tomando por remedio las
                                      mudanzas.

                                      SNECA: _De la tranquilidad del
                                      nimo_.


AL da siguiente, en compaa del padre Anselmo fu al segundo patio
para ver qu haca el nuevo detenido, que me haba llamado la atencin.
Su tipo y la expresin de su rostro me indujeron a creer en su
inocencia.

Nos acercamos a l a hablarle. El muchacho estaba asqueado de
encontrarse entre aquella canalla; pero no tena miedo, porque a uno de
los raterillos que haba querido robarle le haba pegado un puntapi,
lo que hizo que los dems le miraran con cierto respeto.

Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres
tenan una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber
estado en su casa con el Empecinado.

Miguel estudi en el Seminario tres aos; luego perdi la vocacin;
quiso ser militar y su padre le envi a Madrid a casa de un primo suyo,
dueo de un almacn de sal de la calle de la Misericordia.

Miguel llevaba cuatro aos en la corte.

Estaba en la crcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros
a un seor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jernimo,
cosa que era falsa, completamente falsa, segn afirm.

Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del
motivo por el cual poda haber provenido el error.

--Yo suelo ir muchos domingos a la librera que tiene don Casimiro
Monnier en la Carrera de San Jernimo--me dijo--. Estoy estudiando
francs e ingls con un profesor de idiomas que se llama Brandon,
y ste me ha indicado que para perfeccionarme en la traduccin lea
peridicos. La otra tarde, acompaado de mi principal, estuve en el
gabinete de lectura leyendo peridicos, y, de pronto, uno de los
abonados se lament de que le haban quitado la cartera del gabn. Yo
me march a mi casa, y ayer, por la maana, al ir al almacn donde
trabajo, me prendieron y me trajeron aqu, a la crcel.

El caso me pareci bastante extrao. Le ped detalles aclaratorios al
joven; pero ste no esclareca los hechos ni protestaba, y pareca
dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.

Das despus, en una larga conversacin con Miguel, le interrogu
de nuevo. No tena enemigos? Alguna mujer o algn hombre que le
quisiera mal? El joven se envolva en obscuridades; estaba envenenado
con las ideas de la poca, que por entonces comenzaban a llamarse
romnticas.

A los cinco o seis das apareci en el locutorio de la crcel el ingls
profesor de idiomas amigo de Miguel. Habl conmigo: me dijo que el
muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz
de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven
Rocaforte encontraba l algo misterioso.

El profesor Brandon haba presenciado la escena en la librera.

--Qu pas?--le pregunt yo--. Porque l no me lo ha contado con
detalles.

--Pues sucedi lo siguiente--dijo Brandon--: un capitn, llamado
Snchez Castelo, estaba aquel da en el gabinete de lectura de Monnier,
y al salir a la calle not que le faltaba la cartera del gabn. El
dueo del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era
capaz de sustraer nada a nadie, invit a stos a que se dejaran
registrar; todos aceptaron la proposicin, ms o menos a regaadientes;
pero Miguel se neg con violencia a este registro; y ponindose la mano
en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el
bolsillo interior de su americana, dijo que a l no le tocaba nadie, y
que slo delante del juez se dejara registrar.

--Ah! Pas eso? De aqu que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de
la polica.

--Claro.

--A pesar de esto, usted le cree a Miguel inocente?--le pregunt a
Brandon.

--S, s. Completamente inocente.

--Y por qu cree usted que se negara con tanta violencia al registro?
Por baladronada? Por tomar una actitud?

--Qu s yo! Quiz Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quera
que viese su principal, algn papel poltico. El principal es un
absolutista...

--No me parece que sea eso.

--Por qu?

--Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones polticas.

--Sin embargo...

--Usted le conoce al principal?

--No.

--Pues entrese usted de si est casado y si tiene mujer guapa.

--Usted cree que esa sea la clave?

--S.

--Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre serio.

--Y eso qu importa?

Me choc que el principal de Miguel, y pariente, no fuera ni una vez a
visitar al preso. Esto me hizo pensar que entre to y sobrino no deba
reinar la mejor armona.




                                  IV

                         UN ASUNTO EMBROLLADO

                                        En vano ms de una vez
                                      se sigue al crimen la huella,
                                      por no preguntar al juez
                                      quin es ella.

                                      BRETN DE LOS HERREROS: _Quin
                                      es ella?_


A los dos o tres das se present de nuevo en la Crcel de Corte el
ingls Brandon. Haba hablado con un paisano de Miguel, Len Zapata,
dependiente de una ferretera, y ste le haba insinuado que Miguel
tena amores con la mujer de su principal. Brandon me dijo que la causa
de haberse negado a dejarse registrar Miguel poda ser, como yo crea,
el que llevara, cuando estaba en el gabinete de lectura, cartas que
hubieran podido poner a su principal sobre la pista.

--Quin es ese Zapata?--le pregunt a Brandon.

--Es un petulante, un majadero--me contest el ingls--. Un joven que
se cree el centro del mundo.

Una semana despus de esta visita se me present el inspector Luna.
Luna se haba encargado del asunto de Miguel, y quera que yo le
orientara. Me pidi que olvidara la parte que l haba tomado en mi
prisin.

--Ya s que no ha hecho usted mas que cumplir las rdenes que le han
dado--le dije.

--As que no me guarda usted rencor?

--De ninguna manera.

--Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y l me
di ms detalles de lo ocurrido.

--Hace un par de semanas, prximamente--dijo--, el capitn de reemplazo
don Mauricio Snchez Castelo se present al inspector de polica del
distrito del Centro, don Carlos de San Sernn, y le dijo: Ayer, mi
amigo el teniente Macas de Aragn, antes de tomar la diligencia para
el Norte, me dej cinco mil duros para que se los guardase hasta la
vuelta de su viaje. Cog la cartera con los billetes, la met en
el bolsillo del gabn y me fu a la librera de Monnier. All, sin
darme cuenta, me quit el gabn, porque haca calor, y lo puse en el
respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volv a
poner el gabn, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho not que me
faltaba la cartera. Castelo cont al jefe de polica que haba vuelto
inmediatamente al gabinete de lectura; que le haba explicado al dueo
lo ocurrido; que ste invit a sus abonados a que se dejaran registrar,
y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos.

--Quines estaban en la librera?--le pregunt al inspector Luna.

--Estaban un capitn de Caballera retirado, don Francisco Garca
Chico, que ha pertenecido a la polica.

--Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar.

--Estaba tambin un joven cataln desconocido, el profesor de ingls
Brandon, un comisionista francs, Miguel Rocaforte y su principal. San
Sernn tom informes de todos. El librero, Monnier, di buenos informes
de Chico y de Brandon. Al joven cataln no le conoca; al comisionista
francs, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tena por personas
honradas. Unos das despus se ha sabido que el muchacho cataln es
un joven rico y de buena conducta. As que, por ahora, no hay mas que
dos posibles ladrones: el comisionista francs, que no se sabe dnde
anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso
terminantemente a que se le registrara.

--Pero, segn su lgica, el comisionista francs deba de estar libre
de sospechas porque se dej registrar.

--S, pero pudo esconder la cartera.

--Y de Rocaforte, qu se sabe? Qu antecedentes hay de l?

--Dicen que han dado malos informes de ese muchacho, que es republicano
y carbonario.

--Bah! Qu estupidez!

Luna sonri.

--Para usted, que es revolucionario, eso es poca cosa; para m, que soy
jefe de polica, no.

--Usted se re de eso.

--Hombre, no. Del ingls Brandon, amigo suyo, se dice que es
sansimoniano.

--Otra tontera.

--Qu opinin tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa
saberlo. Castelo es amigo mo y le debo algunos favores.

--Me parece--le dije yo--, que Rocaforte no tiene facha de ladrn. Es
ms, asegurara que no es ladrn.

--Y por qu no se ha dejado registrar?

--No lo s; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestin de
mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer
guapa; Miguel, quiz la ha escrito; ella, quiz le ha contestado, y l
poda no querer que los papeles que llevaba los viera su principal.

--Es una suposicin...

--Lgica.

--Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enterar. Y, entonces, usted
supone ms bien que el comisionista francs...?

--Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macas. Los he tratado en
Tampico y los he visto en compaa de Paula Mancha y de otros tramposos
y jugadores de garito que abundaban en el ejrcito que desembarc en
las costas de Mjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen
capaces de toda clase de artimaas, y yo, tanto como la posibilidad de
un robo, aceptara la tesis de que haya habido entre los dos compadres
una combinacin inventada con algn fin que no conocemos.

Luna se call.

--Me pone usted en un mar de confusiones--dijo despus--.
Verdaderamente es un poco extrao que un hombre a quien le han
entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y
meterlos en un cajn, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete
de lectura, se dedique a leer peridicos y deje el gabn con el dinero
dentro sobre una butaca. Cinco mil duros! Vale la pena de tener
cuidado con ellos, y en estos tiempos.

--Todo eso es muy raro, amigo Luna.

--Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se haya opuesto a dejarse
registrar de una manera tan violenta tambin es raro.

--Bueno, vamos por partes. Usted le conoce a Miguel?

--S.

--Qu cree usted, que es un hombre inteligente o un tonto?

--Me inclino a creer que es un hombre inteligente.

--Usted supone que un hombre inteligente hace lo que se cree que hizo
Miguel en la librera?

--No s a qu se refiere usted.

--Suponga usted que una persona inteligente robe a otro en las
condiciones en que se piensa que Miguel rob a Castelo. Lo lgico
es que el ladrn oculte la cartera en un sitio que no sea fcil de
encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta o en un libro, o si
lo guarda l mismo lo meta en el sombrero o en la faja...; pero no en
el bolsillo del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; Miguel se
opone a que le registren los bolsillos y, sobre todo, el bolsillo del
pecho. Para m, cada vez que pienso en ello, lo veo ms claro; Miguel
es absolutamente inocente de ese robo.

--Yo tambin por instinto lo creo as; pero hay que comprobarlo.

--Qu va usted a hacer?

--El hermano de Macas me ha dicho que le va a visitar a Garca Chico
y a pedirle que tome cartas en el asunto. Chico estaba en la librera
cuando el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener idea de lo que
ha podido ocurrir.

--S--dije yo--, ese Garca Chico es un terrible sabueso. Para la
Isabelina nos hizo unos informes admirables de precisin. Si hay algn
misterio l lo aclarar, porque creo que conoce a Castelo y a Macas.

Pocos das despus se present Luna en la Crcel de Corte, me llam al
locutorio y me dijo:

--Sabe usted que se aclar el misterio?

--Qu misterio?

--El del joven Rocaforte.

--Haba un misterio?

--S, tena usted razn: no haba tal robo. Ha sido una trampa de
Castelo, que se ha jugado el dinero de Macas perdindolo y, para
sincerarse, invent la historia del robo del gabinete de lectura.

--Y quin ha descubierto el enredo?

--Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la
ronda de Seguridad.

El inspector Luna, con el hermano de Macas, fu a casa de don
Francisco Chico y le cont el asunto con todos los detalles.

--Ya ver si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestin--les dijo
Chico--; vengan ustedes dentro de tres o cuatro das.

A la salida de casa de Chico di la casualidad de que Macas y Luna se
encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oy, con visible malhumor, la
noticia de que haban consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo
al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la polica era
una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en
los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente,
no replic a Castelo. Al parecer, tena motivos para no reir con l;
pues el inspector le deba algn dinero al militar y no haba podido
pagrselo.

Tres das despus Luna fu a casa de Garca Chico. Chico, al verle,
sonri con una sonrisa de tigre.

--Ha averiguado usted algo?--le pregunt Luna.

--Lo he averiguado todo.

--Qu ha ocurrido?

--Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulacin.

--Macas no le ha entregado ese dinero a Castelo?

--S, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo lo ha perdido
jugando, y parte se lo ha dado a su querida Paca Dvalos.

--Pero esto est comprobado?

--Perfectamente comprobado.




                                   V

                              LO OCURRIDO

                                      Cosa extraa el hombre, y ms
                                      extraa an la mujer! Qu
                                      torbellino en su cabeza! Qu
                                      abismo profundo y peligroso en
                                      su corazn!

                                      BYRON: _Don Juan_.


CHICO le dijo a Luna que haba sospechado inmediatamente algn
gatuperio. Conoca a fondo a Castelo y saba que era jugador y hombre
de pocos escrpulos.

Chico hizo una investigacin en las principales casas de juego, y, al
poco tiempo, averigu lo ocurrido. Castelo haba jugado muy fuerte en
un crculo de la Carrera de San Jernimo que se titulaba el Crculo
Universal. Castelo sola frecuentar esta timba, jugando siempre poco,
cuatro o cinco duros a lo ms, porque tena la paga empeada y no
contaba mas que con escasos recursos.

Das antes del supuesto robo, Castelo se present en el crculo con la
cartera llena de billetes, puso la banca y perdi una gran cantidad.
Tres noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala suerte.

Chico se las arregl para enterarse de quines jugaban en el crculo
las noches en que Castelo puso la banca, y averigu que estaban, entre
otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitn Soto.
Fu a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes.

En la primera noche, Castelo perdi dos mil pesetas; en la segunda,
tres mil, y en la tercera, diez mil. Haba muchos puntos esta ltima
noche en el crculo. Castelo, que beba mientras jugaba, al perder las
ltimas pesetas comenz a decir, a voz en grito, que le haban hecho
trampa y que le tenan que devolver su dinero. En su desesperacin
acus al teniente Zamora y al capitn Soto de haberle engaado, y sac
una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras
le arranc la pistola de la mano y le oblig a salir a la calle.

Su campaa en la timba, donde dej el resto del dinero, fu ms
lamentable an.

Castelo haba ido al garito en compaa del capitn Escalante, para
que ste vigilara las jugadas; haba hablado con dos ganchos de la
chirlata, que le aseguraron que todo se haca all con la mayor
correccin.

La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los
puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Gardua.

Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa
pequea, con un zagun angosto y sucio, maloliente y tan lleno de
basura, sobre todo lquida, que ni con zancos poda atravesarse. De
este zagun suba una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos
hombres de guardia, embozados en la capa, escondan, bajo ella, sendos
garrotes.

Se cruzaba un vestbulo estrecho, con una mesa, en donde sola estar
sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas,
mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta,
tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete
verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lmparas de
aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente sola haber all de
continuo.

Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Haba, al poco rato, mucho
dinero en la mesa. A pesar de que la mayora de los puntos eran tahres
y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo
ganaba con una suerte loca, e iba resarcindose de las prdidas del
crculo de la Carrera de San Jernimo. Tena el banquero un montn
de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron
varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien
llamaban Seisdedos, y por un matn apodado el Largo. Aquellos hombres
venan embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada.
Seisdedos sac un trabuco debajo del embozo de la capa, y los dems
desenvainaron el bastn de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco
sobre la mesa, grit con voz terrible.

--Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto.

El capitn Escalante sac una pistola del bolsillo y dispar contra
Seisdedos. Alguien peg un garrotazo a la lmpara, y la habitacin
qued a obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos para
apoderarse del dinero que estaba encima de la mesa, se arm un terrible
zafarrancho de gritos, palos y tiros, y cuando entr el comisario de
polica gritando: Abran en nombre de la Reina, y pas a la sala a
restablecer el orden, Castelo vi que haba perdido todo su dinero.




                                  VI

                       SE ECHA TIERRA AL ASUNTO

                                      Cuanto ms menospreciado es un
                                      hombre, menos freno tiene su
                                      lengua.

                                      SNECA: _De la constancia del
                                      sabio_.


USTED tiene inconveniente en declarar ante testigos lo que me ha
dicho?--pregunt Luna a Chico.

--Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarn mis palabras.

--Querra usted ir pasado maana a las doce a la Comisara, donde
estoy de guardia?

--S, seor.

--Vendran esos seores?

--Seguramente.

--Pues yo le citar a Castelo y liquidaremos esa cuestin.

El da sealado llegaron Chico, Macas, Las Heras, Zamora y Soto
al despacho del inspector de polica; y Luna les invit a pasar a
un cuarto prximo. Poco despus apareci Castelo. Luna le salud
amablemente y le hizo sentarse en un silln frente a su mesa.

--A ver cundo me paga usted ese dinero--dijo Castelo de malhumor.

--Le pagar a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho.

--Bueno, pero que no sea muy tarde. Y del robo, qu hay?

--He estudiado el caso--dijo Luna--, y creo que lo mejor sera echar
tierra al asunto.

--Hombre, y por qu?

--Voy convencindome, cada vez ms, de que ese joven a quien hemos
llevado a la crcel es completamente inocente.

--Usted sabe que ese joven es inocente?--replic Castelo con cierto
sarcasmo.

--Y usted tambin.

--Y entonces quin es el culpable?

--Es que es muy posible que en este caso no haya culpable--repuso Luna.

--Qu me quiere usted decir con eso?--exclam Castelo--. Es que puede
haber robo sin que haya ladrn?

--No; pero cuando no hay robo, no hay ladrn.

--Yo saba que los policas estaban de acuerdo con los
ladrones--replic Castelo con furor--; pero nunca haba llegado a or
cosa tan peregrina como sta.

--As que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con
los ladrones?

--S; lo afirmo y lo afirmar siempre.

--Puesto que usted lo toma de ese modo--dijo Luna--, le voy a demostrar
que est usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y
estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librera
de Monnier es una superchera inventada por usted. Ese dinero no se lo
han robado a usted del gabn, como usted ha afirmado; ese dinero se lo
ha jugado usted en un crculo de la Carrera de San Jernimo y en un
garito de la calle de la Fresa. Parte de l se lo ha entregado usted a
una mujer.

--Bonita novela ha inventado usted.

--No es novela; es la realidad.

--Eso habra que probarlo.

--Se lo probar a usted cuando guste.

--Vengan las pruebas.

--Que conste, Castelo, que yo he venido en son de paz.

--Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.

--Est bien.

Luna se levant, se acerc al cuarto prximo y dijo:

--Tengan la bondad de pasar, seores.

Entraron en el despacho Chico, Macas, Las Heras, Zamora y Soto.
Castelo, al verlos, qued anonadado, se puso lvido, y comenz a
agitarse en la silla y a morderse los labios.

--Estoy descubierto--murmur.

--Veo que la presencia de estos seores basta para confundirle a
usted--le dijo Luna.

--No me queda ms recurso que pegarme un tiro--exclam Castelo, con
acento dramtico.

--Bueno, t, nada de farsas!--le dijo Chico con dureza--. Aqu nadie
quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho
que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macas, poco a poco,
y no se te pide ms.

Castelo baj el tono y, de una manera un tanto servil, pidi a Luna
que olvidara si le haba dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de
Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento
confesando que no haba sido robado, y que la cantidad prestada por
Macas la haba perdido en el juego.

--Ahora extiende varios pagars a nombre del hermano de Macas, que los
irs pagando cuando puedas.

Terminado el asunto, Chico ech mano del documento firmado por Castelo
y se lo meti en el bolsillo.

--Alguno lo tiene que guardar; lo guardar yo.

Castelo se mordi los labios. Chico, sin decir ms, salud, y se fu.

Castelo entonces se lament amargamente y de una manera sentimental de
que amigos suyos, como Las Heras y Macas, hubieran hecho con l lo que
haban hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho
del inspector Luna. Antes de salir, Castelo di a ste las gracias y le
dijo:

--No se ocupe usted de mi deuda.

--Hombre, no; yo har lo posible por pagarle a usted.

El mismo da, Luna escribi al juez dicindole que el capitn Castelo
haba sufrido una equivocacin y que no haba sido robado.

A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, ste
tard bastante en salir de su encierro.

Un da se oy la frase clsica empleada en la crcel para poner en
libertad a los presos: Miguel Rocaforte, con lo que tenga! Miguel
sali a la calle. Uno que era amigo de Macas, el robado, cont a
ste lo ocurrido cuando volvi a Madrid. Castelo se vi con Macas y
le explic lo que haba pasado, pintndolo a su modo. Macas, tambin
jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintindose
generoso, perdon la deuda a Castelo y rompi delante de l los pagars
firmados por ste.




                                  VII

                        CASTELO Y PACA DVALOS

                                      Qu importa que ella sea rica,
                                      que tenga muchos litereros, que
                                      traiga costosas arracadas, que
                                      ande en ancha y costosa silla?
                                      Pues, con todo esto, es un
                                      animal imprudente, y si no se
                                      le arrima mucha ciencia y mucha
                                      erudicin es una fiera que no
                                      sabe enfrenar sus deseos.

                                      SNECA: _De la constancia del
                                      sabio_.


POR entonces, y sabiendo que exista gran odio entre Castelo y Chico,
le pregunt varias veces a Luna qu es lo que haba podido ocurrir
entre los dos.

Luna me explic la razn del odio, haciendo comentarios a los hechos,
con su manera de hablar bonachona y su filosofa tranquila y un poco
cnica.

Por lo que me cont, Chico y Castelo haban tenido durante la infancia
y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo
de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos.
Despus, los azares de la poltica les llevaron a los dos a servir
en el mismo regimiento de Caballera, al uno de capitn y al otro de
teniente. La intimidad ms estrecha haba reinado entonces entre ellos.

Los dos, en tiempo de la segunda poca constitucional, se abrazaron al
liberalismo y soaron con ser hroes populares. Impurificados, luego
aceptados en el Ejrcito, estaban de reemplazo en 1833. Quin les
haba de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a
acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de polica odiado y
despreciado por la plebe!

--Es cosa triste--dijo don Eugenio--, cuando se piensa en los asesinos
y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el
considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos seran
los mejores, los ms buenos, y daran ejemplos de honradez y de virtud.

Afortunadamente, no se puede predecir lo que ser la vida. Si no, qu
terror sera el de la madre, cuando acaricia a su nio pequeo, verlo
despus en su imaginacin robando, o asesinando, o subiendo al patbulo!

El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos
conocieron al mismo tiempo a Paca Dvalos, la mujer del coronel Lujn,
que tuvo por entonces una tertulia de las ms celebradas en Madrid.

Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos
claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita,
porque se deca que la mujer del coronel no era una virtud intratable.

Castelo lleg pronto al corazn de la Dvalos. Era ste jacarandoso,
petulante, hablador, mentiroso; tena una bonita voz y cantaba romanzas
al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que haba tenido aventuras
extraordinarias; pero los que le conocan a fondo saban que era muy
cobarde.

Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fu
desdeado y vi pronto el xito de su rival. El hombre se enfureci por
dentro y jur no olvidar lo ocurrido.

Yo conoca bastante a Paca Dvalos. Antes de mi ingreso en la crcel
intrigaba con los amigos de Mara Cristina y Muoz. Le haba visto
varias veces en casa de Celia y en compaa de una italiana, Anita, que
fu la amante de Castelo.

Esta italiana, que quera hacerse pasar por una descendiente de sangre
real y que tena todos los vicios imaginables, haba hecho de Castelo,
que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.

Paca Dvalos y Anita eran amigas de Teresa Valcrcel, la mediadora en
los amores de la Reina con Muoz, y solan reunirse en casa de Domingo
Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clrigo Marcos
Aniano, paisano de Muoz; el marqus de Herrera y el escribiente del
Consulado, Miguel Lpez de Acevedo.

Por entonces, Paca era una rubia elegantsima, con un cuerpo de
muchacha soltera y mucha gracia en la conversacin.

Paca Dvalos, que lleg a entrar en Palacio y a tener confianza con la
Reina, intervino en el traslado desde Segovia a Pars del primer hijo
de Cristina y de su amante, y fu a Francia en compaa del presbtero
Caborreluz.

Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio
progresaron con rapidez. Ronchi lleg a marqus y a propietario; Teresa
Valcrcel se hizo rica; el joven Franco ascendi de capitn a teniente
coronel. El favor real ba, como agua lustral, a los amigos de Muoz;
pero no lleg a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte
del len, con lo que se hizo antiptica y acab por cerrarse la entrada
en Palacio.




                                 VIII

                            HACIA EL ABISMO

                                      El abismo, llama al abismo.

                                      _Salmos_, de DAVID.


LUNA me di ms tarde informes de la vida ntima de Paca.

Paca Dvalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador,
estpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase
a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontr su casa medio
arruinada y la acab de arruinar.

Se jactaba de ser descendiente del marqus de Pescara, el vencedor de
Pava, don Fernando de valos; pero ste, descendiente de un vencedor,
no pas nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fu una mujer
perturbada y siempre enferma.

Paca era a los diez y seis aos una belleza extraordinaria: tena unos
ojos claros, melanclicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo,
excitante. Haba en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos,
unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su
cuerpo, de felino, gil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco
cuidada por sus padres, haba tenido novios desde los catorce aos y le
haba gustado uncir a todos los hombres a su carro.

Entre los novios, un capitn, Lujn, un tanto bruto, violent a la
muchacha; luego se cas con ella, y a los cinco o seis meses de
matrimonio, Paca tuvo una nia.

Marido y mujer anduvieron de guarnicin en guarnicin, hasta que se
establecieron en Madrid. Lujn era un hombre violento, avaro, de
malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso
armaba un escndalo a su mujer; muchas veces, con razn, por las
coqueteras de ella; otras, sin ms motivo que su malhumor.

La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tena un entusiasmo
ciego. La nia, Estrella, prometa ser una gran belleza. Era, adems
de bonita, muy amable, muy dcil; tena mucho gusto por la msica y
una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la nia era el nico
freno, la nica defensa de la honestidad de su vida.

Pensando en ella se prometa a s misma ser buena para no dejarla un
estigma difcil de borrar; pero, a pesar de sus propsitos, no los
cumpla siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de
todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y
las diversiones. Paca haca gastos excesivos y, para ocultarlos a su
marido, engaaba, trampeaba, menta, y, al ltimo, generalmente se
descubran sus enredos.

Lujn, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer
pareca volver a una vida recogida y casera, pens que Paca iba a
dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tena doce aos, y para
sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llev a la
nia a un colegio de monjas de Toledo.

Paca, desesperada, averigu dnde estaba la nia, y hasta prepar un
rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Lujn,
impidi que la nia saliera de la casa.

La Dvalos no pudo resistir esta separacin; se desesper, suplic a
su marido que trajera a su hija; l la dijo que no. Paca sinti desde
entonces la impresin del que se hunde en el abismo.

Pocos das despus abandon a su marido y se fu a vivir con Castelo.

Lujn jur que se vengara; pero no hizo nada. La Paca y Castelo
pusieron casa y tuvieron una poca de entusiasmo y de amor, en la cual
creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto
se cansaron de ella.

Castelo comenz a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente,
la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e
irse a una de huspedes. Cuando tenan un buen momento vivan bien;
pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva
miseria.

--Por qu te he seguido?--exclamaba ella.

--Eso me pregunto yo--deca l--. Para qu me has seguido? Para
hundirme para siempre.

La Paca se separ de Castelo, tuvo otros amantes y volvi a
reconciliarse con l. En la segunda separacin llegaron a pegarse.

La Paca, entonces, recurri a sus amistades cortesanas; pero al ver que
la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indign y
comenz a manifestarse republicana. Cuando beba y se exaltaba deca
que haba que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.

En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoci a una corredora
de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Gardua. Esta
mujer era duea de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de
la calle de la Fresa. La Gardua viva con un usurero, el Silverio.
La Gardua era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores
chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de
los ojos. Esta Gardua era muy inteligente en sus negocios y se iba
enriqueciendo con gran rapidez.

El Silverio, su amante, un tipo rado y siniestro, con una nube en un
ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios
oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueo
de garitos.

La Gardua se entenda muy bien con l.

La Gardua acab por prostitur a la Dvalos; explotaba su pasin
desenfrenada por el juego, y le haca pagar las deudas llevndola a las
casas de citas.

Castelo segua tambin su marcha hacia el abismo; todava poda pasar
por joven, aunque mirndole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo
en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y
su labio colgante pareca hacerse ms flcido. Tena, entre otras, la
condicin de la intriga, y saba disimular su crpula y darle un aire
sentimental. Este chulo sensible era muy hbil. Sin haber estado en
ninguna batalla, luca una buena hoja de servicios. Era cobarde, y
daba la impresin de valiente, fanfarrn, insultador, procaz y de una
audacia extraordinaria.

Su fantasa le haca darse aires de hroe, y convenca a la gente de
que los sueos de su imaginacin eran algo real.

Castelo tena una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes
del mundo, que dice Gracin, dominaba por completo su espritu;
criticaba con acritud a todos los polticos y, sobre todo, a los
generales, que le parecan de una ineptitud tan completa, que afirmaba
que el uno no saba leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a
cincuenta hombres, etc. Se manifestaba tambin, a consecuencia de su
vanidad y de su cobarda, muy rencoroso.

Castelo y Paca Dvalos, despus de muchas rias y separaciones,
llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Gardua para establecer
varias timbas en Madrid.

Uno de los socios era doa Anita, la italiana, que haba sido querida
de Castelo y que acab casndose con un francs y poniendo una tienda
de antigedades.

El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que
exista en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en
distintos sitios de Madrid.

A la Paca y a Castelo los tenan los socios como elemento decorativo.
La Paca Dvalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora
empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando
estaba triste y pensaba en su hija, la idea le produca tal dolor, que
se emborrachaba hasta quedar como muerta.




                                  IX

                            CHICO Y CASTELO

                                      Se cree, en general, a los
                                      hombres ms peligrosos de lo
                                      que son.

                                      GOETHE: _Las afinidades
                                      electivas_.


PASARON aos y ms aos--dijo Aviraneta--. Yo me haba resignado a no
llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de
los sucesos polticos. Casi todos los meses, Mara Cristina me llamaba
a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares.

La Reina estuvo siempre muy celosa de Muoz, y ms que las cuestiones
polticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quera
sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien haba elevado al tlamo
real, y muchas de sus actitudes, que parecan maniobras obscuras, no
dependan mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando
dej a Espaa entregada al general Espartero, no fu a causa de un
despecho poltico, sino de los celos que senta al saber que su marido
frecuentaba la casa de una bailarina.

La Reina lleg a las ms absurdas precauciones, y, para que su marido
no saliera, le prepar en la plaza de Palacio una azotea con persianas
verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a
la azotea: la jaula de Muoz.

Muoz era hombre guapo, tena ocho o diez aos menos que Cristina,
y ella senta por l esa pasin un poco exclusiva de las mujeres
ardientes y machuchas.

Ya en 1834, antes de entrar yo en la crcel, un peridico titulado
_La Crnica_ di esta noticia: Ayer se present Su Majestad la Reina
Gobernadora en un _char avant_, cuyos caballos diriga uno de sus
criados. En el asiento del respaldo iba el capitn de guardias duque de
Alagn.

La Reina se indign de tal manera, al ver que le llamaban criado a
Muoz, que no par hasta que Martnez de la Rosa y el jefe de polica,
Latre, suprimieron el peridico y desterraron a su editor, Jimnez, y
al director, Iznardi.

Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y ms tarde
le entr el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por
cualquier medio. Entonces fu cuando se ali con Salamanca; y comenz
sus combinaciones financieras y sus negocios, y acab de desacreditarse.

Yo haba intimado con la Reina Madre en Pars, cuando viva en su
palacio de la calle de Courcelles, y le haba intentado convencer de
que un Gobierno fuerte y liberal era la salvacin de Espaa.

En Madrid, Mara Cristina me llamaba al palacio de la calle de las
Rejas, me preguntaba mi opinin acerca de las cuestiones polticas,
y quera que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los
amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.

Mara Cristina haba perdido influencia en su hija Isabel, que, como se
sabe, vivi entregada a una serie de favoritos, serie que comenz por
Serrano, el General Bonito.

Mara Cristina no tena ninguna simpata por su yerno, y le despreciaba
por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.

Mara Cristina saba que yo viva pobremente, y me deca:

--Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a
verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribir.

--Seora--le contestaba yo--, tengo lo bastante para vivir.

Mara Cristina me envi de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi
mujer. A pesar de esto, yo no la quera. Aquella ansia de hacer dinero
a todo trance, de considerar a Espaa como una finca, me molestaba.
Esto deba haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.

Nunca pas de ah, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo
se sabe en Madrid, y se saba que yo frecuentaba su palacio, se crey
que era uno de sus consejeros polticos, lo que no era cierto.

Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era
viejo y estaba desengaado.

Adems, la Reina Madre y Gonzlez Bravo, y despus Sartorius,
pretendan mermar, y hasta abolir, la Constitucin, cosa que para m no
poda ser simptica, porque era la negacin de toda mi vida poltica. A
los sesenta aos ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la
honradez por costumbre.

No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de
saber lo que pasaba.

Cuando el general Lersundi fu presidente y Egaa ministro de la
Gobernacin, estuvo ste en mi casa a decirme que de parte de la Reina,
del general y de la suya, vena a verme para que pidiese un cargo.

--Yo ya no quiero ser nada--le dije.

Durante estos aos intermedios entre la guerra civil y la revolucin
del 54 o hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando
comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegu a
encontrar ni una vez. Chico se hizo clebre como jefe de polica de
Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba
horrores de l, y se le consideraba como un esbirro capaz de los
mayores atropellos y violencias.

Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de
taberna, ordinario y bestial, y yo tena de l la idea de un tipo
casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz
un poco aplastada, los labios delgados, el color plido y el cuerpo
esbelto.

Chico, al menos en el tiempo que yo le conoc, lea bastante, le
gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco
andaluzado.

Cosa extraa. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que
yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no tenamos nada de
comn.

En 1847 me prendieron a m y le prendieron a Chico, y nos deportaron,
a m a Alicante y a l a Almera. Cualquiera hubiera dicho que haba
relacin entre nosotros dos; pero no haba ninguna.

Yo haba recibido carta de un amigo y secretario de Mara Cristina,
desde Pars, pidindome noticias de Madrid, y yo le contest burlndome
de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la
intercept el Gobierno.

Respecto a Chico, tena, en abril de 1847, una letra de veinticinco
mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la
Gobernacin, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada
de unos cuantos jvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al
paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y
la plaza de Oriente. El ministro pens: Vamos a prender a Chico y a
Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a
Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la
impresin a la gente de que ha habido un complot. Qu complot iba a
haber para vitorear a la Reina? Era ridculo; pero la gente lo cree
todo.

Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de
que haba algo de comn entre Chico y yo qued flotando en el aire.

Tambin o hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre
apareca entre los progresistas radicales con la aureola de un poltico
austero.

Qu se va a hacer! Este ser siempre uno de los escollos de la
democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las
condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaa siempre
mejor que a un hombre.

El ao 1851 fu nombrado jefe poltico de Madrid mi amigo el general
Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un da a la
semana. Fu a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me pregunt:

--Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de polica?

--Le conozco desde que era capitn de Caballera retirado; pero hace
ms de veinte aos que no le he visto.

--Qu opinin tiene usted de l?

--Opinin personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina
que yo fund. Era, por entonces, un hombre enrgico y atrevido.

--Y desde esa poca no le ha vuelto usted a ver?

--Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de l y no me lo he encontrado
jams. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro.

--Sabe usted que le vamos a prender a Chico?

--Pues, por qu?

--Tiene una fama psima. Se afirma que est en relacin con los
ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que
ha cometido mil atropellos.

--Respecto a los atropellos--dije yo--, no cabe duda que deben ser
verdad; pero tanta culpa como l la tienen los jefes del Gobierno, que
le han dado rdenes o que le han consentido; respecto a que est en
connivencia con los ladrones, no lo creo.

--Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios,
criados, una galera de cuadros magnfica; que sostiene mujeres...

--Y hay pruebas contra l?

--S, hay pruebas.

--Me parece extrao que un hombre listo haya dejado un rastro
comprobable de sus fechoras.

--Pues no cabe duda. En este momento se est haciendo un expediente
documentado contra Chico.

--Y quin lo hace?

--Una persona respetable: el coronel Castelo.

--Don Mauricio Castelo?

--El mismo. Le conoce usted?

--S.

No dije ms. Sola encontrar de cuando en cuando en la plaza del
Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su
nietecillo. Luna estaba retirado y viva en una casa de la calle de
Barrio Nuevo. Un da, al encontrarle, le cont lo que me haba dicho el
general Lersundi.

--Ya lo s--me contest l.

--Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra
Chico, que le descubri la artimaa del supuesto robo hecho a Macas.

--No, no slo es por eso--replic Luna--. Chico hizo una canallada a
Castelo.

--Pues?

--No s si le cont a usted que Chico guard la confesin de Castelo.

--S me lo cont usted.

--Chico--sigui diciendo Luna--guard aquel documento con la idea de
utilizarlo, en cualquier ocasin, contra Castelo. Dos o tres aos
despus del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser
nombrado Chico jefe de la polica, se encontr en un baile de mscaras
del Circo con Paca Dvalos. Ella estaba todava en el apogeo de su
belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe
de polica, de quien saba algunos secretos amorosos por Castelo.
Chico la conoci, la llev al ambig y la convid a cenar. Ella acept
el convite y coquete con Chico; pero al salir del baile le dijo que
no tomara en serio sus coqueteras, porque estaba enamorada de otro
hombre. Chico, enfurecido, le replic que si no le acompaaba a su casa
aquella noche, al da siguiente le llevara a Castelo a la crcel y le
desacreditara, porque tena un documento que le comprometa.

--Y ella qu hizo?

--Ella fu a su casa.

--Demonio!

--S, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al
principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Haba reido muchas
veces con la Paca, que haca una vida relajada, y, ciertamente, no
estaban legitimados los celos. Adems, la posicin de Chico como jefe
de polica era muy fuerte, y no era fcil el medirse con l. Cuando la
reputacin de Chico comenz no slo a decaer, sino a hacerse siniestra,
Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos
por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe
de la Ronda.

--Se comprende que una cosa as no es para olvidarla, y menos pensando
que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia--le dije yo.

--Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de
la antigua amistad que tuvo con l hace su rencor ms violento y ms
venenoso.

--Me explico que un hombre frentico, como Castelo, haya hecho muy mala
sangre pensando en Chico.

--El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dvalos, y los dos han
empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los
agentes de la Ronda Secreta y a una porcin de ladrones que conocen por
intermedio de los ganchos de las casas de juego de la Gardua y del
Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando
parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a
Castelo en su campaa.

--Y ser verdad que Chico se entenda con los ladrones?

--Hombre, don Eugenio!--dijo Luna con una sonrisa cnica--. Todos los
policas se entienden ms o menos con los ladrones; pero no son los
robos los que pueden dar ms dinero a un hombre que tenga el cargo de
Chico. Figrese usted! Hay los en la Corte, hay grandes negocios,
hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un poltico
de una campaa de difamacin; se puede salvar la fama de una seora
comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo
Real. Todo eso da.

--Y usted qu va a hacer si le llaman, amigo Luna?

--A m? Quin me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra,
vivo en mi rincn obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo
personalidad mas que para ellos.

--Y si le llamaran, a pesar de eso?

--No dira nada ni en pro ni en contra, don Eugenio.

--Nada?

--Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas.

Le dej al inspector Luna con su nietecillo, y le habl unos das
despus al general Lersundi y le cont lo que saba de Castelo y de su
hostilidad contra Chico.

--El proceso se ha de ver pronto--me dijo el general--. All se
aclarar la cuestin.

Das despus, Lersundi fu nombrado ministro de la Guerra, y le
sustituy en el Gobierno Civil don Melchor Ordez.

Este dispuso la prisin de Chico, que estuvo nueve meses en el
Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de
pruebas.

Castelo declar varias veces en el proceso, y dijo a todos los que
quisieron orle que no parara hasta verle a Chico colgando de la horca.

A las acusaciones de Castelo contest Chico con una informacin
detallada de la vida de su enemigo. Lo pint como un intrigante, como
soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente
los garitos y las mujeres.

La lucha entre los dos fu ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de
todos los expedientes imaginables.

Chico tena la opinin adversa y se agitaba en el vaco; los resortes
de que poda echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba
apoyo en todo el mundo poltico y periodstico.

--Por entonces--sigui diciendo Aviraneta--, alguna que otra vez sola
ver en la calle a Castelo, que ascendi, por sus intrigas y manejos
obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompaado de un hombre de buen
aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos
saludbamos al vernos, y yo le tena por un hombre que estaba en buenas
relaciones conmigo.




                             SEGUNDA PARTE

                             CONSECUENCIAS




                                   I

                         LA REVOLUCIN DEL 54

                                      Cul de vuestros sistemas
                                      filosficos es otra cosa que el
                                      teorema de un sueo, un puro
                                      cociente, confidencialmente
                                      obtenido donde el divisor y el
                                      dividendo son desconocidos?

                                      CARLYLE: _Sartor Resartus_.


EN tal estado de cosas lleg la revolucin de julio de 1854. Yo, la
verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no crea en ella.
Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. A quin no le
ocurre esto? A m me pas como a todo el mundo. Cuando en junio de
aquel ao mi amigo Legua, aqu presente, me indic que iba a estallar
un movimiento revolucionario, yo le dije: Bah! No pasar nada.

El movimiento lleg, los generales se sublevaron en Viclvaro, y los
das que la revolucin anduvo suelta por las calles, yo me dediqu
a curiosear. Presenci el saqueo del palacio de Mara Cristina y el
de la casa de Salamanca a los gritos de Muera Sartorius! Mueran
los polacos! Muera la Piojosa! Yo tena ms miedo en casa que en la
calle. Haba gente que saba que yo era amigo de Mara Cristina y, por
tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella poca tena un odio
profundo por esta reina, a quien haca veinte aos consideraba como un
dolo.

Yo viva en la calle de San Pedro Mrtir, en el barrio de la Comadre,
ya al comenzar los Barrios Bajos.

El da 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos
del clebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, haban
sealado mi casa y mi persona a las iras del ppulo como cristino.
Indagu y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la
lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequea
repblica autnoma bajo las rdenes del seor Muoz (alias Pucheta).
As tenamos un Muoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muoz
abajo (Pucheta). La revolucin del 54 era un conflicto entre dos
Muoces.

Tuve que tomar mis medidas y pens en buscar un asilo seguro. Mi mujer
se refugi en casa de un mdico joven de la vecindad que nos visitaba.
Este mdico viva con su madre, y por entonces haca oposiciones a una
ctedra de San Carlos.

Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitacin los papeles,
los cuadros regalados por Mara Cristina y algunos muebles, y los
llevamos a la casa del mdico; luego cerramos la puerta con llave.

Yo fu a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban
albergue por unos das, y obtuve una absoluta negativa.

En los momentos de peligro la mayora se siente inclinada a pensar slo
en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados.

Haba por aquellos das un miedo terrible, y los que me conocan a m
crean que yo no era slo un cristino, sino que deba estar complicado
en todas las intrigas de los polacos. Se deca que Mara Cristina
estaba encerrada en un convento.

Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me haba avisado que
estaba perseguido, y all encontr un rincn seguro para pasar unos
das. La seora Isidra, la lavandera, viva en una guardilla de la
calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los
Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La seora Isidra tena muy poco
sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad.

Manolo, el papelista, me cont cmo haban peleado l y sus amigos en
la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de
Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en
estas jornadas.

Me sola traer papeles que se publicaban en la calle y nmeros de _El
Murcilago_, de _La Mentira_ y de _El Miliciano_.

Segua yo la marcha de la revolucin por los peridicos y por las
conversaciones.

A pesar de que el movimiento pareca completamente liberal, no
lo era del todo. Haba entre los impulsores de aquellas jornadas
revolucionarias progresistas, demcratas, republicanos, militares de la
Unin Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto haca que
el movimiento tuviera un carcter turbio y su direccin fuera confusa y
mal definida.

Cuando cre que la violencia revolucionaria haba ya pasado sal de la
guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban,
como yo, considerados como sospechosos, para ver qu es lo que haban
hecho y tomar una orientacin.

Saba que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.

Me acerqu al centro entre la gente huyendo de los barullos: fu por la
Concepcin Jernima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle
del Prado, a ver al dueo de una casa de la calle del Lobo, donde haba
vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado haba una
barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cchares.

Intent entrar por la calle de la Visitacin, pero estaba tambin
cortada.

Volv a la plaza de Santa Ana y segu por la calle del Prncipe.

Iba por la calle de Sevilla a la de Alcal cuando me encontr detenido
en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles,
tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de
paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje
corto y calas y mozos de caf de los cafs prximos.

El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reun al grupo
de los paisanos, repart unos cuantos cigarros puros, y a un hombre
andrajoso, con un morrin en la cabeza greuda, que estaba sentado
sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunt:

--Oiga usted, compadre, quin manda esta barricada?

--Un brigadier que vive en esa casa--y me seal una de la calle de
Sevilla, esquina a la de Alcal.

--Cmo se llama ese brigadier?

--No s. Eh, t, Charpa! Cmo se llama ese brigadier que viene aqu
vestido de uniforme?

--No _ze_--dijo el aludido, que tena aire de picador--; quiz lo
_zepa_ Currito o el Lebrijano.

--Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo--dijo Currito, que era un
chulo con aire de monosabio.

--Hombre! Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mo. Voy a verle.




                                  II

                               MAL PASO

                                      Por qu ultraje comenzar; por
                                      qu ultraje terminar?

                                      EURPIDES: _Electra_.


VACIL; pero como haba dicho delante de aquellos hombres que conoca
a Castelo, entr en la casa que me indicaron. Se me ocurri que quiz
Castelo podra protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid.

Sub la escalera de la casa hasta el piso principal.

--Vive aqu don Mauricio Castelo?

--S, seor. Por lo menos, aqu est.

Era aquello un crculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta
abierta y entraban y salan hombres que hablaban a gritos y fumaban
grandes puros.

Vacil de nuevo pensando si no sera una imprudencia el seguir
adelante; pero me decid.

Avanc, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mrmol,
hasta una sala de lectura con un armario, en el que se vean varios
libros.

Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas
y trabucos, gente la mayora desharrapada, con zamarra y calas,
entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatn y
pantalones de trabilla.

Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los das de
julio, llevaban capa.

La mayora eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras
de las chirlatas embozados en la paosa y con un garrote en la mano.

Estaba yo en la puerta del saln de lectura cuando entr el torero
Pucheta con un periodista, pequeo y plido, picado de viruelas y con
anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.

Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con l largo tiempo.

Pucheta empleaba las grandes frases de la poca: la democracia, la
soberana nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio
contra todos.

Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se march con Pucheta.

Castelo qued solo, y entonces me acerqu a l y le salud:

--Sintese usted--me dijo amablemente--. Yo voy a comer. Quiere usted
comer conmigo?

--Muchas gracias. He comido ya.

Castelo abri una mampara del saloncito, llam a voces, vino su
asistente y le dijo:

--Treme la comida.

Contempl a Castelo. Haba envejecido muchsimo desde que yo le haba
conocido. Tena un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor.
Estaba encorvado. Vesta pantalones de militar, chaqueta de paisano y
gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; ms bien mascaba un cigarro puro.

Me choc hallarle tan decado. Cre adivinar en l un sentimiento de
descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunt:

--Quin era esta gente? Qu es lo que quiere?

--Estos son los jefes de la revolucin al menudeo--contest con
disgusto--. Alguno que otro es un cndido. Los dems son gandules y
asesinos que deban estar en presidio.

--S, por su aspecto no parecen muy de fiar.

--Todos, o la mayora de estos revolucionarios de pega, son tahures,
jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos,
toreros.

--Y el periodista?

--Ese es el mayor canalla de todos. Si yo tuviera poder!

--Ese torero que toma aires de director de las turbas es el clebre
Pucheta, verdad?

--S; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.

--Y cmo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?

Yo le hice esta pregunta como si le considerara ms en mi campo que en
el de los amigos de Pucheta.

--Qu quiere usted?--me dijo l revelando su inquietud--; me han
comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran
un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que
presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para
celebrar el triunfo de la Revolucin.

--Y usted va a ir?

--S; si no parecera sospechoso. La cosa no est sosegada todava,
sino slo aplazada.

--Pues qu se quiere?

--Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a
O'Donnell; hay quien piensa en la Repblica.

--Bah! Todava falta mucho para eso.

--Todos quieren prender y juzgar a Mara Cristina.

--Y dnde est Mara Cristina?

--Est en Palacio.

Castelo sali del cuarto, y vino, poco despus, con una botella de ron
y un vaso; tir el cigarro al suelo, lo pis y comenz a beber el licor
como si fuera agua.

Yo le contempl. Deba de estar completamente alcoholizado; pareca de
esos hombres que viven en una irritacin constante interrumpida por
momentos de depresin.

Entr el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel
y los platos.

--Dnde est la seorita? Por qu no viene?--le pregunt Castelo.

--Quiere usted que la llame?

--S; que venga en seguida, que la estoy esperando.

Yo estaba buscando una frmula para marcharme cuando entr Paca Dvalos
en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos
todava haca efecto; pero de cerca era una vieja decrpita. Estaba
torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tena los ojos tiernos
y los prpados rojos y sin pestaas; en su cara, a travs de la capa
de polvos de arroz, se vean manchas rojas como erisipelatosas. A cada
momento guiaba los ojos y tena unos tics nerviosos que le hacan
estremecer todo el rostro. Al hablar torca la boca a un lado.

Era todava felina; sus ojos soadores haban perdido su brillo y su
encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza
dentro de la jaula.

Me levant para saludarla. Ella no me reconoci. Se sent; tom en
la mano el vaso lleno de ron que tena Castelo delante y bebi unos
cuantos sorbos.

Le temblaba la mano como a un perltico.

De pronto me mir fijamente y me dijo:

--Yo le conozco a usted.

--Yo tambin a usted.

--De dnde?

--De casa de Celia.

--Ah! Es verdad.

Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito
Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.

La Dvalos se confunda con sus recuerdos; haba perdido la memoria.
Tena, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contraccin de
la cara de la Dvalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresin de
algo grave y, a veces, tena yo la evidencia de que aquella mujer era
una perturbada, una loca.

--Usted es todava amigo de Cristina?--me pregunt tartamudeando.

--S.

--Pues lo va usted a pasar mal.

--Qu le vamos a hacer!

--Y cmo puede usted ser amigo suyo?

--Yo, por agradecimiento. Qu quiere usted! Le debo la vida.

La Dvalos se exalt al hablar de Mara Cristina, y empez a decir de
ella porqueras y suciedades, llamndola constantemente zorra, piojosa
y la seora de Muoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de
los tahures y matones con quien trataba y conviva.

--Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?--le pregunt yo.

--Si me hizo! Ya lo creo. Fu su amiga; pero hoy dara mi vida por
devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde deba
estar. La odio, la odio.

--Tanto...?

--Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada
por los gusanos.

La Paca dej pronto su aire reconcentrado y vengativo y recit estos
versos, que haban salido del campo carlista:

      Clamaban los liberales
    que Cristina no para,
    y ha parido ms Muoces
    que liberales haba.

--Muoces!--exclam luego la Paca--. Cualquiera sabe de quin son los
hijos de esa zorrona..., cochina.

Castelo intervino en la conversacin y habl de lo que se deca en la
calle: de que la Reina Madre haba tomado parte en todas las contratas
y en todos los negocios sucios de Espaa y de Ultramar para hacer la
fortuna de los Muoz.

Qu moralidad se haba despertado en un tahur como Castelo!

--Pero eso es lo de menos--aadi; y cont ciertos asesinatos
misteriosos que haba ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y
su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva
Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.

Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me ech a temblar. Cuanto ms
odio hubiese por Mara Cristina, ms peligrosa era mi situacin. La
verdad es que luego he odo hablar en serio de envenenamientos hechos
por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante
don Francisco.

--Pero, usted cree que todo eso es verdad?--le pregunt a Castelo.

---Si es! Es el Evangelio.

--Demonio!

--S, s, es usted cristino--dijo Castelo--; lo va usted a pasar mal.
Ahora va de veras; no deba usted salir a la calle, le pueden dar algn
disgusto.

--Por eso vena a verle a usted, que tiene influencia--le dije.

--Qu quiere usted que yo haga?

--Mi casa est cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y
venir de gente que se han constitudo en amos, hacen lo que les da la
gana y han formado una lista de sospechosos.

--Dnde vive usted?

--En la calle de San Pedro Mrtir.

--Hacia dnde est eso?

--Hacia Lavapis.

--Toma, yo le crea a usted rico! De poco le ha servido su amistad con
Cristina.

--Tengo mi sueldo de intendente, y de l vivo.

--Bueno, yo le dir a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a
Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, vyase usted, vyase cuanto
antes. Aqu no hace usted mas que comprometerme.

Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su
abatimiento sombro y excitndose cada vez ms.

Me levant, tom mi sombrero y, haciendo de tripas corazn, salud lo
ms amablemente que pude a Paca Dvalos y a Castelo. Haba dado un paso
en falso.

Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo grit de
pronto:

--Oiga usted, oiga usted, seor cristino! Tengo entendido que en la
tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de m. Usted debe
saber quin fu, porque usted iba a esa tertulia?

--Yo, no; yo no he odo hablar de usted.

--Usted no le conoce a Macas?

--A un Macas le conoc en Mjico; pero desde entonces no le he vuelto
a ver.

--Y a Luna, al inspector de polica Luna, le conoce usted?

--A ese le conoc porque fu el que me prendi hace veinte aos y me
llev a la Crcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de l, ni
s si vive.

--Pues s vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas
antiguas. Y a Chico, no le conoce usted tampoco?

--No, no le conozco. Cuando l comenz a intervenir en la poltica, yo
me haba retirado.

--Si este buen seor debe ser ms viejo que Matusaln!--dijo la
Dvalos.

--Pues yo me he de vengar--exclam Castelo--; tengo que averiguar quin
le di malos informes de m a Lersundi y despus a Ordez. Algn amigo
de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas
manos, s, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moler a
garrotazos.

--Bueno, Mauricio, clmate--dijo Paca.

--No me quiero calmar: S, a Chico se le harn pagar sus crmenes, y
ser pronto..., muy pronto..., quiz antes de veinticuatro horas.

A esto aadi Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y
dando puetazos en la mesa.

--Bueno. Adis!--dije yo.

--Adis!

--Celebrar que no le rompan a usted un hueso--exclam Paca Dvalos,
con su risa dolorosa, de enferma.

Castelo se ech a rer como un insensato, y debi tener algn propsito
agresivo contra m, porque intent levantarse y seguirme; pero el
asistente le detuvo. Yo baj corriendo las escaleras y sal a la calle.




                                  III

                         UNA NOCHE DE INSOMNIO

                                      La enemistad de una sola
                                      chinche menuda que se arrastre
                                      por nuestra cama es ms de
                                      temer que la clera de cien
                                      elefantes.

                                      HEINE: _Atta Troll_.


TOM por la calle de Alcal hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los
grupos de revoltosos y de vagos que andaban por all.

--Aviraneta--me dije a m mismo--, has hecho una tontera en visitar a
Castelo. Has llamado la atencin sobre ti. No tienes un rincn donde
poner tus huesos en seguridad y ests en peligro de que te rompan uno,
como deca Paca Dvalos hace un momento.

Y me frot las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.

Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullicin. No
me decid a ir a mi barrio, porque tema que me conocieran, y me fu a
un caf de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le cont
una historia falsa y me recomend una casa de huspedes de la calle de
Silva.

Fu a ella: la patrona tena mal semblante, y a las pocas palabras que
cambi con ella comprend que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la
polica.

Haca una noche de calor sofocante. Me met en el cuarto que me
alquilaron y no pude dormir. Haba chinches en la alcoba. Una procesin
de estos insectos sala de un ngulo del techo e iba avanzando, y
cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una
precisin matemtica.

--Por la maana, al alba, me levant y me vest. Mi instinto me haca
creer que no estaba muy seguro en aquella casa.

Me asom al balcn y me sent en una silla. A eso de las cuatro vi que
mi patrona sala a la calle, y poco despus volva con un hombre.

--Maniobra sospechosa--me dije.

Abr la puerta de mi cuarto y avanc por el pasillo de la casa, todava
obscuro. La patrona y el hombre hablaban de m. Haban dejado la puerta
abierta.

Inmediatamente me puse el sombrero y baj las escaleras con rapidez,
con las botas en la mano. En el portal me las puse; sal a la calle,
entr por el callejn del Perro y me met en un portal abierto e
iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Haba una vieja
harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con
colores chillones. Una de ellas tena una cara ancha, brutal, una cara
de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban
muy pintadas.

La vieja conoci, por mi actitud, que vena huyendo, y no se le ocurri
explotarme. Me sent en un banco y charlamos. La vieja me habl del
Destino con un fatalismo tan estoico que me asombr.

--Cada cual su sino--deca a cada paso.

Convid a las mujeres a tomar caf con leche, y despus de estar unas
tres o cuatro horas all, por la calle de la Flor sal a la de San
Bernardo.

Sub a la plazuela de Santo Domingo, y en un caf que haca esquina,
cerca de una barricada, entr y encargu un almuerzo.

--Tardar un poco--me dijo el mozo--; todava es temprano, y con estos
jaleos no viene nadie.

--Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperar.

Compr _La Iberia_ y unas hojas del _Boletn_ extraordinario del
ejrcito constitucional, que se vendan en las calles, y estuve
haciendo como que lea, pensando en dnde podra ocultarme, o si sera
mejor salir inmediatamente de Madrid.

Lleg el almuerzo y com bien, pensando que quiz la cena se hara
esperar.

--Tiene uno buen apetito--me dije--. Eso demuestra que interiormente
todava uno est sereno.

Tom caf y varias copas de coac y le di al mozo una buena propina,
suponiendo que podra necesitarle.




                                  IV

                           EL FINAL DE CHICO

                                      Cuando se ha odo decir que
                                      tal persona o tal otra es un
                                      hombre malo, se cree leer la
                                      maldad en su fisonoma, y
                                      entonces la ficcin se aade a
                                      la experiencia para realizar
                                      una sensacin cuando el inters
                                      y la pasin se mezclan.
                                      Helvetius cuenta que una dama,
                                      contemplando la luna con un
                                      telescopio, vea la sombra de
                                      dos amantes; un cura que quiso
                                      comprobar el hecho le replic
                                      diciendo: No, seora, no; esas
                                      sombras son las dos torres de
                                      una catedral.

                                      KANT: _Antropologa_.


ESTABA dispuesto a salir del caf, porque no tena pretexto para seguir
en l, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:

--Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aqu
gritando.

--Qu pasar?

El amo del caf mand cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.

--Usted quiere salir ahora?--me pregunt a m.

--Esperar a que pase el tumulto.

--Tiene usted razn. Con estos alborotos constantes no se sale ganando
nada.

Con el cierre de la puerta y de las ventanas el caf haba quedado casi
a obscuras.

--Quiere usted subir al billar?--me dijo el mozo que me haba
servido--; desde all puede usted ver muy bien lo que pasa.

Sub por una escalera de caracol a la sala de billar y me asom a un
balconcillo del piso entresuelo. Vena de la calle Ancha una masa de
gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres
y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras.
Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se vean entre
la multitud.

Despus vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con
andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en
la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un
palo.

--Quin es?--nos preguntamos todos--. De quin es esa imagen?

Nadie lo saba.

Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchn y sostenido
en unas parihuelas apareci en la plaza de Santo Domingo un hombre
flaco, amarillo, ictrico, como una momia, ya viejo, con patillas
grises.

Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pauelo en el
cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el
que se abanicaba tranquilamente. Su expresin era fosca, amarga y casi
burlona.

A no ser por los dicterios que le dirigan las turbas, se le hubiera
podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo
de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.

--Quin es este hombre?--preguntamos varios.

Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de Muera Chico!
A la horca! A la horca!, nos hicieron comprender que el hombre
que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el
clebre jefe de polica de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que
dijeron era la de Chico, y detrs, el portero de su casa, a quien
llevaban a empujones.

Este era un ex polica apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se
haba dirigido la gente para prender a Chico, y que haba intentado
salvar al jefe.

Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de
Chico.

--Muera Chico! A la horca! A la horca!--volvi a vociferar la
multitud.

--Adnde lo llevan?--pregunt un mozo del caf a uno de la calle.

--A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.

--Lo tiene muy merecido.

El amo del caf hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.

El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, crea, sin
duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los
atropellos desaparecieran.

Das antes haban matado las turbas a otro polica apodado el Pocito.

Yo estaba inquieto; pero hacindome el hombre tranquilo e indiferente,
me sent en una silla en el balcn, encend un cigarro y me puse a
fumar.

La comitiva esper unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber
qu direccin tomar, hasta que debi venir la orden de seguir por la
Costanilla de los ngeles.

Not, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi
todos los que se encontraban el da anterior en compaa de Castelo.
Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeo y plido, picado de
viruelas y con anteojos. De su grupo partan ms rabiosos los gritos de
Muera Chico!

Pero no slo estaban ellos. Castelo y la Paca Dvalos se hallaban
agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso
de la multitud. Yo los vea de cerca. Se haban disfrazado; l llevaba
pantaln corto y calas; ella, un mantn obscuro.

Qu expresin de ansiedad, de odio, de triunfo haba en sus miradas!
Qu momento de pasin estaban viviendo ambos!

Vean correr en su imaginacin la sangre del hombre que les haba
ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora
boreal. Quiz crean tambin que esta venganza les haba de bastar para
ser felices.

Durante un momento cre que Chico vea a sus enemigos desde lo alto de
las andas; pero si los vi apart de ellos la vista con indiferencia y
sigui abanicndose con su aire fro y desdeoso.

Daba Chico la impresin de un hombre que haba llegado a un tal
desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente
de poca importancia.

--Canalla! Granuja!--deca la gente.

--Mira cmo mira--aada una comadre.

--Tiene cara de pocos amigos.

--Cara de Judas.

--Dios nos libre de un hombre as.

--Muera Chico! A la horca! A la horca!

--Eres un valiente--dije yo en mi imaginacin dirigindome a l--;
podrs tener t la culpa, y el pueblo la razn; pero mi simpata va
hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los
labios ms que a la turba aulladora y cobarde.

Pas la procesin y la multitud se derram por la Costanilla de los
ngeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dvalos,
agarrndose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecan
dos viejos; l, rado y encorvado; ella, torcida, con una manera de
andar de paraltica.

Les miraba alejarse y me parecan los supervivientes de un naufragio;
ms an: me parecan los restos del barco que las olas echan sobre la
playa.

Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas
parihuelas sobre el odio popular, que perderse as, encorvados y
renqueando, por la sombra de una callejuela.




                                   V

                                ACOSADO

                                      Se sufre ms cuando se sufre
                                      solo y se deja tras de s los
                                      dichosos.

                                      SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.


CUANDO se despej la plaza, baj del billar al caf y sal a la calle.
Los alrededores haban quedado desiertos. La comitiva de Chico barri
los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.

Se me ocurri entrar en casa de Istriz, que viva all cerca, en
la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El
hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Haba
presenciado en los das anteriores la lucha de los sublevados y la
tropa, en la misma calle, y aquel da, el paso de Chico entre la
multitud.

Le expliqu la situacin en que me encontraba, sin poder volver a casa,
y a esta circunstancia le di un carcter cmico.

--Y qu va usted a hacer?--me pregunt Istriz.

--Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido
bastante.

--Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria.

--Qu quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.

--Pero, qu aspiran? Qu desean?

--Siempre hay algo ms que aspirar y que desear.

--Es la anarqua que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa,
Aviraneta--exclam--. Oh, si ahora empezara a vivir!

--Yo no me arrepiento de nada--le dije--. Creo que he hecho lo que
deba hacer.

--No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia--murmur l.

--Naturalmente. En la poltica no puede haber justicia. En la poltica,
como en la vida, no hay mas que fuerza y xito--repliqu yo con
dureza--. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y buenas
noches!

Salud a Istriz framente. Y me march a la calle pensando que el
hombre no me haba ofrecido su casa para que descansara en ella un
momento.

Como tena ya todos mis posibles recursos agotados fu a la iglesia de
San Gins y me sent en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme all
el da entero.

Estuve al lado de un matrimonio joven con un nio, que hablaban y
sonrean y no tenan ms preocupacin que la de ir por la tarde a casa
de una pariente suya. O dos o tres misas y me qued solo.

Cun distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a
defender con tesn las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud
entre los moderados o entre los absolutistas!

--Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su
Excelencia Aviraneta, monseor Aviraneta, no hubiera estado mal.

Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.

A las primeras horas de la tarde el sacristn se me acerc, mirndome
con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tena entonces yo
la impresin que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya
no era el hombre joven que puede discurrir con precisin y seguridad y
a quien se le ocurren ideas y proyectos rpidamente; tena ya sesenta
aos y mi inteligencia funcionaba con ms pesadez que en mis tiempos
juveniles de conspirador. No encontraba en m mismo mas que pobres
recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones
desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para
que hiciera de m lo que quisiera.

Sal de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrs de San
Gins, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la
de Bordadores.

--Pensar que el ir por una o por otra puede influr en mi destino!--me
dije.

Estaba as vacilando cuando record que en la calle de Coloreros haba
una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mo.

--Voy a ir a all.

Al salir por la callejuela me encontr con un estudiante de Medicina
que visitaba al mdico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de
un doctor afamado. Nos saludamos.

--Ha comido usted ya?--le pregunt.

--No.

--Quiere usted que comamos aqu en un fign de un asturiano que yo
conozco?

--Vamos.

El asturiano me recibi bien y nos llev al estudiante y a m a un
cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comamos le cont al
estudiante la situacin en que me encontraba; le pregunt dnde
viva l, y me dijo que en una casa de huspedes de la Carrera de
San Francisco que tena como pupilos algunos seminaristas que, por
entonces, estaban de vacaciones.

--Ahora mi patrona no tiene ms huspedes que yo.

--Cree usted que me tomara a m?--le pregunt.

--S, hombre, ya lo creo.

--Yo necesitara pasar diez o doce das escondido hasta que la
efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.

--Pues yo le llevar a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque
tengo que ir al Hospital General.

--Bueno, entonces yo le esperar a usted aqu mismo.

Volvi el estudiante a eso de las siete. Me dijo que haban fusilado a
Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla.
Chico haba muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid
no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta
ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.

--Qu quiere usted hacer ahora?--me pregunt el estudiante--.
Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted
que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda,
subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?

--Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar ser
peligroso.

--Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las
calles solitarias es donde es ms fcil que una ronda le detenga a uno.

--Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.

Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de
Julio. Haba por todas partes grandes grupos de gente armada que iba
y vena por en medio. Entonces no haba jardinillos, ni fuentes, como
ahora. Tema yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin
obstculo.

Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar
por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debamos haber
tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor
marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareci que
hacia la calle de Cuchilleros no haba nadie y comenzamos a bajar por
la escalera.

Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el
alto:

--Alto!

--Qu pasa?--pregunt yo.

--Quines son ustedes?

--Yo soy un mdico--dije--, y este joven es mi ayudante.

--Bueno, vengan ustedes con nosotros.

Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la
taberna que haba en el ngulo de la plaza, que se llamaba el Plpito.

Convid yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.

Iban a dejarnos libres cuando apareci el revendedor del Teatro Real,
el Mosca, a quien el da anterior haba visto en compaa de Castelo, y
por la maana en la calle Atocha. El Mosca, adems de revendedor, era
dueo de una barbera de la calle de las Fuentes. Yo le conoca algo y
saba que haba estado en el campo carlista.

--Este es Aviraneta--grit el Mosca al verme--, un amigo de Mara
Cristina. Hay que llevarle a la Junta.

Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de
todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.




                                  VI

                            EN EL SALADERO

                                      Era de ver dormir algunos
                                      envainados, sin quitarse nada
                                      de lo que traan de da; otros,
                                      desnudarse de un golpe todo
                                      cuanto traan encima.

                                      QUEVEDO: _El Buscn_.


ENTRAMOS en la casa de la Panadera y nos condujeron, al estudiante y a
m, ante un grupo de personas constitudas en tribunal. Era una junta
revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fu
puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no ocult mis amistades ni mi
historia poltica.

Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente
dijo que no haba el menor motivo para mi detencin.

--Puede usted retirarse--me indic el presidente.

--Muchas gracias!

El Mosca sali detrs de m y grit:

--Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de
Sartorius, un consejero de la Piojosa.

--Seores!--clam yo con todas mis fuerzas dirigindome al pblico--.
El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha
estado en la faccin. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de
siempre. Yo fu ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de
Vergara, en que se domin para siempre el carlismo. Me vais a entregar
a m al capricho de un esbirro de la reaccin?

Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de
Sartorius, de Salamanca y de Chico.

El pblico se dividi; yo iba ganando terreno cuando un desconocido
propuso que nos llevaran, al Mosca y a m, a la Casa de Correos, donde
estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.

En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol
y entramos en el Principal. Pronto vi que se tena bien distinto
procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a l se le dej en
libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me
devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que
aquella revolucin era una farsa, que estaba dirigida por moderados y
hasta por carlistas, y que as poda darse el caso de que a un hombre
como yo, que haba peleado por la libertad con el general Empecinado
y haba sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar
por la denuncia de un miserable que haba peleado en las filas de Don
Carlos.

--No slo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cmplice
de Mara Cristina--dijo uno de la Junta--; hay otros que afirman lo
mismo.

--Quines son esos otros?--grit yo--. Que vengan, que muestren su
cara.

--Niega usted su amistad con Mara Cristina?

--Niego la complicidad.

--Retrese usted--dijo el presidente.

Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una
cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.

--Son de la camarilla de la Piojosa!--deca la gente al vernos por la
calle.

--Son los amigos de Sartorius.

--Mueran! Mueran!--Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos
al Saladero.

Me metieron en un calabozo hmedo y obscuro, y estuve all encerrado
cerca de un mes. La vida para m, en aquellos das, fu horrible.
Dorma en el suelo, coma el rancho de la crcel, y no poda hablar con
nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me
hicieron compaa.

Qu miseria! Qu pobreza! Qu gente harapienta! Y, en medio de esta
miseria, qu modo de adaptarse y de vivir all como en su propia
casa! Haba industriales que seguan dirigiendo su industria desde la
crcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de
peridico carlista que correga sus pruebas.

La mayora de los presos eran ladrones; pero haba tambin
conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conoc dos que me
dijeron que se haban hecho prender a propsito, para ponerse de
acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.

Estos eran republicanos, y tenan preparado el complot de matar al
general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de
la Carrera de San Jernimo, que tena salida por la calle del Pozo, y
proclamar la Repblica.

Yo conoca la casa, porque en ella habamos tenido, en 1822, una venta
carbonaria. Encontr el proyecto bien tramado en su primera parte;
pero su segunda parte me pareci absurda. Les intent convencer a
los republicanos de que la Repblica que ellos pudieran proclamar no
durara mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.

Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicacin, y mi
mujer vino a verme; empez a llorar al encontrarme en tal lastimoso
estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los
ojos inflamados, lleno de parsitos, con la ropa interior sucia y casi
podrida.

Empez el juez a tomarnos declaracin a las personas presas durante
el perodo revolucionario, y la mayora no tenamos la menor culpa
ni la menor relacin con los hechos que se nos imputaban. Habamos
sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de
los sublevados; algunos eran, indudablemente, vctimas de venganzas
particulares.

Le indiqu a mi mujer que fuera a casa de Istriz y de otros amigos, y
que se enterara de la situacin en que haba quedado la poltica.

Don Evaristo San Miguel fu nombrado por entonces ministro de la
Guerra. Despus de su nombramiento haba tres ncleos revolucionarios
importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.

Estos eran: la Junta de Salvacin, Armamento y Defensa, con San Miguel
de presidente, lazo de unin entre el Palacio y los revolucionarios de
Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia,
y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.

En cada grupo de estos haba un sinfn de escisiones, y los mismos
revolucionarios de Madrid no obedecan siempre a la Junta de Salvacin.

Ya enterado de quines eran los personajes ms influyentes, escrib una
carta al general Espartero y otra a don Joaqun Francisco Pacheco, que
no me contestaron.

Mand tambin un documento a don Evaristo San Miguel exponindole los
hechos, y una esquela recordndole nuestra antigua amistad y nuestra
fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibi mi
esquela, mand ponerme en libertad.




                                  VII

                              EL HOSPITAL

                                                  T, Seora,
                                                dame agora
                                                la tu gracia toda ora
                                                que te sirva todava.

                                                ARCIPRESTE DE HITA:
                                                _Libro de Buen Amor_.


TRAS de la crcel fu a San Sebastin con mi mujer; alquil una casa en
el barrio de San Martn y pas all cuatro aos viviendo obscuramente,
ocupado en leer libros y peridicos, escribir mis recuerdos y hacer una
coleccin de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me haba
dado el retiro, y mi sueldo era pequeo.

Tena dos o tres casas en San Sebastin adonde iba de tertulia: la
de Goi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes mos, y
sola pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aqu se reunan
con frecuencia el general don Nazario Egua, el manco; el intendente
Arizaga, que influy en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen,
Antonio Flores, el autor de _Ayer, hoy y maana_, y otros.

Solamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general
Egua:

--Aviraneta: con qu gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a
coger en tiempo de la guerra!

Yo sola acompaarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta
la fonda del Parador Real.

Unos aos despus, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada
de la Corte, volv a Madrid y me instal con Josefina en un piso de la
calle del Barco. Josefina tena algunas amigas y perteneca a una Junta
de Caridad.

Un da, a una seora amiga de mi mujer le o hablar de Paca Dvalos.

--La he conocido--dije yo--. Qu le pasa?

--Es toda una novela.

La seora cont la historia con detalles.

Desde haca algn tiempo, la Dvalos estaba enferma en el hospital de
San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de
Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metlica.

Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de lceras
y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la
embriaguez y los ltimos aos de miseria haban hecho de aquella
belleza esplndida un monstruo. Era algo horrible; pero ms horrible
que su aspecto, segn la seora que la haba visto, era su estado
moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.

La mujer ms tirada, la rabanera ms desvergonzada, no hablaba como
hablaba ella: tena el prurito de lo escandaloso y de lo lbrico.

La castigaron varias veces a pasar das enteros en la guardilla a pan y
agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el
castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al mdico y a
las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.

Un da se present en el hospital una hermana de la Caridad, sor Mara
de la Consolacin. Era una mujer plida, en el esplendor de la belleza.
La hermana se acerc a la cama de la Dvalos, se arrodill delante de
ella y abraz y bes a la enferma.

Esta se incorpor en la cama, contempl a la monja, di un grito
terrible, desgarrador, y se desmay.

La monja era la hija de Paca, a la que haca veinte aos que no haba
visto, y era su vivo retrato; la misma correccin en el rostro, los
mismos ojos profundos, humanos, la misma expresin de pureza y de
dulzura.

Al recobrar el sentido la enferma crey que la visita de su hija haba
sido un sueo; pero no, all estaba Estrella, ahora sor Mara, que la
acariciaba y la besaba como en otro tiempo.

El contraste era violento: la enferma, un montn de carne sin forma
humana, llagada, horrible; su hija, una belleza plida, serena, con un
aire de fuerza y de dulzura.

En los das siguientes Paca Dvalos comenz a llorar, y cuando vena su
hija a verla le besaba la mano y le deca:

--Perdname, he sido mala madre.

--No, no, no has sido mala madre para m, y yo siempre te he querido.

Ella esconda la cabeza entre las sbanas y lloraba con la mano de su
hija apretada en la suya.

El capelln del hospital le dijo a la Paca que su hija haba querido
sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.

Fu un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplic a su
hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera
feliz; ella no mereca el sacrificio de un ngel; ella tena muy
merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un
hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la deca que la vida de
hermana de la Caridad era la que ms le ilusionaba.

La madre lloraba acongojada, y cuanto ms lloraba, estaba ms triste
y ms resignada a morir. La Dvalos pidi perdn a todos y quiso que,
al menos, una vez su hija le cantase una cancin que sola cantar en
la infancia. Sor Mara le pregunt al capelln del hospital si poda
satisfacer este deseo de su madre.

--S, s, por qu no?

Estrella cant, y parece que fu un espectculo extraordinario en
aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los
cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres
enfermas con las entraas carcomidas y quemadas que se incorporaban
anhelantes en la cama y oan llorando la cancin que cantaba la monja,
que se elevaba sobre las miserias del mundo.

Unas horas despus, Paca Dvalos mora dulcemente.




                                 VIII

                               LA LOCURA

                                      Atrs! El negro demonio me
                                      persigue.

                                      SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.


A la seora que me cont el final de la Dvalos le pregunt:

--Y no fu a verla alguna vez el brigadier Castelo?

--No; ya haca tiempo que se haban separado.

Un ao despus volva de casa de Istriz, una tarde de invierno, por
la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontr con el Mosca, el
revendedor.

Se me acerc, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y
al fijarse en m qued inmutado.

--Le ha sorprendido a usted el verme?--le dije.

--S.

--Qu, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no
salan de all?

--No; ya saba que haba usted salido de all hace tiempo.

--Todava sigue usted actuando de revolucionario?--le pregunt con
sorna.

El se call.

--Diga usted, por qu tena usted tanto inters en prenderme en
la Plaza Mayor? Era, de verdad, el odio del carlista al que haba
trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?

--Yo no soy carlista. Si estuve en la faccin fu por compromiso.

--Entonces, por qu tanto ahinco en prenderme?

--Nos haba recomendado la prisin de usted el brigadier Castelo.

--Y por qu?

--No se incomodar usted si le digo la verdad?

--No.

--Deca que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la
polica.

--Canalla! Quera desprenderse de los que sabamos que era un ladrn.
El fu el que instig al populacho para que mataran a Chico, no porque
Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de
sus robos. Y qu ha hecho ese tunante de Castelo?

--Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.

--Qu me dice usted?

--Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le
expulsaron del Ejrcito, y el partido progresista le abandon; ya no
le serva de instrumento. Castelo comenz a andar por las tabernas y a
servir de hazmerrer a la gente. Deca que l haba hecho la Revolucin
y que haba acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de
la ronda de Chico le amenaz y le asust.

Poco despus a Castelo se le meti en la cabeza que Chico viva an,
que le persegua y le acechaba en las esquinas. Cuando tena esta
alucinacin echaba a correr hasta que se caa de cansancio.

Una noche, sin duda, la alucinacin fu tan espantosa que se ahorc
con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo
hemos sido los nicos que hemos acompaado su cadver a la fosa comn.

--Qu final!--exclam yo; y segu andando en direccin de mi casa.




                                  IX

                               ALIMAAS

                                      Quien mal anda, mal acaba.

                                      PROVERBIO.


HABAMOS quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta
dijera algo ms; pero se call pensativo.

--Quien mal anda, mal acaba--exclam el to Chaparro, y luego,
dirigindose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la
lumbre, aadi--: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias
a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compaa de
locos y de alimaas.

Don Eugenio sonri, mirando el fuego.

Por la ventana se vea caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba
triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos,
con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada,
como si previeran algn peligro prximo.

Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las
escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos
iluminaba con un farol.

Entr yo en mi cuarto, encend la palmatoria, que dej en la mesilla
de noche, me met en la cama y segu leyendo la Biblia. Estaba en el
_Eclesiasts_, y me detuve a reflexionar sobre este versculo: El que
hiciere el hoyo caer en l, y el que aportillare el vallado le morder
la serpiente.

       Pars, noviembre, 1920.




                          LA CASA DE LA CALLE
                          DE LA MISERICORDIA




                                      ... y tanta variedad de
                                      sabandijas racionales en esta
                                      arca del mundo.

                                      VLEZ DE GUEVARA: _El Diablo
                                      Cojuelo_.


OTRO da en que no estaba el to Chaparro, a quien la relacin anterior
haba impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta
cont la historia del joven Miguel Rocaforte, su compaero de crcel.

Una vez, los dos granujas de la Gallinera, el Gacetilla y el Mambr,
que Candelas haba recomendado a don Eugenio, y a quienes ste
utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el
alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en
que el joven escriba el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta.
Don Eugenio lo ley rpidamente y, despus de enterarse de lo que le
interesaba, mand a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en
el cuarto del preso. Miguel no not el escamoteo.

Esta historia que me cont don Eugenio est hecha sobre los datos
autobiogrficos que escribi Miguel, y sobre indicios, no del todo
claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la
relacin cierta unidad.




                                   I

                       LA CASA DE LOS CAPELLANES
                           DE LAS DESCALZAS

                                      Confesar a usted que el
                                      edificio que ocupo en un barrio
                                      lejano es de los ms antiguos
                                      de Madrid, y que su aspecto
                                      sombro, sus balcones de gran
                                      vuelo, la enorme ala del tejado
                                      y toda su exterioridad estn
                                      anunciando a los transentes su
                                      fecha de tres siglos.

                                      MESONERO ROMANOS: _Escenas
                                      Matritenses_.


HAY casas que por su aspecto dan una impresin siniestra e inclinan
a pensar que son propicias para crmenes, intrigas y misterios. Son
casas sombras, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de
pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones
abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y
a comedias de capa y espada.

La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid,
Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramtica
y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen
aspecto. Estaba contigua a la iglesia y haca esquina a dos calles: a
la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tena mas que un
nmero por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que
bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.

El barrio de las Descalzas era entonces, y es todava, un islote
tranquilo y desierto, en medio de la animacin de unas vas tan
frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.

En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de
Piedad primitivo, haba una fuente con una estatua de Venus, la antigua
Mariblanca, trasladada a all desde la Puerta del Sol, donde estuvo
muchos aos.

El convento de las Descalzas Reales haba sido el palacio del Emperador
Carlos V en el Campo de San Martn y abarcaba una gran extensin de
terreno.

El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego
convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por
medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.

El Monte de Piedad tena una portada de gusto plateresco, semejante
a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra
construda en pleno siglo XVIII, de lo ms exagerada y barroca en el
estilo churrigueresco.

La plaza de las Descalzas era entonces ms bonita que ahora, pues no
tena los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad
que recuerdan los trajes de bao. Estaba tambin ms animada. En la
fuente de la Mariblanca haba siempre aguadores tomando agua o sentados
en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnmero de
carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.

No se vea mucha gente por esta plazuela irregular y triste; slo
algunos desventurados, que marchaban a empear algo y que buscaban
para su comisin las horas del anochecer, y los domingos y los das de
fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.

La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una
casa vieja; pero no tena aire decrpito; su vejez era una vejez
fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y
tena un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos
espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente,
se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y
chimeneas antiguas de ladrillo, medio derrudas, y otras modernas, de
hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro,
de Madrid.

Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes
se vean sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernacin,
donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el
piso primero, a travs de los cristales, aparecan unas cortinas rojas
desteidas, y en el segundo, visillos amarillentos.

Hacia 1823, esta casa fu vendida por el Estado, y en 1835 era dueo
de ella don Toms Manso, que viva en el primer piso y tena el bajo
dedicado a almacenes de sal.

Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes
se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.

Le haban quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando
era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capelln y el
sacristn de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos
frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento
inmediato. Esta casa tena una puerta grande de dos hojas, con clavos
pequeos, y un postigo en una de ellas. El zagun, empedrado con losas,
era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado,
prximo a la calle, haba un puesto de zapatero remendn, y en el
fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de
la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha
haba una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba
a un patio con arcos. Este patio tena en una esquina una puerta que
daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conduca a
otro patio pequeo, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba
enlosado, y tena en una de sus paredes una parra, que regaba con un
bote el encuadernador, que viva en uno de los cuartuchos interiores
del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la
planta baja estaba formada por stanos, crujas y almacenes negros y
abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el
que no entraba nadie, tena una fuentecilla rota que representaba una
cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de
golpes.

En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera
obscura, vivan gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las
iglesias; una seora y su hija, venidas a menos, que cosan para fuera,
y una vieja pequea, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las
Descalzas.




                                  II

                       FAUNA Y FLORA DE LA CASA

                                      Yo soy misntropo y odio el
                                      gnero humano. En lo que te
                                      concierne, siento que no seas
                                      un perro; quiz podra amarte
                                      algn poco.

                                      SHAKESPEARE: _Timn de Atena_.


EL que entraba en el viejo casern de los Capellanes y suba desde el
portal a las guardillas, he aqu lo que iba viendo:

El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero
remendn Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejrcito de la Fe,
del ao 23, donde se haba reunido la flor y nata de los bandidos y
criminales de todas las Espaas.

Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo,
el Cuervo y el Chepa, porque tena la espalda de jorobado, era hombre
de unos cuarenta y cinco aos, de aire fro y siniestro.

El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un
misntropo. Tena rplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los
carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo
de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, despus de orle
burlonamente, le dijo:

--Sabe usted lo que le digo?

--Qu?

--Que vale ms que eso le haya pasado a usted que no a otro.

--Por qu?

--Porque otro no hubiera tenido su paciencia.

Y el Cuervo di una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo
le gustaba mortificar a la gente. Cuando fu cabo de voluntarios
realistas se distingui por su maldad ms que por su valor. A su mujer,
de aspecto dbil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saa.

El Cuervo tena un perro tan malo como l. Era un perrillo viejo,
sarnoso, que morda a los chicos y grua a todo el mundo. El zapatero
le haba puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el
general que haba perseguido a don Carlos.

El remendn azuzaba a _Rodil_, que persegua a los gatos. El perro era
menos cruel que el amo: cuando coga una rata la mataba; en cambio,
el Cuervo, cuando coga una rata la rociaba con petrleo y la pegaba
fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de
toros ni a ninguna ejecucin.

El Chepa tena una gran admiracin y un gran respeto por el amo de la
casa, don Toms Manso, que haba sido su jefe entre los voluntarios
realistas.

El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia,
sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Deba tener algn temor
que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a
derecha y a izquierda de la calle, y no sala nunca solo. Si sala
solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.

En el entresuelo de la casa viva un dependiente antiguo apellidado
Gmez. Narciso Gmez era un hombre insignificante, gordito, tirando a
rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba
Juana. Juanita era una mujer plida, blanca, con los ojos claros y un
aire de avispa.

Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Sola tener grandes xitos con la
cancin del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de Sin mi
Atala no puedo vivir.

Juanita sola visitar una casa de huspedes que haba en la vecindad, y
estaba enredada con uno que viva all de pupilo, un tal Luis, empleado
en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta aos,
muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uas. Fuera de sus
cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uas, era
un pobre imbcil.

Juanita le engaaba a Gmez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera
estado casada con ste, le hubiese engaado con Gmez.

Se deca por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que
Juanita haba tenido algo que ver con don Toms, el amo de la casa.

--Es falso--decan los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y
de mucho ms; pero l, no.

Juanita una a su descoco una mala intencin sealada y morda cuanto
poda y como poda en la fama de las mujeres de la vecindad.

En el primer piso de la casa viva el dueo, don Toms. Este hombre
tena ya cerca de sesenta aos y estaba casado con una mujer joven
y bonita. Don Toms era hombre alto, delgado, plido, afeitado
cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.

Su perfil era de medalla antigua; tena una cara de esas que parecen de
plata, una cara reconcentrada y grave. Don Toms era gran trabajador,
gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rdito
de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de
dar dinero sin inters. Haba favorecido en repetidas ocasiones a la
familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que haba hecho mal,
porque no haba obtenido ms que olvidadizos y desagradecidos.

Don Toms crea firmemente en la maldad humana. De ah que fuera un
absolutista fiero. Para l el hombre deba estar siempre sujeto y atado
como un perro de presa para que no mordiese.

Sola vrsele a don Toms, de da, recorriendo el almacn, y por las
noches, armado de una linterna, en compaa del Cuervo, registrando
la casa. La habitacin donde viva don Toms representaba muy bien
el carcter de su dueo. Era una casa lbrega, obscura, en que
constantemente estaban cerrados los cuartos; tena una sala de respeto
de color rojo, con una sillera de damasco, con todas las sillas
pegadas a las paredes, y en el techo, una araa de cristal. El comedor
era triste, reciba la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y
sin ventilacin, estaban llenas de armarios, de cmodas y de bales,
de estampas de santos y de algn Nio Jess metido en un fanal, con
falditas y una bola de plata en la mano.

De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios
escalones.

El despacho de don Toms era un cuarto grande con una ventana al
patio de vidrios pequeos y emplomados y un papel amarillo desteido.
Tena un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con
unas cortinillas verdes sobre los cristales, un bur de caoba, sillas
tambin de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en
la pared, haba un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del
infante don Carlos.

El suelo del despacho era de baldosas rojas y sola estar cubierto por
una estera amarilla en invierno. En un ngulo, sobre un estante, haba
varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre.
En este despacho, triste y fro, don Toms trabajaba invierno y verano,
vestido siempre de negro y con un gorro tambin negro. Don Toms no
tena nunca fuego en la casa.

Don Toms guardaba el dinero en unos capachos pequeos, donde pona los
duros, las pesetas y los cuartos, y tena una gran cartera para los
billetes de Banco.

Desde la puerta mampara del corredor se le vea escribiendo con una
pluma de ave, con una letra espaola de finos gavilanes, dedicndose
a estas frmulas tan queridas por los espaoles: Mi querido amigo y
dueo: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.

Don Toms no sala casi nunca de da. Al anochecer se vesta con cierta
elegancia, se pona camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de
copa alta, el bastn, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y
grave.

Al volver a casa encenda una vela y volva a su despacho, donde sola
estar escribiendo.

Don Toms trataba de convencer a todos que el mundo haba degenerado de
tal manera que nada era digno de inters.

En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tena una casa de
huspedes una seora gruesa, doa Leonarda, casada con un francs. Era
una casa de huspedes de gente acomodada, en donde se coma bien. El
pupilo ms antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente
de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don
Toms. En esta casa viva tambin don Luis, el amante de la Juanita.

Un poco ms arriba que la casa de doa Leonarda, la escalera se
bifurcaba y haba un arco que daba a la habitacin de los frailes.
Despus, ms arriba, volva a bifurcarse la escalera, y por otro arco
se pasaba al cuarto del capelln de las Descalzas. Estos dos arcos
constituan la servidumbre de la casa.

Unas escaleras ms arriba haba un cuarto grande y largo, con tres
ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.

Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y
estaba sin baldosas y sin cielo raso. Haba all relojes parados,
cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porcin de instrumentos de
platero.

El padre de don Toms haba tenido este oficio, y el mismo don Toms lo
haba practicado en su juventud.

Por la parte de atrs el sotabanco tena una puerta pequea, con un
montante que daba a una escalera estrecha.

Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos
podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.

Ms arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en
donde dos dependientes de don Toms, Burguillos y el Morenito, tenan
sus viviendas.

Burguillos, ex sargento realista, haba establecido sobre el tejado una
azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas
con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines
colgantes de Nnive.

Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y
vencejos, y era tan listo como su amo.

Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de
la vecindad, de saber que haba all un observatorio, no lo hubieran
permitido, se abarcaba el jardn de las Clarisas, que tena un
estanque, y se vea pasear a las profesas y trabajar al jardinero.

Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre
cano, orejas como aventadores, frente pequea y estrecha y color
cetrino. Burguillos, flor de pedantera castellana, hablaba siempre _ex
cathedra_, con esa perfeccin que a algunos encanta y que, en general,
no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrn,
el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se
crea la ciencia infusa, saba hacer de todo; pero de todo mal, por
lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias
y era extraordinariamente dogmtico. Este manchego tena una hija
muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como
su padre, de quien, al parecer, haba heredado su manera de hablar
recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase
de desplantes.

La Pepa, moza vistosa, morena, tena unos ojos negros, grandes,
brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior
que la vida del espritu.

Burguillos albergaba un husped, un empleado del Monte de Piedad, don
Plcido del Moral. Don Plcido, hombre de unos cincuenta aos, seco,
espartoso, viva muy humildemente.

Don Plcido era soltero, econmico y avaro. Deca a todo el mundo
alguna frase amable; cerraba su guardillita, como deca l, y no
permita que nadie entrara en ella.

Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que saba latn. Le
haca copias de documentos al capelln mayor de las Descalzas. Compraba
la ropa y los sombreros en el Rastro, y lea las Odas de Horacio, en
latn, en un viejo ejemplar grasiento.

Don Plcido haba sido un gran aventurero: haba estado en Amrica y
tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los
aos constitucionales. Su falta de imaginacin extraa le haca contar
con tan poco encanto lo visto por l que, al orle, su vida de militar
no pareca mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada
en otro. La guerra para l era una cosa burocrtica y aburrida.

El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado;
tena la cara amarilla, los ojos pequeos, brillantes, como granos de
caf tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresin de
una urraca.

De los frailes franciscanos que vivan en la casa y eran confesores de
las monjas, el ms constante era el padre Cecilio, un fraile grueso,
abultado, poco inteligente y, por eso quiz, predicador favorito de las
monjas.

Le sola acompaar un lego, el hermano Flix, un hombre grueso,
grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos
ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Flix haba estado
largo tiempo rasurado; pero despus de la matanza de frailes se dejaba
la barba, negra y cerrada. Este hermano Flix era un tipo repulsivo e
inquietante.

El capelln mayor, don Bernardo, tena una cara de aldeano castellano,
dura y ceuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no
miraba de frente y estaba dedicado a estudios histricos.

Cuando alguno lo visitaba le vea escribiendo en una mesa pequea,
rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeo despacho con
estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo
la historia de algunas comunidades religiosas.

Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual
no ganaba favores ni amistades.

--Antes que nada, la verdad--sola decir rudamente y mascullando las
palabras.

Con este espritu verdico no quera meterse en cuestiones de moral y
de dogma, comprendiendo que poda venirse abajo su fe.

Don Bernardo deca misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo
se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la
transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio,
que era intransigente y fantico. Don Bernardo encontraba precedente
para todo; as que l y el fraile franciscano de la vecindad no se
tenan la menor simpata.

Haba quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don
Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y
sobre todo a los de la vecindad.

La casa de los Capellanes, antes como un plipo unido a la iglesia y al
convento, tena su vida propia.

Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Haba sus
preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de
Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Toms y de la
casa de huspedes daban pbulo a la murmuracin.

Se hablaba de que don Toms guardaba secretos; se deca que debajo
de uno de los almacenes de sal, del que tena en la pared una fuente
de alabastro con una cabeza de Medusa, haba una cueva con grandes
subterrneos, y que estos subterrneos comunicaban por galeras con el
convento de las Descalzas y con el Palacio Real.

Burguillos, que a veces trabajaba de albail, aseguraba haber recorrido
parte de estos subterrneos.

Como moluscos agarrados a una roca viva aquella parte de humanidad en
el viejo casern.

Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las
Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crmenes, para duendes,
para toda clase de intrigas y de misterios.




                                  III

                   LA EJECUCIN DE MIYAR, EL LIBRERO

                                       Y tambin pronto, en son triste,
                                     lgubre voz sonar:
                                     Para hacer bien por el alma
                                     del que van a ajusticiar!

                                     ESPRONCEDA: _El reo de muerte_.


A principio de 1831, don Toms Manso puso en su casa, como dependiente,
a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado
Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cndido,
violento, lleno de ilusiones.

Entr a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a
las rdenes de Narciso Gmez, el casado con doa Juanita; y como su
to no quera que Miguel fuera a una casa de huspedes, ni tampoco
llevarlo a vivir con l, porque era celoso, hizo que a su sobrino le
pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde haba relojes
descompuestos y herramientas de platero.

Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincn
estrecho y hmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este
despacho tena una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba
con almacenes, en donde se vean montones de sal y bolas tambin de
sal, algunas tan grandes, que parecan las bombas de los parques de
Artillera.

El ambiente de aquel piso bajo era muy hmedo, parte porque no tena
ventilacin, y parte por la eflorescencia de la sal.

Los primeros meses de estar all Miguel, los pas aburrido y
desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego,
cuando conoci al encuadernador, que viva y tena un pequeo taller
en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedic a leer; despus se
acomod a su vida de empleado, le tom gusto a su sotabanco, en donde
estaba solo e independiente, sali a la calle y tuvo amigos y fu al
teatro.

Cuando Miguel entr en casa de don Toms tena diez y nueve aos. Era
un joven romntico y alocado, que en su pueblo haba comenzado a hacer
calaveradas, a leer versos y a escribirlos.

El y un rival suyo en aventuras, Len Zapata, haban escandalizado el
pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el
_Trgala_ delante de la casa de los absolutistas.

Segn Aviraneta, Miguel no poda servir para una vida tranquila y
ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con
el Empecinado o con Mina, deca, hubiera llegado pronto a capitn o
a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar
con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una
vanidad absurda, era un tipo de estos, aada Aviraneta, que tienen una
mentalidad de militares, de tenores de pera, tipos para quienes la
vida es una sucesin de arias. Colocarse en una situacin interesante,
y a poder ser dramtica, y defender luego su papel de una manera
briosa, constitua la ms grande preocupacin de Miguel. Miguel, como
la mayora de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la
accin con una fuerza y una energa sorprendentes.

--Yo--deca Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones
polticas y hacerle en la crcel un auxiliar mo; pero Miguel era
incapaz de someterse a nada.

Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tena ms amigo que
Gmez, el empleado, y Gmez le desesperaba. Este era un hombrecito
insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo
el mundo deca que su mujer le engaaba. De noche, a la luz de una
lamparilla de aceite, Miguel lea en su sotabanco poesas romnticas y
novelas lacrimosas.

Un da, poco despus de llegar a Madrid, supo por el portero de la
casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero
liberal en la plaza de la Cebada.

Los dos compadres le invitaron a acompaarles a presenciar la
ejecucin, y al medioda, despus de trabajar en el almacn y de dejar
el zapatero remendn a su mujer al cuidado del puesto y de la portera,
marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron
a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de
todo edificio.

Los soldados rodeaban el patbulo y formaban el cuadro. Una multitud de
desharrapados se apiaban para presenciar el suplicio, y los dragones
hacan caracolear los caballos y los llevaban para atrs, a meterlos
entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas
las iglesias prximas: en San Isidro, en San Milln, en la Almudena, en
el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y
Caridad, vestidos con sayones negros, recorran las calles por parejas;
unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de
hoja de lata y diciendo con voz triste y montona: Para hacer bien
por el alma del que van a ajusticiar. Miguel y sus dos compaeros se
detuvieron en medio de la multitud.

Miguel oy decir que la mujer del librero Miyar haba ido el da
anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esper a
Fernando VII; pero Fernando no sali porque llova; quiz no sali por
temor a verse obligado a perdonar; cosa que deba ser desagradable para
un hombre bajo y rencoroso como l.

A las doce y media, prximamente, comenz a aparecer la comitiva en la
plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran
cruz, preceda el cortejo. Detrs marchaban dos filas de encapuchados,
con cirios amarillos en la mano, cantando una letana; luego, un
piquete de alguaciles a caballo.

Inmediatamente despus, montado en un burro, vena el librero Miyar,
entre dos curas. Vesta una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como
la hopa y tena las manos amoratadas, casi negras, por la presin de
la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una
estampa de Cristo.

Al ver la horca, el reo volvi la cabeza con horror y mir hacia el
pblico con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le
obligaron a seguir, ponindole un crucifijo delante.

El Cuervo, entonces, dirigindose al reo, exclam:

--Qu, creas que te iban a dar dulces?

Burguillos celebr la frase.

Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separ
bruscamente de sus compaeros. Este gesto lo notaron un joven y un
viejo, que se acercaron a l en seguida.

--Es usted amigo de ese jorobado?--le pregunt el viejo.

--No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con
l, ni comparto sus sentimientos.

El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no
quiso presenciar la ejecucin. El joven y el viejo se unieron a Miguel
y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con
melenas, y vesta gabn y sombrero de copa; el viejo, ms bajo, llevaba
sombrero ancho y capa.

Al pasar por un caf de la calle Imperial, el joven les invit a entrar
a Miguel y al viejo; pero ste dijo que no, y les llev a una taberna
prxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrn que tuvo luego
gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.

El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con
violencia y desfogaron su furor.

El Rey, segn el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil,
sin corazn, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y
por los frailes.

El viejo habl de la miserable farsa que supona el condenar a un
hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si
no fueran ellos, los que se decan representantes de Cristo, los que le
condenaban. Miguel les oy con gusto, porque aquellos hombres tenan
sus ideas; luego se despidi de ellos para llegar a tiempo al almacn.

Al entrar en la casa oy contar al Cuervo la ejecucin de Miyar, con
todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas ms
divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.

Cuando Miguel habl de esta cuestin vi que todos los de la casa,
comenzando por don Toms y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban
que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y
haba que hacer un escarmiento con ellos.

Haba poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia,
2.

Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperacin
suya. Saba que don Toms era carlista, pero no lo crea tan fantico;
luego averigu que haba sido administrador del duque del Infantado, y
que era por entonces uno de los hombres de ms influencia del partido
apostlico.

Unos aos despus contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de
frailes, vi al joven y al viejo a quienes haba encontrado en la plaza
de la Cebada en la ejecucin de Miyar aplaudiendo a las turbas en la
calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y
llevaban en un carro los cadveres de los frailes.

Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcl en las algaradas
callejeras y habl de poltica con entusiasmo; luego el amor borr
estas preocupaciones y le absorbi por completo.

Miguel cometi la torpeza, de que luego se arrepinti, de tomar como
confidente de sus amores a su paisano Len Zapata y de presentarle a
ste a don Plcido, el husped de Burguillos.




                                  IV

                                SOLEDAD

                           Non olvides la duea, dicho te lo e desuso.
                         Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.

                         ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_.


A los tres meses de vivir all, Miguel era un elemento importante de la
casa. Las muchachas de don Toms, doa Juanita, la Pepa de Burguillos,
le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plcido y fu con
ste a visitar al cura don Bernardo y a or sus sabias disertaciones
histricas.

Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba all con
la Pepa. Los desplantes chulescos de sta no llegaron a entusiasmar al
joven Miguel. Por otra parte, don Plcido le di malos informes de la
hija del manchego.

Don Plcido tena poca simpata por las mujeres, en general, y menos
por la hija de su patrn, a la que acusaba de egosta, de interesada y
de coqueta.

Gmez, el empleado, le llev tambin a Miguel algunos das a su casa.
Narciso Gmez no le tena simpata a Rocaforte; pensaba que el patrn
favorecera al joven por ser su sobrino. Mientras don Toms no hizo la
menor distincin por Miguel, Gmez tampoco la hizo; pero cuando vi que
el muchacho entraba en la casa del principal, se apresur a llevarle a
la suya.

Juanita, la mujer de Gmez, coquete con Miguel y le di broma por las
conversaciones que tena con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le
dijo a Miguel que ya saba que iba a casa de Gmez y que charlaba con
la Juanita.

--Esa no dice a nadie que no--acab diciendo la chulona de la
guardilla--; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.

Miguel, que se vi solicitado por las dos mujeres, se di tono y no se
decidi por ninguna de las dos.

Don Toms, al saberlo, comenz a tener alguna confianza con Miguel y a
convidarle a comer los domingos por la noche.

No era un anfitrin muy amable don Toms. Hablaba poco. Lea la
_Gaceta_ o algn peridico moderado y haca comentarios sobre la marcha
poltica de Espaa, siempre desde un punto de vista terriblemente
absolutista y ultramontano. Miguel tena que ocultar sus ideas y estaba
obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.

A veces, en la conversacin, hacindose el cndido, intentaba dar una
opinin liberal; pero don Toms le haca callar con desdn, como si no
mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.

Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, ste defina desde lo alto
de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo haba dicho el
padre Cecilio, no se poda volver sobre el asunto. Miguel tena que
violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones
del fraile. Ms que la opinin en s le molestaba el tono sin rplica
con que la emita el padre franciscano.

La mujer de don Toms, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una
cara de virgen resignada y triste. Soledad tena el valo de la cara
muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresin melanclica y el
color plido; se tocaba con sencillez, sin coquetera, y vesta siempre
de negro.

La madre de Soledad, mujer enferma, medio paraltica, viva encerrada
en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se haba casado con don
Toms, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma,
porque madre e hija antes de casarse sta vivan en una pobreza rayana
en la miseria.

Don Toms crey que haba hecho bastante con librar de la miseria a
Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Supona
que Soledad deba ser su ama de llaves, y que este cargo le tena que
bastar para estar satisfecha y contenta.

Miguel, al principio, no se ocup de Soledad, ni Soledad de Miguel;
pero lleg un da en que empezaron a observarse el uno al otro, y l
fu viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una
mujer bonita, y Soledad not que Miguel era un guapo mozo que le miraba
a hurtadillas siempre que poda.

La confianza entre Soledad y Miguel se fu estableciendo muy
lentamente, y de repente brot entre ellos el amor como una llama.

Quiz Miguel tena ideas falsas acerca de las mujeres, y deca muchas
veces insensateces y locuras; pero Soledad saba, sin duda, desprender
toda la broza literaria de la conversacin de Miguel y no ver en sus
palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en
su actitud y en su expresin.

Por otra parte, Soledad tena horror por el adulterio y por el
escndalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le
inspiraba confianza.

Durante el da Miguel sola ver algunas veces a Soledad asomada a los
cristales desde las rejas de su despacho, y lleg un tiempo en que
saba las horas exactas en que ella se asomaba.

Un domingo, por la maana, Miguel escribi una carta de amor y se la
mostr a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro
un signo de asentimiento. Miguel meti la carta en un libro, lo at
con un bramante y fu bajndolo hasta que ella pudo coger el libro. Al
da siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se
cruzaba entre los dos.

Miguel invent una porcin de procedimientos ingeniosos para que no se
descubriese la correspondencia, y durante algn tiempo nadie se enter.

Sin duda alguna, Miguel vi en la iniciacin de aquellos amores un
triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha
de don Toms y el dogmatismo categrico y cerril del padre Cecilio;
Miguel pens ms en su vanidad satisfecha que en la mujer que por l
se comprometa; despus fu perdiendo la satisfaccin de su orgullo y
se encontr preocupado con la situacin en que se hallaba y con la que
haba dejado a la mujer que quera.

En aquel momento se olvid de su actitud literaria, romntica, y
comenz a adquirir una idea de responsabilidad.

Entonces se le ocurri el proyecto de ponerse a estudiar francs e
ingls, e irse al extranjero con Soledad.

A otro quiz la reflexin le hubiera echado atrs; pero Miguel tena
alma de conquistador, de guerrillero y ms bien amaba el peligro que lo
rehua.

Soledad haba vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su
madre, haca los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los
vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez
se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios
que visitaban a don Toms caan sobre ella, y la decan, entre ironas
y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consista en estar unida
a una persona respetable y religiosa. Todo lo dems no vala nada, eran
nicamente tonteras y romanticismos de la poca. En este todo lo dems
entraba lo nico agradable que puede tener la vida.

Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, haca los
quehaceres y apenas sala de casa. No haba estado nunca en el teatro
ni ledo mas que libros de religin. No tena amigas; los das de
fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y despus daba una vuelta
para hacer algunas compras.

Miguel, en su exaltacin romntica, convenci pronto a Soledad que
la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la
existencia como la Va lctea en las noches estrelladas, y que cuando
el corazn ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las
preocupaciones sociales.

Ella se dej convencer rpidamente; l segua escribindola cartas, que
ella lea y que contestaba robando horas al sueo. Miguel y Soledad
tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El sola esperarla en el
claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con
lpiz el sitio de la cita donde deban reunirse.

A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa,
la Juanita y el Cuervo haban formado, alrededor de ellos, una red de
espionaje.

Don Toms se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una
ecuanimidad extraordinaria. Soledad senta un gran terror, que iba
aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este
terror se lo comunic a su amante.

Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones
reconcentradas, le deca a Miguel. Ella le haba visto algunas veces,
aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.

La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurra, se
manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad tema que su
marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.

--Que caiga la venganza sobre m, que soy la ms culpable--deca ella.

Miguel quera creer que don Toms era un pobre hombre que no se
enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su
patrn haba tenido negocios peligrosos de contrabando, que se haba
manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de
conspiracin con los absolutistas haba sido tan atrevido como enrgico.

Don Toms guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su
casa, segn se deca, estaba llena de cajas con papeles y documentos.
El era el nico que saba lo que haba dentro. Si alguno conoca parte
de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.

Muchos le tenan a este antiguo soldado del ejrcito de la Fe por
cmplice de su amo. Cmplice de qu? No se saba; pero la idea de
que entre los dos haban hecho algn desmn, se impona al verlos. El
Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.

Soledad, al pasar por el portal, tema la mirada de aquel zapatero
siniestro.

Don Toms sola ir con frecuencia a la librera de Monnier, con
Miguel, a leer peridicos realistas franceses, cuyas noticias le
interesaban.

Cuando la cuestin del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no
quiso dejarse registrar y fu llevado a la crcel, don Toms, a pesar
de su impasibilidad, qued sorprendido. La energa de su dependiente le
admir, y comprendi que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el
bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.

Rocaforte, al ingresar en la Crcel, pens que el peligro en que se
encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometi no decir nada,
aunque tuviera que permanecer all largo tiempo.

Don Toms examin la conducta de su dependiente y lleg a ver en claro
la causa por la cual no haba querido dejarse registrar.

Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontrara.

En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufri grandemente; su
madre muri, y ella fu ponindose cada vez ms plida y ms triste.

Don Toms decidi enviarla a Sigenza, a casa de unos parientes.




                                   V

                               ANNIMOS

                                      Los malvados son como las
                                      moscas, que recorren el cuerpo
                                      del hombre y no se detienen mas
                                      que sobre sus llagas.

                                      LA BRUYERE: _Los caracteres_.


EN el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Crcel de Corte se
recibieron varios annimos en casa de don Toms. Uno de ellos era de
Juanita, la mujer de Gmez; los otros, de Len Zapata, el paisano de
Miguel. La Juanita tena gran odio por Soledad.

Zapata quera mortificar a don Toms y de paso estorbar el xito de
Miguel. Don Plcido le sirvi de apuntador y le di datos de la gente
de la casa.

El annimo de Juanita, que iba dirigido a don Toms, deca as:


  Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted
  que su mujer le engaa con Miguel Rocaforte, el que est ahora
  en la crcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde
  Soledad y Miguel se han visto, y le darn noticias.

                                                    UN AMIGO.


Los annimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenan otro
carcter. Fueron varios.

El primero deca as:


  En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna
  la frente de su marido. Es Juanita, la seora de Gmez. El seor
  Gmez no puede ya con su cabeza. Cada ao un asta ms.

  Buena est la casa de la calle de la Misericordia, 2!

                                                   EL DUENDE.


Al da siguiente lleg otro annimo:


  El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle
  puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido,
  manso eres y manso sers.

  Buena est la casa de la calle de la Misericordia, 2!

                                                   EL DUENDE.


Al cabo de poco tiempo vino otro papel:


  En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que deba graznar,
  ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal
  zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaa a todo
  el mundo, empezando por su amo. Buena est la casa de la calle de
  la Misericordia, 2!

                                                   EL DUENDE.


A los pocos das se recibi otro annimo:


  En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la
  vez: uno para los das de fiesta, y otro para los das de labor.
  Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. Qu hace mientrastanto
  Burguillos? Burguillos calla y otorga. Buena est la casa de la
  calle de la Misericordia, 2!

                                                   EL DUENDE.


Por ltimo, se recibi esta letana, que deca as:


          _Letana para recitar en la casa de la Sal._

  De la mansedumbre de don Toms Manso,
  De la gracia del Cuervo,
  De las visitas de los padres franciscanos,
  De los chismes de las monjas Clarisas,
  Lbranos, Seor;
  Del ceo de don Bernardo,
  Del vientre del padre Cecilio,
  Del contravientre del hermano Flix,
  De la charla de don Plcido,
  Lbranos, Seor;
  De los ardores de la Pepita,
  De los malhumores de Juanita,
  De los cuernos del buen Gmez,
  De los flatos de Burguillos,
  Lbranos, Seor;

  Lbranos, Seor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta
  pcora como habita esa casa, Misericordia, 2. Misericordia, Seor!

                                                   EL DUENDE.


Don Toms ley con una terrible indignacin estos annimos. El primero
comprendi que parta de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa,
o de la Juanita; los otros, pensaba que deban ser de algn amigo de
Miguel; pero no poda suponer de quin.




                                  VI

                             PREPARATIVOS

                                               Que no quedara contenta
                                             ni lograda mi esperanza
                                             si no vieras la venganza
                                             en donde viste la afrenta.

                                             GUILLN DE CASTRO: _Las
                                             mocedades del Cid_.


EL Cuervo haba tenido siempre gran antipata por Miguel. Sin duda, la
juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.

El Cuervo haba asegurado en la casa que Miguel no saldra de la
crcel; cuando le vi que volva sinti por l un gran odio.

Don Toms recibi a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo
registrara el cuarto y las ropas del joven. Este haba dejado las
cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete
atado.

El Cuervo no encontr nada. Don Toms pareci contentarse; pero el
Cuervo insinu a su amo y, al ltimo, le dijo claramente que no por eso
era menos cierto que Soledad se entenda con Miguel.

--Lo sabes t?

--Lo s todo.

--Te lo han dicho?

--Lo he visto.

--Qu has visto?

--He visto que se escriban cartas y luego se hablaban y se daban citas.

--Dnde se encontraban?

--Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel
escriba con lpiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego
iba ella y borraba lo escrito; despus era un pobre que est a la
puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia.

--Lo viste t?

--S.

--Qu viste ms?

--Vi tambin que uno de aquellos das, al salir de la iglesia de las
Descalzas, pas por aqu doa Soledad como si fuera a hacer compras,
mir a derecha e izquierda y entr en la calle de Peregrinos, donde la
esperaba Miguel.

Don Toms sinti que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tena gran
cario a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofenda en
su dignidad al hombre que le haba sacado de la miseria.

--Est bien--dijo don Toms.

Para don Toms la traicin de Soledad y de Miguel era una prueba ms de
la maldad humana, del espritu envilecido y encanallado de los hombres.

Ante el Cuervo, el amo consideraba que deba tener una actitud
indiferente, como si hasta l no pudieran llegar las miserias humanas.
Los siguientes das, a pesar de su impasibilidad, don Toms se
estremeca ante la mirada brillante e irnica del jorobado.

Miguel haba vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento;
su to le hablaba poco; Gmez le miraba sonriente; Burguillos le
contemplaba con atencin, y el Cuervo le diriga una mirada larga y
rencorosa.

Una vez don Toms y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al da
siguiente, por la tarde, era domingo y no haba nadie en casa. Amo y
criado entraron en el almacn de la fuente con la cabeza de Medusa, y
estuvieron all largo rato.

El almacn era bajo de techo, tena rejas al patio y en el suelo
grandes losas. Entre ellas haba dos con hendiduras, como saeteras, que
se podan levantar. Las levant el Cuervo con una palanca y apareci
un agujero grande y obscuro. Meti el Cuervo una linterna encendida,
colgada de una cuerda, y se vi una oquedad hecha en tierra arenosa, en
parte revestida por una bveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.

Don Toms y el Cuervo bajaron al subterrneo por una escalera larga, y
lo reconocieron. Tena una profundidad de ocho a diez metros. Estaba
completamente cerrado, y no haba comunicacin alguna con el exterior;
la nica boca de galera que pareca haber existido en otro tiempo
estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta
piedra haba un agujero. El Cuervo meti un hierro por l, sospechando
si tendra una salida, y sac trozos de carbn y de huesos.

Despus de reconocer el subterrneo y ver que no tena ninguna
comunicacin, volvieron amo y criado al almacn e hicieron entre los
dos varias y extraas maniobras. Sirvindose de la palanca, llev el
Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un
rincn, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una
esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes
por unas bolas de sal. Delante del boquete coloc una mesa.

El Cuervo tena imaginacin para el mal. Excitaba constantemente a su
amo. Don Toms vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lgica
y justa, como la tena por excesivamente severa.

El Cuervo, que era el espritu maligno que se cerna sobre el alma
de don Toms, le excitaba, le pona a la vista la petulancia y la
fanfarronera de Miguel.




                                  VII

                               EL CRIMEN

                                      Madruga y mata primero.

                                      CALDERN: _El monstruo de la
                                      fortuna_.


DESPUS de muchas conferencias con el Cuervo, don Toms se decidi. Un
da le dijo a Miguel:

--Tengo que enviar una persona con una comisin importante para
Zaragoza, y de paso para Sigenza. Quieres ir t?

--Con mucho gusto.

--Te advierto que es una comisin para los carlistas.

--No me importa.

--Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.

Miguel se entusiasm con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le
ocurri la menor sospecha.

Dos das despus le avis a su to y le dijo:

--Ya tengo todo en regla.

--Tienes que hacer el viaje con el mximo de prudencia. Es conveniente
que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta
maana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitacin,
para que no oigan los pasos. Te dar la llave, entras y pasas al
almacn de la fuente, donde yo te esperar.

--Est bien.

--Tambin quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este
viaje, que puede estar lleno de peligros.

--Bueno.

Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el
Caf Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acerc a la casa de la
calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; haca
una noche negra de invierno. El joven empuj el postigo de la puerta,
que se abri sin ruido, y lo volvi a cerrar, pas el zagun, abri
la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y
luego, la del almacn de la fuentecilla.

--Adelante!--dijo don Toms, con voz temblona.

Miguel no haba estado nunca en este almacn, en el cual se deca que
don Toms guardaba sus secretos. Vi en un rincn una caja de caudales
y sobre una mesa un veln.

--Te ha visto alguno entrar en la casa?--pregunt don Toms.

--Nadie. La noche est muy negra y muy fra.

--Ests preparado?

--S.

--Ya te confesaste?

--S.

--Bueno.

Don Toms, dando una larga vuelta, se acerc a la mesa, de manera que
la luz no le diera en el rostro. As no poda verse el aire siniestro y
alterado de su fisonoma.

--Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigenza--dijo--, y lleva
este paquete a Zaragoza. En el papel est la direccin.

Miguel avanz despacio hacia la mesa.

Don Toms le contempl con una mirada anhelante.

--Por qu me mira as?--se pregunt Miguel.

--Si se salva--pens, a su vez, don Toms--, Dios lo habr querido.

Miguel di varios pasos y se aproxim a la mesa. De pronto se oy que
la esterilla se hunda, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban,
y el joven desapareci.

En el momento mismo, el Cuervo salt por entre dos filas de sacos, y
apareci en medio del almacn.

Don Toms se asom al agujero y oy un gemido ahogado de dolor.

El Cuervo, armado de la palanca, arrastr con bro, una tras otra, las
dos grandes losas y cerr el boquete del suelo.

--Ya no se oye nada--dijo, temblando, don Toms.

--Habr muerto con el golpe--repuso el Cuervo.

Don Toms se dej caer sobre una silla con el aire de un hombre
extenuado. El Cuervo comenz a hacer una gran pirmide de bolas de sal
sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se haba cometido el
crimen.

Acabada la obra, los cmplices se miraron uno a otro. En el Cuervo
haba una expresin de crueldad y de satisfaccin. En don Toms, una
mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacn al patio, y
luego, al portal. El Cuervo entr en su covacha y don Toms subi las
escaleras hasta su cuarto.

Quince das despus volvi Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su
mal. No se atreva a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e
impasible, nada le dijo. As vivieron marido y mujer meses y meses.
Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo sigui trabajando en
su portal.

       *       *       *       *       *

Dos aos despus, un da en que Soledad rezaba en la iglesia de las
Descalzas, le di un desmayo y cay al suelo. La llevaron a casa y
llamaron al mdico, y despus a don Bernardo, el capelln. Don Bernardo
pas largo tiempo con la enferma, que a cada instante deca en voz
baja: Miguel! Miguel! Unas horas despus, Soledad haba muerto.

Don Toms se retir a Lerma y vendi la Casa de la Sal. Esta pas a
diversas manos, hasta que el ltimo dueo decidi tirarla y alinear la
calle de Capellanes.




                                 VIII

                         LA ESCUELA DE CRISTO

                                      El sueo de la razn produce
                                      monstruos.

                                      GOYA: _Caprichos_.


DON Toms y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos aos
juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse
en los asuntos pblicos y privados, y durante la guerra civil denunci
a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron
fusilados. Poco despus, unos parientes de stos cogieron al Cuervo en
el campo y lo apalearon de tal manera que muri a consecuencia de la
paliza.

Don Toms, al verse sin su criado, sinti ms bien tranquilidad que
pena; la mirada irnica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del
almacn de la calle de la Misericordia.

Al verse solo fu para el una tregua, pero una tregua que dur poco
tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo.

Don Toms se hallaba entregado a la religin; constantemente estaba en
la iglesia rezando y confesndose.

Haba por entonces en el pueblo una casa pequea y ruinosa que casi
siempre estaba cerrada. Slo al anochecer sola abrirse para el paso
de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zagun y se suba
al nico piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con
un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala haba
un fretro, cubierto de pao negro, con cuatro cirios apagados. Este
cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y
sin luz. La capilla tena en medio un altar, con un Nazareno coronado
de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacrista,
y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En
la pared haba un marco con un papel, en donde se lea una lista de
nombres.

Esta casa pequea con su cuarto fnebre y su capilla constitua la
Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas
cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban
all diez o doce hombres a hacer penitencia, y despus de rezar delante
del fretro, cubierto de pao negro, iban pasando uno detrs de otro a
la capilla, y all se cubran con una capucha.

Cuando estaban todos reunidos y en crculo delante del altar, se
apagaban las luces y se pona en el suelo un gran farol de hoja de
lata, sin cristales, que tena unos agujeros por los cuales pasaban
tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se
colocaba en medio del crculo de los encapuchados; luego tomaba una
calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y
comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.

Don Toms perteneca a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba
cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando
grandes alaridos. Aquel ltimo gemido de Miguel al caer al subterrneo
lo oa en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque
de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana
movida por una rfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le
recordaba la queja postrera del joven muerto por l.

Muchas veces hubiera preferido perder la razn definitivamente, que no
vivir de una manera tan miserable y triste.




                                  IX

                              EL FANTASMA

                                      Ya oigo la voz del terror que
                                      se levanta en mi corazn.

                                      ESQUILO: _Las Coforas_.


POCO despus de la guerra civil se habl en Lerma de que en la Plaza
aparecan fantasmas a media noche. Algunos los haban visto claramente.
Los serenos, por ms que vigilaban, no podan dar con ellos. No se
saba si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que
uno de estos fantasmas tena una mano de plomo y otra de estopa, y que
gozaba del poder de avisar la prxima muerte al que haba de morir.

Al parecer, algunos serenos no sentan gran inters en encontrarse con
aquellos seres misteriosos, porque cuando les decan que andaban por
un lado, iban por el opuesto; otros ms decididos y valientes llevaban
una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparan los
fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.

Don Toms haba odo hablar de estas apariciones, considerndolas como
chiquilladas, sin darles ms importancia. Una noche en que el viejo,
despus de rezar sus oraciones, se diriga a la cama, oy en la calle
pasos quedos. Desde haca algn tiempo, don Toms tena un odo de
enfermo. Escuch las pisadas de lejos y abri un ventanillo de su
alcoba. Vi una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente.
Era el fantasma.

Don Toms, maravillado y confundido, qued en el ventanillo, y,
trastornado, pregunt:

--Quin eres? Qu deseas?

Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:

--Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.

Don Toms se retir de la ventana temblando y se tir en el suelo
a rezar. Al da siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo
llevaron a la cama y ya no volvi a levantarse.

Unos das despus, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que
result un sargento de milicianos nacionales que tena amores con la
mujer de un tendero de la plaza.

El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era Len
Zapata, el compaero de Miguel Rocaforte.

       Madrid, diciembre, 1920.




                          ADN EN EL INFIERNO




                                   I

                                 ADN

                                      No se gana nada violentando
                                      a la sensibilidad en sus
                                      inclinaciones; es preciso
                                      engaarla y, como dice Swift,
                                      divertir la ballena con una
                                      barrica para salvar el barco.

                                      KANT: _Antropologa_.


EN la poca de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la
Crcel de Corte una porcin de gente cogida en las calles de Madrid,
llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recin venido de un pueblo
de la Alcarria, Andrs Lafuente.

Este alcarreo vino con Romn, el hijo del librero de la calle de la
Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocan por
Gasparito y de quien te habl antes.

A aquel muchacho alcarreo se le consideraba como un mozo ingenuo e
inocente, y se le compadeca por haber cado en el infierno de la
crcel.

El poeta Espronceda, en los pocos das que estuvo en la crcel, le
llamaba Adn, y probablemente pensando en l ide el personaje de su
poema el _Diablo mundo_, que deba publicar unos aos ms tarde; Andrs
(alias Adn) era un muchacho fuerte, guapo, muy lcido y muy inocente.
Gasparito el zapatero se constituy en uno de sus defensores.

Gasparito el remendn era liberal, pequeo, rubio, muy ledo, amigo del
hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como
hombre de buena fe y de buenas intenciones.

Yo tom bajo mi proteccin a Gasparito y quise proteger tambin a Adn,
aunque vea que a un muchacho, sin experiencia como aqul, metido en
el segundo patio, entre ladrones, la corrupcin de la crcel le haba
de contagiar rpidamente. El padre Anselmo crey tambin que con sus
sermones apartara al mozo del mal camino; pero Adn se rea de l.




                                  II

                       LA CUADRILLA DEL FORTUNA

                                      Es posible--dijo Andrenio--,
                                      que jams nos hemos de ver
                                      libres de monstruos ni de
                                      fieras, que toda la vida ha de
                                      ser arma?

                                      GRACIN: El _Criticn_.


LOS presos del segundo patio se dividan para comer en cuadrillas, que
llevaban el nombre del que las diriga. Adn fu a parar a la cuadrilla
del Fortuna. El Fortuna era un matn de casa de juego que tena gran
influencia.

El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un
lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cnico. Cobraba el barato
en la crcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que all,
en el segundo patio, se deca que madrugaban. No afrontaba con calma,
sereno y tranquilo, las situaciones difciles; sino que las capeaba.
Eso s, tena indudablemente el hbito de la audacia.

Al Fortuna le haban preso por matar a traicin a un hombre. Afiliado
en la crcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos
ms acrrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos
enrgica, que los absolutistas, le haba dado una gran hostilidad
contra ella.

A m me tena mucho odio; una vez, en el segundo patio, se ech encima
de m; pero yo le di con toda mi fuerza un puetazo en un costado que
lo dej sin aliento.

El Fortuna era hombre petulante y cnico, que dejaba una estela de
vicio all por donde pasaba. Haca alarde de sus instintos crapulosos;
vesta chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con
la cadena llena de dijes, y calas en la cabeza. El Fortuna buscaba
la amistad de los muchachos jvenes, les brindaba su proteccin;
segn algunos, les consegua tener comunicaciones con la seccin de
mujeres; segn otros, haba algo peor en sus maniobras. De la misma
cuadrilla era Cadedis, un gascn aventurero, que estaba procesado por
robo, y un caballero de industria. El gascn aseguraba a todas horas
que Espaa era un pas sin civilizacin y sin cultura. A pesar de su
cultura, el francs era muy supersticioso. Crea en la quiromancia,
en la magia y en que las brujas hacan ovillos con las lanas de los
colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra
le ahogaban al que dorma en ella. Afirmaba tambin que en el barrio de
Saint-Esprit, de Bayona, se vendan diablos metidos en una caa, que
llamaban familiares, con los que se hacan prodigios. El haba tenido
uno de stos. Un gitano, ladrn de caballos, le engaaba a Cadedis y
le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, segn deca, tena la
rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la
lengua.

El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he
hablado, el seor Prez de Bustamante.

Este seor se haca llamar conde de Otero, marqus de la Vega, etc.
Gastaba unas tarjetas llenas de ttulos y condecoraciones.

Tena, segn deca, grandes amistades con los oficiales de las
secretaras, con aristcratas y ministros; todo lo facilitaba, y
ofreca empleos con la condicin precisa de que se le anticipara
algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores.

Contaba que haba viajado por toda Europa y Amrica.

A m me dijo que me haba conocido en Mjico y en Madrid, en la fonda
del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no
haba estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por l, el gascn
y el caballero de industria, se haba completado con Adn. El Fortuna
adulaba al seor Prez de Bustamante, y ste protega al Fortuna; el
matn y el caballero de industria se entendan perfectamente.

El Pinturas joven y otros solan acercarse a esta cuadrilla, que
manejaba dinero y convidaba a caf y a aguardiente.

Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se haba afiliado a los
liberales. No queran, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a
ver claro las ventajas que aquello les poda reportar.




                                  III

                                EL ODIO

                                      La uncin! Favor! Me han
                                      herido!

                                      ESPRONCEDA: _El Diablo mundo_.


GASPARITO, el zapatero, haba querido preservar de la corrupcin del
ambiente a su amigo Andrs, a quien nosotros, y en toda la crcel,
llambamos Adn.

Quiso ensearle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Prez de
Bustamante, _Doa Paquita_ y Cadedis, estaban empeados en estorbar los
proyectos de Gasparito.

Durante algn tiempo se entabl una lucha de influencias para captar la
simpata de Adn.

Gasparito le dejaba libros y peridicos, le daba algn dinero, haca
que Andrs viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros,
le enseaba a jugar a las cartas, a hacer pilleras y a tirar la navaja.

El matn le deca al muchacho:

Fortuna te d Dios, hijo, que el saber poco, te basta.

El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificacin, y Prez de
Bustamante, las intrigas y enredos donde se haba metido.

A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo vea claramente que el
Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adn tomaba un aire hipcrita
delante de m; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio,
el muchacho andaba con el Fortuna, con _Doa Paquita_ y con algunas
mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se haba
tatuado los brazos y comenzaba a matonear.

El da de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron
una comida esplndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de
Valdepeas.

Haban metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los
amigos.

La gente se emborrach, y se pidi al alcaide permiso para disfrazarse.

Entramos Gasparito, Romn, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a
presenciar la fiesta. Se reuni con nosotros el Pinturas joven y dimos
una vuelta por la Gallinera y llegamos hasta el ltimo patio.

En esto, disfrazados de mujer, vimos a _Doa Paquita_, que vena en
medio de Adn y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Haban
bebido de ms y gritaban como locos.

El Fortuna abrazaba a Adn, y se puso a hacer ademanes obscenos.

Gasparito volvi la cabeza con un ademn de disgusto y nos alejamos del
grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar
ms su conquista y se present de nuevo frente a nosotros con Adn y
con _Doa Paquita_.

--Vienes, hermoso?--le dijo a Gasparito con una risa cnica y un
contoneo repugnante--. Cul de las tres te gusta ms?

Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le di
un empujn y lo tir rodando al suelo.

Yo vi que se nos vena la tormenta encima, y, agarrndole a Gaspar por
el brazo, le empuj hacia la salida del patio; pero haba mucha gente
y Gaspar no quera salir rpidamente, quiz para que no se creyera que
tena miedo.

El Fortuna haba desaparecido. Ya estbamos a la salida del patio
cuando el matn se present con una navaja, oculta en la manga, y se
lanz sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar
a la acometida dando un salto rpido para atrs. Romn, el hijo del
librero, agarr al matn del borde de la chaqueta, y Gasparito, con
gran valor, le arranc la navaja de las manos.

El Fortuna, loco, enfurecido, le mordi en el brazo izquierdo.
Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empu la navaja
con toda su fuerza y di tal navajada al matn en el vientre, que
el Fortuna di un grito de becerro que matan, y cay al suelo. Yo
vi brillar la hoja de la navaja como un relmpago y desaparecer en
el vientre del matn. Le salan las entraas por la herida y se iba
desangrando rpidamente.

--Socorro! Socorro!--grit--. Me ha matado.

A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a
Gasparito y llevaron al matn a la enfermera, el cual falleci poco
despus, asistido por el padre Anselmo.

--A quin se le ocurre matar a la Fortuna!--dijo el Pinturas con
indiferencia.

Gaspar pas unos das en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declar a
su favor; Prez de Bustamente, en contra, y el tribunal le conden al
zapatero a una pena nfima.

Aos despus le vi en su tienda y le pregunt:

--Se acuerda usted de la Crcel de Corte?

--No, don Eugenio; y usted?

Me dijo que muy pocas veces haba pensado en aquel bruto a quien haba
matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento.

Adn, al salir de la crcel, se hizo un criminal completo, y debi
acabar su vida en presidio.

       Itzea, diciembre, 1920.




                              MI DESQUITE




                                      Todo esto es salud, y otro
                                      tanto ingenio.

                                      QUEVEDO: _El Buscn_.


DURANTE mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En
el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Crcel de Corte,
se reunan cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos
guerrilleros, y en esta Junta apostlica se tomaban acuerdos que don
Paco, el alcaide, segua al pie de la letra.

La Junta de Selva se erigi en soberana de la crcel: ella decida lo
que se haba de hacer; quin deba estar castigado; quin, no; quin
deba ser tratado con benevolencia, y quin con severidad.

--Yo, por entonces, tena asegurada la comunicacin con los de fuera, y
mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban
el giro que iban tomando los asuntos polticos.

A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situacin en que nos
encontrbamos los liberales en la crcel, los amigos no hacan nada por
nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurri enviar un escrito al
Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Crcel de Corte se fraguaba
una conspiracin carlista.

El Gobierno no desconfi de mi denuncia, y envi en concepto de preso a
un coronel, don Andrs Robledo, con la misin de observar lo que pasaba
y de ver si era cierta mi denuncia.

Yo mismo no crea gran cosa en que all se conspirase; pero cuando
Robledo comenz sus investigaciones, vi que mi hiptesis era una
realidad, y que en la Crcel de Corte se estaba tramando una de las
muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro.

El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos
acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactbamos los partes
al Gobierno.

Tan graves hallaron el ministro y el jefe de polica el contenido de
estos partes, que enviaron a la crcel a dos comisarios de polica,
uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miones aragoneses y varios
celadores.

Luna conferenci conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco
el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi
causa, Garca, y enviarlos a la crcel de la Villa.

Se comenz a instrur un voluminoso proceso acerca de esta causa, y
se le encarg de l a mi amigo el juez don Modesto Cortzar, a quien
conoca desde Aranda del ao 20.

Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en
personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los
constitucionales a nuestras anchas.

El fiscal que nombraron para esta causa fu don Laureano de Jado,
enemigo mo, que meses despus deca a todo el que le quera or:

--Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta.
El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido
preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos
sus cmplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado
este proceso de la conspiracin de la Crcel de Corte, que es la
concepcin ms revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un
hombre para vengarse de los que l consideraba enemigos, y hasta del
juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso est vestido con
tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los
presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal
estoy en la obligacin de obrar de esta manera, como particular me
hallo cada vez ms convencido y casi seguro de que todo el proceso no
es mas que un solemnsimo embrollo fraguado por la fecunda imaginacin
de Aviraneta.

Con razn o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los
carlistas.

Yo quise influr en Cortzar para que dejara libre al padre Anselmo;
pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le poda libertar.

Como la vida en la crcel para nosotros se hizo ms llevadera, yo
comenc a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina,
que podan hablarme con completa libertad. La opinin de la gente
reaccion a mi favor, y todo el mundo deca que era un absurdo que
permaneciera preso por una conspiracin que no haba existido nunca. Yo
me haca la vctima y esperaba el desquite.

Unos das despus supe que en un movimiento revolucionario que estall
por entonces en Barcelona y que cost la vida al general Bassa, haban
destitudo del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat.

Poco despus, Martnez de la Rosa sala del Gobierno. Yo me consideraba
vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad.




                                   I

                       PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO

                                      Yo pienso, pues, que vale ms
                                      ser impetuoso que circunspecto,
                                      porque la fortuna es mujer,
                                      y para subyugarla es mejor
                                      batirla y atropellarla, porque
                                      se deja ms bien vencer por los
                                      audaces que por los que obran
                                      framente.

                                      MAQUIAVELO: _El Prncipe_.


LO que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti--me dijo
Aviraneta--, porque pertenece en parte a la historia del tiempo.

Una maana de agosto se presentaron en la Crcel de Corte el capitn
Ros, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la
Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me
permiti hablar con ellos largamente.

Los dos oficiales venan nada menos que a pedirme un Plan de
sublevacin, hecho a base de la Milicia Urbana.

--Seores--les dije yo--, no creo, claro es, que ustedes hayan venido
aqu a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien
engaarse respecto al espritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes
de idear un plan y de ser responsable de l, quisiera cerciorarme de lo
que ustedes dicen.

Ros me contest que traeran una carta de tres comandantes de la
Milicia Urbana corroborando lo que decan ellos, y que vendra al da
siguiente un agente de Bolsa amigo mo llamado Robles. Vino Ros con la
carta y con Robles, y hablamos.

Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el
pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se
acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba
a divertirse, y que todo el mundo deca que tena que venir un cambio
en la poltica. Era una poca en la que haba entusiasmo y fe en las
nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.

Ros aadi que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la
Milicia; que el pueblo secundara el movimiento, y que Andrs Borrego
haba visitado al general Quesada, y que ste daba su palabra de que la
Guardia Real no atacara a los sublevados.

--Cmo puede asegurar esto Quesada?--pregunt yo--. El est de
reemplazo.

--S; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.

--Han pactado algo Borrego y Quesada?

--No.

--Est usted seguro?

--S.

Luego se supo que Borrego haba conferenciado con Quesada y con dos
jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En
esta conferencia, que yo no conoca, se haba pactado que la Milicia
Urbana hara una manifestacin. Borrego y Olzaga escribiran una
peticin a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana,
y, presentada la peticin, la Milicia dejara las armas.

Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la
combinacin.

Quesada era un militar ordenancista, brbaro e incomprensivo. Era muy
valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento;
deca que no saba mas que mandar y obedecer, declaracin que basta
para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el
lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente
voluble.

Muchas veces dijo, refirindose a los liberales: He de ser peor que
Atila con esa canalla.

Un hombre como Quesada, que tena por norma el no razonar, no poda
ser hombre de ideas; as se le vi figurar en una poca con los
absolutistas, despus hacerse masn, sentirse medio liberal y, al mismo
tiempo, enemigo de la Constitucin. Para l todas estas volubilidades e
inconsecuencias se velaban con la disciplina.

Slo a Borrego, a Espronceda y a Gonzlez Brabo, gente que quera
medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como
Quesada.

Quesada en esta poca, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le haban
separado de la Capitana General en enero, lo que consideraba como una
ofensa a su persona.

Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participacin de
Quesada en el asunto, hubiese llevado ste de otra manera muy diferente.

Hablamos Robles y Ros, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la
sublevacin sera:

  1. Apoderarse de Madrid.

  2. Nombrar una Junta Revolucionaria.

  3. Ponerse en relacin con los sublevados de Zaragoza.

De acuerdo en esto, les dije que al da siguiente les dara mi plan.
Fu el siguiente:


                       PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO

                  (_Orden general para la Milicia._)

  Pasado maana, 15 de agosto, hay funcin de toros, y da el piquete
  de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al
  llegar a la Puerta del Sol, har que sus tambores toquen generala,
  esparcindose por la poblacin. Los individuos de la Milicia,
  avisados, se irn reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparn las
  casas y se harn barricadas en las avenidas de los arcos. Tambin
  se ocupar el telgrafo para impedir se avise al Gobierno. Una
  compaa se posesionar de la Puerta de Hierro e impedir el paso
  al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondr inmediatamente en
  libertad a Aviraneta, que dir lo dems que debe ejecutarse.


                        AVISO A LOS ISABELINOS

  Se avisar a las centurias de la Isabelina para que asistan el
  da 15 de agosto, da de la Asuncin, a la corrida de toros. A la
  salida rodearn al piquete de la Guardia Urbana y provocarn todo
  el escndalo posible. Se alarmar al vecindario.


                         AVISO A LOS DIPUTADOS

  Inmediatamente se avisar a los diputados liberales para que vayan
  a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno.


                       DISPOSICIONES INMEDIATAS

  Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderar lo
  ms rpidamente posible de la casa de Oate, en la calle Mayor, de
  la Imprenta Real y del Principal.


Se fueron los militares y yo me qued en la crcel. Aquellos das
estuve leyendo el _Diablo Cojuelo_, de Vlez de Guevara, que me prest
un preso, y pensando en la idea original del autor.

La tarde y la noche del 15 de agosto las pas en una gran angustia. Al
anochecer me pareci or desde mi cuarto gritos y ruido de tambores;
luego ces todo rumor y volvi el silencio. Cuando a las diez de la
noche vi que no vena nadie a buscarme, cre que el pronunciamiento
habra fracasado. Yo pensaba--y en estas cosas se equivoca uno
siempre--que poda fracasar el movimiento; lo que no se me ocurra es
que, despus de hecho con xito, mis amigos no vinieran en seguida a
sacarme de la crcel. Sin embargo, as fu. Un pelotn de milicianos,
pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no
les dejaron pasar. Otros me dijeron que no haban ido a la crcel por
no molestarme. Por no molestar a un preso retardar su libertad! y
retardarla creyndolo necesario! Qu absurdo!

Al da siguiente, domingo, a las nueve de la maana, vinieron a
buscarme a la Crcel de Corte.




                                  II

                              LO OCURRIDO

                                      Una vez que no se entendan en
                                      una disputa de la Academia,
                                      dijo M. de Mairan: Caballeros:
                                      si no hablramos ms de cuatro
                                      a la vez!

                                      CHAMFORT: _Caracteres y
                                      ancdotas_.


EL pronunciamiento se haba hecho y estaba ya vencido. Al terminar la
corrida del da de la Asuncin, dos compaas de milicianos volvan
formados por la calle de Alcal, con la msica al frente, tocando
himnos patriticos. El _Himno de Riego_ produca entre la muchedumbre
tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento
ms estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subi de
pronto; comenzaron a orse gritos de Viva la libertad!, Mueran los
carlistas!, Viva la Soberana Nacional!. Al acercarse a la Plaza
Mayor la Milicia haba perdido las filas y se haba mezclado con los
paisanos.

De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de
corneta, y se inici el pnico en la ciudad. Se cerraron las puertas y
ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por
las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se
les haba avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el
toque de generala, y se les vi que cruzaban presurosos las calles y
corran a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se
les tena sealados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a
la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes.

Se ocup la casa de la Panadera y la de Oate, en la calle Mayor, y se
empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del
Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que
rodean a la plaza.

El segundo batalln de milicianos no entr en la Plaza Mayor, sino
que qued en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda,
probablemente ms inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa
comn con los sublevados.

De noche se le avis y se le envi hacia Puerta de Moros para que
observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco.

A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermn
Caballero, Chacn, el conde de las Navas, don Joaqun Mara Lpez,
Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara
inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda,
Gonzlez Brabo, Ventura de la Vega, Olzaga y otros jvenes dijeron
que haba que esperar la llegada del general Quesada; que ste era el
director del movimiento y que l tena que dar las rdenes.

Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.

A la misma hora Quesada haba sido llamado por el secretario del
Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban
all el corregidor marqus de Pontejos y el capitn general conde de
Ezpeleta. Se deca, sin duda, que Quesada tena participacin en el
movimiento de los milicianos.

Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel
momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que deba ir a la Plaza Mayor
a verse con los sublevados y a preguntarles qu es lo que deseaban y
cul era la causa de su movimiento.

Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde
les esperaban Olzaga y Borrego. Quesada se quej de que en el Arco de
Plateras hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se
quitaran. Subieron a una habitacin alta del Ayuntamiento y se celebr
una reunin. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto
prximo.

En la reunin estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes,
Glvez, Castao y Jos Mara Sanz; otros oficiales, como el capitn
Ros, el capitn Nocedal y muchos paisanos: Chacn, Espronceda, Gaminde
y los diputados liberales.

Entonces Borrego dijo que el general Quesada conoca el origen del
movimiento; que no pretenda ser mas que una manifestacin de la
Milicia Urbana; que despus de dirigir una peticin a la Reina se
disolvera.

Los liberales quedaron extraados. Entonces, para qu nos han
llamado?, se preguntaban. Chacn y el conde de las Navas insistieron
en la formacin de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era
desvirtuar el movimiento y que se haba dado palabra al general de no
ir ms all.

Se discuti entre unos y otros, y se apel a los jefes de la Milicia, y
stos, en su mayora, afirmaron que los milicianos no queran mas que
hacer la peticin a la Reina y disolverse.

Como no haba unanimidad se dijo que convena llamar a todos los jefes
y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos
fueron partidarios de la exposicin, seguida de la disolucin inmediata.

Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olzaga y Borrego
entraron en un saln e hicieron como que redactaban un escrito, que
ya tenan redactado. Despus fueron a ver al general Quesada y le
entregaron la exposicin para que la llevara al ministro.

Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el
entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rpidas. Algunos
isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el
comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se
quitaran los obstculos, pues se haba prometido a Quesada dejar las
puertas francas.

Con la exposicin de los milicianos en el bolsillo entr en la sala
Quesada, donde se discuti.

Borrego explic lo ocurrido; dijo cmo se haba escrito una exposicin
a la Reina; que una copia se haba dado a Quesada para que la mostrara
al Gobierno, y que los jefes de la Milicia queran ir a la Granja a
entregarla a la Regente.

Quesada habl. Dijo las vulgaridades de cajn.

Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno
constitudo; que la Milicia Urbana no deba salirse del campo de la
ley; que aquel acontecimiento favoreca a los partidarios de Don
Carlos, y que l llevara la exposicin al Ministerio.

Con esto se retir.

Chacn replic que haba ido engaado a la reunin, pues le haban
avisado que se quera formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se
trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposicin
tendra la eficacia de los paos calientes y del agua de cerrajas. Por
otra parte, l no poda creer que el general Quesada fuera siempre tan
atento con los Gobiernos constitudos, pues todo el mundo recordaba
que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, haba sido un
faccioso y un rebelde en los aos 22 y 23, en los cuales haba mandado
el Ejrcito de la Fe, que era una gavilla de asesinos.

Borrego y Espronceda no supieron qu decir, y Chacn y los suyos se
marcharon. Su marcha fu un desencanto para los exaltados.

A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las rias.
Estaban encendidos los faroles y se haban hecho algunas hogueras.
Hubo grandes peleas entre exaltados y pacficos; los exaltados eran de
Madrid, y a los pacficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados
decan que era una vergenza haber servido de comparsas a Espronceda
y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacficos
respondan que no se haban comprometido mas que a aquello. Los
exaltados insultaban a los pacficos, y aadan que deshonraran la
Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se
bebi mucho y la exaltacin volvi a los nimos.

Mientras los milicianos discutan y rean con furia en la Plaza
Mayor, el Gobierno, representado por el capitn general de Madrid, el
superintendente de polica, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y
el concejal Roca, discutieron la exposicin de la Milicia llevada al
Principal por el general Quesada y Olzaga.

Zea dijo que el Gobierno no poda resolver acerca de la mayora de las
peticiones sin las Cortes. Que en la exposicin haba que borrar estos
puntos, para resolver los cuales no tena atribuciones el Ministerio.

Volvi Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redact una nueva
exposicin, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior,
y Quesada se encarg de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que
quitaran las barricadas, porque era intil y peligroso dejarlas.

Sali Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras l, una comisin
de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza,
que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta
la Reina y entregarle a aquella exposicin tan venida a menos.

Estando los jefes en el Ministerio lleg una proclama, impresa en la
Imprenta Real, con este ttulo: La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo
y benemrita guarnicin.

Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y stos
protestaron de que no haban sido ellos los inspiradores de este papel.
Pensaban que seran los amigos de don Fermn Caballero y de Chacn los
que haban impreso aquello. Zea, entonces, hacindose el enrgico, dijo
que de ninguna manera poda dar los pasaportes a los que miraba como
rebeldes, y el capitn general le di la razn.

Zea supo en aquel momento que tena la guarnicin de Madrid segura, y
por esto se sinti valiente.

Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza,
y que entre todos convenceran a los urbanos para que se retiraran sin
ms exigencias.

Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompaado del coronel de la plana
mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de
caballera Pezuela.

En la habitacin donde se haban celebrado las anteriores conferencias
entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y
Borrego.

Quesada les recrimin por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda
y Borrego dijeron que ellos no la haban escrito.

--Es la expresin de los sentimientos de la mayora de la Milicia
Urbana--salt diciendo uno del pblico.

--No es cierto.

--S, s; lo es. Bravo!

Quesada, que iba incomodndose, dijo que era necesario que los
sublevados quitasen las barricadas, pues si no, l se pondra a la
cabeza de la Guardia Real y les dejara sepultados bajo las ruinas de
la plaza.

Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y
Espronceda, agarrndose a la ltima tabla de salvacin, afirmaron que
se quitaran los obstculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y
se cumpla lo pedido en la exposicin.

El general di por terminada la conferencia y comenz a bajar las
escaleras refunfuando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.

Quesada apareci en los soportales de la plaza rodeado de los dos
oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda,
Borrego, Ventura de la Vega, Luis Gonzlez Brabo, y otros.

Al ver que haba obstculos en el callejn del Infierno grit a uno de
los comandantes:

--No habamos quedado en que desapareceran las barricadas y que los
milicianos se retiraran a sus casas?

--Mi general--contest el comandante Sanz--, parte de los milicianos se
opone a retirarse.

--Se les desarma--dijo Quesada.

En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus
amigos y comenzaron a increparles.

--Fuera los traidores!--grit uno.

--Viva la Constitucin de 1812!

--Viva la Nia!

--Quesada levant el bastn en el aire con intencin de descargarlo
sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de stos se
volvi contra l:

--Muera Quesada!

--Muera!

--Abajo los absolutistas!

--Abajo!

Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y
sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no
hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos,
se dirigi corriendo hacia el Arco de Plateras, y saltando por una
barricada sali a la calle Mayor. Con l salieron los dos oficiales y
Espronceda, Borrego y los paisanos.

Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente
se present al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los
sublevados.

A las seis de la maana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre,
Ezpeleta y Quesada, salan de los cuarteles y ocupaban la plaza de
Oriente y la de los Consejos, y poco despus, la calle de Santiago y la
del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los
sublevados pensaran en m.




                                  III

                            PARTIDA PERDIDA

                                              Slo a las temeridades
                                            las sentencia la fortuna;
                                            pues con juicio desigual
                                            hace que el nombre les den:
                                            de hazaa, si salen bien,
                                            y de locura, si mal.

                                            BANCES CANDAMO: _Por su rey
                                            y por su dama_.


ESTABA la partida perdida cuando los sublevados pensaron en m.

A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en
la plaza de Santa Cruz delante de la Crcel de Corte; entraron aqu,
llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El
alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a
todos los presos, cedi.

Yo estaba preparado y el padre Anselmo tambin.

--Aprovchese usted--le dije--y salga usted conmigo.

--Pero, cmo?

--Nada, nada, coja usted sus brtulos y sgame usted.

El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los
milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y despus, a la Plaza
Mayor.

El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su
maleta en la mano no saba qu hacer.

Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librera
de la calle de la Paz, que andaba curioseando por all. Le llam:

--Bartolo!

--Qu?

--Quieres acompaarle a este cura?

--S.

--Pues vete con l a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y
en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la
Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadera, entris, subs al
piso cuarto y preguntis por doa Nacimiento. La dices a esa seora que
el cura va de parte de don Eugenio y que me esperar all.

--Muy bien.

El cura quera llevarse la maleta.

--Deje usted la maleta aqu, yo se la mandar dentro de un momento.

Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guard yo la maleta en una
taberna prxima a la Escalera de Piedra y me dediqu a examinar
tranquilamente la situacin.

La partida estaba perdida.

Habl con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de
manera diferente. Le envi un recado a Palafox por si ste se atreva
a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convena
aparecer, y se eclips.

Entonces habl con el capitn Milns del Bosch, hombre enrgico, para
ver si l era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su
responsabilidad.

Le dije que parte de la Guardia Real se vendra con nosotros; que yo
me comprometa a verle a Urbina, y que le convencera o me fusilara.
Luego supe que el oficial que le acompaaba a Quesada no era el Urbina
que conoca yo, sino otro; le dije tambin que el coronel don Antonio
Martn, hermano del Empecinado, sublevara su regimiento de caballera.

--Cmo vamos a sostenernos en esta plaza?--me dijo Milns--. Dnde
estn los vveres?

--Salgamos de aqu--le dije yo--. Cinco mil hombres y un regimiento de
caballera es mucho.

--S, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres estn
desmoralizados.

--Entonces la partida est perdida. Dmosla como terminada.

Yo sub sobre un banco de la plaza y expliqu que no haba mas que una
alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta
del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.

--Vamos! Vamos!--gritaron los exaltados.

Pero ya era imposible, y nadie di el paso adelante.

Los caones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.

Yo volv al banco y grit:

--Seores! Esto est acabado. Yo no tengo la culpa. A m me han
llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.

Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se
marchaban.

Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota
de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no s
si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron ms
terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una
de estas furias, que cosi a cuchilladas a un miliciano que pretenda
entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos das
despus, al patbulo.

As, el despecho de Quesada, la ambicin de Espronceda y de Borrego,
los planes mos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja,
fantica, que crea seguramente que era una obra meritoria el matar a
un liberal.




                                  IV

                              ESCAPATORIA

                                            Que aquesto es el Castaar
                                          que ms estimo, seor,
                                          que cuanta hacienda y honor
                                          los reyes me pueden dar.

                                          ROJAS: _Garca del Castaar_.


AL anochecer del da 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entr en la
taberna prxima a la Escalerilla; saqu la maleta del padre Anselmo,
y me puse el manteo y la teja nueva. Met mi sombrero en la maleta, y
baj por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegu hasta Puerta
Cerrada y encontr all una patrulla de voluntarios realistas.

--Se puede ir hacia la Plaza Mayor?--les pregunt.

--No; no vaya usted por all, padre.

--Entonces tendr que volverme a casa.

Segu hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doa
Nacimiento me quit el manteo y me encontr con don Anselmo.

Pasamos el cura y yo seis das en aquella casa, sin salir una vez
siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.

Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el
conde de Toreno, ofreci doscientas onzas de oro y un empleo a quien
descubriera mi paradero, y la polica hizo los mayores esfuerzos para
cogerme.

El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo
tena un sobrino y ahijado que viva en Alcal. Unos das despus, el
24 de agosto, era la feria de este pueblo.

Saldramos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espritu Santo;
aqu esperaramos una galera y entraramos en Alcal, confundidos con
carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iramos a parar a casa
del ahijado del cura.

Doa Nacimiento conoca a un calesero y le llam. El calesero era
liberal y se prest a lo que le propusimos.

El chico del calesero se vestira de muchacha; el padre Anselmo, con
traje de aldeano, y yo sera el calesero. Iramos hasta las Ventas
del Espritu Santo, esperaramos all, donde dejaramos la calesa, y
marcharamos en un carro camino de Alcal, como si furamos a la gran
feria que se celebraba en la ciudad del Henares el da 24. As lo
hicimos, y todo nos result bien.

El ahijado de don Anselmo, a quien le habamos anunciado nuestra
llegada, nos esper y nos llev a una finca que tena a una legua del
pueblo.

Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el
sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte,
labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer
rozagante, que haba echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir
echando ms.

Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer,
acostndose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba
a Garca del Castaar.

El matrimonio nos recibi muy amablemente al cura y a m.

Viv yo en aquella casa una semana, y, pasada sta, me desped del
padre Anselmo y de sus sobrinos y me fu a Zaragoza.

Aqu publiqu un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de
Ramn Len, y esper hasta que Mendizbal me llam y me di un encargo
para Barcelona; pero esto--termin diciendo Aviraneta--es otro captulo
de mi vida.




                                EPLOGO




                                      Todo es hecho del polvo, y todo
                                      se tornar en el mismo polvo.

                                      EL ECLESIASTS.


POR la poca de la guerra de Cuba--dice Legua--, sola ir yo a
Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las libreras de
viejo prximas. Me detena con frecuencia a charlar con un librero de
viejo que tena su tienda en una rinconada que haba en la calle de
Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados.

Le haba encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que
encontrara de papeles histricos y de estampas espaoles del siglo XIX.

El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le peda.

Cuando suba desde la calle del Arenal por la de Capellanes sola echar
una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadera,
y recordaba la historia de don Toms Manso y de su sobrino. Unos aos
ms tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que
tiraban la casa grande de los Capellanes y que l iba a traspasar su
tiendecilla.

Cuatro o cinco meses despus vi la casa de la calle de la Misericordia
derribada y la alineacin de la calle de Capellanes hecha.

El librero me dijo que al derribar la casa, en un stano, debajo de un
almacn que tena en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa,
se encontr un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto.

Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos seran de alguna
monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo
saber de quin era.

El da en que el librero me contaba esto entr un trapero, un tuerto
desharrapado de cara alegre, barbas enmaraadas y la nariz roja, con un
gran lo de papeles.

--No los quiero--dijo el librero--; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya
me retiro.

--A ver que trae usted ah--le indiqu yo.

--Lo dar muy barato--me dijo el trapero, dejando el paquete en una
silla y quitndole una la hecha con bramantes viejos y balduques.

Haba un tomo del _Palacio de los Crmenes_, de Ayguals de Izco; la
_Historia de la revolucin del 54_, por Ribot y Fontser; dos folletos
de Aviraneta, varios _Ecos del Comercio_, amarillos, y la proclama de
los nacionales en agosto de 1835.

Ni el librero ni el trapero haban odo hablar nunca de Chico, ni de
Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos.

A m, que haba visto durante tanto tiempo carteles pintados con la
muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un
hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto
hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes.

Y, sin embargo, as era.

--Todo esto que traes aqu--dijo el librero--no vale nada. Cosas
pasadas, sin importancia.

--Nosotros tambin somos viejos--repuso el trapero y se nos ha pasado
el tiempo.

--Todo pasa, amigo trapero--le dije yo--. La hoja del rbol cae, la
hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los
lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran
la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa
a los gusanos.

--Todo no es mas que miseria--dijo el librero.

--Saben ustedes cmo arreglo yo eso?--pregunt el trapero.

--Cmo lo arregla usted?

--Pues echndome un quince siempre que puedo.

--La otra manera de arreglarlo es la filosofa.

--Mi filosofa es el vino. Hace alguna de estas cosas, caballero? Me
da usted lo que usted quiera por ellas.

Le di tres pesetas por los dos folletos y por la proclama.

--Bueno, seores!--dijo el hombre volviendo a atar los libros--. Me
voy a dedicar... a la filosofa.

--Es usted un compadre alegre y jovial--le dije yo.

--Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna del Vaqueiro del callejn
de Preciados, y me tomo una tajada de bacalao y un quince, y me ro yo
de los peces de colores.

--Hombre, eso est mal!--le dije yo.

--Por qu?--pregunt el hombre extraado.

--Yo me figuro que el bacalao es un pez, y comrselo y rerse luego de
l, no me parece bien.

--Vamos! Usted es un guasn. Pues s, me tomo un quince o dos quinces,
y le hago un corte de mangas al mundo entero.

--Hasta que el vino te haga un corte de mangas a ti, Tuerto, y te lleve
al Este--dijo el librero.

--Bah!

--Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo al Vesubio en ignicin.

--Te veo... Vesubio.

--Tiene usted hijos, trapero?--le pregunt yo.

--Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he trado al mundo...; ellos se
agarran como pueden... Salud, seores!

El trapero ech su paquete al hombro, y yo volv al hotel pasando por
delante del solar de la casa de los Capellanes y pensando que todo est
hecho de polvo y que todo se tornar en el mismo polvo.

       Madrid, marzo, 1921.


                    FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA




                                NDICE


                                                       Pginas.

  PRLOGO                                                     9


                          LA CRCEL DE CORTE

     I.--El calamar                                          15

    II.--Solo                                                21

   III.--La crcel                                           25

    IV.--El padre Anselmo                                    31

     V.--Luchas                                              35

    VI.--El segundo patio                                    39

   VII.--Los matones                                         43


                        LA MUERTE DE CHICO O LA
                        VENGANZA DE UN JUGADOR

                             PRIMERA PARTE

                             ANTECEDENTES

     I.--Una noche de nieve                                  49

    II.--Un preso nuevo                                      53

   III.--Miguel Rocaforte                                    57

    IV.--Un asunto embrollado                                61

     V.--Lo ocurrido                                         69

    VI.--Se echa tierra al asunto                            73

   VII.--Castelo y Paca Dvalos                              79

  VIII.--Hacia el abismo                                     83

    IX.--Chico y Castelo                                     89


                             SEGUNDA PARTE

                             CONSECUENCIAS

     I.--La revolucin del 54                               101

    II.--Mal paso                                           107

   III.--Una noche de insomnio                              117

    IV.--El final de Chico                                  121

     V.--Acosado                                            127

    VI.--En el Saladero                                     133

   VII.--El hospital                                        139

  VIII.--La locura                                          143

    IX.--Alimaas                                           147


                          LA CASA DE LA CALLE
                          DE LA MISERICORDIA

     I.--La casa de los Capellanes de las Descalzas         153

    II.--Fauna y flora de la casa                           159

   III.--La ejecucin de Miyar, el librero                  171

    IV.--Soledad                                            179

     V.--Annimos                                           187

    VI.--Preparativos                                       191

   VII.--El crimen                                          195

  VIII.--La escuela de Cristo                               199

    IX.--El fantasma                                        203


                          ADN EN EL INFIERNO

     I.--Adn                                               207

    II.--La cuadrilla del Fortuna                           209

   III.--El odio                                            213


                              MI DESQUITE

     I.--Plan de pronunciamiento                            223

    II.--Lo ocurrido                                        229

   III.--Partida perdida                                    239

    IV.--Escapatoria                                        243

  EPLOGO                                                   247





End of the Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Po

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***

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Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

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editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
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